Roberto Pérez-Franco
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Libros2008

Cuentos Selectos: 1993-2008

El buen profeta

nanocuento

a Spinoza

Dios me habló y dijo:Cuídate de aquellos que dicen:Dios me habló y dijo…

2008

Epifanía

nanocuento

a Augusto Monterroso

Le asaltó la sensación —o quizás el recuerdo— de un abrazo y una voz lejana, en el silencio. Parpadeó asustado, ignorando que seguía muerto.

2006

El hombre que buscaba a Dios

Un día, un hombre decidió que lo único que haría sería buscar a Dios hasta hallarlo. Dejó a un lado todas sus ocupaciones y se dedicó únicamente a buscar a Dios con todas sus fuerzas, día tras día. Tiempo después, Dios se apiadó de él, se le presentó y le dijo:

Heme aquí. Éste soy Yo, el Dios que tú buscabas. Ahora dime, ¿quién eres tú?

El hombre, al tratar de responderle, se dio cuenta de que no se conocía a sí mismo. Apenado, guardó silencio.

1995

Riesgo

«Todo está perdido —medita en silencio—. Si no toda Europa, al menos la mayor parte de los reinos cristianos. Con Alemania y Austria ocupadas, Francia no tardará en caer, y tras ella seguirá Inglaterra».

—Deme su decisión ya, General —dice la voz cruda—. No me temblará el pulso; aniquilaré a millones.

—Necesito más tiempo.

La cabeza del enemigo se agita, y el brazo se alza amenazante.

La madre se asoma en la puerta; los llama a cenar.

—No crea que se ha salvado, General —espeta el enemigo.

Una sonrisa maliciosa se cierne sobre el tablero.

2006

El sueño

microcuento

a José Luis Rodríguez Pittí

«Quiero soñar conmigo mismo
viéndome dormir»

Mitch Hedberg

Un hombre se acostó en su cama y se durmió. Mientras dormía, soñó que estaba en su cama durmiendo y soñando que sus sueños eran tan reales como su vigilia. Soñó que en sus sueños él veía tantos colores, oía tantos sonidos, hablaba con tanta fluidez, y amaba con tanta intensidad como en su vigilia. Soñó que él era incapaz de distinguir entre su sueño y su vigilia, hasta el punto de no saber cuándo estaba dormido soñando y cuándo despierto viviendo la realidad. Y la palabra realidad perdió su significado. Entonces soñó que despertó de su sueño, y que decidió nunca más volver a dormir para evitar soñar. Y siguió despierto para siempre, en su sueño.

1998

Más bella aún

anécdota

a Edilberto González Trejos

La vio pasar. ¡Qué hermosa era! De facciones finas y mirada de almendras, piel de leche y cabello largo hasta los hombros. «Es más bella que un ángel», pensó, y cerró los ojos, deslumbrado por su propia descripción, imaginando cuán bello había de ser un ángel, y más aún, una mujer más bella que un ángel. Entonces se enamoró de lo que concibió su imaginación. Cuando abrió los ojos y vio nuevamente a aquella mujer, le pareció de una belleza parca, casi mustia, comparada con la creación de su mente. Así que replegó al instante su halago, temiendo se marchitase en su vuelo sin hallar tierra fértil para florecer, y se alejó, despreciando en su corazón a esa que intentó con su belleza vana desplazar a su hermosa mujer ideal de su trono de perfección.

1994

La flor de la adelfa

microcuento

«caer como pétalos de una flor,
ese era nuestro destino»

Sunao Tsuboi

Despertó y supo que estaba sonriendo. Tendido sobre la hierba, abrió los ojos: la adelfa sobre su cabeza dejaba ver trozos de cielo entre los gajos de flores. Miró a su lado y ahí estaba ella, acurrucada sobre el pasto, como si durmiese, pero con los ojos sobre él. También sonreía, y en sus labios aún enrojecidos había una expresión de amor e incertidumbre.

—¿Me quieres? —preguntó él, sabiendo la respuesta.

El kimono entreabierto dejaba ver nuevamente sus hombros de porcelana. En el cabello suelto habían quedado atrapadas unas flores sueltas. El suelo estaba cubierto de ellas. Él le acarició la frente y tomó una florecilla rosa.

—¿Sabes qué me gusta de esta flor?

Pero ella callaba.

—Que me recuerda a ti.

Ella sonrió y bajó la mirada. Akihiro oyó entonces un leve zumbido —¿acaso una abeja en la copa florida?— y luego un silbido agudo. Miró hacia el pueblo cercano, Hiroshima, y un resplandor súbito lo inundó todo.

No escuchó nada. No sintió nada. Las cenizas cubrieron las llanuras quemadas.

2006

La máscara de diablico

microcuento

a Miguel Leguízamo

Pero ninguna como la que hizo Julito. Pregúnteles a los viejos. La madrugada del Viernes Santo salió con la fresca a buscar la tierra. En un hormiguero la encontró suave y húmeda. Amasó la arcilla todo el día. De noche, con una guaricha1, le dio forma ahí en el monte. Le hizo hocico, ojos, orejas, cachos. La dejó secando al sol hasta el día de la Encarnación. Dicen que el día de la Cruz —a escondidas— la forró en papel mojado en agua bendita, y la pintó exquisita con el color de la sangre. En Corpus Christi, la máscara de este diablico2 esparció el pánico. Viejas cayeron al suelo. Niños huyeron llorando hacia los potreros. Hombres mirando desde las puertas de las cantinas orinaron sus pantalones. El padre Conde le echó agua bendita. Juran las beatas que hirvió al contacto: «Esta es la cara de Bel Cebú». Todavía hablan de esa máscara en La Villa. Dicen que el Diablo mismo la moldeó a su imagen aquella noche en el monte, guiando las manos de Julito, cuando se apagó la luz de la guaricha.

2007

  1. guaricha: lámpara pequeña de kerosín. ↩
  2. diablico: persona disfrazada de diablo en una festividad. ↩

La profecía

microcuento

a Pedro Rivera

Quichireya, el más venerable de los brujos cueva, a quien la leyenda presume inmortal, inhala el humo de la hierba. El ojo de su mente se abre y ve la danza del dios.

Todo lo que fue, es y será aparece ante este ojo. El cacique pregunta lo que concierne a su gobierno. Cuando termina, el oráculo queda al servicio de su mujer.

—¿Qué forma tiene el mundo? —inquiere ella.

La verdad le es mostrada:

—El mundo es un mar infinito —responde Quichireya— y, en medio de este, hay una porción de tierra emergida, con la forma de un jaguar color jade.

El pecho de la reina cueva se agita.

—¿Cuántos soles perdurará nuestro dominio?

El brujo, en éxtasis, sentencia:

—Se secará el mar infinito antes de que se extinga la nobleza de tu estirpe.

La reina vuelve a sonreír. Se yergue y camina hacia el gran rancho, dejando tras de sí el rumor de los caracoles que cuelgan de su tobillo.

El brujo la sigue con la mirada.

En el horizonte de azur, que ningún ojo otea, las carabelas de Bastidas1 aparecen sobre las olas, entre la bruma, con la cruz y la espada.

Viene a secar el mar…

2006

  1. Rodrigo de Bastidas, navegante español, primer europeo en llegar a las costas de lo que hoy es el istmo de Panamá (1501). ↩

Excusas

anécdota

a Mónica

Cuando vi la luz amarilla, bajé la velocidad. En la roja, detuve el auto. Beneficiándome de la pausa, la miré, y tras acariciar su cuello unos segundos, la besé. No me saciaron los mil besos que le di en la azotea, ni los dos mil en la escalera, ni los tres mil dentro del auto antes de arrancar la máquina. Creo que sus labios producen dependencia: cuando la hube besado, quise seguir haciéndolo por siempre.

Aun así, ella se sorprendió de aquel gesto en plena vía. Yo sonreí:

—El semáforo está en rojo —alegué, alzando los hombros.

Ella también sonrió, y yo seguí conduciendo. Dos cuadras después, otro farol carmesí me hizo la merced: la besé intensamente, acariciando sus cabellos. Ella me examinó de modo inquisidor, parpadeando con un rápido aleteo de mariposa.

—El semáforo está en rojo —argüí, simplón.

Bajando los ojos, ella rio abiertamente. Yo seguí conduciendo, ebrio de tanta pasión, bendiciendo en silencio al portentoso cerebro que ideó las luces de tráfico.

Al llegar a su apartamento, detuve el motor. Ella clavó la mirada en mi despiste, con una sonrisa tenue en los labios arrebolados. Ritualmente, ella habría bajado del auto en este punto, pero por alguna razón permanecía ahora inmóvil en el asiento.

—¿Qué pasa? —inquirí, algo perplejo.

Ella no respondió. Iba a decir yo algo más, cuando distinguí en sus pupilas la aparición de un destello rubí. Entonces ella estampó un último beso largo en mis labios sorprendidos. Luego me miró y susurró:

—¿Ves esa esquina? El semáforo está en rojo.

2000

Inocencia

a Jack London

El rostro congestionado, la piedra en la derecha dura alzada tras la espalda, mientras la izquierda aprisiona el cuello contra el suelo resquebrajado. Y la voz en la oreja:

«Golpéalo, Caín.»

Los ojos rojos se alzan al cielo, y luego perforan al hermano que asustado hiperventila en tierra. Y la voz persistente:

«Caín, adelante, Caín. Golpéalo ahora.»

—No puedo.

El puño se aferra más al cuello desnudo, hinchando los vasos sanguíneos. El hermano no lucha; se queda quieto sobre el polvo, esperando su suerte.

«Caín, la piedra ya está en tu mano. Hazlo ahora...»

—No quiero. Es mi hermano...

La piedra golpea la hierba. Caín se deja caer de espaldas, y llora de rabia. Abel se levanta, lo mira y huye triste.

«¿Qué has hecho, Caín? Lo dejaste ir, sabiendo que es el preferido. ¿Por qué?»

—No lo sé.


Bitácora. 23 de agosto de 2179. El clon C4027 demostró más potencial que los modelos anteriores. Su agresividad es notable. Ante el estímulo, mostró una reacción más violenta y sostenida, como lo certifican los niveles de adrenalina y cortisol en sangre. Al igual que los clones anteriores de la serie C4000, éste derribó al sujeto y lo aprisionó en el suelo con su puño. C4027 encontró la piedra y la tomó en su mano, un avance significativo. Pero el clon dudó en medio del ataque y lo abortó sin efecto. Algo, que no entiendo, lo detuvo. Esto parece corroborar que estamos todavía lejos de desarrollar un clon con la agresividad suficiente para la guerra. En una nota personal, temo por la suerte del proyecto. No sé cuánto tiempo más nos darán. El General ya pierde la paciencia. Lo noto más agitado cada día.

2007

Papel y tinta

a Héctor Collado

«nunca lo dice, o tal vez lo dice
infinitamente y no lo entendemos»

Borges

Cuando terminó el conversatorio y bajé del escenario, me cortó el paso una joven monja, con expresión de extrañeza tras los anteojos.

—¿Qué quiso decir con su respuesta?

—Así que usted envió aquella pregunta al moderador —dije sonriendo.

—¿Qué quiso decir —insistió ella— con eso de la hoja en blanco?

—Normalmente dejo que mis respuestas se expliquen solas —acoté—, pero ya que usted me lo pide... Usted preguntó a los escritores de la mesa principal qué quisiéramos que se escribiera sobre nosotros si fuésemos una hoja de papel. Al responder que prefería seguir en blanco me refería a que, sin importar la maestría del texto que haya sido escrito sobre ella, una hoja usada pierde la potencialidad, que poseía cuando estaba vacía, de convertirse en cualquier texto, de albergar una nueva idea o sentimiento. Me rehúso a ceder esta libertad indefinidamente.

—Ya veo —asintió.

Empecé a caminar, pero ella me detuvo nuevamente.

—¿Me permite reformular la pregunta?

No hizo falta mi aprobación, porque ella continuó.

—Si usted fuese un papel en blanco, que por un designio inevitable, del destino si se quiere, va a recibir sobre su pureza la mancha de la pluma, ¿qué querría que se escribiera sobre usted?

Intuí que aquella joven buscaba con esta pregunta, la cual según supe luego presentaba a múltiples escritores en conversatorios, una respuesta al problema de su propia virtud.

—¿Cuánta tinta tiene? —pregunté.

—La que haga falta.

—Entonces quisiera que la derramara toda sobre la hoja, hasta dejarla por completo negra.

La expresión de extrañeza reapareció, así que me anticipé.

—Porque así, todas las posibilidades coexistirían en mí, al mismo tiempo. Todas las páginas maestras de la literatura, del pasado y del futuro, estarían prefiguradas en mi superficie. Juntas, ya escritas, ahí mismo, en un solo momento.

2006

La medalla

a Groucho Marx

Mi país tiene una sola medalla olímpica. Es una medalla de bronce, que mereció nuestro héroe nacional hace cinco generaciones. Es el tesoro más valioso de nuestra nación. La mantenemos en una bóveda sellada en el Palacio Presidencial, con cámaras de seguridad y guardia de honor.

A los niños que obtienen calificaciones perfectas se les permite ver la medalla a cinco pies de distancia por cinco segundos, magnífica recompensa por sus esfuerzos. Cuando las estaciones de televisión terminan sus emisiones al final del día, interpretan el himno nacional y muestran nuestra medalla, nuestro orgullo, en toda su gloria.

No es cierto que sólo tres atletas compitieron en aquella ocasión. No es cierto que nuestro héroe nació en otro país. Podría ser cierto que nació de una virgen, que ya corría a una edad en la que otros bebés ni siquiera gatean, y que en la adolescencia embarazó a doce mozuelas en una sola noche.

La Unión Soviética, por otro lado, tiene – según el último censo – alrededor de veinte mil medallas de oro. Nadie conoce el número exacto, porque a nadie le interesa a estas alturas. Un profesor de estadística infirió que aproximadamente el 32 por ciento de los medallistas comparten el apellido Petrov.

Al regresar a la Unión Soviética, cada nuevo medallista de oro recibe en el correo una carta mimeografiada y sin firmar con un agradecimiento de tres líneas de parte del partido comunista; la medalla es confiscada de inmediato. Se dice que las emplean para fabricar circuitos electrónicos para computadoras.

Las medallas de plata son simplemente arrojadas en el horno de la fundición, sin carta de agradecimiento, para fabricar cucharas que serán exportadas a Inglaterra. La gente dice que las medallas de bronce son fundidas para hacer los casquillos de las balas con las que luego fusilarán a sus recipientes, acusados de traicionar al partido, dado su desempeño perezoso.

2008

Viento del norte

a Juan Ramón Jiménez

Ahora que te fuiste, amor, el verano ha llegado con su viento del norte y sus atardeceres de fuego. Estoy de pie en nuestro cerro, isla en un agitado mar de hierba. Traje tu cometa, esa que hice con birulí de la finca de mi abuelo. Usé el hilo encerado que le compré a Cuchi aquella tarde cuando salíamos de misa. La forré como lo pediste, con papel blanco y rosa que conseguí donde Neli. Por irte tan pronto, la dejaste virgen, en tierra.

Hoy vine a volarla para ti, aprovechando el sol y la brisa. Zumbando, subió al cielo con su rabo de trapo. Revoloteó sobre los árboles del río, briosa y ronroneante. ¡Si la hubieses visto menearse, resistiéndose a mi rienda! Ahora vuela serena, resignada ante la atadura, entre golondrinas y nubes de espuma. El cachorro contempla su bamboleo y escucha su silbido angustioso. A lo lejos, el palmar se estremece y canta.

Te echo de menos, amor. Hubiese querido que este viento acariciase tus cabellos, y que el atardecer tibio dorase tu piel. Aquí, bajo la cometa, te habría tomado por la cintura, dándote un beso largo que terminaría después de puesto el sol, susurrando cosas tiernas a tu oído. Te diría, posiblemente, algo así: que la muerte no es el final de la vida, y que quien muere por amor, vive para siempre.

Perdona ahora que corte con este machete el hilo que retiene tu cometa. Quiero liberarla de este cautiverio para que vaya a buscarte, como un ángel ansioso que se esfuma en un abismo. Llevada por la brisa sobre cerros y mares, te encontrará —tal vez— algún día. Disculpa también que corte el hilo de sangre que corre por mi cuello, reteniendo a mi alma con su torrente. El amor me guiará y, antes de que salgan las estrellas, estaré a tu lado.

¿Sabes algo, corazón? La sangre del sol sobre las nubes lejanas me hace recordarte.

2005

Caña rota

A mi abuelo Lito

El fósforo, entre chispas y humo, arroja luces en la cara del muchacho, que enciende la guaricha, baja el cristal y da vida a la llama con un poco más de mecha. Está solo, hincado en medio del camino, y un pesado objeto le abulta el bolsillo. Se levanta y camina lento, cruzando el aire con miradas cortas y nerviosas. No le asusta la noche, sino la idea de que un tiro pueda escapársele. Él nunca ha usado un arma, y tomarla así escondido, a esa hora, en ese lugar... Se detiene. Duda un instante debatiéndose entre la compasión y la prudencia. Pero pronto se decide: ya no soporta más. Camina por el sendero angosto, rumbo a los potreros. Las piedras crujen bajo sus pasos. El viento fresco murmura entre las ramas de los balos.

«¿Cuánto más lo dejarían sufrir?», se había preguntado, sabiendo que inevitablemente moriría, desangrado o por gusanera. «Si un caballo se rompe una pata, ¡está listo!», había oído decir al abuelo. Éste sí se la rompió feo. Por varios días le había colgado por un pellejito, partida como una caña rota. El espectáculo de la carne pudriéndose en el animal vivo había calado hondo en el niño.

Se detiene a pocos metros de la cerca de púas, desde donde distingue la silueta borrosa del potro. Escucha bufidos de dolor y el murmurar de la pata en la hierba. Saca con cuidado el viejo revólver, negro por el desuso. Esa tarde lo tomó de la gaveta donde su padre lo guardaba. «Si se entera, me capa...» Con un chasquido, echa atrás el martillo, apretando fuertemente el mango con ambas manos. «Será un solo tiro en la cabeza, para que no sufra».

Alinea la mira con el blanco y va a halar el gatillo cuando escucha pasos. Se gira por instinto y el revólver escupe fuego. El cuerpo de su padre, estremecido, se desploma entre la maleza. El estruendo del disparo huye hacia los cerros y se desvanece en su propio eco.

2005

Amigos

minicuento

a Jack London

«Creo que he visto el infierno
… es blanco como la nieve»

Sandy Welch

Ya me había resignado a la proximidad de mi muerte, cuando distinguí la figura enorme de Peluche tras la blanca confusión de la borrasca. Caminé hacia él. Noté que había perdido mucho peso, pero aún lucía impresionante. Su salvaje belleza me infundió remordimiento, y me sentí culpable. Acaricié su hocico; él olfateó mi rostro. Al rato nos echamos juntos sobre la nieve, exhaustos. Un promontorio cercano nos protegía del azote brutal de la ventisca. El sol aparecía poco y breve, tras las heladas ráfagas de niebla. Pensé que solo el prodigioso olfato del oso explicaba nuestro encuentro en la desolación polar. Peluche conocía mi olor desde cachorro.

Ignoro si su instinto habrá resentido la ausencia de individuos de su especie, ya extinta. De los doce embriones que preparamos en el Instituto, solo él sobrevivió. Creció majestuoso, pero condenado a la soledad. El cautiverio se convirtió en su tormento. Aunque ahora me arrepiento, creí procurar su bien cuando pedí al director liberarlo en el Ártico, donde sus antepasados alguna vez reinaron. Tenían razón quienes argumentaron que el cambio climático había destruido el ecosistema y que él no encontraría presas. Supongo que accedieron a mi petición solo porque el proyecto de traer la especie de vuelta ya era un fracaso, y sospechaban que Peluche deseaba la libertad más que la vida. Vagando consumió sus reservas de grasa. Yo agoté mis raciones de alimento, siguiéndolo desde lejos, impotente ante la tragedia. Al morir la batería del radio, perdí la última esperanza de un rescate.

Desamparados, pero juntos, esperamos sobre el hielo a la muerte, que vendría pronto con el hambre y el frío.

—Este no era el final que deseaba para ti, amigo —le dije, acariciando su gran cabeza blanca—, y ahora tendré que verte morir a mi lado.

Sus negros ojos, entreabiertos y salpicados de nieve, me miraron. Moviéndome muy cauto, y sin dejar de acariciarlo, saqué el puñal de la mochila. Mi corazón suplicó: «Perdóname». Pero la disculpa era innecesaria; él me entendía perfectamente. Lo supe cuando sentí crujir mi cuello; cuando sus colmillos, lentamente, se hundieron en mi carne. No sentí dolor, solo la tibieza de la sangre y su aliento sobre mi rostro.

2006

El vendedor de rosas

a Mam

Mam: la abuela materna del autor, Sara Raquel Muñoz de Franco.

Tomé la mano de mi abuela entre las mías, y la acaricié. La sentí temblorosa, trémula, fría. Dentro de ella, la llama de la vida perdía su fuerza. Hice coincidir sus dedos con los míos, frente a frente. Y pensé en ese momento que yo escribiría en mi vida todo lo que ella no ha tenido oportunidad de escribir, perpetuando una generación más la relación amorosa entre nuestra estirpe y las letras.

Me despedí con un beso y un nos vemos pronto, y partí hacia mi casa. De regreso, en la esquina del semáforo, vi caminando sobre la calle mojada a un vendedor de rosas que se paseaba entre los vehículos en marcha, con un precioso ramillete de rosas rojas, envueltas individualmente en celofán. Vestía como un hombre normal, aun siendo un vendedor de rosas.

—¿Qué vendes? —le pregunté, con el secreto deseo de verificar si era consciente de su misión en esta tierra.

El vendedor de rosas se inclinó hacia mí y, mostrándome las rosas, me contestó:

—Vendo rosas. Rosas rojas, hermosas, frescas. —Y, mirándome calmadamente, se explicó—: Vendo el perdón de una novia herida por el descuido de su hombre. Vendo el piropo sin épocas de un enamorado a su diva inalcanzable. Vendo el consuelo de un poeta rechazado. Vendo la promesa de un pronto retorno del ser amado. ¡Vendo tantas cosas! Sobre todo, vendo una aproximación roja al misterio del amor, renovado cada día, y efímero como un sueño...

Sonreí, y le dije:

—Eso es, en verdad, lo que haces.

Y seguí adelante. Llegué a mi casa. Me bajé del auto. El peso del cielo me hizo mirar hacia arriba, y vi que era cierto: el inmenso manto de seda negra que se extendía sobre mi cabeza desbordaba en pequeños diamantes, fríos, latentes. Entonces recordé la sentencia: «la noche está estrellada, y ella no está conmigo».

Deseé haber comprado una rosa, para consolar mi alma triste con su perfume. Y la hubiera comprado, de no haber sido porque mucho tiempo atrás decidí nunca más ofrendar en holocausto a una criatura bella en nombre del amor a otra criatura bella.

Me las veré a solas, y sin consuelo, con mi amor roto.

1998

La presa

a Jean Auel

En el matorral, enredada entre madroños, está la presa. Escucho sus gruñidos cortos y el estremecer agitado de las ramas. Creo que no me ha olido, pues avanzo hacia ella contra el viento; sé que no me ha visto todavía. Tal vez se presiente vulnerable, atascada entre las espinas. Tal vez su corazón late furioso, como el mío.

Hace frío. La nieve cubre los vellos de mis brazos. El vapor de mi boca me hace pensar en lo duro que será este invierno. Queda poca luz, acaso una luna más. Hemos comido poco y temo que, si la caza no mejora, esta noche larga será la última. Otros cazadores de mi clan, al otro lado del río, deben estar ahora acechando a un grupo de ciervos que descubrieron en la madrugada.

Pero los ciervos son rápidos; nosotros, débiles, por el hambre. Mi pulso se desboca nuevamente, pues la presa se ha quedado quieta, tal vez cansada, o porque me ha sentido cerca. Nuestra esperanza está cautiva entre la maleza. Me levanto, con la lanza en la mano, sigiloso. Siento un tirón en mi hombro: el pelaje de mi abrigo se ha enredado en los abrojos. Al tratar de zafarme, hago ruido. El jabalí se estremece y temo que escapará.

Suelto la piel, y desnudo me abalanzo sobre la presa, arma en mano. El cerdo me ve venir hacia él y patea furioso. Mi lanza lo corta; de una coz me hiere el rostro. Escapa del matorral, con la carne viva, hacia el arroyo. Me toco el pómulo: los dedos se manchan de sangre. Lloro, pero no por el frío o por la cara rota, sino por haber dejado escapar a la presa.

Oigo pasos tras de mí. Me giro, y una lanza atraviesa mi vientre. Varios extraños, de pie frente a mí, sonríen cuando grito. Algunos se van a perseguir al jabalí. Dos se quedan. Son más altos que nosotros, con rostros pintados y menos pelo en el cuerpo. Hablan en una lengua que no conozco. El más fuerte saca una piedra larga y filosa, que mete en mi pecho. Miro al cielo. La luna creciente brilla pálidamente entre las nubes. Aún es de día, pero ya siento que llega la noche.

2006

Res una sumus

ensayo ficticio breve

«la vida es una especie de ajedrez»

Benjamín Franklin

Que resultó tras siglos de un juego de ejércitos opuestos, perfeccionado por hombres de diversos pueblos y tiempos. Que el sabio Sisa lo creó para demostrar a un rey persa su dependencia de los súbditos. Que Hermes lo concibió —obra cumbre del hombre cumbre— como regalo a sus descendientes. Que Adán lo ideó durante su ocio en el paraíso. Son teorías falsas.

La humanidad ha conocido el ajedrez por dieciséis siglos, cinco en su forma actual. Pero no es su hechura: el ajedrez fue descubierto, no creado. Estaba ahí desde el primer instante en que algo existe. Dos dimensiones bastan: sobre el plano segmentado, ausencia y presencia de luz, se baten los bandos. Sus movimientos se derivan de teoremas básicos, euclidianos en su simplicidad: el rey, razón de ser, mueve un espacio en cada eje o en ambos. La reina prolonga al límite el movimiento de aquel. La torre es negación de los movimientos oblicuos de esta. El alfil, lo inverso. El caballo hibrida a ambos, limitado. El peón emula solo a uno, minimizado, hacia el contrario.

Fuera del tiempo y el espacio, imaginando el universo antes de crearlo, Dios verificó que en la contemplación de un mundo bidimensional ya está implícito el ajedrez, inevitable consecuencia del plano y la polaridad. Dicen los citros que Alá creó a Satán para tener a quién vencer en el tablero. No podía derrotarse a sí mismo jugando perfectamente un juego perfecto: Dios contra Dios es siempre tablas.

Enuncian que existen infinitas variaciones del ajedrez, y que la conocida por el hombre es solo la más simple, la única que nos resulta comprensible. Aseveran que nuestro universo, el cual excede nuestro entendimiento, es la variante más compleja del ajedrez aún asequible a la percepción humana. También en esta el Diablo es el único oponente capaz de aliviar a Dios la carga de la soledad. Las leyes inmutables de la física, que apenas comienza a descubrir nuestra ciencia, son las reglas básicas en esta versión del juego. En ellas están predeterminados el hombre y las estrellas, como el gambito de dama lo está en la vertiente que practicamos. Insisten los citros del Sahara en que hay especies del ajedrez aún más complejas que el universo visible, y que Dios sigue encontrándolas y agotándolas sin fin.

2006

La última rosa

a Saint-Exupéry

«en una guerra de dos rosas murieron
príncipes que eran como rayos negros,
cegados por pétalos de sangre»

Cortázar

En su sueño, el príncipe se irguió sobre la torre y oteó a su alrededor. ¡Qué vasto sería el reino de su gloria! ¡Cuán digna aquella cumbre aguerrida! Le atormentó la conciencia de su propia finitud porque el cielo sobre su cabeza hacía alarde de eternidad: su coraje le hizo pensar que él también la merecería. Trazos violeta de nubes en lontananza trajeron, en dulces recuerdos, los crepúsculos de la infancia. La brisa impregnó su aliento con el perfume de las rosas del jardín perenne que rodeaba, como un disco rojo, el vetusto palacio de piedra. Allende el manto de flores, la llanura se extendía bajo sus pies, con parches de sembradíos, hasta fundirse en las montañas nevadas del horizonte.

En su corazón parpadeaba la llama de la vida, el ímpetu de la juventud violenta, y la tenacidad de la estirpe antepasada. Extendió sus brazos e hinchó sus pulmones con aire que exhaló en un suspiro lento. Su Dios lo llamaba a la guerra. Se mojó los labios y peinó hacia atrás los cabellos sudorosos con los dedos finos, sedientos de sangre en la santa batalla. El anillo de oro duplicó un instante el fulgor del sol agónico. Clavó la vista en el espacio y con una sonrisa se lanzó al vacío.

Cayó suavemente, cual la última estrella de un amanecer de verano, durante incontables días con sus noches, desde la torre hasta el jardín. Mientras descendía, contempló la maduración de las espigas en los campos, la migración de las aves, la danza de los planetas sobre el fondo giratorio del firmamento, y los ciclos de la luna que volaba, como un ángel de leche, en el abismo del cielo. Contó una por una las hojas de los árboles que la brisa agitaba junto al riachuelo y corroboró el incremento en su número. Cerca del suelo, aspiró hasta la embriaguez el perfume de las rosas. Varias veces maduraron los capullos ante su rostro, abriendo los pétalos encarnados al sol.

Entonces un grito le despertó a la realidad de su guerra santa. Tendido sobre tierra, yacía malherido sobre el campo de batalla. Un amplio círculo de cadáveres le rodeaba. La espada de su enemigo caía sobre él y se hundía en su pecho. Brotaba la última rosa de sangre al pie de la torre.

2005

Ensayo y error

minicuento

a Tristán Solarte

Adán mordió la manzana. El sabor y fragancia eran idénticos a los de la fruta común. Dios, que durante siglos había esperado el mordisco, escondido detrás de una parra, saltó y dijo:

—¡Ajá! Así te quería agarrar, malagradecido. Mira todo lo que he hecho por ti. Te di un paraíso para vivir eternamente y una mujer para acompañarte. A cambio solo pedí que no comieras de este árbol.

Algo iba a decir Adán, pero Dios se adelantó:

—No culpes a Eva: es una excusa tan obvia.

A su vez, Eva quiso intervenir, pero Dios le cortó el paso:

—No me vengas con el cuento viejo de la serpiente.

El animal, que andaba todavía por ahí, se subió al árbol y siguió escuchando, con la resignación del actor que hace mutis en una escena repetida mil veces.

—Ahora —prosiguió Dios— dictaré sentencia. Los dos serán expulsados. Tú, Adán, trabajarás para ganarte el pan. Se acabaron los días felices de abundancia. Ahora tendrás que regar la tierra árida con tu sudor para arrancarle frutos escasos. Tú, Eva, por largo tiempo has disfrutado del sexo sin preocupaciones. Ahora sangrarás seis días cada mes, y te embarazarás fácilmente. Al término, parirás con dolor un bebé cuya cabeza será demasiado grande para tu vagina. Te quedarás en casa a cambiar pañales, limpiar pisos y fregar platos. Y tú, serpiente, te arrastrarás por el suelo…

—Espera un momento —interrumpió Adán.

Todavía no acostumbrado a tan bruscos cortes a su inspiración, Dios puso la cara de enfado que Miguel Ángel le diera en un fresco. Pero Adán no lo estaba mirando: con ojos fijos en la fruta mordida, movía un bulto en su cachete. Tras unos segundos de meditación, dijo:

—¿Sabes qué, Dios? No vale la pena… Te devuelvo tu manzana.

Escupió la masa, que no había tragado aún, y la pegó con saliva, lo mejor que pudo, al resto de la fruta, colocándola luego sobre una rama del árbol prohibido. La serpiente miró de soslayo a los presentes y se arrastró en silencio hasta otra rama. Dios, desilusionado porque el desenlace —preparado tan minuciosamente desde la creación de este universo— había fallado una vez más, abandonó el Jardín y se fue a crear otros mundos, con nuevas variaciones. Adán y Eva siguieron viviendo en el Paraíso, sin trabajar ni parir. Murieron, siglos después, a causa del aburrimiento.

2006

De cómo el capítulo XVII no fue el último

minicuento

a Enrique Jaramillo Levi

Abatido sobre el suelo, en el umbral de la muerte, el caballero dejó caer la cabeza hacia el costado. Logró ver a su viejo caballo intentando huir de la bestia, con lastimoso galope, sin mayor suerte. Más allá, sobre una colina que perfilaba su curvatura en el cielo de la tarde, creyó ver las siluetas borrosas de dos jinetes que también trataban de evadirla. Se palpó el rostro y la barba. Vio que su mano se cubrió de sangre. Quiso alzarse, o al menos girarse de costado, pero no pudo. Sintió una liviandad en la cabeza, como cuando acomete el sueño, y supo que la vida se le apagaba.

—Ved en cuán amarga cuita me sale al paso el fin —suspiró débil, entre labios—. Socorredme en esta hora triste, señora mía.

Una brisa fuerte, del poniente, estremeció las banderas reales y las ramas de un encino.


La pluma se detuvo de súbito. Recostándose sobre el escritorio, el hombre cerró los ojos y con el índice masajeó los párpados cansados. Una sensación extraña, como de tristeza o melancolía, le revoloteó en el pecho. Miró por la ventana abierta. Unos niños sucios jugaban con espadas de palo en el callejón. Caía la tarde. La voz del pregonero, algo lejana, le distrajo un momento. Se puso de pie. Miró el bulto de papeles sobre la mesa. Volvió a sentarse. Algo hacía falta aún, presintió; algo no estaba en su sitio. Tomó la última hoja del grupo y la rompió. Luego reinsertó en otro lugar de la pila de papel las cuatro hojas anteriores. Mojó la pluma nuevamente.


El caballero abrió los ojos. Sobre la colina aparecieron las siluetas de los dos jinetes. Alzó la vista y vio al león saltar sobre él y reparar las heridas de su cuerpo con las garras, y luego correr de espaldas hasta la jaula, donde se echó tranquilo. Sintió que su cuerpo era arrojado hacia arriba, en el aire, y el dolor desapareció. El viejo caballo regresó al galope, también de espaldas, y en una cabriola se colocó bajo su cuerpo. La armadura no hizo ruido al desplomarse sobre la silla. Bestia y jinete quedaron quietos frente al carro de los leones. El recuerdo del feroz ataque desapareció de la memoria. Alzándose la rota visera, don Quijote miró al leonero, que esperaba su respuesta. Una brisa del poniente hizo volar las banderas.

2006

El tradebario

minicuento

a Milcíades Pinzón Rodríguez

Tras unos compases enmohecidos de algún Capricho de Paganini, el profesor baja el violín y le da un segundo vistazo, con cierto desdén.

—Es una copia —sentencia— de cierto valor, pero copia al fin. Le doy quinientos pesos, porque hoy ando de buen humor, pero no más. Honestamente, no creo que valga tanto, pero usted es un buen hombre y ha venido de tan lejos…

El campesino, incrédulo al principio, triste luego, no responde. Le hace falta el dinero, pero la oferta es nada comparada con lo que esperaba obtener. Viajó un día entero a caballo desde su rancho en El Bijao hasta el puerto de Mensabé, y luego tres más en barco hasta la capital, gastando buena parte de sus ahorros, con la ilusión de hacer fortuna vendiendo el instrumento.

Un médico amigo suyo, educado en Europa, lo había oído en una fiesta del pueblo. Intrigado por la pureza del sonido, inspeccionó el violín. Supo que era herencia del abuelo, un viejo rubio a quien llamaban Beto Fonjáez, pero que firmaba Herbert von Hausen. «Este violín parece ser un Stradivarius —había dicho el doctor—; y si lo es, vale más que todas estas tierras con sus dueños».

El campesino reflexiona ante el fallo del profesor y pregunta malicioso:

—¿Cómo sabe usté que no es un tradebario1?

Algo reticente, le responde:

—El ojo experto ve mil pequeños detalles: el tono del barniz, el tallado de la voluta, la forma de los huecos, la resonancia de la caja, hasta la densidad de la madera. ¡Hombre, si no me cree, vaya a que otro experto lo avalúe y ya está!

Sin rumbo, el campesino vaga toda la tarde por las calles de San Felipe. Se echa en una esquina y toca alguna cumbia nostálgica. No falta quien le tire un cuartillo, creyéndolo mendigo. Al amanecer, desilusionado y hambriento, regresa. El profesor estaría de mal humor, pues solo le da trescientos pesos y un sermón.

—Le estoy haciendo un favor. ¡No se los gaste en aguardiente!

Esa tarde se cruzan en el muelle. El campesino, borracho ya, no lo ve siquiera cuando sube al barco de regreso a su pueblo. El profesor, que pretende no reconocerlo, baja del carruaje con un baúl y un maletín, y aborda un vapor de cierto lujo, para realizar una diligencia de impromptu. Tres semanas de viaje y trasbordos lo llevarán a Nueva York. A tiempo —si Dios quiere— para la subasta de Stradivari en Sotheby’s.

2006

  1. tradebario: deformación de Stradivarius. ↩

El hombre que llega

A Eustorgio Chong Ruiz

El hombre va por el camino, solo. La noche se prolonga en sombras cenicientas, apenas definibles bajo la luna menguante. Sólo el murmullo de sus cutarras y la respiración de fumador viejo perturban el silencio. En su mano, el fósforo se enciende para dar fuego a la pipa.

El aroma caliente de tabaco le tranquiliza un poco. Los grillos cantan entre los matorrales cercanos. Está oscuro: su mano se desliza hasta el cinto y tienta la cacha del machete. Chupa de nuevo, saboreando el humo un momento en la boca. Mira al cielo.

—¡Chejito, carajo!

La noche se traga los pasos, acentuando la sensación de soledad. Su mujer lo mandó a llamar a la salina, donde estaba acampado por ser verano, cuando los hombres de sal deben proteger día y noche los destajos, para que no los arrastre el aguaje. «Dice tu mujé’ que te regresey, que tu hijo se sacó a una muchacha». La madre se había enterado en la mañana porque el rumor corría por el pueblo: «Chejito, el de Naya, se sacó en la noche a Esperanza, la hija de Mecho, por la ventana del rancho, en un caballo que le prestó Licho Huertas».

El hombre llega a una quebrada y se descalza. Con las cutarras en la mano, atraviesa el torrente frío. El polvo del camino le arropa la humedad de los pies. Divisa más adelante la luz de una guaricha, que se escapa por la ventana de una casa de quincha, como un ángel de fuego que huye de un abismo.

—¡Ay, Chejito! ¡Qué pendejo eres!

Chupa otra vez la pipa, sin prisa, aspirando largamente. La lumbre le enrojece el rostro. Deja salir el humo, y con él una saloma sabrosa, clara y fuerte; esa saloma del alma que lo distingue entre los salineros. Con el grito que retumba entre los ciruelos, la luz de la guaricha se atenúa. Queda la casa a oscuras y en silencio, esperando al hombre que llega.

—Le voy a da’ una rejera.

Se detiene frente a la casa, semejante a una estatua de sal; algo le estorba el pensamiento. Medita un poco: los recuerdos de su juventud cruzan su mente, como garzas que vuelan hacia los manglares. Años atrás él y Naya, fruto recién maduro, estaban enamorados. Hicieron planes y promesas. Él se la robó una noche y la llevó a caballo hasta el río. Desde entonces vivieron juntos, en esa felicidad sencilla que por ser constante se hace casi imperceptible.

En su rostro, duro como cuero, se presiente una sonrisa. Su corazón se ablanda. Su perspectiva se modifica. Su alma se regocija por la valentía del hijo. Vuelve a salomar.

La luna se está durmiendo tras los cerros.

2005

Hacia el jardín

cuento corto

a Rogelio Sinán

—Anoche soñé con ella.

—Otra vez —gimió la madre, bajando la cabeza y persignándose.

El padre, en silencio, miró a su hijo, que estaba sentado frente a un plato intacto de cereal. Tras una larga pausa, le preguntó:

—¿Qué te dijo esta vez?

—Que no se preocupen por ella. Dice que mamá no debe llorar más, pues ella está bien.

El padre miró a la madre, que alzó las cejas como disculpándose. Impaciente, se levantó de la mesa, besó el aire sobre la cabeza de su esposa, y puso su mano sobre la del hijo. Se puso el saco, tomó un maletín y salió de la casa.

—A tu papá no le gusta que hables de esas cosas.

—¿Qué significa ateo? —preguntó el niño.

La madre guardó silencio. Luego dijo:

—Debes irte a la escuela. No quiero que llegues tarde.

A la mañana siguiente, los padres desayunaban en silencio, mirando al hijo de soslayo cada cierto tiempo.

—Anoche soñé con ella.

—¿Ya ves? —dijo el padre—. Debes llevarlo hoy. Un psicólogo podrá ayudarlo. No podemos quedarnos de brazos cruzados y dejarlo crecer de esta manera.

La madre, callando, asintió con un gesto triste. Quiso preguntar algo al hijo, pero no lo hizo.

—Le conté que ustedes no me creen. Me dijo que le dijera esto a mamá: el día que ella murió, pasó algo bonito, que solo ellas vieron.

—Tú no estabas ahí —interrumpió la madre, enrojecida de súbito.

—Yo estaba en la escuela. Papá no había llegado del trabajo. Pero ella sí estaba. Ese día, ustedes dos estaban solas en la casa. Me dijo que tenía mucho dolor, y ese día entendió por qué. Me explicó que la vida es como una escuela: uno viene, aprende y se va. Ella supo que ya había aprendido su lección y era hora de irse.

El padre, iracundo, se puso de pie, viró la mesa y se arrancó la correa.

—¡Basta! —gritó—. A este carajo lo arreglo yo ahora mismo.

Tomó al niño del brazo y comenzó a azotarlo.

—¡Había una mariposa! —lloró el niño.

La madre detuvo el brazo del padre, y de rodillas frente al niño le preguntó:

—¿Qué más te dijo ella?

—Que esa mañana la mariposa entró al cuarto por la ventana abierta y voló hasta su pecho. Ella la vio, mamá, aunque sus ojos estaban cerrados. Dice que tú la viste también, que dejaste de llorar y te quedaste mirando a la mariposa mover sus alas suavemente hasta quedarse dormida. Dice que la respuesta a tu pregunta es: «Sí». En ese mismo momento ella también se durmió.

—La mariposa murió —gimió la madre.

—Ella me dijo que tú pusiste esa mariposa en su ataúd, entre sus manos.

—Tú no estabas ahí —repitió la madre, llorando.

—Ella lo vio todo —insistió el niño—. La mariposa está allá, junto a ella. Anoche me la mostró. Me dijo que ustedes no me creerían. Me pidió que la trajera para que crean.

El niño sacó de su bolsillo una cajita de madera; y de ella, una mariposa inmóvil. La madre palideció al verla.

—Está muerta, ¿no lo ves? —espetó el padre.

—Dijo que la tomes en tus manos, como ese día.

La madre tocó la mariposa, que al instante movió sus alas. Resplandeciendo bajo el sol de la mañana, como un pequeño ángel que sale de un abismo, voló por la ventana abierta hacia el jardín.

2005

La leyenda del rey viudo

a Melanie Taylor

El rey Kronor, soberano de un país en las tierras del hielo, perdió en un invierno crudo a su reina. «Demasiado pronto llegó el beso de la muerte», se lamentó ante el dios. Trece lunas la lloró, pero sus lágrimas no sanaron la herida de su alma. No encontró en su tierra resignación para vivir.

Una mañana, Kronor montó su corcel y cabalgó allende los límites de su reino. Su corazón fue malherido por la mirada de una joven doncella, vestida en la piel de lobos blancos. «Conozco tus ojos grises», suspiró el rey. La mujer desapareció en una ventisca. El monarca sintió en su corazón el extraño anhelo de tener a esta aparecida como su reina. Su consejero le advirtió que la tradición prohíbe a una extranjera acceder al trono. En su alma, el rey sabía que esta mujer no le era extraña.

Tardes sin número cabalgó el monarca más allá de los confines de su estado, para contemplar desde lejos a aquella mujer. Algunas veces la encontró paseando sola sobre la nieve fresca. Ella le sonreía en silencio. Su belleza conocida atormentaba a Kronor. Su corazón se agitó como las auroras de la noche. Soñó con aquel cuerpo abrigado bajo el pelaje del lobo, ángel de tibieza en un abismo de hielo.

Una mañana, el príncipe Kronhast, heredero de la corona, venció a su padre en una partida de ajedrez. Poniéndose de pie, el rey gritó: «Saca tu espada», y se batió con él. Cuando el helado filo de la espada de Kronhast se posó reticente sobre el cuello paterno, el soberano sonrió y dijo: «Soy libre. Has crecido más fuerte y sabio que tu padre. Sabrás defender nuestros dominios desde el trono. Por mi parte, he sido conquistado: mis días aquí han terminado».

Kronor convocó a su corte esa noche. Tras un banquete les anunció: «He aquí a mi hijo Kronhast, vuestro nuevo rey. Mi corazón me llevará hoy a otras tierras». Ninguna otra palabra pronunció su boca. Se cubrió con un abrigo de piel de lobos blancos y cabalgó en su potro más allá de los confines del reino. Nunca nadie más le vio.

Esta es la leyenda de Kronor, el rey viudo, según la cuentan los ancianos de las tierras del hielo: dicen que todas las noches, bajo la luz de la luna, dos lobos blancos corren juntos sobre la nieve fresca; que estas son las almas del rey Kronor y su reina; que el rey todavía vive. Generaciones de soberanos gobernaron a la sombra de la leyenda. Kronhast, el justo; Kronmaron, el sabio; Kronsorel, el bueno. Kronarion, el grande.

Pero llegó el tiempo de Kronhul, el de alma dura, quien por no compartir con un muerto la gloria de su reinado, quiso desmentir la leyenda. «Si hago creer que he encontrado en el bosque el abrigo de lobos que Kronor vestía, demostraré que está muerto y que la leyenda es falsa». Envió a un cazador a matar lobos blancos para hacer un abrigo que sirviera en su engaño.

El cazador regresó tras tres noches, con el pelaje de dos lobos blancos. Envueltos en paños rojos, traía sus corazones. «He matado en la noche a estos lobos blancos, ¡oh Kronhul!, y al desollarlos encontré corazones humanos. Caiga sobre tu cabeza la sangre de Kronor». La lanza que abatió al lobo macho atravesó el pecho de Kronhul, el de alma dura, y le dio muerte.

2005

El hallazgo

cuento corto

a Ariel Barría Alvarado

Cuando abrimos la puerta trasera de la camioneta, ahí estaban: paquetes encima de paquetes, envueltos en plástico y cinta adhesiva. El conductor saltó de la camioneta y trató de escapar, pero los compañeros del otro patrulla lo persiguieron y le dispararon cuando rehusó detenerse. Mientras los transeúntes observaban boquiabiertos al tipo muriéndose en el asfalto, yo estaba paralizado por la enorme cantidad de droga que había frente a mí en el furgón.

—Dios mío.

Estimé al ojo como tonelada y media de la buena. Luego el director de la Policía anunció el peso oficial: 1615 kilos de cocaína pura. Nos felicitaron en el cuartel, y nos tomaron una foto dándole la mano al director, con el estandarte del Departamento en el fondo.

—Oficiales ejemplares —dijo alguien.

Yo no estaba siquiera pensando claramente, poseído por la magnitud del hallazgo.

Esa noche, en cama con mi esposa, todavía tenía las malditas bolsas en la cabeza.

—Estás temblando —me dijo mi esposa—. ¿Qué te pasa?

No pude decirle. No dormí ni un minuto, los ojos abiertos toda la noche, mirando a mi esposa, a la bebé durmiendo en la cuna, al crucifijo colgando en las miserables paredes de la miserable casa en la que vivíamos, y que todavía no había terminado de pagar, poniendo mi vida en peligro cada día.

—Tremendo golpe de suerte ayer, ¿ah? —me dijo Paco cuando entré en el patrulla el día siguiente.

Lo miré a la cara y vi que hablaba en serio. Paco tenía los ojos rojos, y el aliento hediondo a licor barato. Seguro había estado toda la noche despierto, bebiéndose los cien dólares que el Departamento nos había dado como recompensa por la gran cantidad de droga confiscada. Se veía sinceramente feliz con todo el asunto. Me pareció que Paco lo veía como una gran cosa, beneficiosa para su carrera y una buena oportunidad para invitar a sus pasieros1 a tomarse unos tragos gratis.

—¿La pasaste bien anoche? —le pregunté, sarcástico.

—¡Del carajo!2 —me respondió.

—¿Guaro con los pelaos3 y pindín4 con las guiales5?

Sorprendido por mi tono, me espetó:

—¿Y ahora qué chucha te pasa6, brother?

—Paco… —le dije, sacudiendo la cabeza—. No tienes ni puta idea7 de lo que hicimos ayer.

—¡Nuestro trabajo! —respondió, con sorpresa.

—Eso es demasiada coca, Paco. Demasiada. No se supone que seamos tan buenos. A algún monogordo8 le está faltando tonelada y media de cocaína, y te aseguro que ese cabrón no está feliz con nosotros.

Paco se había puesto sobrio de pronto, y ya no sonreía.

—¿No viste ayer por casualidad un carro pasar despacito frente a tu casa, más de una vez?

Me miró, como tratando de recordar. De pronto, abrió grande los ojos.

—Puta madre.9 Me cago… me cago en la…

Bajó la cabeza, apretando los dedos sobre la cara, como arañándose los ojos.

—¿Crees que saben dónde vivo?

No pude responderle. Pero sentí que no hacía falta.

—Estamos muertos, compañero, estamos listos —gimió Paco, descontrolado.

—Cálmate. Solo tenemos que ser más cuidadosos de ahora en adelante. Mantén los ojos bien abiertos y no confíes en nadie. ¿Estamos claro? En nadie. Todo va a estar bien.

—¿Estás seguro? —me preguntó, con lágrimas en las mejillas.

Miré por la ventana. En un patrulla que pasó de largo, un policía con lentes oscuros bajó el vidrio, y levantó la mano, como saludándonos. Solté el broche del revólver, y revisé el tambor: seis balas color bronce dormían en el carrusel frío. Sonó el breve chasquido de un martillo.

—¿Estás seguro? —volvió a preguntar Paco, más tranquilo.

Pero ya no pude mentirle más.

2008

  1. pasiero: amigo muy cercano y de confianza. ↩
  2. pasarla del carajo: divertirse mucho. ↩
  3. pelao: aquí, amigo de mucha confianza. ↩
  4. pindín: baile con música típica panameña. ↩
  5. guial: muchacha, mujer joven. ↩
  6. vulgarismo enfático por «qué te pasa». ↩
  7. no tener ni puta idea: no tener la menor idea. ↩
  8. monogordo: criminal o persona corrupta de alto rango. ↩
  9. exclamación de asombro. ↩

Preludio

a Sara Raquel Muñoz de Franco,
quien me enseñó a amar la música y la vida

Abrió los ojos y todo era oscuridad.

Respiró profundamente. Parpadeó y abrió los ojos nuevamente, pero no percibió nada más que un negro inmenso envolviéndolo todo. Su corazón se aceleró espantado, y respiró otra vez, muy profundamente, para calmarse. Buscó con las manos a su alrededor, y descubrió que apenas podía moverlas, pues había paredes a ambos lados de su cuerpo. Las cruzó sobre su pecho y notó que también sobre él había una pared, muy cercana a su cuerpo.

En ese momento, recordó algo. Había amanecido ese día con un terrible dolor de cabeza, y no se había podido levantar de la cama. Su mujer le cubrió con una frazada. Mandó llamar al médico. Él oyó la voz de su mujer, él vio a su hijo salir corriendo hacia la calle a buscar al médico. Había sentido la mano de ella, su suave mano, posada en su frente. Después de estos recuerdos, todo era confuso, oscuro: no lograba recordar nada más.

Trató de moverse, pero estaba rodeado por paredes. Arriba, abajo, a ambos lados. Su mano se posó sobre la pared superior, y la sintió fría y dura. La empujó con fuerza, pero la pared no cedió. Se tomó unos segundos para respirar. Volvió a empujarla, esta vez con tanta fuerza que su muñeca crujió, y la pared se movió un poco.

Al sentir aquel breve movimiento, un terrible pensamiento se enterró en su mente. Su respiración se interrumpió y su corazón se disparó en una carrera desenfrenada. Supo de inmediato dónde estaba y qué había sucedido. Y los recuerdos volvieron a él en estampida. Entonces todo fue claro, fatalmente claro: su mente le hizo recordar sonidos, llantos, cantos tristes, repique de campanas, cascos de caballos y las llantas de un carruaje... y el martilleo sobre la madera y el golpetear de la tierra sobre la tapa. Y luego el silencio, aquel silencio que le hacía estallar los oídos.

Escuchaba su propia respiración, y sentía el palpitar de su corazón a punto de reventar de pavor. Gritó fuertemente, y su cuerpo entero y el ataúd se estremecieron con el estruendo. Pero nadie lo escuchaba entonces.

Respiró agitadamente, tratando de controlarse, de pensar en una salida, un escape. Pero su mujer conocía cuál era su voluntad para el día de su muerte: dos metros bajo tierra. ¿Cómo escapar, atrapado bajo dos metros de tierra? Sudó copiosamente. Golpeó la tapa con los puños cerrados, y sintió la indescriptible frustración de la impotencia humana ante una muerte segura. Y perdió toda esperanza.

Entonces la lógica dejó de funcionar y el instinto de sobrevivir se apoderó de él. Se agitó ferozmente en su cautiverio, golpeándose contra las paredes de madera. Y al sentir que el aire se hacía más pesado y caliente, más vacío de oxígeno, embruteció totalmente. Gritó como un animal y arañó la tapa con desesperación, y sus uñas se desprendieron de sus dedos. Estrelló su cabeza contra la tapa hasta que la sangre que corría por su frente se mezcló con sus lágrimas de histeria.

Y enloqueció de dolor y asfixia. Convulsionó sin pensar y perdió el sentido de la realidad. Sus manos se presionaron contra la tapa e hicieron fuerza hasta que los huesos de los brazos se rompieron. Su llanto cesó y su respiración se hizo honda y vacía. Abrió la boca y los ojos, y se sintió morir rápidamente.

Entonces, cuando su cuerpo ya se había rendido ante la asfixia, dejó súbitamente de sentir dolor y recordó a su mujer. Y en su delirio, la vio venir, la oyó hablándole dulcemente, y sintió su mano otra vez sobre su frente. Y no sintió nada más.

1995

Un segundo

a Emiliani

Monseñor Rómulo Emiliani, obispo del Darién.

Koshi es un perro de raza. Él no lo sabe, pero vive en una metrópolis del primer mundo: Tokio tal vez, o Nueva York. El apartamento de su dueño, Ken, tiene ventanas amplias desde donde Koshi mira las luces de los rascacielos en la noche. Está siempre rodeado de juguetes: peluches que pitan cuando los muerde, huesos sintéticos y pelotas de colores llamativos. Ayer fue la visita de Koshi al doctor. Ken le puso una camisita de diseñador, una réplica en miniatura de la misma camisa que él llevaba puesta. El veterinario le diagnosticó obesidad y ordenó un cambio de dieta y más ejercicios. Ken lo llevó esa misma tarde a un ‘spa’ especial para perros, donde recibió masajes y se ejercitó en la piscina. Le tiraban una pelota y él se echaba al agua para traerla de vuelta nadando. Al final del día, como premio a su esfuerzo, Ken le compró la cena en el restaurante de sushi del local: un plato de langostinos apanados, que Koshi devoró en pocos bocados.

Tobe es un niño huérfano. Él no lo sabe, pero vive en un campamento de refugiados en algún país de tercer mundo: en África tal vez, o en Latinoamérica. Su madre murió en el parto y al padre lo mató la guerrilla. Tobe no ha tenido nunca un juguete. La tienda de campaña donde languidece todo el día es sofocante: siempre huele a heces y a muerte. Ayer fue la visita del médico al campamento. Lo acompañaron una enfermera, un auxiliar y un camarógrafo. Tras siete horas de espera, durante las cuales el doctor atendió a cientos de refugiados, llegó el turno de Tobe. El médico lo examinó y rápidamente verificó que la desnutrición severa era la causa de la barriga hinchada, la caída del cabello, las llagas en la piel y la incipiente ceguera. La enfermera, reprimiendo una lágrima, amarró una cinta roja en la muñeca de Tobe, que le daría derecho por unas semanas a un suplemento vitamínico y una ración algo mayor de comida. Durante la noche, mientras Tobe dormía, una mujer le robó la cinta roja y se la puso al menor de sus cinco hijos. Tobe, que no se daba cuenta de casi nada, pasó los días siguientes sin comer mayor cosa, con la mirada perdida en el resplandor borroso que se filtraba bajo la tienda de campaña.

Algún tiempo después los tres, Koshi, Ken y Tobe, coincidieron en el tiempo y el espacio, por un segundo. Regresando del trabajo, Ken se echó en el sofá frente al televisor, con una bolsa de galletas de chocolate. Koshi, sobre sus piernas, se deleitaba con los pitidos de su más reciente juguete, regalo de esa tarde. El control remoto cambiaba los canales rápidamente, sin mayor interés, hasta que apareció Tobe en la pantalla frente a ellos. Sobre el rostro sucio, las moscas se paseaban impunes; se agrupaban en los ojos blanquecinos y en las costras de arroz viejo pegadas a las comisuras de la boca. Abajo se mostraba el nombre de alguna fundación de ayuda a los refugiados, y un número de teléfono para donaciones. Los ojos de Ken, fijos en el televisor, parecieron perderse un instante en la imagen de Tobe. El pulgar regresó, casi por reflejo, al canal anterior: un programa sobre fiestas de cumpleaños para perros. Ken volvió a sonreír, y mordió una galleta de chocolate.

—Vamos a hacerte una fiesta como esa para tu cumpleaños —le dijo.

Dos semanas después, Koshi enterraba el hocico goloso en un pastel relleno de paté. ¡Sus bigotes se llenaron de merengue! Dos mundos más abajo, distante en el espacio, pero en el mismo tiempo, el cuerpo de Tobe, cubierto todavía de moscas, ya comenzaba a heder.

2006

Destino

cuento corto

a Julio Cortázar

«Una vida más tarde comprenderemos
que la vida perdimos solo por miedo»

Juan Pablo Silvestre

Luisa jamás comprendió por qué murió. Mientras la piedra enorme del molino, ciega sobre su eje eterno, continuaba el peregrinaje circular hacia ninguna parte, sus ojos perdieron el brillo contemplando el brazo con fijación desamparada. La tarde anterior, el sol, como una luciérnaga breve en un pozo muy hondo, había brillado en esos mismos ojos. Sentadas en la terraza de su casa, Luisa y su amiga Lucía charlaban. Hablaron del amor, del sexo, de la vida futura. Y reían, ¡por Dios, cómo reían!

—¿Sabes? —dijo Lucía—. Decidí que iré esta noche a que la vieja me lea la mano.

El gesto de sorpresa en la cara de Luisa no fue tal para Lucía.

—Esa vieja loca no hará que él se fije en ti.

—Pero puede decirme si algún día él lo hará. ¿Por qué no vienes conmigo?

Una mueca de incredulidad se dibujó rápidamente en su rostro: «Yo no creo en esas cosas».

—Claro que no… —concedió Lucía—. Pero ¿no sientes curiosidad? Dicen que, desde antes de tu nacimiento, tu vida está escrita ahí, en las líneas de tu mano.

Callaron. Al caer la noche también, una junto a la otra, callaban mientras la vieja sobaba la mano izquierda de Lucía. La contempló profundamente y cerró los ojos: habló largo rato, sobre la vida, el amor, la salud, el dinero. Luisa se estremecía con cada verdad que la vieja decía sobre su amiga. Cosas íntimas, secretos entre ellas: todo lo veía. Cuando la vieja terminó con Lucía, Luisa tuvo el presagio de que su vida cambiaría. La gitana le tomó la mano izquierda, cerró sus labios con fuerza y permaneció en silencio largo rato. Luego la miró a los ojos, con lástima.

—Pero tú no crees en esto, mi niña…

—¿Qué es lo que vio, señora? —reclamó Luisa, con voz quebrada.

La angustia magnificó una pausa breve hasta hacerla parecer infinita.

—Es mejor que te vayas y te olvides de todo —dijo la anciana, sabiendo que no lo haría.

—Dígamelo de una vez, por Dios —suplicó.

La vieja cerró los ojos tristes, agitada. La palma de su mano, seca como la cáscara fina de una cebolla, apenas rozaba la mano sudorosa de Luisa.

—Sucederá muy pronto, mi niña. Está escrito aquí, desde el primer día.

Silencio. Una lágrima cayó sobre la mano desnuda y palpitante, abierta hacia el cielo.

—Dígame cuándo —insistió Luisa, y otra lágrima cayó sobre su mano cuando escuchó la respuesta—. ¿Qué puedo hacer para evitarlo, vieja?

—Destrózala si quieres vivir. Mientras la mano exista, tu suerte está echada.

La piedra giraba, lenta como el mundo, frente a sus ojos marchitos y sus labios pálidos. Esa mañana el sol había calentado esos labios, camino a la iglesia. El andar le dio tiempo para pensar en su marido, en su hija pequeña, en los otros hijos que quería traer al mundo, en los nietos que deseaba ver jugando a su alrededor.

Sintió que la vida se le iba del pecho. No llegó a la iglesia. El molino que encontró en el camino, aleteando frente a ella, era igual a la imagen de su sueño: las aspas, blancas; la puerta, abierta; la rueda, inmensa, girando perezosa sobre los granos; el interior, vacío; el sol, derramándose entre las rajas del techo.

Contempló el inmutable girar de la piedra durante una hora. Nadie oyó su grito cuando introdujo la mano. El miembro desapareció al instante en una fina pasta roja untada contra la laja. Paralizada por el dolor, Luisa cayó de espaldas, con el muñón hacia el cielo como una rama muerta. Con los ojos fijos en el remo amputado, se desangró hasta morir sin comprender lo que pasaba. Ciega ante la agonía, la piedra del molino siguió girando toda la tarde, emulando la persistencia del viento de verano. El crepúsculo se consumió impávido, ajeno al espectáculo triste del cuerpo tieso con la mano izquierda intacta y el brazo derecho truncado y enhiesto.

2005

Mala leche

a Lili Mendoza

Rojo sobre rojo, ahí estaban, en el negro rugoso del asfalto. Los mirones en círculo dieron paso al policía de tránsito, quien llamó a una ambulancia que llegó tarde y no pudo hacer nada.

José Ortiz recibió del Banco de Desarrollo Iberoamericano una beca para estudiar una maestría en Harvard sobre el desarrollo económico sostenible de países de tercer mundo. La restricción de la beca que le obligaba a regresar a su país tras culminar sus estudios era para él una redundancia protocolar: él no deseaba otra cosa. Tras dos años en la Escuela de Gobierno Kennedy, en las riberas del río Charles, regresó summa cum laude a su tierra, con sombrero pinta’o a la pedrá, en vuelo de American Airlines.

Después del sancocho de rigor, lo primero que hizo al día siguiente fue llevar su diploma a la Dirección de Legalizaciones y Autenticaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores. En el cuartito congestionado, tomó un número y esperó su turno. En la pared vio el nuevo logo del Centenario de la República: la última vez que lo vio antes de irse a Cambridge, tenía la silueta del primer presidente, con sus bigotes esponjosos, al lado de unas estrellas; ahora, al otro lado de las estrellas, la presidenta de turno había agregado su propio rostro, como monumento a su narcisismo napoleónico.

Tras revisar el diploma, encuadernado en cuero rojo y con el símbolo de Harvard en troquel de oro, la funcionaria le dio al joven un formulario de depósito y le dijo que fuera a pagar cuatro dólares al Banco Nacional. José caminó cinco cuadras hasta la sucursal del Banco más cercana. Al llegar vio que la fila llegaba hasta la calle. «Hoy es día de pago», le explicó una viejita. Caminó de regreso las cinco cuadras bajo el sol del mediodía, y le preguntó a la funcionaria del Ministerio si necesitaba un formulario nuevo para pagar eso otro día. Una señora que lo escuchó le dijo: «M’ijito, allá afuera hay un señor con un paraguas de colores; él vende esas vainas y cobra cinco reales.» José salió a la calle y vio al hombre, sentado bajo el paraguas junto a un carro con el maletero abierto, lleno de timbres y formularios de depósito pagados. Luego miró la pared del Ministerio y vio un cartelón enorme que decía:

«Se prohíbe la compra y venta de timbres y la facilitación de trámites, así como la presencia de personal no autorizado con estos fines en los predios y alrededores de esta oficina pública. El Ministerio de Relaciones Exteriores no se hace responsable por los perjuicios que se ocasionen al usuario que incurra en estas prácticas, por lo cual desaconsejamos que se utilicen estos servicios no autorizados por este Ministerio.»

José no quiso cuestionar el porqué facilitar trámites innecesariamente difíciles, ahorrándole a otro la fila del banco, estaba proscrito en un país donde legisladores que salen en televisión mostrando dinero de soborno son reelegidos y bailan tamboritos con la Presidenta. Su estómago gruñía y el sol le quemaba la nuca. Pensó en ir al banco, hacer la fila con paciencia, y luego irse a La Inmaculada a almorzar y a tomarse una chicha, pues sus malteadas —aunque todavía legendarias— ya no eran ni la sombra de lo que fueron.

Caminó por tercera vez las cinco cuadras. Cuando estaba frente al banco, verificó que la fila ahora llegaba hasta la casa de empeños. Respiró hondo y se reafirmó en su idea. Cuando estaba cruzando la calle, un bus «diablo rojo», que se había pasado la luz roja, lo atropelló. En sus últimos segundos de vida, José pensó en su madre y en su novia que habían esperado dos años para verlo de vuelta, en el cielo azul de Cambridge que tanto le recordaba al cielo de Guararé, en los dólares del soborno en la pantalla de su televisor y en el viejo del paraguas de colores con los formularios pagados de antemano. Su sangre y el diploma quedaron ahí, rojo sobre rojo, en el negro rugoso del asfalto.

2004

Adiós, amigo mío

Una suave brisa refresca el ambiente caluroso del verano, bajo el amplio cielo, desbordante de luz. Bajo el tupido ramaje de un viejo y retorcido mango, sumergidos en el más sagrado silencio, los dos amigos se contemplan mutuamente. Inmóviles, se miran largo rato, pues los envuelve el abismal dolor de la despedida, ese dolor que los carcome por dentro, que extingue toda alegría y que ahoga las esperanzas de volverse a ver. Ambos lo sienten, ambos lo saben. Por eso se miran tan callados, pues la pena los tortura y los consume poco a poco.

El muchacho siente cómo el dolor se le enrosca en el alma, cómo le aprieta el corazón hasta sofocarlo entre los anillos de la angustia que los invade. Momentáneamente la voz pausada de su madre lo hace reaccionar.

—Hay que matarlo, hijo. Hay que matarlo.

El joven se estremece. Él ya había visto a la muerte acercarse lentamente a su amigo, acechándolo, como una fiera acecha a su presa. Él sabe que no hay más solución para su angustia que la muerte, pero matarlo sería como matarse él un poco, como si muriera un trozo de sí o como si se esfumara una parte de su alma.

—Mira cómo se queja, cómo sufre el pobrecito. No agrandes su pena, mátalo, hijo, mátalo. Así descansará.

El pobre lo mira con sus ojitos claros y brillantes, cargados de lágrimas y de esa angustia dolorosa que trae consigo la muerte. ¿Cómo podría matarlo? ¿Cómo, si él es su amigo, su compañero? ¡Cuántos momentos compartieron juntos! ¡Tantos días alegres! Siempre juntos, como enamorados, adonde iba uno, iba el otro.

Ahora recuerda cuando muy de mañanita, bañados los pies en rocío y vigilados por el cielo aún estrellado, salían a cazar iguanas; a recorrer los potreros y el borde del río, asomándose entre las ramas y estremeciendo los matapalos. O cuando, huyendo del calor, se tiraban desde los barrancos para sumergirse en las profundas y frescas aguas del río con una explosión de gotas y espuma. Luego se robarían las sandías del señor Arnulfo o las pipas de la huerta del viejo Toña. Al que no corría duro lo agarraban. Y luego, sentados a la sombra del árbol de mango más grande que hubiera, disfrutaban aquellos refrescantes frutos, con los cuales la naturaleza premia el ingenio de los más berracos. ¡Esos sí que fueron buenos tiempos!...
Pero todo eso luce tan lejano ahora. Para él su perro es más que un compañero, es un hermano. ¿Cómo poder matarlo? Pero no hacerlo, sería permitir que la muerte lo devorase poco a poco, que lo torturase a su gusto, hasta extinguir en él su último hilito de vida. A él, a su querido amigo, que días antes se defendió como un valiente contra dos perros enfurecidos que lo atacaron, que no les dio tregua hasta quedar casi muerto, bañado en la sangre de sus enemigos y en la propia, por defender su territorio. ¿Cómo podría matarlo?

El chico se confunde, su mente se nubla, las emociones se arremolinan en su alma, como un huracán que arrasa con furia todo lo que halla a su paso, y, por más que trata de contenerse, rompe a llorar. Las palabras de su madre retumban en su mente.

—¡Mátalo, hijo, mátalo!

La vida de su amigo no está en sus manos, pero sí lo está el medio para menguar su agonía. Y tomó la decisión que le dictó su conciencia.

Lo mató.


Noche de verano, espléndida y fresca, fragante a jazmín y a rocío. Los sueños se estremecen arrullados por la brisa. La luna casi llena, diáfana y serena, se levanta lentamente sobre el horizonte, y las estrellas grácilmente palidecen ante su presencia. Su luz dibuja blancas figuras a lo lejos, mientras las nubes caprichosas juguetean en las profundidades del cielo.

Entre el rumor de la brisa y el murmullo de las aguas, dos amigos se pasean por el borde del río. Y dice la gente que en las noches de verano, bajo la luz de la luna llena, se escucha un aullido; es el recuerdo agradecido de un amigo que se fue.

La Heroica Villa de Los Santos, 1993

Arum Bakir Ehrab

A mi madre, Eka Franco de Pérez,
quien me enseñó a amar la poesía panameña

I

Desde el vallado oscuro, Arum Bakir Ehrab, el sátiro ceñudo, la miraba... Zilah, primor de primera rosa, esclava del Templo donde Yazuda se escondía de los pecados del mundo. Arum, con un silencio de esfinge, siente los caprichos de incendio del placer retenido. Mientras la fiebre loca del corazón rompía las arterias de un grito silencioso, con los cardos nerviosos de sus dedos estrujaba —satánico— una dalia, una de aquellas cultivadas en el jardín de su palacio, para ser ofrendadas en el Templo.

Y Zilah indiferente al asedio febril de Arum Bakir Ehrab, con el sari de muselina rasgado en dos hasta su cintura de ánfora, y el rostro húmedo de lágrimas, se asomaba a las puertas del lago silencioso, calmando su angustia y reteniendo su pena en el cerrado pomo de su aliento. Miraba el remanso, violeta bajo el atardecer decadente, y trazaba un relieve de reflejo y de armiño con las níveas redomas de sus senos, descubiertos por la violencia de la mano impía.

II

Era Zilah la esclava favorita del templo de Tahgut. El Templo que Arum Bakir Ehrab había ordenado construir y pagado con sus tesoros, instigado por el rabí Yazuda. Yazuda abrió los ojos a Arum y le mostró cuán perdida estaba su alma. En aquel templo, mármol labrado con amor fervoroso, Yazuda furtivamente se ocultaba a veces para sangrarse el rostro con azotes de cactus.

Una noche en que acaso soñaba con un vago sortilegio de mirlos y cerezas, el sádico Yazuda se acercó a Zilah y con mano temblorosa la acarició impúdico. Zilah se escurrió liviana hasta un recodo del templo, pero el rabí fue más sagaz: la aferró, y a la fuerza deshojó la magnolia de sus años en flor.

Y Zilah —plenitud de rosa nueva—, con el violado fruto de su inocencia núbil, se fue hasta los oscuros recodos del camino, escapando de su propio dolor, hasta recostarse junto a un lago de plata que se entreabría como la huraña mueca de una espada en acecho. Entre juncos y lotos, Zilah mira el agua serena, y el reflejo de la tarde en sus ondas. Y llora.

III

Arum Bakir Ehrab observó a Zilah acercarse corriendo, con el sari destrozado y el llanto en su rostro. Intuyó lo que había pasado y sintió un calor de infierno. Sus ojos se tiñeron de rojo calcinado, y apretó en su mano la flor que llevaba esa tarde al templo. En sus dedos convulsos se deshizo la dalia.

Arum Bakir Ehrab, por consejo de Yazuda, se había tornado de renegado impío a diligente asceta. Por la palabra del rabí, había acallado el voraz apetito de la carne y cegado el río de todos los placeres. Construyó el Templo de Tahgut con sus joyas y sus tierras, y arrojó a los mares diamantes y ajorcas. Cultivaban sus esclavos en el jardín de su palacio, rosas, geranios y dalias para ofrecerlas en el Templo. Desde entonces, su alma se reflejaba serena en sus ojos.

Por eso, cuando Zilah presintió su presencia, se cubrió presurosa con dos hojas de almendro y arrebató su imagen al espejo del lago. Todavía su alma se desangraba en las arenas.

IV

Arum Bakir Ehrab, el sátiro ceñudo, se acercó entre las sombras hasta el lago de plata. Con el amor silencioso de mil días, reprimido en su pecho, miró a Zilah dulcemente, sin la presencia fugaz de una palabra. Rozó con sus dedos la sedosa penumbra de sus bucles y atormentó el arroyo sereno de sus ojos con desnuda lascivia en la mirada.

Y Zilah temblorosa —capullo de azucena frente al rigor de un junco— al descubrir en aquellos ojos la profunda espera de Arum Bakir Ehrab, le ofreció el homenaje de una lágrima.

Y Arum Bakir Ehrab se postró de rodillas y besó sus sandalias.

Bajo el azul ceniza de un sol agonizante, el sátiro ceñudo, con ira venenosa en el corazón, se ciñó el sable a la cintura y se perdió en la mezquita de la tarde violeta. Entre la aventura melodiosa de un ruego y las cenizas incoloras de las flores, se adentró en los recodos del Templo. La cabeza de Yazuda rodó al despuntar las estrellas, manchando de rojo el mármol níveo del Tahgut.

Dos esclavas condujeron a Zilah al interior del palacio de Arum Bakir Ehrab. Le ungieron con perfumes y le recostaron sobre sedas.

Al despuntar el alba, dos eunucos trajeron, para la esclava Zilah, una cesta de rosas y geranios, que arrancó en sus jardines Arum Bakir Ehrab...

1995

Notas sobre el paraíso

entradas de diario

a Stendhal

3 de octubre de 2004:

La inusual belleza de In Paradisum de Fauré me ha hecho esperar con felicidad la muerte, para disfrutar de gloria tan sublime. «Por mí, estoy dispuesto a morir muchas veces, si esto es verdad», he dicho como Sócrates. Su perfección me lleva a sospechar que el compositor, buscando una joya para coronar su Requiem, plagió de Dios el fondo musical del reino, en un espasmo de arrogancia. Si es así, la divina balanza deberá perdonar su herejía por el contrapeso de las almas redimidas: al pintar tan hermoso el premio, sus compases mueven al bien por sí solos, trivializando la amenaza del infierno.

En tardes tranquilas, escuchando esta pieza hasta saciarme, probé imaginar cómo sería el paraíso anunciado. Ensayé un lugar común: un vórtice de luz rodeado por infinitos querubines. Como la música lo excedía, probé redefinirlo, pero quedé inmerso cada vez en un insípido limbo blanco.

Aunque todavía sospecho que definir el paraíso es un ejercicio subjetivo (para Borges —aun ciego— era una biblioteca; para Sócrates, el encuentro con los sabios del pasado), ya no tengo que imaginarlo: estuve en él hace poco. A las cinco y media de la tarde del domingo 26 de septiembre del año 2004, el universo se plegó, y la Tierra se traslapó con el Cielo, regalándome el fenómeno efímero e irrepetible de experimentar mi paraíso en vida.

El escenario lo brindó la aparición de un arco iris. La palabra es poca cosa: el cliché arco iris no describe el prodigio de luz que extendió sus alas ante nosotros. El fulgor rabioso de ese semicírculo rajó el cielo como una sandía. Sus tonos eran tan nítidos y su curvatura tan amplia, que apenas dejaron espacio en nuestros ojos para el abismo azul que los enmarcaba.

Mi esposa y yo habíamos llegado una hora antes a visitar a mis padres. Los cuatro contemplábamos el tranquilo espectáculo, y disimulábamos la emoción del momento perfecto, conversando sobre la diferencia tonal entre el arco principal y el arquejo tributario que se insinuaba sobre él. Frente a los círculos gemelos, tres golondrinas jugaban a dibujar arabescos; a nuestros pies, los ojos húmedos de nuestros perros nos agradecían haber vuelto a casa. Todo era perfecto: teníamos salud y estábamos juntos. Mi esposa me amaba. Mis padres se sabían felices, satisfechos con la cosecha de la larga siembra de sus vidas.

Un beso me indujo el súbito presentimiento de que mi eternidad podría ser la repetición sin término de este momento de dicha inmaculada. Cerré mis ojos y rogué, como un Fausto dispuesto a vender el alma a Dios:

—Si soy digno, permite que este sea mi paraíso.

El vuelo juguetón de las golondrinas me insinuó que, tras el telón del cielo, Él sonreía.

A través de un personaje de Opiniones de un payaso, Heinrich Böll dice que le parece imposible que la felicidad dure más de un minuto, dos a lo sumo. Se equivoca: diez minutos duró aquel Edén. Lo hubiese querido infinito, pero la vida sigue. Pronto el cielo quedó desnudo, con grises sugerencias de anochecer. Ignoro cuándo volveré a sentir que estoy en la gloria. Solo sé que todavía siento los arpegios de Fauré y el brillo de aquel arco coexistiendo en mi interior.


1 de enero de 2005:

Descubrí que el fenómeno, aunque efímero, no es irrepetible: hoy, en el primer amanecer del año nuevo, durante el desayuno en familia, volví a aquel nirvana, al contemplar cómo el gozo inocente de mi sobrina recién nacida se reflejaba, sol en oro bruñido, sobre el rostro de mis padres.


24 de enero de 2005:

A este punto ya he comprendido que la experiencia, lejos de ser única, es —gracias a Dios— casi cotidiana. Borges lo advirtió: no pasa un día en que no estemos un instante en el paraíso. Como una tela de hilo deja ver a través de diminutos agujeros, así la vida nos permite contemplar destellos del paraíso en fragmentos de dicha óptima que se traslucen cada cierto tiempo. Basta con tener los ojos del alma abiertos para percibirlo.

Aunque era consciente de mi alegría, no fue sino hasta aquel día cuando comprendí que esta podía ser perfecta aun en vida. Ahora el hecho se me revela cuando menos lo espero. La epifanía llega en el jugo de una fresa en los labios de mi esposa, en el revoloteo de un pajarillo, en la brisa de la tarde, en la calma tras el orgasmo. Creo que Dios escuchó mi plegaria, pero decidió entregarme, en vez de un paraíso cíclico de dicha repetida, una sucesión de pequeños paraísos diferentes, renovados cada día.

2005

El invento

A José Luis Rodríguez Pittí

La capacidad de escribir divide el pasado del hombre en prehistoria e historia. Barro primero, luego cuero, papiro y papel, recibieron las marcas del lenguaje: manchas de pensamiento, ideas congeladas para comer luego, voz cristalizada en garabatos.

En el presente los libros son cotidianos al punto que damos por hecho su permanencia. Sin embargo, ¿qué papel jugará el papel en el futuro? ¡No te rías! No es un juego de palabras. ¿Acaso no anotas tus números de teléfono en una agenda electrónica? Ya no necesitas una con hojas, pues el aparatejo te basta. Ya no escribes tus cuentos en un cuaderno: ahora usas una computadora. Sin embargo, un día se agotan las baterías de la agenda y tus direcciones van a parar al limbo; o tu perro se acuesta sobre el enchufe de la computadora y tu último cuento, que iba a ser tu obra maestra, va con Dante a pasear por el infierno.

¿Qué sería del hombre si en el futuro nuevos medios de almacenaje de información reemplazaran totalmente al papel? Los libros serían primero objetos de museo, luego un recuerdo y al final nada: se hundirían en el olvido. La escritura misma podría desaparecer. La información se transmitiría directamente al cerebro, sin la intervención de los ojos, sin necesidad de símbolos, papel o tinta.

He imaginado un momento en el futuro de la civilización, cuando no se ha utilizado un papel en milenios, y se desconoce el significado de la palabra ‘libro’. La dependencia del status quo en la información lleva a las autoridades al pánico cuando descubren que sus métodos de almacenaje pueden fallar bajo ciertas circunstancias. La necesidad los hace inventores. Nosotros hoy usaríamos papel para preservar los datos importantes, pero en ese futuro donde incluso el lenguaje escrito ha sido olvidado, ¿qué inventarían? Tal vez redescubrirían lo que hoy nos es obvio. Podría ser un buen tema para un minicuento. Algo más o menos así:

– o –

«(...) Pronto se descubrió que el 'ataque' que había mantenido al sistema central inoperante durante una semana no fue causado por un virus infiltrado por la resistencia, sino por una especie de reacción auto-inmune de la computadora central: la aplicación que detecta y destruye a los programas malignos había confundido trozos de su propio código con ataques externos, y borró partes de sí misma.

«Cuando se le informó que, por tercera vez, algunos documentos del archivo universal se habían corrompido como resultado de problemas en el sistema central (incluyendo la pérdida de datos irrecuperables sobre la historia del mundo anterior al año tres mil), la Federación comprendió que se necesitaba un medio más confiable que los mega-cristales de silicio para almacenar documentos importantes. Estudios se realizaron, propuestas se presentaron, pero solamente una no dependía de la energía de la eter-malla para conservar la información. Era un invento brillante, por su simplicidad y eficacia, que trataré de describir a continuación (advirtiendo que desconozco los detalles, pues el proyecto es todavía secreto de alto nivel).

«Se descubrió que una especie de caña que crece en el Museo del Mundo Pre-Cataclísmico, nativa de los deltas de un río ecuatorial en la Tierra, tiene un tallo fibroso. Cortando este tallo en láminas delgadas, y sobreponiéndolas de manera intercalada en tres o cuatro capas, se consigue una especie de superficie plana flexible que, tras someterse a la radiación de una estrella, queda seca, firme y blanquecina. Por otro lado, mezclando carbón y arcilla (ambos minerales todavía abundantes en las reservas de la Federación) se puede construir una barra que, expuesta a altas temperaturas, producirá un instrumento capaz de dejar marcas negras cuando se le fricciona contra la superficie blanca ya descrita.

«Las marcas todavía son borrosas, pero los investigadores prometen refinar la tecnología de producción de la superficie y la barra hasta obtener marcas nítidas y controlables. El plan de la Federación, según he sabido, es desarrollar un código, un sistema secuencial de símbolos que sirva para codificar el pensamiento y almacenar, mediante marcas negras en la superficie blanca, la información que subsiste en los archivos universales. Así se evitará que el resto de la historia de nuestra civilización se pierda para siempre en el olvido, como un ángel amnésico en el abismo laberíntico de la entropía. (...)»

– o –

Releyendo lo que he escrito, me parece que sería poca cosa para un minicuento. Primero, estaría fuera del contexto de la colección. Segundo, es demasiado súbito: el lector se sentiría engañado. Tal vez podría agregar a esos párrafos algo de texto introductorio, explicando cómo se me ocurrió la idea del relato, y lo pongo al final de la colección. Podría empezar, por ejemplo, más o menos así: «La capacidad de escribir divide el pasado del hombre en prehistoria e historia». Y por ahí me voy...

2005

En la corriente

cuento corto

a Ñato
y lo que en él había de ángel

La corriente corre lenta. Arrastra tallos de plátanos, cocos y pencas secas que —flotando— describen círculos perezosos en las sucias aguas del río.

En ambas riberas, una gran cantidad de personas reunidas ven el agua pasar. Ansiosos y confundidos, murmuran en voz baja lo sucedido: Ñato, el hijo de la Melli, se ahogó esa mañana. Todos vinieron apenas se enteraron de lo que pasó.

Eran como las once —cuando el sol azota y la brisa calla, cuando el río, fresco y sabroso, es el mejor refugio contra el calor— en un remanso, al pie de inmensas palmeras. El chico y otros muchachos de su calle se bañaban a escondidas.

Más de una vez los labios resecos de su padre, curtidos por el mar y por el monte, pronunciaron la sabia advertencia.

—En invierno el río es traicionero, mijo. Espérese a que sea de verano. No busque tentación1…

Pero ese día el calor y el cansancio fueron más fuertes. Las aguas turbias y profundas del río crecido eran el escenario de sus juegos, nadando y salpicando, de aquí para allá y de allá para acá. Sus risas vibraban entre las cañazas y los maizales. Y en un instante, tras un súbito ajetreo de brazos y espuma, el muchacho se pierde bajo el agua sucia del río invernal, para no salir con vida nunca más.

Inmediatamente, la noticia corrió por el pueblo, de modo que, al cabo de unas horas, las huertas y los sembrados se vieron repletos de gente. Parientes, amigos, mirones y voluntarios para la búsqueda del cuerpo se dieron cita en el lugar.


Hace calor. Las mujeres se abanican para refrescarse; unas, bajo frondosos mangos, consolando a la madre temblorosa, enrojecida y ronca de tanto llorar; otras, paseándose entre la maleza de los barrancos, mirando, inquisidoras, las márgenes del río.

Sus ojos angustiados se pierden bajo las aguas, sus miradas se enredan en los pajonales, en las sombras y los claros, hasta esfumarse tras las curvas del río.

Hombres jóvenes, valientes, se sumergen por instantes en las turbias profundidades del remanso con unas cuantas bocanadas de aire en sus pulmones. Bucean ágilmente, palpando sobre el lodo y entre las peñas, en una búsqueda desesperada e inútil. Otros han recorrido el río de arriba a abajo, hasta mucho más allá del puente. Han revisado entre los troncos y los herbazales, pero no han visto nada.

La tarde pasa lenta. Los ánimos declinan. Una a una, las personas abandonan el lugar. Tan solo unos pocos siguen escrutando, con ojos cansados, la corriente adormecida. Al caer la noche, un nuevo grupo de personas, con focos y guarichas2, llegan al sitio. Improvisan un fogón en los palmares y preparan café. Saben que la noche será larga.


Nada. A pesar de los grandes esfuerzos, no hay ni una señal del cadáver.

Toda la noche, hombres y mujeres se turnaron con focos, para ver si el cuerpo salía. Se buscó con ganchos y con palos, y no faltó uno que otro aventurero que se arriesgara a bucear en la oscuridad, en busca del muchacho. Pero no se halló nada.

Ni aun la milagrosa vela de la Candelaria, flotando sobre una batea corriente abajo, pudo dar con el punto donde el cuerpo había quedado.

Con las primeras luces del alba, un gran número de personas relevaron a los desvelados. Colocaron varios trasmallos, por si la corriente arrastraba el cuerpo. Recorrieron todo el río en bote, aun más allá de la represa, hasta los tupidos manglares. Muchos más hombres buscaron en el fondo del remanso, con necia perseverancia. Mas todo fue en vano. El río se lo tragó y ahora, temeroso, esconde su cuerpo muerto.

—Tenei que llamalo, Melli. Si lo llamai, él sale diuna ve.

Una angustiosa sensación de impotencia se hace sentir. La fuerza los abandona. Sus esperanzas se extinguen. La posibilidad de encontrar el cuerpo parece cada vez más lejana.

—Llamalo, Melli. Si la mama lo llama, él solito sale.

La mujer es llanto. Su corazón ha sufrido demasiado, pero debe intentarlo por todos los medios. Su voz estremece a los presentes.

—¡Ñato, papa mío! Salí, que tu mama te quiere ver. Así como Dios te tenga, asina te quiero. Ven, Ñato, dejá que tu mama te vea. Lindo mío, no me dejéi esperando.

Silencio. La ansiedad recorre los barrancos. Una esperanza chiquita palpita con los corazones.

Pasa un rato. Hay dudas, desconcierto, rumores crecientes.

De pronto, el silencio se rasga.

—¡Miren allá!

Cerca de la orilla, un bulto redondo, negro y pequeño sobresale sobre el agua. La madre reconoce los cabellos despeinados: un dolor inmenso, punzante, se le incrusta en el alma. La mujer se desgaja en llanto.

Minutos después, tras grandes esfuerzos, lograron entre varios sacar del agua el cuerpo, desnudo e hinchado, sangrante por nariz y boca. Con paso lento, el padre regresa a casa con el hijo muerto en brazos, seguido de la madre y la multitud, por el largo camino de tierra.

Atrás, más allá de los palmares, queda el río solitario, invariable, impasible.

La muerte crece en sus entrañas.

1992

  1. buscar tentación: arriesgarse sin necesidad. ↩
  2. guaricha: lámpara pequeña de kerosín. ↩

El Circo

cuento corto

a Shirley Jackson

De la mano de mi abuelo, entré en la gran carpa. La fila, que había avanzado lenta, se hacía fluida al cruzar el umbral del Circo. Caminando hacia nuestros puestos, a la izquierda, me llamaron la atención el techo inmenso, iluminado y cruzado de cables, y un vago olor, desagradable pero familiar.

Grandes reflectores paseaban sus columnas de luz en la atmósfera polvorienta. Algunos malabaristas, arrojando antorchas y cuchillos, entretenían al público que tomaba asiento.

Las luces se enfocaron en el centro de la pista principal. Un hombre vestido de negro, con un bastón plateado y un micrófono, nos dio la bienvenida a la presentación anual del Circo. La intensidad de los aplausos me hizo sentir por primera vez la certeza de que miles de personas estaban ahí, físicamente, en torno a aquel punto.

—Pronto disfrutaremos de la alegría y la novedad del espectáculo que hemos preparado para este año —dijo el presentador—; pero primero, como es tradición, debemos comenzar con el evento más importante: la jaula.

Sentí que mi abuelo apretó mi mano y luego la soltó para aplaudir igual que todos. Las luces se enfocaron en una segunda pista, donde —en una esfera, de unos diez metros de diámetro, hecha de malla metálica— un motociclista daba vueltas ferozmente.

—Ese es tu hermano —susurró mi abuelo en mi oído.

La moto giraba en la jaula, en torno a su ecuador, y luego surcando los meridianos, como si no existiese la gravedad. El público aplaudía. Yo me sentí emocionado. No recordaba bien a mi hermano. Hacía mucho tiempo que no vivía con nosotros. Que estaba en el Circo, es lo que me habían dicho. Y ahora lo veía, efectivamente, con su casco dorado, desafiando la física en esa bola de hierro.

En cierto momento, la motocicleta se detuvo y el público guardó silencio. El hombre del bastón plateado dijo:

—¿Dónde está el joven?

Las columnas de luz giraron. Quedé ciego por el resplandor. Me tomó un instante entender que las lámparas estaban sobre mí. Sentí la mano de mi abuelo posarse sobre mi espalda y empujarme suavemente para que diese un paso adelante.

Una mujer, con un traje diminuto de lentejuelas y una estrella en la frente, vino a tomarme de la mano y me llevó, en medio de aplausos, hasta la segunda pista. Abrió una puerta y me introdujo en la jaula. Vi el rostro de mi hermano, pálido y sudoroso, tras la visera del casco. La mujer abrió un cofre y sacó un sable. Me lo pasó, a través de un hueco en la jaula, y me indicó con un gesto leve que se lo entregase a mi hermano. Cuando él lo tomó, noté que su mano derecha estaba encadenada al timón mediante una especie de esposa de oro.

La motocicleta arrancó y comenzó a correr por las paredes de la jaula. Las columnas de luz oscilaban en torno a nosotros. Promoviendo el aplauso de la audiencia, la mujer de las lentejuelas caminaba sobre el borde de la pista con los brazos en el aire. El presentador seguía hablando en el micrófono. Traté de ubicar a mi abuelo entre el público, pero las luces no me dejaban ver más allá de la vaga nube de polvo.

De pie en el nadir de la esfera, sentí que había algo familiar en esta escena. Ya había visto antes la estela de chispas brotando del sable al chocar con la malla metálica. Ya había escuchado el clamor del público, ahogando el rugido del motor. La motocicleta giraba a mi alrededor, y el sable extendido hacia el centro varias veces pasó cerca de mi cuello. Pero no sentí miedo.

El aplauso se fue apagando, y un creciente abucheo lo reemplazó. La motocicleta se detuvo y mi hermano arrojó el casco. El hombre del micrófono tosió, como para aclarar la garganta, y dijo:

—Que así sea.

La chica de las lentejuelas entró en la jaula, giró sobre sus tacones altos, tomó el sable de la mano pálida de mi hermano, y lo decapitó. El público volvió a aplaudir cuando ella alzó la cabeza. Tres enanos sacaron de la jaula la motocicleta y el cuerpo de mi hermano.

—Mi nombre es Estela —me dijo la mujer, con una hermosa sonrisa, mientras limpiaba con su mano tibia algunas gotas de sangre que habían caído sobre mi rostro.

Tomó mi brazo y colocó con cuidado una pequeña esposa de oro en mi muñeca. Tenía el logotipo del Circo grabado en el costado.

Cuando las luces migraron hacia la pista principal, el hombre del bastón anunció grandilocuente el inicio del espectáculo de este año. Una fila de elefantes, montados por mujeres con penachos azules, y seguidos de una caterva de payasos, inundó la pista. En la tercera fila, al lado de una pareja joven con varios niños que aplaudían alborozados, distinguí a mi abuelo. Reía, tal vez demasiado fuerte, de las payasadas. No sé si era sudor, pero me pareció ver una gota en su mejilla. Recordé el olor familiar que había sentido al entrar a la carpa. Era de sangre.

2006

En el camino

A Maupassant

No sé si recuerde todos los detalles, así que contaré el suceso como me venga a la memoria. Todavía hoy se me erizan los pelos al evocarlo. Fue hace varios años, en un anochecer igual a éste. Caminaba sobre este mismo sendero, rodeado de similares árboles y malezas. Era aquel un invierno idéntico al actual, y las sombras decoloraban el verde intenso de los herbazales, convirtiéndolo en un gris demasiado penumbroso para distinguir las formas. En verdad, la única diferencia es que entonces viajaba solo y hoy tú me acompañas. Caminaba silbando una canción, para disipar el temor. Este camino es demasiado largo para ir cargando algo tan pesado como lo es el miedo.

Aquella vez venía de Los Olivos. Los arreboles coloreaban, con tristes y nostálgicos tonos lila, las nubecillas de poniente. Hubiera querido salir más temprano, pero quise evitar el bullicio y la multitud. Esperé hasta que empezó a oscurecer. Entonces salí apresurado, de vuelta a mi parcela.

Los mustios resplandores de la tarde se esfumaron, cediendo paso a las efímeras fosforescencias de las luciérnagas, que se encendieron como un segundo firmamento, esparcidas sobre los árboles, en los potreros y enredadas —como ángeles varados en un abismo de sargazos— en las hierbas del borde del camino.

Como tú sabes, el camino que va de Los Olivos a la Villa pasa frente a dos cementerios: el de Los Olivos y el de San Agustín. Entró la noche antes de que yo pasara delante del primero. Cuando divisé la silueta del panteón, pocos metros más adelante, contuve la respiración. Me invadió un pequeño temor supersticioso, que me avergüenza reconocer y que sin embargo me sale al paso en las noches solitarias. Aceleré mi andar, sin mirar siquiera hacia el costado. Cuando ya lo estaba dejando atrás, me tranquilicé un poco. Efímera calma, pues escuché a mis espaldas una voz que me llamaba.

—Muchachito, espéreme...

La sangre se me heló en las venas. No quería voltear, ni lo hubiera hecho de no haber sentido la mano huesuda que se posó suavemente sobre mi hombro. No pude distinguir bien a la persona, por la oscuridad, pero el timbre de voz, la mano y los pocos rasgos que aprecié gracias a la escasa luz de las estrellas, me permitieron reconocer que era un hombre viejo y flaco el que me había llamado, y que había llegado ya hasta mi lado.

—¿Para dónde va por ahí?

—Para la Villa —mentí, fingiendo serenidad.

—Ah, bueno. Yo voy por el mismo lado, pero me quedo antes de llegar a La Villa. Así nos vamos conversando, para no hallar largo el camino.

Hubiese querido prescindir de su compañía, aun en esos parajes solitarios, pero el susto inicial se me fue pasando mientras caminábamos, y una amena conversación surgió.

—¿Usted vive por aquí? —le pregunté.

—Antes vivía en Los Olivos. Pero ahora me quedo por ahí por donde lo encontré a usted —me dijo en tono alegre, y preguntó— ¿Usted no es familia de Lencho Cortés?

—Sí, soy el nieto mayor. ¿Lo conoció usted? —le pregunté, sorprendido.

—Ya sabía yo. ¡Cómo no! Claro que lo conocí. Buena persona. Trabajador. ¿Todavía tiene gana’o en Parita?

Lo miré con sorpresa y algo de resentimiento. Tú tal vez no sabes esto, pero Lencho Cortés es el nombre de mi abuelo. Él murió hace décadas, por lo que me causó mucha sorpresa que aquel hombre me preguntara aquello.

—Abuelo murió hace muchos años. ¿No lo supo usted?

—¡No me diga! Lástima... No me había enterado.

Caminamos largo trecho en silencio. Más adelante, le pregunté:

—Y usted, ¿adónde me dijo que va?

—Voy a visitar a mi mujer.

—¿En San Agustín?

—Poquito después...

—¿Por el cementerio? —le pregunté, algo receloso.

—Por ahí mismo.

El corazón se me aceleró.

—Sabe —agregó el viejo— esa cancioncita que usted venía silbando es una pieza vieja, de las primeras de Yin Carrizo. Fue la que lo hizo famoso. Mi mujer y yo la bailamos varias veces en pindines que se hacían en estos jardines de por aquí. Si ella la escuchara...

—¿Y no la escucha en el radio?

—¡Ni que ella tuviera radio! —dijo riendo.

—¿Por qué no le compra uno? —le pregunté.

No me contestó, como si no hubiera escuchado la pregunta. Seguimos caminando, y divisé a lo lejos la silueta lóbrega del segundo cementerio. Me sentí un poco ansioso, así que insistí:

—Usted puede regalárselo. Vaya al pueblo y se lo compra. Salen baratos.

—¿Al pueblo? —exclamó— No, hijo, hace mucho que no voy al pueblo.

A cada paso, el camposanto estaba más cerca.

—¿Por qué no va? —pregunté, acelerando mi caminar, con el deseo de alejarme de aquel hombre misterioso, de dejarlo atrás; pero él seguía el ritmo de mis pasos.

—No me gusta ir para nada, porque me miran raro. Ya no es como antes. Mejor no voy...

Yo sentía que un sudor frío me corría por la piel. Sin dejar de caminar, le hice la pregunta.

—¿Y por qué su señora no vive con usted?

—Vivíamos juntos en Los Olivos. Pero cuando ella murió, la quisieron enterrar en San Agustín. Por eso ahora para ir a visitarla tengo que caminar este trecho largo. No me gusta caminarlo solo, por eso lo llamé, muchacho, para que me acompañara.

El extraño siguió hablando, pero no quise escuchar más. Eché a correr por el camino oscuro con toda la fuerza que permitían mis piernas. Me metí por el monte, salté la pared del cementerio y me escondí entre las tumbas, detrás de mi lápida. Desde entonces, procuro salir lo menos posible.

2005

La creación de Adán

a David Robinson

Movido por el aliento de la vida, me sacudo y salgo de la arcilla. Permanezco suspendido en el sopor acuoso de la oscuridad. Corrientes tibias me traen partículas con las cuales me alimento. Tengo pequeñas patas, y placas en la espalda. Sobre la superficie lodosa palpo mientras avanzo sin saber hacia dónde voy. Presiento algo de luz y de sonido.

Me impulso por el agua, guiado por mis antenas y por la borrosa luminosidad que se cuela entre las olas. Nado un poco. Desarrollo escamas y aletas, y nado más fuerte y rápido. Devoro pequeños seres que flotan a mi alrededor. Miro hacia la superficie del agua y percibo el sol. Veo manchas azules, blancas y verdes. Llego a la costa y salgo a tierra.

Me arrastro sobre la arena cálida. No puedo respirar, así que regreso al agua. Vuelvo a intentarlo. Crecen pulmones en mi pecho, y avanzo tierra adentro. Mi piel se torna verde, para confundirse con el entorno. Mis aletas se truecan en patas con garras y en una cola larga y musculosa. Trepo en los árboles y me alimento de insectos, frutos y hojas.

La tierra es mía y crezco para dominarla. Mi cabeza supera las palmeras más altas, mi fuerza derriba troncos. Persigo y devoro a mis semejantes con poderosos colmillos. Miro al cielo, y quiero alcanzarlo. Me hago nuevamente pequeño y liviano. Mis fauces se convierten en pico. Mis huesos se ahuecan. Plumas nacen en mis brazos. Echo a volar.

Me paseo por las nubes y contemplo el mar junto a la costa. Soy libre. Tras largo vuelo, vuelvo a tierra y pierdo mis alas. Junto a un río hago mi refugio. Vuelvo al agua, y crecen membranas en mis patas. Mis plumas se afinan y se convierten en pelos. Mi pico se aplana y vuelven a crecer los dientes en mi boca. Sangre caliente fluye por mis venas.

En cuatro patas corro a través del bosque. El pelambre de mi cuerpo me protege del frío. Cazo a otros animales más pequeños y amamanto a mis cachorros. Mi vista se agudiza. Mi olfato despierta. Entiendo mejor el entorno que me rodea. Veo un árbol cercano y lo trepo. Alcanzo una hoja verde y un insecto; los pongo en mi boca. El sol cae.

Salto a una rama más lejana. Sentado sobre ella, me rasco. Percibo que el bosque se repliega, y vuelvo al suelo para buscar alimento. Los árboles son escasos, así que vivo sobre la llanura. Andar largas distancias es más cómodo si marcho erguido. Con un palo golpeo a un conejo y lo desgarro. El pelo de mi cuerpo se hace menos tupido y siento frío.

Hago fuego. Las piedras filosas son mejores para cazar, trabadas en la punta de un palo. La piel de los bisontes me sirve de abrigo. Sobre las paredes de las cavernas dibujo lo que ven mis ojos. Derrito la roca en el fuego y le doy la forma que quiero. Prefiero la compañía de otros, que cazan conmigo y construyen refugios cerca del mío. Soy el líder del grupo.

Me establezco en un solo sitio. Obligo a la tierra a darme frutos, que cosecho y guardo para la época fría. Una cerca de troncos protege nuestras chozas. Las herramientas facilitan el trabajo. Mis compañeros me entienden, y marco sobre el barro los sonidos de mi boca. Miro el océano y siento que me llama. Me hago al mar en barcos de madera.

El sol está saliendo. Comercio con otros pueblos y acumulo riquezas. Regreso a mi aldea y veo que ahora es un imperio. El rey, que da órdenes según su voluntad, no me reconoce. Bajo su mando trabajo la tierra, y él se lleva la mitad de mis frutos. Temo por mi vida, y por eso le obedezco. Otro rey le hace la guerra, y lo vence. Se sienta en su trono.

Un viejo, que antes me hablaba de los poderes de la naturaleza, ahora me habla del dios Sol, de los dioses, de Dios, del hijo de Dios. Miro al cielo y comienzo a entender los movimientos de los astros. Estudio los cadáveres de los caídos y aprendo a reconocer las partes del cuerpo humano. Sobre la pira quemaron a una vieja, acusada de brujería.

Yo no creo en brujerías, sin embargo. Prefiero creer en los valores del espíritu humano. Ya no quiero trabajar para el rey, que se lleva la mitad de mis granos. Con la espada en mano, obtengo mi libertad. Cultivo mi propia tierra, con cuyos frutos alimento a mis hijos. Sobre el papel calculo, vierto en tinta mis pensamientos, pinto en la tela mis ilusiones.

Los límites entre naciones segmentan la Tierra, y la guerra pronto cubre su faz. Tras la bomba, el terror paraliza a los pueblos. Alianzas se balancean sobre un débil equilibrio. Leo en el diario que aviones dan la vuelta al mundo, que el hombre llega a la Luna, que telescopios hurgan las entrañas del espacio, que una red electrónica interconecta los continentes.

Regreso a casa, me aflojo la corbata y me siento frente al televisor, pensando cómo pagaré las cuentas a fin de mes. De las noticias paso a un partido de fútbol, a un documental sobre la extinción de los leones en África, y al programa religioso de un predicador, Adam Smith, que despotrica contra enseñar la teoría de la evolución en las escuelas. Sorbo mi trago de güisqui.

—¿Sabes? —le digo a mi mujer—. No entiendo cómo a Darwin se le ocurrió decir que venimos del mono.

2006

La paradoja

a Miguel Ángel Conde

Cuando sentí la muerte cerca, le pedí a Ana que llamara al Padre Zósimo. Por un segundo, sus ojos me miraron con lástima. No la culpo: desde niña la crie agnóstica, y rebelde contra la religión, como su padre. Creo que no me entendió cuando comencé a leer la Biblia, hace unos meses, sintiendo que mi hora se acercaba.

Me despertó el aceite en la frente. Pensé en lo lamentable que debía ser mi apariencia si Zósimo había llegado aplicándome los santos óleos sin siquiera saludarme. Nuestra vieja amistad, forjada en los días de escuela, había pasado por amargos momentos de extrañeza cuando renuncié a la fe de mis padres.

Zósimo siempre fue un gran creyente. De familia piadosa, se ordenó en el Vaticano y ahora era profeta en su propia tierra. Varias veces lo debatí en tribunas públicas sobre asuntos de salubridad, yo tratando de avanzar la causa de la ciencia y la modernidad, él aferrado a los dogmas y prejuicios de Roma.

—Mi viejo amigo —susurró cuando abrí los ojos.

—Necesito saber —le dije, con lo que me quedaba de voz— hacia dónde voy.

Zósimo sabía bien que había vuelto a las escrituras, y me consoló:

—El que cree en Él, no degustará la muerte. Vas al Reino del Padre.

—Eso es poesía —le respondí—. Yo te pregunto sobre la realidad. La muerte no es teoría para mí, Zósimo, que me muero esta tarde.

—La Palabra no es poesía; es la verdad eterna —dijo.

Respiré hondo. El estertor de mi pecho le hizo apretar los labios y mirar a otro lado.

—Es bonito eso de los pájaros del cielo y los lirios del campo, Zósimo, pero los niños se mueren de hambre y de frío. ¿Cómo puedo creer lo que está escrito si mis propios ojos me muestran lo contrario?

—Con fe —me respondió.

No dije más. Me giré en el lecho hacia el otro lado y cerré los ojos. No sé cuánto dormí, pero cuando desperté, Zósimo estaba a mi lado, dormido en la silla. Ana debía estar en la cocina, pues escuché sonidos de trastos en el fregadero. Me pregunté si mi muerte sería como el sueño de Zósimo, tranquilo descanso de los afanes del cuerpo y la mente. Sentí envidia de su credulidad, de su fe maleable. Aun con la garra de la parca en mi cuello no lograba sobreponerme a las patentes falacias del texto bíblico.

Esperando, me vino a la mente una contradicción que largamente me había intrigado. Mateo 23:36. «De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación». Esta generación. Según el evangelio canónico, eso dijo Jesús, y desde entonces cien generaciones de fieles han creído el vaticinio: el Hijo del hombre viniendo en su gloria sería visto por esta generación, lee el texto, y ya han pasado dos mil años de espera en vano.

Pensé que dado que la tradición apocalíptica es anterior a Yeshúa Bar Yussef, podía haber sido incluida en el texto por seguidores celosos de mantener el dogma farisaico en la nueva fe. ¿Cómo saber si lo dijo el Maestro? Y si lo dijo, ¿por qué han caído una tras otra las generaciones, como hojas de teca en verano, sin que venga el reino?

No supe cuándo me dormí, pero me despertó el óleo en la frente nuevamente. Abrí los ojos y vi a Ana, llorando de pie, junto a Zósimo. Oí el rezo en latín, pero no pude hacer sentido de lo que decía. Spiritu... Christi... Domine... in Paradisum... Frases, palabras sueltas. El cuarto parecía hecho de etéreos tejidos, cada vez más oscuros. Una presión en el pecho me arrancó un quejido. Sentía cierto dolor, pero no tenía miedo. Supe que la hora había llegado, y decidí, como Sócrates, aprovechar hasta el último momento en tareas intelectuales. Decidí recibir el misterio acariciando la paradoja del reino que no llegaba.

¿Qué tal —me dije— si el reino no es como lo pintan en las portadas de ciertos panfletos cristianos, un jardín terrenal para cuerpos resucitados? ¿Qué tal si la llegada del reino es simplemente la liberación del espíritu de las ataduras terrenas, la vuelta a la fuente de la vida, el alma cerrando el circuito, reconectándose con el origen, con el Uno?

Temí que la agonía me hacía desvariar, pero seguí pensando, combatiendo la experiencia con intentos de cordura.

Pero aun así, ¿por qué no había llegado? Él prometió que no pasaría esta generación antes de que el reino llegara. Esta generación. ¿Cuál generación es esta? La generación de un espíritu eterno es eterna, y en ese marco la afirmación no tiene sentido, por ser infinita. La generación de la audiencia original ya había pasado, junto con cien generaciones siguientes.

Abrí los ojos, pero no vi nada.

La generación mía, sin embargo, esa no había pasado todavía. Esta generación, dice el texto, no aquella. Esta. No pasará esta generación antes de que venga el reino. ¿Cuándo termina mi generación? Con la muerte de mis amigos, o con la mía. Mi último día marca el final de mi generación, una generación de un hombre. La medida de todas las cosas. Eso es.

Sentí un gozo inmenso, pues creí haber resuelto el misterio de dos milenios. Quise decirle a Zósimo que había entendido al fin, que había descifrado el mensaje, que el texto hacía sentido, y que tenía fe otra vez, como cuando era niño. Pero no pude. No veía ya la habitación, ni al amigo, ni a mi hija. No sentía mi cuerpo. No tenía dolor. Solo la delicia de lo intangible. Y el resplandor. Y la dicha.

2007

Es mi vida

cuento corto

a Alejo Carpentier

«Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas»
— de Viaje a la semilla

Del piso llueven hacia el techo gotas rojas, que se funden en una mancha grande. La sangre se desploma desde el cielo raso, en una violenta implosión de mi cabeza. La bala entra, recomponiendo los huesos de mi cráneo, y sale por mi mandíbula, succionando el humo y el fuego, encerrándolos en el casquillo, que se enfría de súbito dentro del tambor del revólver.

—¿Qué he hecho? —me pregunto en soledad.

Quito el arma de mi barbilla, la enfundo en el cinto y bajo el rostro. Una foto de mi esposa vuela del suelo a mi mano; la guardo en el bolsillo tras una breve mirada nostálgica.

Siento arrepentimiento. De mi boca el güisqui fluye al vaso, y de ahí trepa —serpiente de oro— al interior de la botella. Escapando de las fibras de la alfombra, una lágrima se catapulta hasta mi mejilla y escala lentamente hacia el ojo, escondiéndose en la comisura. La culpa me perfora el alma. Mi saco salta de la cama al hombro, y retrocedo hasta la puerta. Apago la luz al salir de algún cuartucho de motel. En reversa, manejo camino a mi casa. La noche desaparece poco a poco, y el crepúsculo incendia el cielo de la tarde.

No respondo.

—¿Qué te pasa? —pregunta mi mujer.

En la gaveta escondo el revólver. Trato de disimular mi desesperación. Salgo por la puerta, que mi esposa cierra, sonriente. Retrocedo velozmente rumbo al laboratorio. Positivo. La enfermera sonríe y recoge de mi mano un papelito verde.

—¿Ya están los resultados? —pregunto y salgo del laboratorio.

Espero una hora en la cafetería del primer piso. El humo viene de los pasillos, de la ventana, del cuarto mismo, y se insufla en el cuerpo ardiente de varios cigarrillos que renacen de las cenizas y se apagan al contacto con el fósforo. Subo al cubículo nuevamente.

—Puede esperar abajo si desea —me dice la enfermera.

Enrollo la manga de mi camisa de seda y ella anuda un caucho en mi brazo. Toma una ampolla de sangre, la carga en la jeringa y la inyecta en mi vena. Suelta el caucho, guarda la jeringa herméticamente en un empaque y la pone en un frasco.

—Siéntese aquí, por favor.

Tengo miedo. Le anuncio:

—Soy el que llamó hace un rato, para un examen de sangre.

Salgo de la sala de espera, y vuelvo a la calle: el tráfico me atrapa. Retrocedo con destino a la oficina, preocupado.

Veo lágrimas en su rostro pálido.

—¿De qué me estás hablando? —le inquiero, pero no dice nada más.

—Debes hacerte un examen de sangre —susurra en mi oído.

Le doy un abrazo y se me aleja. El recuerdo de aquella noche me entretiene un segundo. Noto que el escote deja ver parte de sus senos. Va a ser un día largo y me alegra encontrarla de nuevo, con su blusa liviana. Adis retrocede por el pasillo, cargando unos cartapacios. Trabajo todo el día, pensando en la Serie Mundial y en la maldita copiadora que no quiere terminar de tragarse las copias y se destraba a cada minuto.

Ella regresa de su puesto. El vapor pasa del aire al café; y el café, de mi boca a la taza. Ella no dice nada; solo me mira largo rato, en silencio.

—¿Te pasa algo? —pregunto.

Me dice que una taza no le caería mal. La noto algo ansiosa.

—¿Quieres un café? —le pregunto.

Saber que nadie sospecha de lo nuestro hace la mañana más emocionante. Dejo a Adis en el cuartito del café. Salgo de la oficina, de vuelta al tráfico, de regreso a la casa. El sol de la mañana se está poniendo.

—¡Qué bonito, campeón! —digo, por decir algo.

Mi mujer me muestra, durante el desayuno, un dibujo que mi hijo hará con crayones.

Hasta aquel día no podré dejar de pensar en el encuentro, y siento deseos de repetirlo. Esta mañana me acuesto junto a mi esposa, como siempre, y me duermo. Pasan varios días de trato frío, silencio y caras largas.

—¡Es mi vida! —le grito, y mi mujer salta desde el suelo, dejando de llorar y estrellando su rostro contra mi puño, que retrocede y apaña la camisa manchada de lápiz labial, que ella restriega en mi rostro.

—¿Con quién andabas? —me increpa.

Cuando huele el perfume ajeno y ve la mancha roja en el cuello, la expresión de ira se desdibuja y aparece esa sonrisa que me enamoró cuatro años después. Me da un beso, y me abraza, tierna como una niña. Me mira desde la puerta, mientras retorno a la oficina.

Yo salgo después y ella primero, para no levantar sospechas. Nos desvestimos tranquilamente. El orgasmo me acomete de súbito. Noto el contraste entre la madera fría y la tibia desnudez de su cuerpo. Nos vestimos ansiosos con las prendas de ropa que vienen por el aire desde lejos: los botones saltan de los rincones a trabarse en los ojales. Mientras nos ponemos de pie, con mi brazo barro el escritorio, que se llena de papeles y otros objetos. Los besos se van haciendo menos apasionados, mientras nos alejamos de la mesa. Ella está entre mis brazos, y ambos sabemos que se ha ido el momento que tanto esperamos.

Al fin no estamos solos. Llega el último de nuestros compañeros de trabajo. Espero una hora. Va a ser un buen día, y la adrenalina del éxito por venir corre en mis venas. Siento deseos de celebrar. Un cosquilleo, como de adolescente, me recorre. Adis me sonríe. La veo retrocediendo en el pasillo, con su blusa liviana, y le guiño un ojo. ¡Qué buena noticia que vamos a ganarnos ese gran contrato!

2006

La intrusa

cuento corto

a Carlos Oriel Wynter Melo

«Qué cosa más perversa,
el hacerme soñar contigo»

Chris Isaak

Reconozco que nunca acepté como normal el hecho de que, tras dos décadas, todavía soñase con frecuencia con una antigua novia de mis días de adolescente. Tuve muchas otras mujeres durante los años de soltería que siguieron a nuestra separación, incluso más hermosas. Hace diecisiete años me casé con la mejor de ellas, y construí a dúo un hogar feliz, con hijos y todo. Sin embargo, ninguna otra mujer se entrometía en mis sueños, solo aquella novia del pasado.

Ya la habría olvidado por completo, si no fuese por sus inoportunas irrupciones. No habría queja si al menos hubiese permanecido tranquila, en una esquina del sueño, sin molestar hasta el amanecer. Pero ella porfiaba en tomarse el centro del escenario: aparecía desnuda ya y haciendo el amor conmigo, sin juego previo o consentimiento de mi parte. Lo cual es extraño, porque nunca tuvimos relaciones cuando éramos novios. Aquellos tiempos eran distintos, y nosotros éramos más tímidos que el promedio, y muy jóvenes. He ahí el otro problema: ella retenía en mis sueños las formas de su juventud: las piernas firmes y los senos turgentes, en punto de caramelo.

En cierto momento del coito onírico —cosa curiosa— aparecía en mí el vago recuerdo de que los años habían pasado y yo era ahora (si es que la palabra ahora tiene algún sentido en este contexto) un padre de familia, con una esposa y un hogar bajo mi responsabilidad. Pero mis argumentos no lograban convencer a la chica del sueño de que debíamos respetar la santidad de mi matrimonio, ni tampoco conseguía —o peor: no quería— zafarme por mi cuenta de su abrazo, para irme a pastar en prados más castos.

Lo que me molestaba no era el haber experimentado alguna vez un sueño de tal corte. Me parece que es, si no justificable, al menos comprensible. Lo que empezó a preocuparme fue que estos sueños habían reaparecido varias veces cada año. Hubiese ido donde un psicólogo, si no me pareciera demasiado vergonzoso confesar semejante cosa ante un extraño, especialmente dada mi edad y estatura social.

Hace unos años, vi de lejos a la intrusa. No quise saludarla, porque yo estaba junto a mi esposa, en un lugar público. Pude, sin embargo, verificar que —como era de esperarse— el calendario había surtido efecto sobre su belleza de antaño. Sentí una urgente necesidad de acercarme y preguntarle: «¿Tú también sueñas conmigo?», o simplemente implorarle que hiciera, en el futuro, un esfuerzo por mantener su espejismo al margen de mis sueños. Pero no hice nada. Ella siguió caminando, sin haberme visto siquiera. Mi esposa miraba alguna otra cosa, y yo marchaba en silencio, disimulando. Luego me sentí como un cobarde, por pretender achacarle a ella la culpa de mis desvaríos.

El peor escenario se materializó una noche, no hace mucho. En medio de uno de aquellos sueños sexuales, sentí que una mano me agarraba el hombro. A mitad de camino entre el sueño y la vigilia, el nombre antiguo se me escapó de los labios físicos. Jamás olvidaré los ojos de mi mujer mirándome a mí y a mi erección, preguntándome que a quién estaba llamando dormido. Le confesé, sin poder esconderlo más, lo que había venido ocurriéndome.

—Si es solamente en sueños y no lo puedes controlar —dijo ella—, entonces no es tu culpa.

Pero cuando me negué a consultar a un psicólogo, se molestó. Como no logré convencerla arguyendo pudor y vergüenza propia, ensayé presentando el inconveniente de revelar a un tercero un detalle tan delicado sobre un personaje público. Cuando insinuó que tal vez yo quería conservar a la susodicha disponible en mi «cerebrito sucio» para entretenerme con ella en las noches, comprendí que la discusión iba por mal camino y decidí callar.

Con la tensión del tema pendiente, seguimos con problemas durante varios meses, hasta que al fin algo cambió: leí una mañana en el periódico que —gracias a Dios— mi antigua novia había muerto. Más bien, la habían asesinado. Su marido, de hecho, fue el autor del crimen: le pegó un tiro en la cabeza mientras ella dormía. Confieso que respiré aliviado.

—Ojalá esto ponga fin a mis sueños —dije, entre ruego y sarcasmo—, y que muerto el perro, se acabe la rabia.

No se lo comenté a mi esposa, pues la simple mención de aquel nombre catalizaría nuevas y apocalípticas discusiones.

Para mi gran sorpresa, esa misma noche, ya entrando la madrugada, ahí estaba ella de nuevo: mi antigua novia, en la cúspide de su juventud, con los redondos pechos de adolescente brincando como conejos, cabalgándome cual amazona fiel a los consejos de Ovidio. Al igual que en cada episodio anterior, disfruté los primeros minutos sumido en una dulce amnesia, hasta que la conciencia —que siempre llegaba de segunda— me recordó la realidad.

—Soy una persona casada, y tú también —supliqué—; y para colmo, estás muerta. Déjame dormir tranquilo.

Pero ella se negaba, con una sonrisa pícara, y me mandaba a callar, sujetándome por los hombros y meneando sus caderas con mayor rapidez y fuerza.

Entonces sucedió algo que, por alguna razón, no había pasado en los sueños anteriores: llegué al clímax, y cedí completamente a la fantasía, gimiendo su nombre. Ella sonrió ampliamente y, sin cejar en su faena, indagó:

—¿Sabes que tu mujer te está mirando?

Algo iba a responderle, cuando me sacudió un estruendo terrible. Tras un fulgor que lo inundó todo, vino una oscuridad de abismo. En él vislumbré el cuerpo sudoroso de mi amante, que no se detuvo en ningún momento, envuelto en un tenue resplandor como de ángel. Su piel se hizo más tibia y su galope más agresivo.

—¡Relájate, hombre! —dijo riendo—. Ahora estaremos juntos siempre.

2005

Cierra tus ojos

cuento corto

a mi madre

Ella no esperaba algo así. Había visto cientos de chicas de su edad que se prostituían en las calles con turistas italianos, dispuestas a acostarse por dinero o a casarse con cualquiera de aquellos, sin que mediara ningún sentimiento, con tal de escapar de aquel infierno. «Allá ellas —se había dicho—. Yo no soy una jinetera». Así, siendo hermosa y joven, vivía con modestia de la mejor manera que su honestidad y rectitud le permitían en aquella ciudad convulsa.

Él no esperaba algo así. Durante aquellos días de vacaciones, había visto cientos de hermosas chicas en Varadero: italianas, alemanas, españolas, chilenas… ¡de todas partes del mundo! Mujeres lujosamente vestidas en las cenas del restaurante del hotel, y luego tranquilamente desvestidas en los bikinis diminutos sobre las arenas blancas y tibias de aquel pequeño paraíso. Su corazón, sin embargo, no se había movido por aquellas.

La mañana del 10 de abril se encontraron: ella caminaba de regreso a su casa, luego de sus clases en el Conservatorio, y él estaba frente a la Catedral gastando las fotografías del último rollo de película antes de abordar su avión esa tarde de regreso a su patria.

Ella lo miró con disimulo. Parado temerariamente entre los turistas y una que otra paloma, apuntaba con su cámara fotográfica a la fachada del edificio, moviéndose hacia arriba y hacia abajo, buscando el mejor ángulo. Él mismo vestía como turista: shorts blancos, camiseta azul, zapatillas gringas y un sombrero de paja con una cinta de colores. Le pareció hermoso. Ella lo contempló largamente, con curiosidad al principio, luego con deseo, hasta que él terminó de tomar las fotografías y se dio vuelta hacia donde ella estaba parada.

Él la miró con asombro. Sus ojos negros lo miraron de frente durante un segundo, hasta que ella retiró la vista y comenzó a caminar hacia el mar. Ese segundo efímero bastó para que entrara por sus pupilas una descarga de energía. Vestía como cubana: un traje sencillo y largo hecho con tela de flores. Era muy hermosa. Él la siguió de cerca durante muchas cuadras, dejando la vergüenza a un lado, estudiándola con la mirada persistente, con curiosidad primero, luego con deseo, hasta que ella se detuvo al llegar al Malecón —tal vez creyéndolo distante ya— y se dio vuelta hacia donde él venía caminando.

Al verse frente a frente, los dos extraños no supieron qué hacer. Tras unos segundos de indecisión silenciosa, aparecieron en sus rostros tímidas sonrisas, que pronto derivaron en risas y luego en carcajadas. Brotaron las disculpas, luego las palabras tiernas y finalmente la invitación a una caminata por el Malecón y un helado en Coppelia para conversar y conocerse.

—En mi tierra, las playas no son tan bellas como estas, pero son para nosotros —le había dicho él.

El océano azul del Malecón y el sabor de la fresa derritiéndose en la lengua tibia fueron propicios para el amor. El cielo inmenso se abría promisorio frente a los descoloridos edificios de La Habana. Las olas libres estallaban con furia contra las piedras prisioneras. Los sabores nuevos de las delicias vedadas seducían los sentidos. El corazón se abrió y dio paso al anhelo de amor, libertad y alegría.

«Ella está hecha para mí», pensó él. «Él está hecho para mí», pensó ella. Todo era perfecto, excepto por la partida. La separación inminente empañaba el futuro. Se hicieron planes a largo plazo: él trabajaría en su patria durante un año entero, y ahorraría el dinero suficiente para venir a buscarla y llevarla con él a su tierra, para iniciar una vida común.

Ella lo acompañó al aeropuerto José Martí. Entró con él hasta donde podía, y esperó pacientemente hasta el momento del abordaje. Intercambiaron miradas, abrazos y direcciones postales. Cuando llamaron por el altoparlante a los pasajeros de su vuelo, se acercó al oído de ella y susurró:

—Cierra tus ojos.

Ella lo miró con picardía y, sonriendo, los cerró.

—Vendré por ti, amor mío. No lo dudes —dijo él, tan quedo y tan cerca de su oreja que a ella se le erizaron los vellos de la nuca.

El avión partió, y el amor quedó en suspenso. Con el paso de los días, comenzaron a llegar las cartas de parte y parte. Al principio eran largas y algo frías; luego se tornaron más apasionadas y cortas. En sus líneas, se reforzaron las promesas de amor y se profundizaron las discusiones sobre los planes futuros.

Las ilusiones crecieron a medida que pasaban los meses. Él trabajaba afanosamente, ahorraba con sacrificio, y veía con satisfacción cuán poco faltaba para alcanzar la meta. Ella esperaba pacientemente, y se preparaba para empezar una nueva vida en una tierra nueva.

Llegó el 10 de abril del año siguiente, fecha pactada para el reencuentro. Ella lo esperó desde el amanecer en el aeropuerto, pero él nunca apareció. A medianoche, se marchó.

Llegó a su apartamento y se tiró sobre la cama, a pensar en las promesas de amor y los planes comunes. Pronto se quedó dormida por el cansancio. Entonces, cuando su mente vagaba entre el sueño y la vigilia, escuchó una suave voz en su oído:

—Cierra tus ojos.

Ella los abrió, sobresaltada, pero no vio a nadie. Tras un minuto auscultando el cuarto vacío, sintió que el sueño la envolvía otra vez. Cerró los ojos, y volvió a escuchar:

—He venido por ti, amor mío. Ven conmigo —dijo la voz, tan quedo y tan cerca de su oreja que a ella se le erizaron los vellos de la nuca.

Sintió un abrazo tibio en torno a su cuerpo, y se dejó llevar.

Cuando amaneció, su madre la encontró muerta en la cama.

La semana siguiente, la madre de ella recibió una carta de la madre de él. La abrió ansiosa, y leyó la noticia: él había muerto el 10 de abril en un accidente automovilístico, camino al aeropuerto.

1999

Legado

A los médicos en mi familia

Aunque la historia de mi hermano Pablo Montero es distinta a la mía, la profesión que él persiguió es igualmente digna y sacrificada que la de este pobre maestro rural: la de médico de pueblo. No solamente ha servido durante décadas a miles de enfermos en las montañas de El Bijao, sino que con los frutos de su esfuerzo pagó mi educación de docente, que a su vez ha cambiado para bien muchas vidas en nuestra escuela campesina.

Pablo supo a los doce años que quería estudiar medicina, cuando conoció al Doctor Gonzalo Zayas, cirujano educado en Bogotá y luego en Boloña, que peregrinó durante tres décadas por estas montañas, curando cuanta dolencia era dado a la ciencia médica sanar en aquel entonces. El señor Gonzalo, también de cuna pobre, había en su momento ganado con la brillantez de su cerebro la simpatía del Rector de la Universidad de Bogotá, quien se convirtió en su guardián y sufragó sus estudios. Tal vez por esto se sentiría en deuda con la vida y se consumió atendiendo a los demás para pagarla. Renunció a la fortuna al declinar la oportunidad de ser médico en Roma, y regresó a Colombia a servir a la patria. Pero algún avieso político de turno le desterró a Bocas del Toro por pronunciarse en favor de la libertad. En el Istmo ejerció la cirugía en los poblados de las montañas más densas y desamparadas. Buen samaritano del bisturí, culminó décadas de entrega haciendo una muerte de santo, pues hasta con el último aliento previó el beneficio de miles de vidas.

Llegaba a nuestro villorrio caballero en un borrico platero, cada dos o tres meses, desde Dios sabe qué otro caserío mísero, y acampaba en la plazoleta por una semana. Curaba a quien podía, realizando milagros con trebejos cenceños y drogas escasas. Quien podía, le pagaba con gallinas, cutarras o sancochos; quien no, con bendiciones y besos en la mano. Nunca rechazó a un paciente. Luego se marchaba por los caminos del monte rumbo al siguiente villorrio.

Pablo, entonces un chicuelo sucio, no se despegaba de él durante la breve estadía. Gustaba de mirar a los enfermos acostados en las mesas, dormidos con éter, con el vientre abierto y latente, mientras el doctor Zayas repetía con manos de artista el milagro cotidiano de aliviar el dolor y retornar la salud. A mi hermano no le asqueaba la sangre; incluso ayudaba a hervir los instrumentos en un fogón junto a la quebrada.

En las noches, como el Doctor dormía al aire libre, Pablo se echaba como un perrillo al pie de su hamaca, y lo acosaba con preguntas sobre lo que había visto en el día. Que cómo se llama esa tripa, que por qué le cortó a Fulano aquella parte, y que cómo se llama «la vaina esa de metar que se jujga en la barriga der pasiente pa’ jalajle pa’ juera er pellejo». El Doctor con paciencia respondía, y al parecer disfrutaba del coloquio que le imponía el pilluelo, a trueque de menos horas de descanso. Creo que reconoció en la rudeza del pequeño salvaje los destellos de una inteligencia natural.

—¿Y tú qué vas a ser cuando grande? —le preguntaba.

—Yo quiero sé’ como ujté’ —le respondía Pablito.

—Entonces tendrás que estudiar mucho y ganar buenas calificaciones.

Mi hermano, motivado por la posibilidad lisonjera de ser como aquel ídolo suyo, estudiaba a la luz escasa de la guaricha y se destacaba en el grupejo de desnutridos que componíamos el alumnado del villorrio.

Una noche, volviendo de atender a una parturienta, al Doctor lo picó una terciopelo, serpiente terrible que abunda en estos montes, cuyo veneno en poco tiempo puede acabar con la vida de un hombre. Se había agachado a recoger algo del suelo y, en un latigazo, el reptil le besó la carne. Pablito trajo la noticia al pueblo: «que se muere er dortó’, que lo picó un bicho».

Dos hombres lo montaron en el asno y lo llevaron hasta la capilla. Con la pierna ardiendo en dolor, el Doctor pidió a Pablo buscar en el maletín un frasquito de suero antiofídico. Pero la tragedia no dejó escapatoria: el borrico asustado pisó el maletín, rompiendo el frasco. «Que llamen por radio a la ciudad —ordenó el Doctor—, que pidan al Hospital suero para serpiente terciopelo». El maestro de entonces transmitió por radio el mensaje. «Dicen que en menos de una hora llega —informó—. Van a mandar en avioneta a un enfermero con el suero».

Dos hombres a caballo se fueron a encender piras a lo largo del potrero que servía como pista. El fuego indicaría al piloto el sitio para el aterrizaje nocturno. Pablito, incapaz de ser inútil, se largó —guaricha en mano— a encender hogueras también. Y es aquí donde la desgracia se encona, donde el destino tuerce los planes, o los endereza, según se quiera ver. Pues Pablo, andando por el herbazal a oscuras, metió la mano en un arbusto y espantó a otra serpiente terciopelo que, en vez de huir a causa del fuego, se giró y le picó. Aunque la mordida fue de soslayo, el veneno pronto hizo efecto.

Incrédulo ante la terrible fortuna de aquel día, el Doctor vio llegar a la capilla al niño lívido, cargado por los mismos dos fortachones que minutos atrás lo trajeran a él.

—¿Y qué carajo te pasó a ti, mocoso? —preguntó el Doctor, tembloroso y ya hinchado.

—Que me trabó er bichu tambié’ —respondió Pablo, desfalleciente.

Poco después apareció el titilar de la luz de la avioneta, astro fugaz en el cielo estrellado. El aparato se deslizó sobre el llano dando saltos de potro arisco a lo largo del pasillo de fogatas.

El triste gesto del enfermero cuando entró en la capilla, le indicó al Doctor la gravedad de su estado. Había pasado ya casi una hora desde la picadura, y el veneno había golpeado con fuerza. Puesto al tanto de la conjunción desastrosa, el enfermero llenó una jeringa y, buscándole la vena al Doctor, le susurró en el oído:

—Éste es el único frasco de suero que teníamos en el hospital, Doctor. El invierno ha sido terrible. Se lo pongo enseguida...

—No, Lucio —ordenó Gonzalo Zayas al enfermero, con voz queda—. Pónselo al niño.

Si Pablo lo hubiera entendido, habría rechazado aquel sacrificio, pero apenas si tenía ya sentido. El efecto del veneno es más feroz en el cuerpo chico de un niño. Cuando mi hermano despertó, horas después, el Doctor ya había muerto. «Que no sirvió el suero que le pusieron», le mintieron al principio. Pero días después le dijeron la verdad, entregándole una nota, manuscrita por el enfermero, dictada por el Doctor Zayas en el lecho de muerte.

«Serás un buen médico algún día, mi fiel amigo», decía el papel, en palabras hoy algo borradas por las lágrimas del muchacho. «Yo he pagado ya mi deuda. Ahora debes tú tomar esta cruz y ser el guardián de la salud de tus hermanos. En este altar inmolarás tus noches. La soledad y el estudio serán tu pan diario; la mente y el pulso firme, tus herramientas de cirujano. Salva muchas vidas, Pablito, aunque te cueste la tuya. Entrégate por amor a tus hermanos en servicio y ayuda, para el bienestar común. Todos los demás afanes son vanidades humanas».

No sólo le dejó la inspiración, sino también los recursos para completar su sueño. Esa nota tiene en el consultorio de mi hermano un sitio más prominente que su diploma de médico de la Universidad de Boloña. Él anda peregrinando en las montañas, sirviendo con su ciencia, como lo hizo su precursor, a los que no tienen nada en esta vida.

Gonzalo Zayas murió hinchado, consumido por el dolor, mientras Pablo a su lado sanaba dormido. Mi hermano me confesaría años después que en su delirio lo vio venir —como un ángel que desciende desde un abismo invertido— a sacarlo, con su mano, de la oscuridad.

2005

Cenizas de ángel

a Roberto Arlt

«y porque era la alma mía
la alma de las mariposas»

Rafael Arévalo Martínez

Cada ocho años, millones de polillas diurnas migran a través del Istmo: aparecen a finales de julio y durante meses sobrevuelan interminables kilómetros de selva panameña. La ciencia las nombró Urania fulgens, pero los indios chicuyos del Darién, que las conocen desde hace milenios, les llaman ángeles. Sus alas triangulares, de un negro profundo rasgado por varias franjas de un tono verde metálico, son veneradas como un regalo del dios Kiki, el ser primero, el autosuficiente. Los curanderos, llamados chikirés por sus congéneres, conocen como «cenizas de ángel» al polvillo esmeralda que se extrae de estas franjas, el cual es usado como medicina para la curación de múltiples males y como narcótico en ritos de iniciación.

La más reciente migración de las Urania, que han venido este año desde el norte a inundar las calles de la ciudad de Panamá con su aleteo verdinegro, trajo a mi mente recuerdos de mis lejanos días de cazador. Solía recorrer sin compañía la jungla darienita, buscando presas mayores. Machos de monte, jaguares y ciervos sucumbían a un disparo certero de mi rifle. Un día fui yo quien sucumbió, en plena selva, al escupitajo venenoso de una diminuta rana, muy temida por los chicuyos por su secreción fatal. Sentí que me hundía en el sopor de la muerte. Cuando supe que nada podía ya salvarme, percibí con el ojo de mi mente que un torbellino de mariposas negras traía mi alma de vuelta al cuerpo. Desperté y vi el rostro de un chikiré. Luego supe que me había devuelto la vida por medio de un rito con cenizas de ángel. «Kiki es quien da la vida y quien la toma», sentenció con un gesto seco.

Deudor de mi vida a este polvo milagroso, quise conocer su secreto, el cual tras insistentes ruegos me fue revelado parcialmente bajo condición de callarlo hasta la tumba. Esto puedo decir: el uso del extracto en los actos de curación encaja coherentemente en la mitología —o mejor dicho, teología— de este pueblo selvático. Según ésta, existen desde el inicio del mundo entes de luz (llamémoslos ángeles) y entes de oscuridad (digamos, demonios). Así, pues, las polillas Urania son ángeles, mientras que las enfermedades son demonios. Existen jerarquías entre estos entes, y los superiores priman sobre los inferiores. El curandero recibe de los dioses, cada ocho años, la ofrenda de millones de «ángeles» que portan las cenizas glaucas en sus alas: esta bendición le permitirá curar a los enfermos de su tribu durante el siguiente período, hasta que ocurra la próxima migración. El ciclo de recolección de la sustancia medicinal se ha repetido por siglos.

Nada extraordinario habría en esto si no fuese por un detalle crucial. Desde el primer momento en que un chikiré se prepara para tratar a un enfermo, el curandero reconoce, por intermedio del dios Kiki, la jerarquía del enemigo al cual se enfrentará. En otras palabras, conoce ahí mismo si este demonio excederá o no en poder a las cenizas de ángel. Si el demonio es de menor jerarquía celeste que los ángeles donantes de las cenizas, el curandero vencerá al demonio, aniquilándolo por siempre, y sanará así al enfermo. Por el contrario, si el demonio es de un rango superior, el curandero no podrá vencerlo con las cenizas y morirá en el enfrentamiento. He aquí lo excepcional de los sanadores chicuyos: el chikiré enfrentará al demonio en cualquiera de los dos casos. Es decir que, aun sabiendo que morirá en el enfrentamiento, irá al combate de un demonio superior. Intuyo que la justificación de esto se encuentra en aspectos de la teología de este pueblo, que mi sanador y maestro no quiso nunca revelarme por completo. Para mi bendición, el veneno de la rana que me atacó era un «demonio» de jerarquía menor que la pólvora de las Urania, por lo que mi tratamiento fue eficaz.

Con la nueva migración de las polillas, sentí un vivo deseo de regresar a la selva darienita. Estuve cazando, pero no solo: me hice de la compañía de algunos nativos, pues ya había comprendido el peligro de vagar por este infierno verde. Nos llegó noticia de que un indiecillo había sido poseído por un demonio y que el chikiré de la tribu se aprestaba a atenderlo. Venció mi curiosidad y abandoné la cacería para acompañar a aquel brujo querido, de cerca, en su misión.

Recuerdo el remo de caoba hundiéndose lento en las aguas turbias del río Tuira. El viejo chikiré, de nombre Cachí Kirechá, iba junto a mí y dos aprendices en un cayuco manso, cantando entre dientes un salmo hondo y persistente. Según me dijo mi intérprete, este himnillo, aprendido directamente del dios Kiki y repetido desde entonces por todas las generaciones, prepara al corazón del sanador para enfrentar a los antiguos enemigos de la luz. Cantaba para sí, como evitando que sus palabras, sortilegio de tiempos pasados, llegasen a los oídos de los demonios que acechan en la selva. «Al inicio danzó Kiki, y se alzaron olas en el infinito mar de la nada; de las olas brotaron sus hijos», recitaba, según tradujo para mí el joven intérprete, que repitió para mi beneficio todas las murmuraciones del curandero.

Frente a nosotros iba, en un rústico cofrecillo, el polvo mágico. Estimé que varios miles de polillas fueron necesarias para producir tal cantidad de extracto. El vientre del tronco tallado se deslizaba con cautela entre los mangles, que observaban nuestra suave procesión. «Y los hijos de Kiki crearon el mundo, como un juego, en la arena de aquel mar, y lo poblaron con sus sueños», masculló el brujo.

Llegamos al caserío y bajamos del cayuco. Mujeres histéricas recibieron al chikiré; tomándolo del brazo, lo llevaron al interior del bohío. Multitud de familiares y vecinos guardaron silencio al verle entrar. Al fondo, agitándose y gruñendo, estaba el pobre muchacho: un indiecillo joven, poseído por lo que en primera instancia me pareció un severo ataque de epilepsia. Atado de pies y manos entre dos estacones, se sacudía violentamente, gritando e imprecando. Con las muñecas en carne viva, se dejaba caer y convulsionaba colgando de sus ataduras, entornando los ojos y botando espumarajos de baba. «Y de los sueños de los hijos de Kiki nacieron las bendiciones del mundo: la luz, el aire, el agua y la selva, y los ángeles que la pueblan», rezó el anciano.

La madre narró al brujo —inmóvil desde que entró al recinto— la historia del muchacho, de los demonios que lo atormentaron cuando era niño, de las apariciones que lo perseguían constantemente, y de los espasmos que le sobrevenían cada vez que un demonio entraba en su cuerpo. En esta ocasión, dijo, no habían dado al muchacho un instante de paz, haciéndolo vomitar de sus entrañas gusanos y serpientes. «Pero no todos los sueños eran buenos: también las pesadillas de los hijos de Kiki poblaron el mundo, y de ellas surgieron los demonios, que se ocultan en la selva y atacan a los hombres cuando Kiki cesa su danza», musitó el brujo, muy bajo.

Cachí Kirechá, con rostro duro y aire místico, miró de frente al joven y caminó hacia él. Señaló con el índice a los ojos del poseído, reconociendo al demonio particular de aquella afección, y ordenó a todos salir del cuarto, menos a la madre, que debería ayudarle y dar fe de lo que haría. Me estremeció pensar que ya en aquel instante, el curandero conocía el final de aquel encuentro, aunque ninguno de nosotros podía pronosticar si vencería. Me sobrecogió su determinación de seguir adelante, con plena conciencia de su propio destino.

Desde fuera, entre la multitud, contemplamos al brujo, entonando el resto del cántico mágico, ungiendo con cenizas de ángel al indiecillo, que se retorcía en sus ataduras con más fuerza en cada contacto. Vi a la madre, trémula, retirarse a un rincón, y al curandero trancar la puerta. «Y la lucha entre ángeles y demonios es la historia de la vida: Kiki danza y descansa; sueños y pesadillas se disputan el reino del mundo, en el mar de la nada», tradujo mi acompañante.

Lo que sucedió después nadie lo sabe. Tarde y noche se escucharon gritos y bramidos de la batalla entre el brujo y lo desconocido; golpes en las pencas del techo y en las cañazas de las paredes ahogaban el llanto de la madre que rogaba le dejasen salir. Hacia la madrugada el escándalo menguó y al despuntar el alba, el bohío estaba en silencio.

Entrado el día, algunos hombres derribaron la puerta. El demonio había sido más fuerte que las cenizas de ángel. Encontramos los cadáveres de la madre y del curandero tendidos sobre la tierra, y el cuerpo inerte del joven, estigmatizado por zarpazos inexplicables, pendiendo de las sogas. Me acerqué al chikiré y palpé su cuello. La piel fría y la ausencia de pulso me confirmaron la tragedia: la tribu había perdido a su sanador. Cuando me levantaba para dar la noticia, percibí el asomo de una sonrisa en el rigor de su rostro. Me incliné sobre él y de súbito me tomó por el cuello, con sus manos cubiertas aún en el resplandor esmeralda del polvo mágico. Sentí que me invadió la muerte y que un torbellino de polillas negras arrebató el alma a mi cuerpo. «Kiki es quien da la vida y quien la toma», musitó con gesto seco el pálido Kirechá, volviendo a la vida...

2005

Breve discurso sobre el Omega

ensayo ficticio

a Borges

«eras el amante y el amado»

George Garrett

El Omega no fue el primer hombre, pero será el último. Es la suma de todas las vidas humanas, desde el inicio del tiempo hasta este preciso momento. Cada verdugo y cada víctima convergen en el Omega; cada padre y cada hijo; las experiencias simultáneas de cada amante en ambos extremos del coito; cada paciente que muere y cada médico que trata de salvarlo; cada emperador y cada súbdito. Esta es la doctrina antigua, cuyo origen nadie conoce, y con la cual casi todos los filósofos concuerdan.

En Oriente, la sabiduría sobre el Omega viene principalmente de la tradición budista, cuyos pensadores consideran al Omega la secuencia entera de todas las reencarnaciones humanas. Conocedores del Tíbet aclaran la diferencia entre el dalái lama (la reencarnación actual de un bodisatva específico, que ha retornado múltiples veces movido por la piedad) y el Omega (la suma total de las reencarnaciones de todos los hombres, incluyendo las del dalái lama).

En Occidente, el conocimiento del Omega tiene su raíz en la escuela griega. Sócrates mismo nunca discutía el tema, lamentablemente, diciendo solamente que él no sabía nada sobre el Omega. En contraste con el silencio de su maestro, Platón propuso una idea que directamente contradice la doctrina antigua. Mediante una prueba geométrica, Platón demostró que el Omega necesariamente incluye al primer hombre. De esto se desprende que el primer hombre —siendo parte del Omega— todavía vive.

Estremecido por esta consecuencia, Aristóteles se esforzó por refutar de frente a su maestro, demostrando que el Omega excluye obligatoriamente al primer hombre (a quien Aristóteles llamó el Alfa). Mediante una prueba lógica estricta —que hasta el día de hoy se considera un modelo de simplicidad hermosa— Aristóteles demostró que si el Omega incluyese al primer hombre y a la suma de todos los posteriores, entonces el Omega sería el único hombre. Esto es un sinsentido, arguyó Aristóteles, ya que evidentemente existen múltiples hombres. Por lo tanto, es imposible que el Omega incluya al primer hombre. (Nótese aquí que otros alumnos platónicos nunca aceptaron esa conclusión de Aristóteles. Estos arguyen que el Omega podría ser el primer hombre —y por ende, el único— si todos nosotros fuésemos reverberaciones o ecos de los recuerdos de una vida única: la del Omega.)

Según Aristóteles, lo más temprano que el Omega puede aparecer es como el segundo hombre. Esta última es la posición de Tomás de Aquino: su argumento de que el Omega es el hijo del primer hombre lo coloca de lleno en la tradición aristotélica.

Permítasenos aquí detallar la teoría que Aquino da en la Summa Theologica, por ser representativa de la perspectiva predominante aún hoy entre los pensadores religiosos de Occidente. Según Génesis, dice Aquino, el Alfa —el primer hombre— es Adán. Pero ni él ni Eva marcan el inicio de la raza humana, enseña Aquino, pues una pareja no constituye aún una raza. Más bien, la raza comienza con el primer hijo: Caín. Desde su nacimiento, Caín tenía la misión de ser el Omega, la suma de todas las siguientes vidas humanas, por siempre.

Aquino, haciendo referencia a la doctrina antigua, indica que Caín —como el Omega— recibía todas las experiencias del segundo hijo de Adán, su hermano Abel. A Caín —especula Aquino— le resultó intolerable el conocer todos los pensamientos de Abel y por eso lo mató. Dios, en su sabiduría infinita, no solo conocía la causa del asesinato, sino que lo había previsto y predicho en profecías anteriores a la Creación. En su Gracia, le concedió a Caín el don de vivir alejado de todos los hombres, sufriendo en silencio la carga de su destino. Abel es presentado en la Summa Theologica como un sacrificio consciente de Dios a la raza humana, vehículo a través del cual nos otorga un espíritu de grupo, que luego Teilhard de Chardin llamaría el Punto Omega.

Seguidores de Aquino rechazan la propuesta de que existe un paralelismo entre este sacrificio y el de Jesucristo, quien fue ofrecido como cordero. Indican que el sacrificio del Cristo es de mayor jerarquía, pues sirvió para redimir al Omega, como espíritu colectivo, y a cada uno de sus componentes. Existe cierto precedente de este pensamiento en la obra de Aquino, cuando explica la frase de Jesús «Yo soy el Alfa y el Omega» como una demostración de que Jesús era de una jerarquía celestial superior a la del Omega, porque Jesús incluye al Omega como parte suya.

Existe también el precedente muy anterior de san Agustín, quien arguyó contundentemente en sus Confesiones a favor de esta primacía. Jesús, dice Agustín, a diferencia del Omega, incluye en su riqueza espiritual al primer hombre, al Alfa de Aristóteles, al Adán del Génesis. Agustín propuso que el Nazareno —teniendo al Omega como componente invisible— conocía directamente las experiencias de todos los humanos, y le era dado por ello conocer y redimir los pecados de todos sus contemporáneos, y hablar íntimamente a todos sus seguidores.

Pensadores panteístas del siglo diecisiete argumentaron que el Omega es Dios. Spinoza refutó brillantemente este argumento en su Ética, demostrando que el Omega no puede ser Dios, puesto que es forzosamente uno de los atributos de Dios. El Omega —dice Spinoza— es parte de Dios, pero Dios no es parte del Omega. Resulta interesante comparar la doctrina de Spinoza con la de Aquino en este sentido.

Con la Ilustración, la inquietud sobre el Omega pasó de la teología a la ciencia, a través de Newton, quien exploró las Escrituras obsesivamente. Este utilizaba el argumento de Caín para explicar empíricamente la razón de que el Omega no haya sido visto jamás: Caín vaga por la tierra, rehuyendo la compañía humana, por mandato divino. De ahí, dice Newton, surge la leyenda del Judío Errante. Caín, el Omega, la suma de todos los hombres, está condenado —según Newton— a vivir por siempre para contener en sí mismo las experiencias humanas de todos los seres hasta el final de los tiempos. Newton arguyó que el Omega es por necesidad eterno, al no serle permitido morir mientras todavía vivan otros seres humanos. Locke refutó el postulado de la inmortalidad del Omega arguyendo que podrá morir cuando no quede ningún otro humano sobre la tierra.

En círculos naturalistas doctos, el Omega es desde hace mucho considerado como un hecho concreto de la naturaleza. Por ello, la conformidad con su existencia era un prerrequisito de las nuevas teorías científicas de los siglos diecisiete y dieciocho. Incluso en el siglo diecinueve su influencia seguía siendo considerable. Como ejemplo de esto se pueden citar las dificultades que enfrentó Darwin para que su teoría de la selección natural fuese aceptada entre los círculos científicos, hasta que el naturalista encontró una forma de armonizar sus ideas con la existencia del Omega. Mientras que los creacionistas habían salvado ese obstáculo gracias a los escritos de Aquino, los evolucionistas se vieron forzados a propugnar una explicación menos elegante. Darwin optó por definir al Alfa como lo que de primate tiene el hombre, lo que había antes de que el ancestro fuese verdaderamente humano. El Omega, luego, es definido por Darwin como la parte humana del hombre, lo que lo define como tal y no como simio. De esto se desprende que la aparición del Omega no fue súbita, sino paulatina y evolutiva.

Las tres vertientes persisten hoy en día: la budista, la tomística y la darwiniana. En el presente, muy pocos hombres cultos niegan la existencia del Omega, aunque jamás lo discuten en público. Solo en ciertos círculos filosóficos se le discute ávidamente, particularmente en dos áreas que se han mostrado propicias para el debate y esquivas para el intelecto.

La primera es sobre la naturaleza de la herencia que cada vida deja al Omega, de lo que cada humano le transmite y comunica. ¿Es solamente el enriquecimiento espiritual, como proponen los budistas? ¿O se incluye también el conocimiento práctico de todas las cosas mundanas y trascendentales que cada vida experimenta, como lo postuló Schopenhauer? Este punto, aunque oscuro, no es trivial: si el Omega posee una sabiduría infinita, tener acceso al Omega concedería un poder ilimitado.

La segunda área de debate es sobre la humanidad del Omega. La extensión del carácter humano del Omega ha sido discutida a lo largo de los siglos. Sócrates, según reporta Jenofonte, inquirió al Oráculo sobre la apariencia del Omega. Adam Smith, en La riqueza de las naciones, lo concibió como un príncipe, rico con el uso de todo el conocimiento adquirido tras experimentar todas las vidas humanas. San Francisco de Asís, sin embargo, predicó que el Omega era un ser sabio y sin avaricia, que debía tener la apariencia de un anciano, viviendo posiblemente como un ermitaño, o un mendigo echado en la puerta de algún templo en Roma.

Algunos agnósticos arguyen que el Omega existe, pero no como un ser humano tangible. Defendiendo esta postura, Hume arguyó que el Omega es solamente concebible como un recuerdo intangible en la infinita memoria de Dios. Kant descreyó esta idea, sugiriendo que el carácter humano del Omega la imposibilita como una opción. Para Freud, el Omega se encuentra, no encerrado en un solo cuerpo, sino cautivo en el subconsciente, distribuido a partes iguales entre todos los seres humanos.

Ampliando a Freud, Jung predicaba entre sus seguidores que, al acceder una persona al conocimiento de la existencia del Omega, la partícula del mismo que existe en esa persona se despierta y se manifiesta en el consciente. Conocer del Omega, enseñaba Jung, es abrirle la puerta; mencionar su nombre es darle vida.

Varios académicos han propuesto, a finales del siglo veinte, que esta idea de Jung no es nueva, pues aparece ya en un antiguo texto místico, llamado El trueno, mente perfecta, escrito antes del siglo cuarto y redescubierto en 1945 en una cueva en el Alto Egipto, junto a múltiples evangelios gnósticos. Para el conocedor, la referencia al Omega es obvia en el documento. De gran interés resulta que el texto de Nag Hammadi le atribuye al Omega principalmente el género femenino. La traducción, si bien brusca, del copto al castellano, reza:

He venido a los que reflexionan sobre mí…no seáis ignorantes de mí.Porque yo soy la primera y la última.Yo soy la honrada y la vituperada.Yo soy la ramera y la santa.Yo soy la esposa y la virgen.Yo soy la madre y la hija…Yo soy la estéril y la fértil…Yo soy la novia y el novio…Yo soy el silencio incomprensible…Yo soy la mención de mi nombre.

Esto sugiere que los miembros de ciertas sectas primitivas, aquellas que el obispo Ireneo de Lyon denunció en el siglo segundo como «llenas de blasfemia», consideraban al Omega la manifestación femenina de Dios.

2005

El día de las moscas

cuento

a García Márquez

«oí a una mosca zumbar cuando morí»

Emily Dickinson

Cuando la tercera mosca cayó en su taza de café, Ceferino se decidió a romper finalmente el silencio.

—Ya no se aguantan las moscas en esta casa.

Aunque habló en el mismo tono cortante que había venido usando por años, le pareció notar algo nuevo en su propia voz. El trío de moscas seguía girando sobre la espiral de espuma, batiendo sus patitas negras como un diminuto ballet fúnebre. Ceferino repasó en su mente el sonido de sus palabras. No había hablado en meses, desde la última pelea con su mujer. Tal vez la falta de ejercicio de sus cuerdas vocales las había atrofiado.

Licha siguió impávida, desayunando frente a él sin prestarle atención. Ni el más pequeño cambio en su expresión contrariada acusaba recibo del comentario. «Se habrá quedado sorda la vieja», pensó el marido, contemplándola con ojos torvos. Ella arrancaba un pedacito de pan tostado, lo restregaba contra la yema del huevo frito y se lo llevaba a la boca. Masticaba repetidamente cada bocado, mirando el reloj de péndulo de la pared, ignorando al marido como lo había venido haciendo desde hacía mucho.

Ceferino revisó el termo de café: estaba vacío. Así que tomó el tenedor con el que se había servido su mujer el huevo, lo limpió con la servilleta y sacó una a una las tres moscas de su taza. Ese era su desayuno: una taza de café con leche. Su mujer se había preparado, como todos los días, un huevo frito, varias tiras de tocino, dos tostadas y unos cortes de queso fresco. Pero él solo tenía un café, y hasta el mediodía no probaba bocado. Así de triste, pensó, era su vida.

Licha vio a su marido poner las moscas empapadas sobre el mantel. Con el mismo esfuerzo hubiera podido ponerlas sobre la servilleta que tenía junto al plato. O en el plato del café. O en el basurero. Pero no. Lo vio colocar el tenedor, sucio de moscas, en el plato de ella. La cortesía básica requería que él buscara un tenedor limpio, pensó ella, o que como mínimo fregara este antes de devolvérselo. Pero no. Ahí quedó el tenedor mosqueado, chorreando aquel líquido impuro al lado de su tocino.

La mujer lo miró de reojo y se deleitó en la cara de asco que puso Ceferino al bajar el café maculado. Esa mañana, ella estuvo tentada a freírle un huevo y hacerle unas tostadas, como ofrenda de paz, y a dejárselas en un plato junto al café, para que el asunto se explicara por sí solo. Pero se resistió, pues sintió que él no se lo merecía, entre otras cosas, porque no le dio los buenos días cuando llegó a la cocina. Es cierto: hacía ya meses que no se hablaban, pero eso no era excusa. Ella, por supuesto, tampoco se los dio a él. Pero él fue el causante de la pelea, y debía por tanto tender el puente primero. Estuvo nuevamente tentada a ceder cuando Ceferino se quejó de las moscas en el café. Pero había una aspereza en su tono de voz que hizo a Licha tomar el comentario como un reproche, por lo que decidió seguir castigándolo con el silencio.

Ya ninguno de los dos recordaba cuándo ni por qué habían dejado de hablarse. Ceferino tenía en la memoria la impresión vaga de una rabieta relacionada con la vecina, y un periódico enrollado que vino volando desde la mecedora hasta su cabeza. Licha, que durante los primeros años llevaba minuciosamente la contabilidad de las afrentas recibidas, había cambiado de pasatiempo cuando los hijos se casaron y se fueron, dejándolos a los dos solos en su pequeño infierno privado, y ahora dedicaba la poca memoria que le dejaron los años a aprender nudos de macramé. Esa mañana, buscando fuerzas para sobreponerse a la tentación de hacerle desayuno a su marido, trató de recordar el incidente, pero fue en vano. Era una cuenta indistinguible en el rosario de sus discusiones.

Sentados en la sala, sin hablar una palabra, se les pasó la mañana: la vieja en la mecedora, tejiendo algo para un nieto, el viejo en el sofá, leyendo un periódico de otro día. Las moscas se paseaban entre ellos, y caminaban sobre sus rostros, pero ambos las ignoraban. Cuando los ruidos de su estómago avisaron a Ceferino que se acercaba el mediodía, y como no viese movimientos en la estufa, le echó a su mujer una mirada de cejas altas. Licha la sintió caer sobre su nuca (pues se sentaba de espaldas al marido), y se hizo la desentendida. El viejo siguió mirando con insistencia, hasta que a ella se le erizaron los cabellos por la ira. Con calma, terminó los nudos del tejido, guardó en la canasta los hilos, y se levantó de la mecedora. Sacó de la despensa una lata de sardinas y puso unos panes en la tostadora. Abrió la lata y echó todo en un plato.

Cuando su esposa se sentó nuevamente a tejer, Ceferino entendió que aquello era lo único que habría en la casa para el almuerzo. La calidad y cantidad de la comida habían venido empeorando desde hacía años, pero cayeron en picada tras la última reyerta. En un día bueno, comerían arroz blanco con sopa de paquete. En un día como este, sin embargo, sardinas y pan recalentado era lo que tenía. El viejo se puso de pie y se acercó a la mesa. A unos pasos se detuvo y contempló los trozos fríos de sardina y los panes quemados. Normalmente se los habría comido, rezongando entre dientes. Pero hoy no: las moscas habían llegado primero. Sobre el pellejo metálico de las sardinas, los bichitos negros se agrupaban por docenas, caminando unos sobre otros, lamiendo la salsa de tomate y la carne expuesta.

—Hoy es el día de las moscas, carajo —se quejó el viejo.

Licha no respondió nada. Siguió tejiendo en la mecedora. Era la segunda vez que su marido hablaba, pero lejos de sonar como una disculpa, el comentario también era —o al menos podía interpretarse como— un reproche contra el aseo de la casa. Sus labios se apretaron en una mueca de amargura, que el marido no vio.

Ella escuchó, sin voltear, el sonido de la puerta cerrándose. Las moscas no eran su culpa, se lamentó: habían llegado con la primera lluvia, heraldos macabros del invierno cercano, y se habían quedado en las cocinas de todas las casas del pueblo. Pero así era Ceferino, culpándola a ella de todo.

Cuando regresó Ceferino, con una bolsa de papel en la mano, ella supo que había ido a comprar comida donde la vecina. Entonces recordó, como una epifanía, la razón de la pelea. Aquella vez, hacía unos tres meses, ella se quedó dormida en la mecedora y no preparó el almuerzo. El marido (¡el muy sinvergüenza!) se fue a comprar comida donde la otra. Eso, en la aritmética de aquella guerra fría, equivalía a una traición tan grande como si el viejo hubiera sido sorprendido con la susodicha en el lecho nupcial. Tras el largo castigo, el descarado no solo no aprendió la lección, sino que reincidió con la mano en la cintura, pensó Licha. ¡Y ahora se sentaba a comerse el manjar pecaminoso en su mesa matrimonial, bajo sus narices!

La vieja se puso de pie, sobresaltada. Ceferino, que había empezado a comer a pesar de las moscas, se asustó por el brinco de su esposa. Pensó que le había dado un ataque, hasta que le vio en la cara la expresión, muy conocida, de furia femenina. El marido había comprado solo un plato de comida, el suyo. Cuando vio a su esposa con la palidez del hambre en el rostro, lo asaltó el remordimiento, el cual se sacudió pronto con un pensamiento abrupto: «Si no quiere cocinar, que se joda». Espantándose las moscas, comía apresuradamente. La esposa lo miraba con la frente iracunda y el semblante congestionado. «¡Mmm!», murmuró él, como saboreándose, y los cabellos de la esposa se volvieron a erizar.

—¿No te molestan las moscas? —preguntó la mujer.

El marido no reparó en el detalle crucial de que su mujer había hablado por primera vez desde la pelea, si bien casi involuntariamente y movida por el asco; por lo que perdió esta oportunidad magnífica para empezar a reparar el famoso puente, al ripostar enseguida:

—¿Molestarme? ¡Me arrullan!

Licha tomó aquello como la última afrenta que su dignidad podría soportar jamás y juró por Poseidón no pronunciar otra palabra en su vida. Se sentó al otro lado de la mesa, sin mirar al esposo, y haló hacia sí el plato con las sardinas y el pan quemado. Al menos cien moscas levantaron el vuelo, pero se volvieron a posar prontas sobre el plato. La mujer se quejó con un mascullar indefinible, suficientemente vago para no romper su recién renovado voto de silencio, pero con el énfasis necesario para desahogar la frustración que le causaban las moscas.

—Te dije que había que comprar papel engomado —disparó el viejo.

En efecto. Fue el día de la pelea. Las moscas entonces apenas empezaban a llegar al pueblo. Pero Licha se opuso. El problema con el papel engomado —y con casi todo lo demás en su matrimonio— no era de fondo sino de forma. Si el marido hubiese dicho: «Mi amor, a pesar de que tú mantienes la casa prístina, estas moscas siguen molestando», entonces el papel hubiera estado ese mismo día en la mesa. Pero como él, con su tono de reproche, le había espetado: «Hay que comprar papel engomado», a ella no le quedó más remedio, para defender su dignidad, que negarse de plano.

La mujer se giró de lado y empezó a comer las sardinas. Las moscas llegaban ahora por docenas. Se posaban sobre las cucharas y apenas si alzaban vuelo cuando llegaban a las bocas. Los platos eran una mancha de puntos negros, donde las cucharas se hundían a tientas. Pronto ya ni siquiera se veían los rostros el uno al otro, ni distinguían sus propias manos tras la masa de moscas que volaba frente a ellos. Licha cerró los ojos y siguió comiendo, sin decir palabra y sin levantarse de la mesa, porque levantarse era perder, era reconocer que el viejo tenía la razón, sobre algo que ya ninguno de los dos recordaba bien, y que en el fondo no les importaba.

Tras unos minutos comiendo a ciegas, sin ver ni escuchar nada de su esposa, Ceferino fue el primero en ceder. Se puso de pie y avanzó a tientas hacia la puerta; la abrió y una nube de partículas aladas salió volando de la habitación. Cuando retornó la visibilidad al cuarto, Ceferino vio a su esposa, en los últimos estertores de la muerte, tosiendo las moscas que había inhalado. Supo que era muy tarde, y se quedó quieto. Le pareció ver una sonrisa de victoria en los labios azulosos.

2006

El corazón de oro

A Poe

«Tiresome heart, forever living and dying!»

Edna St. Vincent Millay

Ese reloj de péndulo que está en la pared de mi celda —¿lo ves?—, ése es mi corazón. El de mi hijo es otro: un reloj de leontina, que mi marido compró en una casa de empeño. No sé nada de los dueños anteriores. Es de oro puro, de un diseño exquisito. Tiene un cristal delante, para ver la esfera, y otro más pequeño detrás, que muestra el mecanismo interno.

Fue el agitado oscilar de esta máquina lo que capturó mi atención. Me pareció el palpitar de un animalillo asustado, con las vísceras expuestas en una mesa de disecciones. Sus resortes y engranajes se movían como un órgano vital. «Parece que está latiendo», comenté a mi marido, «como el corazón de un bebé». Recién pronunciada esta frase, me arrepentí de mis palabras. Miré hacia la cuna vacía que, cubierta de franjas de luz y sombra, reposaba en una esquina, y sentí que se erizaban los vellos de mi nuca.

Mi bebé había muerto un año antes. «Muerte de cuna», me dijeron. Había dejado de respirar, sin razón. «Pero ¿por qué?», pregunté. Nada ocurre sin una causa. Recuerdo que ese día tenía hipo y le puse un trapito mojado en la frente; minutos después había muerto. (Hace poco leí que, cuando un bebé de pocos meses siente humedad en el rostro, su cerebro le indica que todavía está inmerso en el ambiente líquido del vientre y su respiración cesa). Desde entonces paso las tardes en la mecedora, contemplando las fotos de mi bebé difunto. No moví nada en la habitación: la cuna vacía seguía en la misma esquina.

He sentido un mal presagio en las fechas especiales, desde que era niña. «¿Y si pasa algo?», me pregunto cada vez que se acerca un cumpleaños o aniversario, «¿y si ocurre una tragedia en esta fecha?» Por ello, al acercarse el aniversario de la muerte de mi bebé, mi marido decidió anticiparse a la recaída de mi depresión. Fue a una casa de empeño y me compró unos zarcillos de oro. De paso, se enamoró del reloj de leontina que he descrito y lo adquirió sin preguntar el porqué del precio bajísimo. Presiento que el reloj estaba maldito: habría seguramente conjurado desgracias a sus antiguos dueños, y por ello se deshicieron de él.

Pasaron los días y mi marido se veía contento por su nuevo reloj. No lo llevaba consigo nunca, sino que lo guardaba en una cajita de ébano pues su valor, incluso sólo el metálico, era considerable. Cada mañana, antes de marcharse, le daba cuerda al aparato y lo dejaba en la cajita.

Al cabo de unas semanas supe que estaba embarazada. Había rogado a Dios por un nuevo bebé desde el día en que enterré al primero. «El Señor finalmente me ha escuchado», me dije. Pero tras breves momentos de dicha, me asaltó el recuerdo de la frase de mal agüero que escapó de mis labios aquel día. No pude sacarla de mi cabeza.

Finalmente di a luz a mi segundo bebé. Fue un varoncito, hermoso como un ángel que pintase Rafael, retrato viviente de su difunto hermano. Crecía sano, como aquél lo había hecho. Me sentía culpable de la muerte del primer bebé, y por ello seguía estrictamente todas las recomendaciones para evitar la muerte de cuna. El nuevo nene dormía sobre su espalda, en un colchón firme y sin objetos que estorbaran su respiración. Aunque no había en su cuerpo señal de enfermedad que ameritara preocupación alguna, a los dos meses me invadió un temor terrible, pues se acercaba el segundo aniversario de la muerte de mi primer hijo. El desasosiego era doble, pues ese día se cumpliría también un año desde que pronuncié aquella frase maldita. Sé que muchas personas no cuentan los días tan minuciosamente, porque no prestan atención a los signos del tiempo. Pero yo siempre estoy atenta, para anticiparme a la desgracia.

Te podrás preguntar sobre la naturaleza de mi presentimiento. Temía que mis palabras viniesen a atormentarme. Por ello cada día, cuando quedaba sola, sacaba el reloj de la cajilla de madera, y lo contemplaba en silencio. «Con ese mismo latido débil y rítmico, palpita el corazón de nuestro hijo», me decía.

Hay múltiples similitudes entre el corazón y un reloj: ambos son maquinillas asombrosas, que trabajan sin cesar aun cuando no estamos viéndolos, sintiéndolos, pensando en ellos. Mira un reloj en la noche y vuélvelo a mirar en la mañana: verás que marchó sin descanso toda la noche y sigue marcando la hora correcta. Así también tu corazón marcha durante toda la noche, sin que lo notes. Aunque no pienses en él durante el sueño, tu corazón late para mantenerte con vida.

Una madrugada me desperté sobresaltada. Obsesionada con una idea, no pude conciliar el sueño. Tomé el reloj y fui a la cuna. Con mi oreja sobre el pecho del bebé dormido, y mis ojos fijos en el reloj, comparé los latidos con el movimiento del segundero. Verifiqué su sincronismo. Por quince minutos escuché el tum-tac del corazoncillo y lo confronté con el tic-tic del reloj: ni un solo tiempo, ni un solo salto del segundero estuvo fuera de ritmo con el latido.

Investigando en la biblioteca, llegué a comprender mejor este sincronismo. Si me permites explicarlo, verificarás que —al contrario de lo que mi esposo te hizo creer— no estoy loca. El corazón de un bebé de dos meses late ciento veinte veces por minuto, dos latidos cada segundo. Por otra parte, en el mecanismo de un reloj así hay una rueda, controlada por una aguja, que salta dos dientes cada segundo. Ya ves la relación, ¿o no? Son ciento veinte saltos de la rueda cada minuto, igual número que el de latidos del corazón de un bebé.

La similitud no termina ahí: el segundero no salta de un segundo al siguiente en un solo movimiento de la aguja, sino en cuatro movimientos más cortos, cada uno de un cuarto de segundo. Igual en el corazón del bebé: cada latido tiene dos sonidos: tum-tac, provenientes del cierre de las diferentes válvulas. ¿Acaso no es evidente el paralelismo? Cada segundo, hay cuatro pequeños saltos de la aguja, así como cuatro sonidos emite el corazón de un bebé.

Pero eso no es todo. El reloj fue adquirido el mismo día que, según mis cálculos, fue concebido el bebé. Esto podría parecerte irrelevante, pero no lo es. ¿No sería acaso que, por capricho del destino, el reloj señalaba la aparición del nuevo hijo? De ser así, ¿no podría también augurar su desaparición? No pretendo que nadie me crea, pues al principio yo también me resistía a la idea. Permíteme terminar mi narración, y comprenderás que era cierto. Sólo te imploro que no asumas que he perdido el juicio.

He leído mucho sobre el corazón humano, y sé bien que su latir no es uniforme. Esto no implica que yo mienta. La explicación es otra: la marcha del segundero tampoco era uniforme. Corazón y reloj marchaban juntos, exactos en su relación temporal. Confirmé esto repitiendo el experimento muchas veces. En las tardes de soledad, cuando cantaba al niño dulces tonterías, el segundero marchaba más rápido para seguir el ritmo a su corazoncillo alegre. Así también, cuando el nene dormía, el reloj desaceleraba su marcha, en sincronía con su corazón reposado.

Al principio creí que el reloj marchaba esclavo del corazón de la criatura. Pero luego me asaltó la duda de que la dependencia fuera en dirección contraria. La diferencia no es trivial, pues ¿qué pasaría si el reloj se detuviese? ¿No pararía también el corazón de mi hijo?

Este temor se convirtió en una ansiedad permanente y me llevó a estar muy pendiente (pero no obsesionada, como dijo mi esposo) de que el reloj funcionase siempre. Saberlo en el interior acolchado de la cajita de madera, a salvo de cualquier golpe, me tranquilizaba. Bastaba entonces mantener la cuerda para garantizar el movimiento perpetuo.

Lo siguiente es evidencia de mi buen juicio: la cuerda completa del reloj duraba dos días enteros y sin embargo no pasaba uno solo sin que me diera a la tarea de enrollarla toda. ¿No confirma esta precaución mi lucidez? También a diario ponía el reloj en la hora correcta, porque la variabilidad que le imponía el cambiante latido del bebé lo atrasaba o adelantaba hasta dos horas diarias. Que el reloj perdiera la hora no se puede explicar mediante una falla mecánica, como lo evidencia el hecho de que en algunas ocasiones se atrasaba y en otras se adelantaba.

En esta rutina transcurrió un mes. La víspera del aniversario, sin embargo, algo cambió: mi pobre bebé, mi alma, mi tesoro... (¡discúlpame un segundo!) Mi hijo amaneció con algo de fiebre y dificultades para respirar. En el hospital nos dijeron que era una infección del tracto respiratorio superior. Según leí, ésta se relaciona a casos de muerte de cuna. Pasé la noche en el hospital con el niño, y le pedí a mi esposo —haciéndolo lucir como algo casual— que al regresar a casa le diera cuerda al reloj. ¿Podrá Dios perdonarme algún día por haber dejado esta delicada tarea a cargo de su mente mediocre, de sus manos burdas? Por eso él no me hace falta ya: era una bestia el infeliz.

La tarde siguiente mi marido regresó al hospital. Le pregunté si había dado cuerda al reloj. ¡Oh, dolor infinito!

—Vendí esa mierda en una casa de empeño —me respondió—. Nunca marcaba la hora correcta. Además, somos pobres y no podemos darnos el lujo de un reloj de oro. El dinero nos servirá para pagar el hospital del nene.

¡Cómo se me hundió el corazón en el pecho! Sin decir palabra, salí corriendo hacia la casa de empeño. Pero la encontré cerrada con candado, las luces apagadas.

Te he dicho que este reloj de péndulo es mi corazón. Obviamente no es mi corazón físico, pero mantiene con él la misma relación parasítica de sincronía que el reloj de oro mantenía con el corazoncito de mi hijo. Su péndola dorada, oscilando de ida y vuelta cada dos segundos, es mi única compañía. En las horas largas de la madrugada, cuando las otras reclusas al fin se han callado tras las reyertas del día, su toc-toc hace eco en las paredes de mi celda, exactamente una vez cada segundo, coincidente con los latidos de mi corazón. Toc a la izquierda, toc a la derecha: sesenta latidos por minuto, valor saludable para un adulto en reposo. Su vaivén me mantiene viva. Es mi vida. ¡Dios! Quisiera tanto que cesara...

Quien no ha tenido el corazón atado al latido de un reloj, con el tiempo como enemigo, no sabe lo que yo sentí aquella tarde. Sabiendo que peligraba la vida de mi hijo, averigüé con vecinos de la casa de empeño la dirección del propietario. Pero cuando lo confronté en su casa, se negó a entregarme el reloj si no le pagaba un nuevo precio que había fijado tras reevaluar su valor en oro. Por supuesto, no tenía un centavo conmigo. ¿Qué clase de persona podía pedirme algo así sabiendo que somos pobres?

Decidí confesarle la secreta razón de mi apremio: no me interesaba el reloj, sino salvar la vida de mi niño. El bastardo se rió en mi cara, me llamó loca y cerró la puerta. Golpeando en la ventana, le rogué que al menos fuera a darle cuerda al reloj, pues temía que se agotara pronto, pero me ignoró por completo.

Mi bebé era... ¿Cómo decirlo? Era mi alma. Si hubiese podido entonces sacrificar mi cuerpo, regalarle los latidos de mi propio corazón para salvar el suyo, lo hubiese hecho enseguida. Fui a la casa de empeño, y entré por la fuerza para recuperar el reloj. El dueño, que me había seguido, trató de detenerme. Lo maté con una daga que colgaba de la pared. Me dicen que lo apuñalé tantas veces que fue imposible contarlas. No lo recuerdo, pero podría ser cierto. Sólo sé que la cuerda del reloj, casi agotada, fue restablecida al máximo por mi mano temblorosa.

No sé cómo luce hoy mi hijo, después de tantos años. Mi marido no me permite verlo. En noches de nostalgia lo sueño robusto y valiente. Conservo el reloj de oro, al que doy cuerda cada mañana. Contemplando su segundero, intuyo cuándo mi hijo está feliz o triste, cuándo se ejercita o reposa. Su ritmo cardíaco, replicado en la maquinilla, me mantiene al tanto.

El otro reloj, el de pared, fue un regalo sarcástico de mi marido para restregarme en la cara mi soledad. A veces mi mirada se pierde en el disco dorado de su péndola, áurea lenteja que va y viene, como un ángel que bailase colgando sobre un abismo. Sólo tras varios años en esta cárcel entendí que ese reloj reflejaba en su latido los de mi propio corazón.

2005

Inspiración

a mi padre

—¿Qué sientes cuando contemplas este cuadro?

El Ministro Rivaldo se volteó, como un niño que la maestra hubiese sorprendido copiándose, y pretendió una sonrisa:

—¿Cómo dices, amor?

La Señora de Rivaldo, tras dirigirme una fugaz mirada de vergüenza, repitió la pregunta a su marido. Éste, alzando las cejas y mirando de lleno la pintura —posiblemente por primera vez en toda la noche—, se balanceó un momento en los tacones de sus botas. Los hielos de su trago de seco tintineaban en el vaso empañado. Echó los labios hacia el frente, haciendo una trompita, mientras pensaba. Otra vez me dio la impresión de un niño en la escuela, sufriendo por la pregunta que la maestra le presentaba frente a la clase.

—Bueno, pues siento... que está bonito —remachó el Ministro, y el rostro se le congeló en una súplica solapada de «no más preguntas».

Las mejillas de la Señora de Rivaldo se encendieron por la pena y me volvió a mirar, como suplicándome: «por favor, no me juzgues por mi marido». El hombrecillo había dejado de mecerse sobre los altos tacones de sus botas —con los cuales, tal vez inconscientemente, buscaba compensar su corta estatura— y esperaba resignado el inminente reproche de su cónyuge.

—Es bonito, en verdad —agregué yo, tratando de alivianar la tensión.

—Pero, ¿qué te transmite? Dime. ¿En qué te hace pensar? —insistió la Señora de Rivaldo.

El Ministro se alzó de hombros y descargó su inocencia con una salida honesta:

—Yo de estas cosas no sé nada, amor —dijo, y sorbió del vaso de licor, para tener la boca ocupada.

Todos los demás tomaban champaña o vinos finos. Él tomaba seco, y esto se añadía a los mil otros detalles de su persona y su apariencia que le hacían lucir —¿cómo expresarlo sin ofender?—: corriente. La esposa, educada en París en alguna profesión de baja exigencia intelectual, salió en santa cruzada a defender la honra de las personas de buen gusto:

—Pues allá tú que te lo pierdes —le espetó, y con los ojos cerrados, suspiró—. ¡A mí me transmite tantas cosas!

Como vio de reojo mi gesto de interés, prosiguió:

—Esta pintura me habla de la inocencia de las especies naturales, perdida con su extinción. Ese pájaro azul, montado sobre el gorro del payaso muerto, es para mí un símbolo de la naturaleza inmaculada, de la vida misma, de la creación, que mediante la callada sobrevivencia se rebela contra la hipocresía y los vicios de la sociedad postmoderna, simbolizada magistralmente en esta composición por el payaso difunto, que ha encontrado su fin por su propia mano seguramente. ¡Es una obra de arte brillante, a todas luces, el producto de un genio!

Me miró luminosa, electrizada por la chispeante elegía que acababa de verter sobre las virtudes del cuadro de mi marido, como buscando mi aprobación. Le di mi sanción con un noble y enfático bamboleo de cabeza, con lo cual —estoy segura— la hice feliz. Creería ella que yo, por dormir junto al artista cada noche, habría contraído, a la manera de una enfermedad venérea, la facultad de juzgar el mérito de las interpretaciones ajenas, referentes a las pinturas de Gian Lorenzo.

El Ministro, a la luz del sermón de su esposa, volvió a mirar el cuadro, y tras unos segundos con los ojos inertes, volvió a sorber del vaso.

—A mí me gustaban más los cuadros de Gian cuando pintaba escenas campesinas: la molienda de caña de azúcar, junto al río; la carreta cargada de maíz, tirada por bueyes; la pollera, con sus joyas y tembleques, en una tuna... —se lamentó el Ministro, como disculpándose por sus gustos prosaicos.

—¡Pero si su estilo actual es superiorísimo! —apuntó la Señora de Rivaldo—. Es abstracto, primitivista, enigmático... está fuera de tu alcance, definitivamente.

—Será eso —ripostó él, sumiso como un eunuco.

Mirando a través de la sala repleta de personalidades de la vida política y económica de la Ciudad, el hombrecillo buscó refugio en la conversación de algún amigo que atisbó al otro lado de la exhibición, lejos de su mujer. La esposa sacudió la cabeza mínimamente, apenas lo necesario para estar segura de que yo percibiría el movimiento de desaprobación, pero suficientemente recatada para pretender que se trataba de un gesto íntimo, discreto.

—Hay quienes sí sabemos apreciar el buen arte —me dijo, en tono redentor—. ¿Estará Gian Lorenzo cerca? Quisiera saludarlo personalmente.

—Ya no debe tardar en venir por esta parte de la Galería. Lo vi hace unos minutos mostrándole unas pinturas al Señor Presidente —acoté.

Ella sonrió y me dijo, contemplando nuevamente la obra que había elogiado:

—Quisiera adquirir este cuadro para mi colección. ¿Cuál es su precio?

Traté de mantener el gesto sobrio en el semblante al decirle la cifra. Ella tragó en seco, parpadeó unas tres veces aceleradamente y sorbió con delicadeza el resto de su copa de champaña.

—Vale cada centavo, sin duda —sentenció—. ¡Me lo llevo!

Le indiqué que ya la obra había sido vendida al Embajador francés, conocido coleccionista de arte moderno. La Señora de Rivaldo hizo una mueca triste.

—¡No puede ser! Ya tenía en mi mente el sitio perfecto para exhibir esta belleza en mi sala principal.

Respiró hondo. Esperó a que yo terminara de intercambiar algunas frases con unos diplomáticos, quienes me felicitaban por la exposición. Entonces me tomó del brazo y me dijo:

—Yo sé que su esposo, Gian Lorenzo, es muy celoso guardián de su estilo propio y que busca imprimir en cada una de sus obras un inconfundible carácter único...

Traté de intuir hacia dónde se dirigía la conversación, pero me quedé en el aire. Le pedí, con un suave movimiento de cabeza, que continuara.

—Sin embargo, consciente de que esto es así, y considerando el gran aprecio que tengo por el genio de Gian Lorenzo, y que soy una de las principales admiradoras de su obra, ¿cree usted que sería posible que él pintara para mí... quiero decir, para el Señor Ministro, no una réplica, sino una variación, una obra parecida a ésta?

Fingí sorpresa, con una pizca de ofensa, como si su propuesta me hubiese parecido sumamente indecente, hasta que la vi palidecer. Entonces, miré la pintura y le dije:

—La verdad no estoy segura... él cuida mucho su reputación y su originalidad. Jamás ha copiado a nadie, ¡ni siquiera a sí mismo! Pero entiendo lo que usted me pide. Tal vez... —le dije, mientras ella me seguía con los ojos, los labios apretados en ascuas— tal vez, yo podría usar mi poder de convencimiento, mis «encantos femeninos» si se quiere, para que él acceda a realizar una nueva obra, totalmente original por supuesto, y única en todo el sentido de la palabra, pero con el mismo tema del pájaro azul y el payaso muerto.

Su sonrisa no se hizo esperar.

—Por supuesto —indiqué, en seguida—, un encargo especial de tal naturaleza sería más costoso que una obra espontánea... tal vez el doble.

—Comprensiblemente. ¡No hay problema! —finiquitó ella alegremente, con la liviandad de quien compra una libra de cebollas—. Espero entonces su llamada para retirar la nueva obra en la galería, cuando esté terminada.

Le di la mano, a manera de cerrar el trato, y ella la tomó con suficiente firmeza, pero con elegancia.


Durante el desayuno, mientras preparaba unos huevos revueltos, le di a Gian la buena noticia:

—Recibí una carta del Museo de Arte Moderno.

—¿De Nueva York?

Asentí con la cabeza.

—Les interesa mucho incluir dos cuadros tuyos en una exhibición de nuevos artistas latinoamericanos.

—¿Nuevos? —inquirió Gian, con algo de sorna en la voz.

—Bueno, nuevos en la escena internacional.

Gian tomó un trago de su cerveza. Eran apenas las nueve y media de la mañana, y ya llevaba dos latas.

—Me gustaría enviarles una de las pinturas de empolleradas... tal vez la última que hice, con la pollera roja y el fondo azul oscuro... ¿sabes cuál es?

Sin responder, serví los huevos revueltos en dos platos, en cantidades iguales, y puse unas rodajas de pan integral en la tostadora.

—¿No crees que es buena idea? —insistió.

—Me parece que no es el mejor momento —dije. Gian bajó los ojos, y yo proseguí—: ¿Cuántos años estuviste pintando cuadros en ese estilo? ¡Más de una década! Sin lograr captar la atención de los críticos de renombre, ni exhibir en las galerías de prestigio. Prácticamente, tenías que regalar tus cuadros. Ahora, en cambio...

Gian tomó otro trago de la cerveza y hundió la mirada en el televisor. Estaban repitiendo algún partido de fútbol.

—Anoche, por ejemplo —seguí presionando yo—, solamente mostramos los cuadros de tu nuevo estilo, y se vendieron todos. ¡A qué precios!

Gian sonrió y movió la cabeza con incredulidad.

—Está bien. Le regalaré a mi mamá la pintura de la empollerada, y prepararé unas cuatro pinturas nuevas para escoger las dos que enviaremos al Museo en Nueva York.

Algún equipo anotó un gol, que el locutor gritó durante lo que me pareció un minuto eterno. Gian se sentó en la mesa. Puso los trocitos de huevo revuelto y jamón entre dos tapas de pan tostado, como un emparedado.

—Anoche recibí el primer encargo especial de una pintura tuya —le dije, para reanimarlo.

—¿En serio?

—Nos la van a pagar al doble del precio. ¿Te imaginas?

—¡Al doble! —rió Gian, abriendo otra lata de cerveza—. Qué te parece. ¿Quién hizo el encargo?

—¿Recuerdas al Ministro Rivaldo? Uno bajito, que andaba con botas.

—¿Él? Pero tú lo escuchaste decir que mis cuadros nuevos parecían, ¿cómo fue que dijo?... ¡cosa de locos!

—Eso fue lo que él dijo, pero cuando me vio llegar se puso pálido y la mujer dedicó los siguientes minutos a hacerle la vida miserable. Fue la esposa la que hizo el encargo.

Gian hizo memoria.

—¿La esposa es la mujer que andaba con un traje color vino, demasiado escotado para su edad, y con un collar de perlas un poco exagerado?

Yo asentí con la cabeza.

—Esa señora me agarró del brazo anoche en la exhibición —continuó Gian— y me preguntó que de dónde había sacado yo la inspiración para las pinturas de mi nueva colección.

—Y tú, ¿qué le respondiste? —inquirí, con el tono de una madre que le repasa la tarea al hijo.

Gian, acariciándose la barba, y con gesto de pensador ensayado múltiples veces en el espejo, me dijo:

—Le respondí: Señora, la inspiración me llega sola. No es algo que se compre o se fuerce; no es algo que se finja o estudie: es algo que nace en algún lugar que no conozco y que, como por encantamiento, llega a mis manos en la forma de imágenes concretas. Entonces las plasmo en el lienzo, y así nacen mis obras.

—¡Muy buena respuesta! —le dije riendo, como si no la hubiera escuchado nunca—. Me imagino que ella quedó impresionada.

—Así es. Pero, ¿por qué nos va a pagar el encargo al doble del precio? —inquirió Gian, a quien todavía le costaba creer que sus pinturas pudiesen venderse.

—Pues porque lo que ella quiere es un pedido especial, Gian. Tienes que aprender a mercadearte. ¿Te acuerdas del cuadro del pájaro azul en el gorro del payaso muerto?

Gian se rascó las cejas, asintiendo con la cabeza, como un adolescente que se acordase de alguna travesura de medianoche.

—Bueno, ese cuadro lo compró una pareja de diplomáticos. La esposa del Ministro Rivaldo quiere algo parecido.

—¿Cómo parecido?

—O sea, el mismo tema: pájaro azul, payaso muerto, etc. Pero con una composición un poco diferente. Similar, pero único.

—¡Carajo! Ahora sí me la puso difícil —rió Gian.

—No te preocupes —le reconforté—. Busca el boceto de ese cuadro en la gaveta del estudio, y yo me encargo de conseguir un nuevo boceto para la variación que ordenó la Señora Rivaldo. Esta tarde te lo traigo, con otros más para los nuevos cuadros.

—Listo —respondió Gian, que terminaba la tercera cerveza embebido en un tiro libre o un penal de un jugador con camiseta azul.


La enfermera regresó a mi consultorio. Me entregó el expediente y me dijo:

—Ya está la paciente en el jardín.

Salí al patio y la encontré como siempre, sentada frente al pupitre, con la mirada perdida en las veraneras.

—¿Cómo estás esta mañana, Clío? —dije con voz dulce.

Me hinqué al lado de su silla de ruedas, y le acaricié la cabeza rapada. Los diminutos cabellos y la piel del rostro lucían limpios, recién lavados por las manos diligentes de las auxiliares de enfermería. A juzgar por la pulcritud de la bata, la habían vestido después del desayuno.

—¿Quieres pintar? —le pregunté.

Su mirada se iluminó, y una mueca —¿una sonrisa, tal vez?— le transformó el rostro. Saqué de un maletín un paquete de lápices de cera, con una docena de colores distintos, y cinco cuadrados medianos de cartulina blanca. Saqué también el boceto del pájaro azul sobre el payaso muerto.

—¿Recuerdas este dibujo? —le pregunté, en tono maternal.

Ella repitió la mueca alegre, y agrandó los ojos. Un hilillo de saliva se derramó por la comisura de su boca. Hice una señal a la enfermera, que en seguida lo secó con una toallita.

—Vamos a pintar cinco dibujos hoy. Para empezar, quiero que me hagas otro dibujo así —le dije, mostrándole el boceto—. Píntame algo con un pajarito azul y con un payasito... ¿está bien, Clío?

Le acaricié la cabeza una vez más, y me retiré a verla trabajar, desde cierta distancia.

—La paciente ha mejorado tanto, desde que usted empezó con ella la terapia de recreación artística —me comentó, en voz baja, la enfermera.

Yo asentí con la cabeza, revisando el expediente médico. Comenté:

—Veo en las notas de las enfermeras que pasa los días más tranquila, y que duerme mejor en las noches, y que requiere dosis más bajas de sedantes.

—Así es. Las auxiliares también están más felices —añadió, con un suspiro de alivio.

—Desde que empezó a dibujar en la terapia, han tenido menos trabajo.

La miré por encima de los anteojos. Ella se explicó:

—Usted sabe: hace mucho tiempo no tienen que limpiar las paredes del cuarto de Clío. Ya no las pintoretea con heces, haciendo dibujos de pájaros y payasos. Usted sabe... ¡cosas de locos!

2006

Vida

cuento

a mi padre

«Toda vida es un experimento»

Emerson

El niño guarda silencio. Mira cautelosamente, por encima de los pajonales, hacia el borde cercano del río. El agua, limpia y poco profunda, se desliza lenta sobre las piedras cubiertas de limo verde. Confundido sobre este fondo, reposando su corpulencia, descansa el sapo enorme y majestuoso. Es invisible para un ojo común, pero evidente para Héctor, maestro en atisbar sapos, ranas, iguanas y jicoteas.

Avanza a gatas, con sus rodillas hundidas en el fango, pensando en la envidia que sentirán sus compañeros si logra atrapar aquel bello ejemplar. «¡Qué sapón más grande y feo!», le dirán. Él se paseará orgulloso, portando en sus manos al gran rey del remanso. Un pasito más y estará al alcance de un brinco suyo. Verónica lo mirará fascinada, con asco hacia el sapo y admiración hacia él. «¡Qué asqueroso sapo trajiste, Héctor!», le dirá. Y la dulzura de su voz hará sonar este reproche como un íntimo halago. Ya lo siente cerca, ya casi está… ya casi… ¡Ahora! El niño brinca como un gato, con sus manos estiradas hacia el sapo, y cae de boca sobre las piedras verdes y el agua fresca que salta en mil gotas relucientes bajo el sol del mediodía. El sapo queda atrapado, indefenso entre sus manitas cuidadosas.

Empapado y adolorido, se levanta. Levanta al sapo con satisfacción, y contempla largamente el batir de sus patas suspendidas en el aire. Le fascina su descomunal tamaño. Definitivamente, será la envidia de la clase. Más aún: será la envidia de la escuela entera. ¡Qué suerte haberlo atrapado! Toda la mañana —desde el mismo momento en que la maestra Angélica dijo, al final de la clase de Ciencias, que tenían que llevar un sapo al día siguiente— el inquieto niño no había hecho más que pensar en aquel sapo enorme y bello que tantas veces había visto nadando, brincando, comiendo mosquitos… ¡En fin! Lo conocía muy bien. Conocía cada mancha de su cuerpo, cada arruga. Conocía sus hábitos. Se deleitaba observando, escondido en el monte, el juguetear del sapo en el remanso tranquilo del río. Era como un compañero en sus tardes de ocio. Y ahora tenía la oportunidad de lucirlo como un trofeo frente a Verónica.

—¡Verás qué linda es! Parece un angelito —susurra el pequeño Héctor junto a la cabecilla húmeda del sapo, que se limita a responder con un parpadeo veloz y asustado.

Con mucho tacto, mete al animal en una bolsa de plástico, y monta en su vieja bicicleta, que emite un chirrido sobre el camino de tierra, como un puerco de monte herido, hasta que llega a la casa de quincha, perdida en medio del potrero.


Héctor llega a la escuela temprano ese día, primero que todos. «¡Páreme temprano, mama, que quiero llegar de primerito!», le había dicho la noche anterior, mientras ponía al sapo en una vieja llanta de tractor partida por la mitad y llena de agua, donde suelen abrevar las gallinas en las horas de luz. El chiquillo había brincado de la cama. Se había bañado veloz, en la rústica ducha a la intemperie, con las estrellas brillando sobre su cabeza. Tomó su desayuno —una tacita de café, media tortilla changa—, se enjuagó la boca, y se fue alegre en su bicicleta, cuando el sol apenas insinuaba su llegada con resplandores sobre los cerros lejanos.

Héctor espera en la puerta del salón, con su sapo metido en la bolsa plástica, y lo moja de vez en cuando para mantenerlo cómodo. El sapo se agita en el interior, inquieto por tanto ajetreo. Uno a uno van llegando sus compañeros, y a cada uno le muestra su robusto sapo.

—¡Mira mi sapito! —le grita a cada uno que ve llegar.

La reacción es la misma cada vez: expresión de asombro, exclamación indecorosa, y la petición invariable, inmediata:

—¡Déjame verlo, déjame cargarlo! ¡Viste, Héctor!

Y Héctor que se rehúsa indignado, egoísta, dueño de la situación, regocijado en su interior por la envidia y el alboroto general. En torno a él y a su sapo, se va agrupando una multitud de chiquillos uniformados. Cuando llega la maestra Angélica, se asoma curiosa en la rueda de niños. Y tras el susto inicial, felicita al sonriente Héctor por su grandioso hallazgo.

—Está un poco viejo, Héctor, pero nos será útil —le dice, mientras le acaricia la cabecilla despeinada.

El niño, lleno de orgullo, asiente con la cabeza.

La maestra abre la puerta. Los niños entran y toman asiento.

—Pongan sus sapos en la mesa, niños.

Una risita menuda recorre el salón. Los sapos salen de los bolsillos, las bolsas, los frascos, y son colocados sobre las mesitas de madera. Los niños que no tienen sapo, ya sea porque no encontraron o porque les dio asco agarrarlo, se mudan a la mesa de un compañero, o una compañera. Verónica no tiene. Héctor lo nota y la invita, con un gesto tierno, a acercarse a su mesa. La niña se levanta, sonríe y se sienta junto al rey del remanso, el enorme sapo que los mira asustado, inflando y desinflando el pellejo colgante de su cuello blanquecino. La maestra Angélica se pone de pie, y habla.

—Niños, hoy vamos a aprender de Bi-o-lo-gí-a… Biología es el estudio de la vida. Bio, vida. Logía, estudio. Biología. El estudio de la vida. Hoy vamos a estudiar la vida.

Héctor, boquiabierto, la escucha. Y trata de entender las palabras de la maestra, que se le antojan grandes y sabias. Se alegra de que el tema de la clase sea algo que él conoce muy bien: la Vida. Él sabe mucho de la Vida. La ha sentido muy cerca, ¡oh, sí! La ha observado en el río, en la forma de diminutos peces plateados. La ha palpado en el pelaje verde de las piedras sumergidas. La ha sentido revolotear en las alas de las libélulas juguetonas que oscilan sobre el agua. La ha visto asustada en las perdices del camino, que alzan el vuelo al escuchar sus pasos menudos. Ha aspirado su aroma en el suave perfume de las flores del monte. Ha degustado su sabor en el néctar amarillo de un mango maduro. Ha admirado sus colores en las alas de las mariposas. Y su palpitar, en el cuello de su sapo amigo, que se infla y desinfla como el acordeón del viejo Chencho en las noches de fiesta en el pueblo. La Vida… ¿No es la Vida lo que humedece con rocío el potrero en las mañanas, cuando él lo cruza en su bicicleta? ¿No es la Vida lo que arde en su piel cuando el sol calienta sus juegos en el río? ¿No es la Vida lo que se le atora en la garganta cuando Verónica lo mira? Eso debe ser. Sí. De eso hablará la maestra Angélica. De la Vida…

—Por eso les pedí que trajeran un sapo, un sapo joven. ¿Todos lo trajeron?

El sí de Héctor se suma a la cascada de síes que cae sobre la maestra. Pero grita tan fuerte que se le va un gallo y su voz termina en un pitido largo, provocando una risa abundante en Verónica. ¡Héctor enrojece de pena!

—Eso veo, eso veo. Los felicito. Eso está muy bien. Héctor, tu sapo está un poco grande y viejo. Eso puede hacer un poco más difícil la experiencia. ¿Recuerdas que dije que debía ser joven?

Héctor vuelve a enrojecer. Que la maestra le reproche eso frente a la clase, especialmente frente a la niña, le avergüenza. No fue por olvido. Tuvo razones de peso para escoger ese sapo en vez de uno joven. Primero, ese sapo no es un sapo cualquiera: es el rey del remanso, el sapo más grande y bello del mundo entero. Segundo, él conoce muy bien a ese sapo, tan bien como se conoce a un amigo, y sabe que no lo decepcionará: ya sea en carreras o en nado, él será el vencedor. Y tercero, ¡ese es un tremendo sapo, aquí y en todas partes! Ningún sapito joven va a vencerlo en nada. Bien vale la pena soportar el regaño de la maestra. De todas formas, así su sapo conocería la escuela donde va todos los días. Había planeado durante la noche anterior, mientras el sapo nadaba en la llanta del tractor, que después de la clase de Ciencias lo llevaría de paseo por toda la escuela, con el doble propósito de causar envidia a mayor número de personas, y de mostrarle a su amigo sapo todos los secretos rincones del plantel. Por ejemplo, el cuarto de depósito donde guardan las herramientas, en donde el otro día encontró un ratoncito gris. O la pared en donde escribió el nombre de Verónica con un crayón rojo, encerrado en un corazón. O también el…

—Lo que vamos a hacer hoy, niños, es disecar un anfibio, en este caso un sapo, para estudiar sus partes internas. Vamos a ver, Héctor. Empezaremos con tu sapo. Como es viejo, te será muy difícil descerebrarlo tú. Déjame que yo lo haga.

Héctor, que divagaba mentalmente con su sapo por los pasillos de la escuela, reacciona un poco tarde. No había escuchado a la maestra.

—¿Cómo dice, maestra? —pregunta Héctor, apenado.

—Digo que vamos a disecar tu sapo primero. A ver, tráelo acá…

—¿A secarlo? Maestra, si lo seca se muere. Yo los he visto en las piedras del río, secos como un pedazo'e cuero.

—A secarlo no, Héctor. Dije a di-se-car-lo —explica la maestra.

El niño, que no había comprendido la diferencia, obedece por inercia. Se pone de pie, toma su sapo —el cual se queda mirando a Verónica un instante con sus ojos verde olivo— y camina hasta el pupitre de la maestra.

—Ahora, vamos a ver… —musita la maestra Angélica—. Quédate por aquí, Héctor, para que aprendas cómo se hace. Pongan atención, niños. Lo primero que se hace es agarrar esta aguja que está aquí, y penetrar con ella la médula espinal del sapo.

El chiquillo, al ver la aguja enorme resplandeciendo entre los dedos finos de la mujer, intuye el peligro, pero se refrena por respeto. Tal vez no es lo que él está pensando. Mejor es esperar. La maestra Angélica es buena. Ella no hará daño a su sapo.

—Mejor vengan acá todos. Acérquense, niños. Hagan un círculo a mi alrededor. ¡En orden, en orden! Bien. Lo primero, como les decía, es tomar la aguja con firmeza y colocarla aquí, justo aquí, sobre el cuello del sapo, para enterrársela con fuerza. Luego se la meteremos por el canal de las vértebras y ¡crac!, la giramos a una mano y a otra, para romper la espina y seccionar la médula. Entonces lo agarramos y lo ponemos boca arriba —dice la maestra, tomando el sapo y girándolo— para abrirlo con este bisturí, y estudiar su sistema digestivo, su sistema circulatorio y su sistema respiratorio… En fin. Todos sus sistemas. ¡Ah! Aquí les traje unas láminas…

La maestra deja al sapo tendido boca arriba, y toma unos largos rollos de papel que había puesto en el piso. Héctor la sigue con la vista, espantado. Sus ojos enormes se hacen aún mayores al contemplar la lámina que la maestra coloca en el tablero, con cinta adhesiva, mostrando un sapo disecado, crucificado con alfileres y con las vísceras expuestas al aire.

—Ahora vamos a hacerlo nosotros. Miren acá, que la lámina no se va a ir. Pongan atención, que después les tocará hacerlo a ustedes solitos, y yo no los voy a ayudar. ¿Está claro? Veamos… el sapo de Héctor.

—¡Maestra! —grita Héctor, con lágrimas en los ojos—. ¿Qué va a hacerle a mi sapo?

—¿Qué te pasa, niño? ¿Por qué estás llorando? —pregunta ella, algo sorprendida—. Ya te dije, voy a disecarlo para estudiarlo con ustedes.

—Pero no… yo… yo no quiero. Usted dijo que íbamos a estudiar la Vida, no a matar a mi sapo.

—Es lo mismo. Para estudiar a los anfibios, tenemos que sacrificar algunos, para poder ver sus partes.

—No… yo no lo traje para eso… ¡Usted me mintió! —reprocha el niño llorando, al tiempo que arrebata el enorme sapo de entre las manos de la maestra—. Usted dijo que era para estudiar la vida, no la muerte…

Héctor sale corriendo del salón y huye velozmente en su bicicleta. Atrás queda la maestra, llamándolo a gritos.


El agua corre plácida, sin prisa, en el río. La espuma dibuja arabescos en sus remolinos. Las libélulas bailan sobre los herbazales. Un pájaro pechiamarillo1 brinca entre las ramas de un harino2. Y tumbado a la sombra del árbol, Héctor admira el jugueteo del pajarillo. Siente una rama que se quiebra, y mira atrás: Verónica. Ella lo saluda y se tumba junto a él.

—¿Todavía tienes al sapo?

Héctor se lo muestra, cautivo entre sus manos débiles.

—La maestra te anda buscando. Te puso Fuga3, y dice que va a llamar a tu mamá.

El niño se encoge de hombros, y replica:

—No me importa. —Y riendo, agrega—: Mañana ya ni se acuerda.

—¿Te vas a quedar con el sapo?

—No. Esta es su casa. Ya voy a soltarlo en el río… donde lo cogí. Ven conmigo.

Caminan hacia el río.

—Mataron todos los otros sapos —relata la niña, con gesto de desagrado—. Fueron como veinte. ¡Puaj! Vieras qué asco…

Héctor baja la cabeza y guarda silencio unos minutos. La niña pone su índice en la barbilla caída, le hace alzar la vista, y le da un beso. Luego ambos estallan en carcajadas. El niño alza al sapo, y le mueve la patita para que se despida de la niña. Ella se despide moviendo su mano. El sapo, al primer contacto con el agua, comienza a batir sus patas desesperadamente, y se aleja nadando veloz. Los dos niños lo contemplan largo rato, hasta que lo pierden de vista en el fondo confuso del remanso. Siguen mirando, en silencio, la nada verde por donde había desaparecido.

—¿Quieres que te enseñe la Vida, Verónica? —pregunta Héctor.

—¡Claro! ¿Puedes? —agrega ella, con su voz dulce.

Él asiente con la cabeza. La toma de la mano y camina junto a ella hacia unas florecillas cercanas, en donde algunas mariposas amarillas revolotean ansiosas. Ansiosas como el corazón de Héctor, quien lleva la Vida atorada en la garganta.

1998

  1. pechiamarillo: de pecho amarillo; dícese de varios pájaros silvestres. ↩
  2. harino: árbol de la especie Andira inermis. ↩
  3. poner fuga: anotar el maestro que un alumno, estando en el colegio, faltó a su clase. ↩

Una falta menor

Son necesarios siempre hombres nuevos en un gobierno nuevo.

Villiaume

Traicionado, enfurecido, lleno de celos y de indignación, no pude creer lo que me decía. Me alejé de ella, dejándola sola en la sala, y me encerré en su cuarto. Cuando vi mi rostro en el espejo, sentí lástima por mí mismo y aparté la vista. Sin poder soportarlo más, me rasgué la camisa en dos partes y me arrojé al piso a llorar. Mi corazón estaba en pedazos. Mi mundo y mi vida, tal como los conocía, se habían acabado. Mis manos y mis pies -no sé por qué- comenzaron a adormecerse con un tipo de cosquilleo anestésico que lentamente aumentaba, creciendo hacia el centro, hacia mi torso. Salí del cuarto, buscando bajo la regadera una manera de refrescar mis ansias, y permanecí bajo el chorro de agua fría durante varios minutos, respirando penosamente. Cuando entendí que si me quedaba, todo iba a empeorar, le pedí a mi novia que llamara a una amiga suya que me estima mucho, para que me llevara a mi casa; y en un par de minutos ella llegó en su carro. Cuando entré al auto y me vio empapado y sin camisa, con el alma revuelta entre el llanto y la rabia, entendió que ya me había enterado de todo, y que había reaccionado de muy mala manera. Partimos, sin rumbo al principio, y luego tomamos rumbo a su casa. Creo que ella pretendía arreglarlo todo con un té y unos minutos de desahogo. Y debo confesar que comenzaba a calmarme, o al menos a respirar más tranquilamente, al tiempo que viajábamos lentamente en el auto, mientras yo miraba las calles a través del cristal de la ventana masticando mi desgracia. Pero cuando ya nos habíamos alejado del centro de la ciudad, ella sin querer, cometió la imprudencia de tratar de justificar los hechos con palabras y de hacerme creer que nada había pasado.

—¡Detente aquí! —le ordené, mirándola con ojos de fuego.

Ella cayó en cuenta de su error y trató de disculparse, pero no pudo arreglar nada. Bajé del auto, hirviendo por dentro, y comencé a caminar en cualquier dirección, mientras ella intentaba convencerme de que volviera a subir. No la escuché. En realidad, no podía escuchar nada ni a nadie en ese momento. Caminaba como un bobo, como un borracho, sin saber dónde ir o a quién buscar. Lo único que necesitaba en esos instantes era ser escuchado por alguien que no tratase de consolarme, para dejar salir aquella ira inmensa que me carcomía por dentro y que envenenaba mi corazón. Irónicamente, el lugar en donde me había bajado del auto distaba sólo unas cuantas calles de la casa de él, de ese mal nacido que había estado por varias semanas viéndose con mi novia y enamorándola por teléfono, cortejándola a escondidas. Rondé por varios minutos la entrada de su casa. Incluso, en un momento en que la ira me cegó, me acerqué a la puerta y llamé. Su padre me abrió. Le pregunté por él y me contestó que no estaba en ese momento. Fue su mirada de desconcierto la que me hizo caer en cuenta de mi pésima apariencia. Hacía pocos días me había hecho un corte de cabello casi al ras del cráneo; y sin camisa y con el pantalón mojado, debí parecerle un loco escapado del hospital psiquiátrico.

Le agradecí y salí de la casa, y me quedé pensativo frente a la calle. No sabía qué hacer. Mi noviazgo estaba en pedazos, y me sentía muy herido y engañado. Y eso me trastornaba grandemente. No tenía ganas de pensar ni de hacer nada. Ni siquiera de irme a dormir. Recordé que mi automóvil estaba aún estacionado frente al apartamento de mi novia. Si quería volver a mi casa, debía ir a recogerlo, y no tenía dinero para un taxi. Así que comencé a caminar hacia allá, mirando al cielo y pidiendo a Dios un poco de calma y de tranquilidad para el resto de la noche.


Cuando lo vi pensé que estaba drogado, o al menos muy ebrio. Venía caminando por la acera, mirando al cielo como perdido, y no traía camisa. A medida que se acercaba, pude ver que su cara corroboraba mis pensamientos anteriores, y que traía el cabello y los pantalones empapados. Eran más de las nueve. De hecho, con esa apariencia lo habrían detenido aunque fuesen las doce del día. Así que le llamé, le hice un par de preguntas de rutina, y cuando escuché sus respuestas disparatadas, no tuve más salida. Aunque no lo hubiese querido, por ética de mi oficio tenía que pedirle que me acompañara. No se resistió y en ningún momento se mostró reacio, sino que colaboró amablemente. Y caminaba con normalidad, como el hombre más sobrio del mundo. Yo esperaba otra cosa, así que dudé de mis conclusiones y de mi decisión de llevarlo al cuartel. Pero en fin, caminaba por una vía pública semidesnudo y eso es una falta.


No lo culpo. Mis respuestas, a pesar de ser la más pura verdad, parecían tan sospechosas como las de Pinocho. Me preguntó, por ejemplo, por qué no tenía camisa. Le respondí, sin rodeos, que andaba así porque me la había quitado en la casa de mi novia, acalorado en una discusión con ella.

Luego de reprenderme por la facha y la hora, me preguntó dónde vivía mi novia. Le respondí que ella vivía cerca de la Iglesia, y esto fue lo que debió parecerle un disparate. Cuando él me detuvo yo venía cruzando frente al cuartel de policía caminando hacia la Iglesia, y no como si viniese de ella, como era de esperarse. Él notó la incongruencia y me preguntó: «¿De dónde vienes?». Traté de responderle, pero sinceramente no sabía el nombre de aquel lugar en donde me había bajado del automóvil. «Vengo de por allá», le respondí.

Con tal enredo de preguntas y respuestas, no lo culpo por haber pensado que había algo sospechoso en todo aquello. Así que no me resistí a que me llevara al cuartel, pues a fin de cuentas, él no era más que el policía del portón que daba a la calle frente al edificio. Y como yo tenía certeza absoluta de que no había hecho nada malo, confié en que todo se arreglaría pronto y sin problemas.

Me llevó frente a un oficial. Por su expresión y su actitud, supe al instante que era el superior allí o al menos el de mayor rango en aquel turno nocturno. Me miró con indiferencia al principio, como si no me viese siquiera. Pero al mirarme por segunda vez, su rostro cambió: se iluminó con un matiz que me hizo sentirme como una presa cazada. Se acercó y me miró con más detenimiento, y al instante sonrió complacido. En ese momento yo también lo reconocí. Lo recordé como si hubiese sido ayer la última vez que vi su odiado rostro: aquel hombre había sido uno de los perseguidores anti-civilistas, uno de los matones de alto rango militar que hostigaron a mi familia y a muchos otros sediciosos, llegando al extremo de allanar nuestra casa y encarcelarnos sin razón durante varios días, en una guerra de terror y de miedo, en los días de las luchas de la Cruzada Civilista contra el régimen del Dictador. Bajé el rostro, maldiciendo mi suerte. No lograba entender cómo aquella bestia todavía tenía un puesto -y mucho menos un puesto con poder- en un gobierno de supuesta renovación y democracia. En ese momento, todo aquello dejó de parecerme sencillo e irrelevante. Y sonreí de los dientes hacia afuera, temiendo en el fondo por mi suerte.

«Lo encontré caminando por la calle sin camisa, Señor», le dijo el guardia del portón al otro que yo había identificado como su superior. Me ofreció una silla junto a la amplia entrada, y se fue a cuidar su puesto en el portón. El edificio distaba unos cincuenta metros de la calle. Entre el portón de salida y el edificio, había un patio con árboles y arbustos, cercado por una alta estructura de metal. Soplaba un frío viento nocturno, que empezó a causarme escalofríos, pues estaba desnudo de la cintura hacia arriba y empapado de pies a cabeza. El policía de rango superior, que no se había movido ni un milímetro del lugar que ocupaba frente a mí, me miraba entonces con un poco más de disimulo. En ese momento, viéndolo con más calma, tuve la angustiante sensación de que aquel hombre estaba plenamente convencido de ser indiscutiblemente superior, no sólo a sus subalternos, sino a todos los demás seres vivientes. Sacó un cigarrillo de su bolsillo, lo encendió y se perdió tras unas puertas sin decir una palabra.


El Teniente entró a la oficina con un cigarrillo en la boca. Hacía mucho que no fumaba en el cuartel. Desde que lo decretaron prohibido, se vio forzado a fumar bajo los árboles del patio o a esperar hasta la hora de salida. Así que, apenas le vi con el cigarrillo en la boca entrando a la oficina, supe que pasaba algo, que sucedía algo que le tenía nervioso, o muy ansioso. El Teniente es un hombre frío. Tenía que ser algo grande, que le preocupó o emocionó hondamente, para hacerlo fumar en el cuartel a pesar de todo.

De un salto quedé en pie. «Dígame, Señor», me adelanté. Él me dijo: «Ven, quiero que interrogues a un muchacho». Ahora recuerdo su cara: sus ojos tenían el brillo de la muerte. Su voz no logró disimular la turbación que lo consumía. Salió y yo lo seguí. Entonces vi al muchacho, sentado en las sillas verdes de la entrada, sin camisa y con la cabeza baja apoyada en las manos, como mirando al suelo. Era joven, de dieciocho o más años, y tenía un corte de cabello que supongo debía estar de moda. Estaba empapado y tiritaba de frío. Pero cuando levantó la cabeza y me miró de frente, me estremecí. Miraba de frente, sin miedo. Me avergüenza confesarlo, pero me sentí vulnerable. Inmediatamente supe que aquel muchacho no había hecho nada malo. Pero el Teniente había sido muy claro.

Le pedí una identificación, y sin hacerme esperar me mostró su cédula, su licencia de conducir, su carné del Seguro Social y su carné de la universidad. Los revisé y, tal como yo esperaba, todo coincidía sin problemas. «¿Cómo te llamas?», le pregunté. Me contestó al instante —con el mismo aplomo que he referido— que se llamaba Luis Alberto Hernández Ruiz, que era hijo del Doctor Luis Alberto Hernández Saldaña y la Doctora Elena Ruiz de Hernández. Le pregunté entonces el motivo por el cual transitaba por la calle, medio desnudo, a esas horas de la noche. Su respuesta fue un poco complicada, pero yo le creí sin problemas. Me habló de un disgusto con su novia y de una serie de situaciones posteriores que, a pesar de sonar un poco precipitadas, encajaban perfectamente. El muchacho temblaba de frío, y se mostraba dócil y coherente. Era claro que no había drogas ni alcohol de por medio, y por tratarse de una falta menor, a mí me parecía innecesario dejarlo en el cuartel por más tiempo.

Habiendo, pues, cumplido la orden, me acerqué al Teniente —que estaba al lado mío, fumándose el segundo cigarrillo— y le inquirí, en voz baja y respetuosa: «¿Algo más, Señor?». Me contestó que no. Entonces miré al muchacho y le hablé en un tono diferente, menos tenso. Le expliqué que aquello era una falta menor, pero que no se debía repetir. Hubiese querido dejarle ir sin más retraso, pero por ley él debía abandonar la institución debidamente vestido. Así que le pedí el número de teléfono de alguien que pudiese traerle o mandarle de alguna forma una camisa, prometiéndole que cuando llegase la prenda, yo mismo le llevaría en una patrulla a la casa de su novia a buscar su carro. Él me dio el número de teléfono de sus padres. Cuando le di la espalda, disponiéndome a llamar desde la oficina, el chico me llamó.

—¿Me permite usted usar el baño? —me preguntó—. Quisiera orinar.

Yo le hubiese dejado, sin ningún recelo, que fuese las veces que quisiera. Pero el Teniente intervino inmediatamente, negándose. En ese momento yo creí que era desconfianza de él hacia el muchacho. Por Dios que eso fue lo que creí. Nunca me hubiera imaginado que el Teniente iba a hacer algo como lo que hizo. «Es mejor que vayas a aquellos árboles», le dijo, señalando los árboles sembrados frente al edificio; y no le dio explicaciones sobre el porqué.

El chico se encogió de hombros y sin reclamar nada, se levantó y comenzó a caminar hacia ellos. Caminaba muy lentamente, cubriéndose con los brazos por el frío. El Teniente arrojó la colilla del cigarrillo y se llevó la mano a la cintura. Desabrochó la correa del estuche de su revólver, lo sacó, apuntó a la cabeza del muchacho, echó el martillo atrás y disparó. Yo, espantado, vi al muchacho caer sobre la hierba, y miré luego al Teniente. Tenía una sonrisa muy leve en el rostro, en su rostro de asesino, de loco. Y se giró para mirarme. Su mirada era amenazante. No tuve palabras.

—¿No lo ves? —me dijo—. Estaba drogado, me arrebató un arma y trataba de escapar.

El pavor me heló la sangre. No me atreví a decir ni una palabra. Llegaron los otros oficiales que había en el cuartel, agitados y armados, preguntando por la causa de aquel disparo. El Teniente los largó diciendo que el peligro había pasado ya, y que todo estaba en orden nuevamente. Ellos obedecieron ciegamente, como siempre. El Teniente me miró con ojos aún más desafiantes, y yo bajé la mirada. «Llama a los padres y diles que vengan», me ordenó, «y entonces vienes a ayudarme con el cuerpo». Yo obedecí. Por última vez obedecí a aquel ser despreciable que me hizo odiar a los de mi linaje militar, a mí mismo y a nuestra cobardía. Al día siguiente vi sobre el pupitre del Teniente un reporte oficial acerca del incidente, donde se declaraba que el Teniente le había decomisado al muchacho un paquetito con droga —algo que en realidad nunca sucedió— y que el chico, drogado, había forcejeado con el Teniente y le había arrebatado un arma, tratando luego de escapar. También ese día, sobre el mismo pupitre, dejé yo mi arma, mi placa y mi renuncia.

1995

Maldad

a mi hermana

Chino, mi único hermano, es tres años mayor que yo. Dice mi mamá que Chino no es tonto, sino un poco necio y duro de cabeza. Es un buen niño, según la opinión de mamá. Tal vez lo es con ella, o al menos ante sus ojos, pero con otros —conmigo especialmente— siempre ha sido perverso. Recuerdo que, cuando cumplió ocho años, mis papás le regalaron una bicicleta. Paseó con ella unos días y, como era típico, se aburrió pronto. Pero nunca quiso prestármela.

—Viste, Chino, préstame la bici —le rogaba yo.

Mi madre le habría dicho algo, moviéndolo a compasión para convencerlo de prestármela, pero la última palabra la tenía él. Si decía 'no', era no y hasta ahí llegó el asunto. Mis padres no gustaban de contrariarlo. En mi caso, era lo opuesto. Si yo tenía un juguete nuevo, y Chino se antojaba de jugar con él, mi madre me diría como un rayo:

—Nena, préstale el juguetito a Chino. ¡No seas mala!

Mala yo, ¡imagínese! Cuando ponía mi cara de ¡fo!, mamá alzaba las cejas, como diciéndome en un lenguaje secreto: 'Recuerda que tu hermano es especial'. Así, yo cedía y Chino arrancaba a jugar con mi juguete nuevo, sin que yo pudiera siquiera estrenarlo. Invariablemente, me lo devolvería cuando le diera la gana, sucio y roto. Recibía yo los restos de mi regalo, lo que Chino había dejado, las piltrafas.

En cariño me llegaban las piltrafas también, o al menos eso sentía yo. Mi madre sólo tenía ojos para Chino: que cuidado se va para la calle, que ojo al Cristo que se quema con la estufa, que si Chino hizo esto, que si dijo lo otro... Y a mí, que me comiera el perro. Mi padre igual: cuando llegaba del trabajo, cansado, me daría un beso en la cabeza y me haría alguna pregunta sobre la escuela. Sin escuchar la respuesta, se iría a preguntarle a mi mamá cómo le había ido a Chino en clase. Eso se lo podía responder yo. ¿Cómo le va a ir, hombre? ¡Pues mal!

Estábamos juntos en primer grado, yo adelantada un año y Chino atrasado dos, porque él, como he dicho, era 'un poco necio y duro de cabeza'. Estábamos en el mismo salón y teníamos la misma maestra. Ella, al igual que yo, verificó rápidamente cuán 'necio y duro de cabeza' era Chino. Más que duro, era hermético: no le entraba nada. Estaba enemistado a muerte con las letras y los números.

Recuerdo que una vez la maestra hizo una clase especial sobre los planetas. A cada alumno le regaló un confite por cada nombre que memorizaba. A mí me tuvo que dar nueve, pues me los aprendí todos: desde Mercurio hasta Plutón. A Chino sólo le dio un pedacito de melcocha, y eso al final de la clase, porque tras una mañana de esfuerzo lo más que logró fue que dijera 'jépete' en vez de 'Júpiter'.

Su hora favorita era el recreo, que aprovechaba para pelearse con los otros varones y para subirles las faldas a las niñas. Se portaba tan mal que una vez le pusieron una estrellita verde en la frente por el único mérito de no haberle subido la falda a ninguna esa mañana. Mis papás le celebraron esa estrella como si fuese la que anunció la llegada del Niño Dios. Ahora que lo pienso, él era en casa una especie de Niño Dios. Yo, por el contrario, era como el buey que ponen al lado del pesebre, que está ahí pero no hace mucho bulto: ya ni me decían nada por las estrellitas doradas que traía diariamente en la frente, por ser una santa en el salón y mantener calificaciones inmaculadas.

—Es que los varones son distintos a las niñas —decía mi madre—. ¡Son más activos!

Me resigné pronto a que Chino y yo éramos medidos con varas asimétricas. A lo que no me resigné nunca fue a que él me hiciera tantas maldades. En mi barrio le llamamos 'maldad' a las travesuras infantiles que buscan, por placer perverso, hacer daño a un semejante o a un animalito. Chino, que no podría definir la palabra, sacó desde temprano un doctorado en hacerme maldades de todo tipo.

—Chino, no le hagas maldades a tu hermanita —diría mi madre, sin mucho énfasis, cada vez que me veía venir llorando—. Déjala, que ella está tranquila con su muñeca...

Mi hermano, por supuesto, le hacía tanto caso como al reloj cucú que da la hora. Me pellizcaba los brazos, me escupía, me tiraba del pelo, decapitaba a mis muñecas, ¡en fin! Si hay algo ilimitado en el universo es el número y variedad de maldades que un niño 'un poco necio y duro de cabeza' puede hacerle a su hermanita menor. Parecía ir refinando el arte de molestarme, y dedicaba gran parte de su tiempo a hacerme la vida difícil.

El día que cumplió ocho años, cuando le regalaron la bicicleta, fue particularmente memorable en cuanto a las maldades: le arrancó las orejas a un perro de peluche rosado que me había regalado mi abuela Pita en navidad; me tiró un jabón en el ojo, mientras me bañaba; y después remató el golpe, arrojándome a la cara un pastelito de maíz congelado. ¡Y con qué puntería!

Recuerdo bien que eso ocurrió el día de su cumpleaños, porque mi llanto no surtió ningún efecto en mis padres. Él gozaba de una especie de inmunidad por ser el cumpleañero. También me acuerdo del día específico porque hicieron un sancocho grande para la fiesta, y mi mamá le pidió a mi papá comprar pollitos para repoblar el gallinero. Aunque otros días se trastocan en la neblina de la memoria, yo no confundo ese día de mi infancia con ningún otro: fue el día que juré solemnemente, ante las orejas mutiladas de mi peluche, vengar todas las maldades de Chino.

Mi papá trajo los pollitos esa tarde: doce bolitas de plumas amarillas. Chino los correteó en el patio a su gusto, tratando de pisarlos. Los pollitos corrían aleatoriamente bajo sus pies, evadiendo las zancadas con gran habilidad. Hasta que Chino pisó a uno. Creo que se arrepintió enseguida: con lágrimas en los ojos, lo vio retorcerse un poquito y después quedarse quieto. Ese llanto de culpa me hizo entender que había, tal vez, algo de bondad en su corazón.

Había otras cosas en su corazón; entre ellas, el egoísmo ocupaba un sitial eminente. Al atardecer, durante la celebración del cumpleaños, Chino fue el primero en golpear la piñata. Era una cabeza de payaso, con flecos de papel crespón y una mota de lana en el gorro. Chino le metió un palazo con todas sus fuerzas y la piñata, que mi padre había amarrado pobremente, se soltó de la soga. Chino la apañó en el aire, y salió corriendo hasta su cuarto. Allí se quedó por media hora, comiéndose él solo los confites, hasta que la promesa de mi padre de una bolsa de caramelos para él solo lo convenció de liberar al rehén, que aún conservaba parte de su contenido.

El azúcar se le debió haber subido a la cabeza, porque Chino anduvo como loco hasta que un chico le dio su merecido. Le levantó la falda a la niña equivocada, creo yo, porque un niño (tal vez el hermano o el noviecito) vino y le metió un trompón en la boca a Chino, que lo hizo sangrar y caer de espaldas. Hasta ahí llegó la fiesta. Lo llevaron al hospital y le cosieron varios puntos en la parte interior del labio. Le untaron una pomada en el chichón de la cabeza y lo dejaron una noche en observación. Cuando supo que tenía que dormir en el hospital, rompió a llorar. Mis padres para consolarlo, le preguntaron:

—¿Qué quieres para entretenerte?

A lo que Chino respondió: 'un pollito'. Mis padres fueron a la casa, y tomaron a uno de los once pollitos sobrevivientes y se lo trajeron a mi hermano. 'A éste lo va a matar también', pensé. Pero estaba equivocada. Creo que algo en su cabeza se descompuso (o se compuso) con el golpe en el suelo, porque agarró al pollito con una ternura inusitada y lo acarició por horas, hasta quedarse dormido.

Desde entonces ese pollo en particular fue su favorito. Cuando llegaba de la escuela, le daba agua y comida, lo acariciaba y le contaba cosas. Diría, a riesgo de sonar ridícula, que él lo consideraba su amigo. Hasta le puso un nombre, muy original por cierto, que nadie adivinaría en un millón de años: ‘Pollito’. Ya sea por el golpe en la cabeza, o a propósito de esta nueva amistad, se dio un cambio en la personalidad de mi hermano: ya casi no peleaba en la escuela con los niños, y rara vez le alzaba las faldas a las niñas.

Sus maldades hacia mí, sin embargo, no disminuyeron. Mis padres se alegraron tanto por su recién adquirido comportamiento en la escuela, que le permitieron la libertad de seguirme molestando a mí en casa. Sin embargo, creo que no se preguntaron nunca la razón del cambio, y no conocieron —hasta donde sé— de la amistad de Chino con Pollito. De hecho, creo que nadie lo supo, excepto yo.

Mi hermano me aseguraba que era capaz de reconocer a Pollito entre todas las demás aves. Al principio pensé que era una más de sus locuras, pero con el tiempo me di cuenta de que ciertos rasgos eran diferentes entre los pollos y que mi hermano, en efecto, parecía siempre alimentar y acariciar al mismo individuo. Incluso cuando crecieron y se convirtieron en gallinas, Chino seguía reconociendo a Pollito entre las demás aves de corral. Pollito resultó ser una gallina, por cierto, y no un gallo como esperaba mi hermano, pero su afecto mutuo no disminuyó por el inesperado giro en los eventos.

Así estaban las cosas cuando llegó el siguiente cumpleaños de Chino, con la respectiva euforia en su ánimo. La abuela Pita vino de visita la noche anterior y nos trajo regalos. Me dio los míos inmediatamente, y guardó los de Chino para la fiesta del día siguiente. Entre mis regalos estaba otro peluche. Aunque lo escondí para que Chino no lo encontrara, de alguna manera logró dar con él y destrozarlo antes de irse a la escuela. Ese crimen fue el último insulto a mi dignidad, y recordé mi juramento.

Entonces mi cerebro de niña de seis años puso en marcha un plan maestro para ejecutar mi venganza. Comencé por fingir tos y debilidad, para convencer a mis padres de dejarme en casa descansando. Una vez que ellos se fueron a trabajar, y que Chino estaba en la escuela (tal vez tratando inútilmente de aprender el nombre de algún planeta que tuviese menos de tres sílabas), procedí con el segundo paso: engatusar a la abuela Pita. Llegué en mi camisón de florecitas hasta la cocina, donde ella —con delantal y todo— hacía los preparativos para la fiesta.

—¿Cómo te sientes, Nena? —me preguntó la abuela Pita.

Le indiqué ‘más o menos’ con la manito que tenía desocupada. Para completar el cuadro, traía a rastras en la otra el peluche mutilado, que había sucumbido entre las manazas de Chino en su día de estreno. Mi abuela me alzó entre sus brazos y me dijo una serie de tonterías dulces en tono de puchero, de esas que la abuelazón, por motivos ignotos, hace creer a las viejitas que encantan a los niños. Le dije que tenía hambre, mientras me restregaba los ojitos con la mano y tosía.

—Te voy a hacer una sopita de pollo para que te sientas mejor —sentenció Pita.

Yo sonreí. Sacó de la despensa un paquete de sopa de pollo deshidratada.

—Esa no me gusta —dije, redoblando la tos.

La abuela se detuvo un momento, como meditando. Yo esperé pacientemente. Ella miró por la ventana hacia el patio, y el rostro se le iluminó cuando vio el gallinero. Me dijo que la esperara un momento en la cocina y se fue con un cuchillo. Por supuesto, salí detrás de ella. Creo que la emoción hizo que me olvidara de toser mientras corría, con peluche y todo, hacia el patio.

La abuela Pita tenía buena intención, pero malos reflejos, y le faltaban fuerzas. El gallinero es grande y por varios minutos trató en vano de capturar alguna gallina, pero éstas ágilmente esquivaban sus manos. Todas estaban entrenadas en las artes del escapismo, acostumbradas al acoso de Chino. Todas, excepto una: Pollito, que siendo la favorita del demonio, no había tenido nunca que correr por su vida. Hasta ahora.

—Agarra esa de allá, güelita Pita, que está quieta —le dije.

—¿Cuál, m'ija? —preguntó inocente, con el rostro sudado y luchando por respirar.

Se la señalé con el dedito y tosí un par de veces para darle gravedad al momento. Ella la divisó, y saltándole por detrás logró agarrarla por el rabo. La trajo colgando de cabeza hacia la cocina. Sacó una olla grande, y puso a hervir agua. Yo miraba desde la puerta el bullir del agua sobre la estufa y el parpadeo paciente del ave sobre el piso.

—Vaya a acostarse, m'ija, para que se mejore rápido —insistió ella.

Cuando llegó mi mamá, la abuela le dijo que había preparado sancocho para el almuerzo, porque 'la sopita de pollo es buena para el resfriado y Nena sigue con la tos'. Mi mamá, que venía cargada de paquetes y con una piñata para el cumpleaños, asintió con la cabeza y no le dio importancia al asunto. Chino llegó tras ella, y dejó la mochila con los cuadernos tirada en el pasillo: se fue directo a mi cuarto a molestarme. Me pareció que sintió algo de pena por mí (él también creía que estaba enferma), y me asaltó el remordimiento. Pero luego, para alivio de mi conciencia, comenzó a hacerme maldades. Yo tosí, estoica, y le comenté de soslayo:

—¿Sabes qué hizo güelita Pita para el almuerzo?

Él alzó los hombros, como diciendo 'y a mí qué diablos me importa', y siguió molestándome con insistencia de zagaño.

—Hizo sopa de pollito —rematé.

Un poco necio y duro de cabeza, dice mi madre. Medio minuto tardó Chino en comprender la indirecta. Yo había dicho 'sopa de pollito', en vez de 'sopita de pollo' como decía la abuela. Súbitamente, Chino abrió los ojos, levantó las cejas y salió corriendo hacia el patio. Desde el cuarto escuché la rabieta que formó. Yo, abrazando mi peluche roto, tosí tiernamente con la cabeza sobre la almohada.

2006

El traductor alemán

ensayo ficticio largo

a H. G. Wells

«tú eres las alas con que la alondra
va escribiendo sonetos en el cielo»

Álvaro Menéndez Franco

Con la Historia de la Filosofía Occidental, Bertrand Russell ganó no pocos enemigos. Curiosamente, afirmaciones de calado menor causaron la mayor controversia. Russell pagó un alto precio por afirmar públicamente lo que cualquier erudito ya sabía en secreto: que la denominación de María como «madre de Dios» no es una creación original del Concilio de Éfeso, sino un plagio a la antigua religión babilónica, con el propósito de asimilar en la fe católica el culto pagano a la madre tierra. Sin embargo, yerros en el libro de Russell de mayor significación histórica pasaron inadvertidos. El más relevante de todos fue asegurar que la escritura lineal de los cretenses no ha sido descifrada aún. Este planteamiento, que aparece en el primer capítulo, es falso. Pero solo yo lo sé.

Varios años antes de que Russell escribiera su libro en Pensilvania, mientras las bombas del Eje caían sobre su Gran Bretaña natal, múltiples textos cretenses fueron descifrados sin esfuerzo, y sin Piedra de Rosetta alguna, por un joven alemán, Herman von Hausen, cuyo don como traductor pudo cambiar el rumbo de la guerra, y terminó costándole la vida, prisionero de las Schutzstaffel. No se puede culpar a Russell de la omisión, ni a sus críticos de no haberla percibido: quienes conocieron a von Hausen y su obra no sobrevivieron, y sus traducciones no existen para el público, confinadas en mi archivo personal. Ahora que lo considero seguro, revelo los hechos tal y como ocurrieron, para hacer justicia a su don.

Von Hausen empezó a traducir textos de idiomas desconocidos por accidente, en sus días de estudiante universitario en Berlín. Nunca recibió educación en las lenguas clásicas; sus padres, campesinos de Lauterbach, hablaban apenas el alemán materno, y la escuela local le enseñó solo lo básico. Pero Herman descubrió, una tarde opaca de invierno, que podía comprender al primer golpe de vista el Fedro de Platón en la versión original en griego antiguo. Repitió el experimento luego en la biblioteca pública. Verificó que incluso la tosca traducción de la Odisea al latín que en el Medioevo hiciese Leoncio Pilato por encargo de Petrarca, en la casa de Boccaccio en Florencia, le resultaba tan inteligible como su alemán contemporáneo.

Le sorprendió que entendiera estos textos de inmediato, sin que mediara el esfuerzo de una decodificación. Lo que sentía al traducir se acercaba más al amanecer de un recuerdo propio en la memoria dormida, que a la resolución de un acertijo. Los símbolos del escrito estimulaban en su mente el sonido de las palabras en el idioma original, aunque no le fuese familiar el habla de esa lengua. Nombres propios de personas y sitios que jamás había visto no le resultaban extraños: los relacionaba al instante con la impresión (valdría decir, el recuerdo) de su objeto. Al leer cada texto, percibía claramente la intención del autor, y algo de su personalidad y circunstancias. En el caso de la Ilíada, le confundió el hecho de percibir a múltiples Homeros transparentándose a través del texto, y a Leoncio Pilato, como una pátina, a horcajadas sobre ellos.

Sorprendido por esta habilidad, la intuyó en primera instancia como un don sobrenatural, regalo de algún dios generoso. Pero al profundizar su preparación humanista, la recién adquirida tendencia al raciocinio le llevó a dudar de su hipótesis, y ponderó si tal capacidad podría responder más bien a una manera específica de leer, una forma particular de encarar el texto de caracteres extraños y extraerle el significado. De ser este el caso, podría sistematizar esa aproximación, destilándola a manera de un método que pudiese ser enseñado y aprendido. Le emocionó la idea, y su potencial revolucionario, y comenzó pronto a analizar más textos, escudriñando las claves del futuro Método von Hausen para la traducción de cualquier lenguaje.

El primer axioma de su método fue aceptar que, sin mediar conocimiento previo alguno de un idioma, la única forma de descifrarlo en ausencia de información adicional es conocer como mínimo el propósito general del texto. Asumió que el fin subyacente o telos de todo mensaje es el deseo de entendimiento mutuo, fin de toda comunicación en cualquier idioma humano. En este sentido, podría decirse que von Hausen es precursor de las teorías de Jürgen Habermas. El segundo axioma fue asumir que los idiomas son —en su imperfección— sumamente perfectos, y que toda obra escrita es predecible en virtud de esta cualidad óptima.

En las etapas tempranas de esta sistematización, von Hausen intentó aplicar su método al idioma cretense. Postuló que la lógica de todo idioma busca describir el mundo en el que vive el pueblo que lo desarrolló, su realidad cotidiana, sus necesidades de expresión. Von Hausen afirmó, por ejemplo, que los minoicos debían tener, en su escritura, la palabra mar como fonema recurrente, pues vivían en una isla. Otras palabras comunes serían barco, comercio, cielo, amor, locura y muerte. Poniendo a prueba su método en la práctica, en 1935, von Hausen logró descifrar todos los escritos minoicos a los que tuvo acceso. Lo que descubrió en los textos le estremeció profundamente, y por ello decidió no revelar estas traducciones a nadie. Se hubiese llevado a la tumba el secreto terrible de los minoicos, de no ser porque el destino trajo sus manuscritos a mis manos.

Por ello es claramente comprensible que Russell creyera decir la verdad en 1942 al aseverar que nadie había descifrado estos textos.

El racionalismo de von Hausen lo llevó a un grave error: no ver a tiempo el hecho evidente de que en realidad su método no era tal. Su habilidad efectivamente provenía de un don, más allá de su control y voluntad. Un simple ejercicio le habría demostrado esto desde el primer día: la fonología del idioma cretense no se conoce, y sin embargo Herman recitaba los textos con facilidad, pues los sonidos aparecían en su boca cuando se proponía leer los manuscritos. No cayó, o no quiso caer, en cuenta de esto, y siguió durante años pretendiendo que la traducción era lograda a través de un método sistemático. Esta farsa le ganaría algo de prestigio efímero y al final le costaría la vida.

Terminando sus estudios, y decidido a adquirir celebridad como lingüista para recibir una cátedra universitaria a corta edad, von Hausen prosiguió refinando su supuesto método, probándolo en textos cada vez más difíciles. Se sorprendía de su efectividad, y justificaba su creciente habilidad en términos de la práctica frecuente. Tradujo manuscritos del japonés y chino antiguos, del egipcio faraónico y del copto, de los símbolos tallados en las ruinas indígenas mesoamericanas, de las cavernas prehistóricas europeas y de las culturas perdidas de Mesopotamia. Recogió estas traducciones en varios volúmenes, que guardó celosamente y mostró solo a unos cuantos elegidos.

Presentó, como tesis doctoral, la descripción del Método. Las pruebas irrefutables de los textos traducidos le permitieron reclamar el diploma mediante su sustentación, pero más allá de esto la publicación del método en sí fue un fracaso. La idea creó intenso interés en círculos estrechos de eruditos en lenguas antiguas, interés que desapareció rápidamente por falta de resultados a manos de terceros. Nunca nadie logró traducir nada con el Método, excepto el propio von Hausen. Incluso las SS intentaron aplicar el método, con el propósito militar de descifrar comunicaciones enemigas en tiempo de guerra, y descubrieron que el sistema era inútil.

Von Hausen se negó a aceptar lo que era obvio: que su Método solo funcionaba para él porque no existía tal método, y cometió el error —movido por el orgullo— de traducir algunos mensajes encriptados para los nazis, como muestra de su eficacia. La guerra era inminente, y en 1939 von Hausen recibió la solicitud directa del Führer de trabajar al servicio del Tercer Reich, traduciendo al alemán las comunicaciones secretas interceptadas al enemigo. Al negarse, por su natural inclinación pacifista, y tratar de escapar hacia Suiza vía Austria, fue capturado por las Waffen-SS y encerrado en una prisión en las faldas del Zugspitze, donde permaneció por años como esclavo del régimen.

Parece imposible que la habilidad de un solo hombre, aun contra su voluntad, marcase una diferencia tan importante en algo tan grande como la Segunda Guerra. Esta se peleó en varios niveles, siendo la criptología uno que vio batallas críticas. Requirió a los Aliados muchas vidas el robar máquinas encriptadoras de los alemanes, y a un colegio de genios incontables horas de brillante análisis matemático —y la invención de la primera computadora programable— el poder descifrar los mensajes enviados con el código Enigma. Resulta espeluznante comparar estos esfuerzos titánicos con la facilidad que Herman mostraba al romper —al primer golpe de vista— cada uno de los nuevos y crecientemente complejos códigos de los Aliados.

Dos eventos relacionados con la criptología se combinaron para permitir la caída de Alemania y la victoria aliada en la guerra. El primero ya lo he mencionado: que los Aliados rompiesen el código Enigma. El segundo, que los alemanes no pudiesen descifrar el código navajo de los norteamericanos. Poco tuvo que ver en esto la complejidad del idioma navajo: para Herman von Hausen cualquier código era inteligible de inmediato. La explicación se encuentra en la muerte de von Hausen, quien se suicidó antes de que los alemanes tuviesen la oportunidad de obligarlo a romper este código, el cual llevó a los Aliados a la victoria.

Todos los códigos anteriores al navajo habían sucumbido ante la mirada de von Hausen. Drogado con poderosas substancias, para obligarlo a traducir contra su voluntad, revelaba mensaje tras mensaje, rompía código tras código, para beneficio de los nazis y tormento suyo.

Como se negase a dictar a los militares lo que su cerebro involuntariamente traducía al primer vistazo, fue víctima de dosis cada vez mayores. Sintió, en el febril delirio de la narcosis, que sus capacidades de inteligencia se convertían en infinitas y escapaban a su control. Los únicos momentos de descanso que tenía, entre las traducciones forzadas, los pasaba en delirios que llevaron su mente al borde de la locura. Llegó a creer que las posibilidades teóricas de los lenguajes eran infinitas, y que su mente —para abarcarlas— se hacía de poderes sin fin. Temió que cada mensaje era transmitido no en un idioma sino en infinitos, y que, por ende, cada mensaje era en verdad infinitos mensajes. Y se convenció también de que todo lo que le rodeaba contenía un mensaje.

Es decir, von Hausen sintió que él —y todo ser humano— vaga, ignorante en extremo, en un mundo donde todo encierra un mensaje, comprendiendo apenas una fracción infinitesimalmente pequeña. Aun cuando estas imaginaciones le llegaron en horas de confusión, tienen relevancia teórica.

Permítaseme ilustrar su pensamiento con un ejemplo. La metáfora de Émile Borel habla de infinitos monos frente a infinitas máquinas de escribir. Se dice que si se les permitiese martillar las teclas eternamente, alguno de ellos escribiría algún día un soneto de Shakespeare por puro azar. Usando esta metáfora, podemos decir que von Hausen llegó a pensar, durante el interminable delirio en su celda, que cada uno de los escritos de cada uno de los monos es cada uno de los sonetos de Shakespeare. Muy pocos estarían escritos en un idioma comprensible a los humanos. Los otros, que nos parecen caracteres aleatorios, serían los sonetos escritos en idiomas incomprensibles para nosotros. Incluso sonetos no escritos por Shakespeare, aun mejores.

Según esta lógica, cada soneto de Quevedo es, a la vez, todos los sonetos de Quevedo, y es también cada uno de los sonetos de Shakespeare, en sendos idiomas desconocidos. Los sonetos aún no escritos de los grandes poetas del futuro, y los pensamientos secretos que los genios del pasado se llevaron a la tumba: todos están escritos en este momento —pensó von Hausen— en un código ignoto, que escapa a nuestra comprensión, en cualquier texto.

Y la escritura no se da solamente mediante tinta sobre papel: le pareció a von Hausen que toda la naturaleza no era más que un cúmulo infinito de mensajes, escritos en el encaje de las nubes o de la espuma de los mares del mundo, en la distribución de las estrellas en el cielo, en las venas diminutas de las hojas de cada árbol, en el trino de un ruiseñor, en los arabescos de una golondrina. Aun los granos de polvo que vuelan en el viento describirían elegías y cantos épicos en lenguas desconocidas, en caracteres tridimensionales, designando fonemas impronunciables para el hombre.

Las drogas que le aplicaban eran cada vez más poderosas, y sus delirios cada vez más frenéticos. Von Hausen llegó a pensar, en un supremo momento de confusión o clarividencia, que todo en el universo podría ser un único mensaje perfecto. Creyó que se trataba del mismo mensaje en diferentes idiomas: un mensaje perfecto, el mensaje único de todos los tiempos. Un mensaje tal estaría, de hecho, más allá del tiempo, y por lo tanto debía provenir de Dios. Entonces von Hausen entró en pánico, porque comprendió que —a medida que sus capacidades de decodificación aumentaban— podrían alcanzar el punto de entender este mensaje único, y temió que percibir el pensamiento de Dios sería fulminante: ¿cómo entender la condensación sin fin de todas las ideas en todos los idiomas, simultáneamente?

Desde entonces no quiso mirar a través de la ventana, temeroso de captar en un trozo de nube en el cielo, o en el revolotear de una golondrina, algunas palabras del mensaje divino. Permaneció con los ojos cerrados durante varios días, hasta que no pudo más. Entonces, dispuesto a terminar con tal suplicio, los abrió y se asomó a la ventana. Para su alivio, el cielo era solamente cielo, y las golondrinas, solo golondrinas. Pero esto no fue el fin de su tormento.

Su mente maltratada retenía las tendencias racionalistas de antaño, y se vio movido a encontrar, encerrado en aquella celda, una explicación lógica a su don. Partió de la premisa de que él, Herman von Hausen, tenía la capacidad de comprender todos los mensajes escritos por humanos del pasado. Entonces le asaltó la sospecha de que él no estaba descifrando los textos, sino recordándolos. Y esto significaría que él era el Omega, aquel ente antiguo que —según una antigua doctrina— poseía los recuerdos de todos los humanos anteriores a sí.

Lo encontraron muerto en la celda al día siguiente. Había roto el vidrio de la ventana, cortándose las muñecas. Podría creerse que se inmoló, antes de que los nazis pudieran obligarlo a romper el nuevo código aliado, el navajo, como un último sacrificio para terminar la guerra. Sin embargo, la razón de su suicidio no fue privar a los nazis de sus capacidades de traductor: fue su íntimo temor a la posibilidad de que se descubriese que él era el Omega, y que los nazis usasen su omnisciencia para propósitos aún más temibles que la dominación de Europa. Quitarse la vida era lo mejor que el pobre prodigio —cautivo de Hitler— podía ofrecer al mundo.

Sus temores, sin embargo, eran exagerados. Él no era el Omega. Su don tenía otra naturaleza, evidente en sus traducciones, la cual no me es dado revelar en este momento.

2006

La piedra mágica de Juancito

a Salman Rushdie

Siempre pensé que Juancito había nacido para sufrir. Desde que era un bebé le noté algo raro, algo inusual en la forma de su cuerpecito. Ese algo se hizo aparente cuando todos los niños de la escuela, incluso los desnutridos, crecieron más altos que él. Cuando alcanzó la adolescencia midiendo apenas dos pies y medio, incluso su madre tuvo que abrir los ojos y aceptar lo que todo el pueblo ya sabía, y que ella había negado por tantos años: el pobre muchacho era un enano.

Las viejas del pueblo bochincheaban, cada una de acuerdo a su propio nivel de ignorancia, que aquello era castigo divino, brujería, cosa del diablo, mala hierba, o —la explicación más original— consecuencia de haber cogido por detrás, lo cual es un pecado según San Agustín, que condona el polvo sólo por delante y entre esposos, a través de un huequito en una sábana, en pequeñas dosis y con el expreso propósito de fabricar más cristianos para la parroquia.

Siendo el maestro de ciencias en la escuela primaria en Caña Brava, y por ende vicario de la razón ante aquella horda, tuve que intervenir y explicarle a la madre, Manuela, que aquel defecto no era culpa de ella ni de nadie. Era el resultado de una lotería genética: Juancito había nacido enano por puro azar, y no había nada que hacer al respecto. No habiendo cura, el desdichado seguiría siendo enano hasta el último día de su vida. Lo único que restaba era educarlo para ser feliz en esa forma, aceptando sus limitaciones.

Juancito terminó la escuela primaria, a empujones de su madre, soportando paciente las mofas rutinarias de los bravucones en el recreo. Pero no hubo fuerza que lo moviera a emprender la secundaria. Esto hubiera requerido viajar hasta El Bijao, donde está el único Colegio de la región, con el consecuente encuentro de cientos de personas nuevas, desconocidos que no lo habían visto nunca y que por tanto lo mirarían demasiado la primera vez, por curiosidad algunos, otros por morbo, hasta hacerlo llorar de vergüenza. El solo prospecto, me contó Manuela, hacía sollozar a Juancito en las noches.

Con el diploma de primaria colgando de alguna pared en su casucha de quincha, recogiendo en su marco telarañas y polvo, Juancito dio por terminada su educación formal y se dedicó a atender la tiendita que su madre tenía junto a la casa. En mis viajes domingueros a la playa de Caña Brava, me detenía en la tienda de Juancito, que estaba al pie del camino. Con tal de verlo y conversar con él un rato, le compraba plátanos verdes para hacer patacones, y le dejaba prestado algún libro, con la esperanza de que entre cliente y cliente se instruyese con la lectura. Así lo vi volverse adulto, sin ganar un palmo de estatura, en la misma rutina: oyendo cantadera en una radio vieja y despachando galletas, sin más prospecto en la vida que atender aquella tienda perdida entre el mar y el monte.

—Y qué, Juancito, ¿ya tienes novia? —se me ocurrió preguntarle un día.

Juancito, encaramado en dos cajas vacías de soda para alcanzarme un duro de rosa del congelador, no tuvo oportunidad de contestarme, porque un patán que estaba sentado bajo el techo de la tienda, tomándose una malta, espetó con una carcajada dura:

—¡Nada más María Manuela1!

La referencia a Manuela me hizo pensar al inicio que aquello era una burla porque Juancito todavía vivía con su madre. Pero luego la mano del tipo, agarrotada y moviéndose como un pistón, me hizo entender que se refería a otra cosa.

—Pajizo pero no yegüero —le disparó Juancito.

El tipo se rió un poco, y el enano lo miró de reojo, sin expresión discernible en el rostro. Me sorprendió la calma con que Juancito se enfrentaba a la sorna de comentarios como éstos. Creo que, resignado a aquella suerte, había desarrollado un cascarón grueso que lo protegía de la ponzoña de las burlas. Aunque sufrió estoico el comentario, igual me arrepentí de haberlo expuesto a tal dardo con mi pregunta. En el fondo, pensé, debe ser muy triste para él vivir solo, sin mujer o novia, ya mayor y todavía en casa de la madre.

Desde ese día lo vi a menudo caminando hasta la playa, con sus piernitas de chivo. Me imaginaba yo que iba a ver las muchachas desde lejos. Sentadito en la arena, se ponía a mirar hacia las olas, donde dos o tres de ellas jugaban a la pelota con sus altos novios. El viento le traería sus risas, tal vez sus perfumes, retazos de sus conversaciones coquetas. Se me ocurría, al ver cómo arrugaba los ojos, que el destello del sol en aquellas pieles mojadas, en los bikinis de colores, lo encandilaría y le daría —tal vez— algo para soñar aquella noche.

Para Juancito, contrahecho y no más grande que un tanquecito de gas, la vida era un deporte de espectador a una edad en que otros hombres están en plena cacería. Y eso, para un macho joven, es una tragedia. Me atormentaba la idea de que Juancito nunca montó a caballo, rabeó a una res, o enlazó a un ternero. Su cuchillo no capó nunca a un potro, ni su brazo molió caña en un trapiche. Su machete no tumbó monte alguno, su hacha no sometió ningún árbol. Jamás había ido a un baile, ni a una fiesta de toros en el pueblo. Su pecho no apretó a una hembra en un pindín, ni su mano sintió la tibieza de un seno sudoroso acunado entre los dedos. Incluso los placeres llanos del campesino eran frutas demasiado altas para Juancito. «Qué vida de mierda», pensaba para mí cada vez que lo veía en la playa, o que me detenía en la tienda a conversarle.

Así vivió Juancito por treinta y tantos años, al margen de todo, ignorado y rechazado, hasta una noche en que su vida cambió totalmente, por puro azar. La recuerdo muy bien, porque se armó un gran corrincho en varios pueblos cercanos. Estaba dormido cuando me vinieron a tocar la puerta los vecinos. Con tremenda gritería, me contaron lo que habían visto los pescadores: una luz enorme apareció en el cielo, viniendo de mar afuera, y con gran estruendo había caído en la costa. Campesinos en tierra la vieron venir desde la playa y precipitarse hacia los potreros. Algunos decían que había caído en Caña Brava, y querían saber el significado de aquel evento.

Salí con un foco de mano y un machete, acompañando al grupo de vecinos, dispuestos a buscar el sitio donde habría caído aquel objeto del cielo. A los pocos minutos, guiándonos por unos gritos que escuchamos en la oscuridad, encontramos un pedazo de potrero que estaba en llamas. Había un gran gentío, rodeando un círculo de fuego. En el centro, había una res muerta. Cuando alumbré al animal, vi que estaba quemado, y en el sitio donde debería estar la cabeza había un gran agujero en el suelo, como un pequeño cráter. Los restos de arbustos en derredor estaban tumbados hacia afuera, como rayos de una rueda.

Presintiendo que se trataba del impacto de un meteorito, me acerqué al agujero y le pedí a un campesino que hurgara con una coa para ver si encontraba una piedra en ese hueco. Buscamos varias horas en vano durante la noche, y regresamos el día siguiente a buscar más, pero no encontramos nada. Ya me había resignado a no encontrar el meteorito, cuando escuché algo que me erizó la nuca:

—Juancito er de Manuela tien’una piedra metía en la tinaja. Dice la mama que jué la que cayó der cielo anoche.

No esperé a escucharlo dos veces. Cuando llegué a casa de Manuela, había una multitud afuera, como en velorio de muerto grande. Me abrí paso entre los mirones, hasta el tinajero. Efectivamente, en el fondo de la tinaja, sumergido en el agua fresca, había un objeto negro, irregular, del tamaño de un limón grande.

Juancito apareció entre el gentío, con la mano derecha envuelta en una gasa manchada de yodo amarillo, y me contó lo que había pasado. Estaba sentado en el portal, oyendo la transmisión del baile de Ulpiano2 en Radio Reforma3, cuando vio un punto de luz que apareció entre las ramas. La luz se hizo grande y comenzó a moverse hacia abajo, y de pronto ¡plam!, como si hubiera caído una bomba en el potrero de Manuela. Juancito se fue con un machetito y una guaricha, y vio la vaca ‘escabezá’. Con el colin sacó del hueco la piedra esa. Se quemó la mano, porque la piedra estaba caliente. Por eso la tiró en la tinaja.

Durante los siguientes días, la casa de Manuela se convirtió en un sitio de peregrinaje de curiosos de toda la región. Juancito salió en la portada de varios periódicos, y recibió ofertas de personas que querían comprarle aquella piedra del espacio. Él, con una sonrisa, se negaba a venderla. Creo que fue para él un momento de gloria, saberse el centro de atención de toda la provincia, después de tres décadas siendo universalmente ignorado.

Fueron buenos tiempos para la tienda, pues los visitantes venían de lejos a mirar en la tinaja, y se tomaban una soda fría para refrescarse antes de volver camino arriba. Pero la fiebre pasó rápido, y así como vino se esfumó. Un nuevo disco de Samy y Sandra4, la proximidad de los Carnavales, y la actividad política por las elecciones cercanas desplazaron pronto la historia del meteorito en la prensa local y hasta en los bochinches de los vecinos. De la noche a la mañana, nadie hablaba del asunto. Juancito dejó de ser el centro de atención, y volvió a ser nada, el enano que vive con su vieja madre, ahora con una piedra en la tinaja.

En esos días lo vi más triste que nunca. El breve paladeo de la atención ajena lo había dejado goloso, y hacía aún más hiriente volver a la sombra. Entonces se me ocurrió algo. En algún libro había leído yo que el Museo de Historia Natural en Nueva York tenía la colección de meteoritos más grande del mundo. Sería bueno, pensé yo, agregar uno más a esa colección. Tal vez Juancito aceptaría el ceder su hallazgo a la ciencia ahora que las candilejas lo habían abandonado.

Como yo no hablo inglés, pensé que los científicos bilingües del Smithsonian nos podrían servir de intermediarios. Escribí al Instituto, describiendo la caída del meteorito. Adjunté varias fotografías de la piedra en la tinaja, y les di las generales de la casa de Juancito. No escuché respuesta directa de ellos ni del Museo en Nueva York, por lo que asumí que mi correo se habría perdido o que simplemente no les interesaba el asunto.

Hasta una tarde en que recibí una llamada. Un tipo con fuerte acento gringo se identificó como el doctor Griggs, geólogo del Smithsonian y se disculpó por no haberme llamado antes.

—En la carta no nos puso su teléfono, o lo hubiéramos llamado cuando fuimos a Caña Brava —me dijo.

Era cierto. El doctor Griggs me hizo un resumen de lo acontecido desde que envié mi nota. Ellos contactaron al Museo en Nueva York, que envió de inmediato a una representante a buscar el meteorito. Viajaron desde la capital hasta la casa de Juancito, y analizaron la piedra con un equipo especial. Como vieron que era efectivamente un objeto del espacio exterior, le ofrecieron mil quinientos dólares.

—Ese amigo suyo es un personaje —dijo, riendo.

—No me diga que no quiso vendérsela, doctor… —exclamé, pensando en la forma en que estrangularía a Juancito cuando lo viera.

Cuando el gringo terminó de reírse al otro lado del teléfono, siguió con el cuento.

—Sí, nos la vendió, pero con condiciones —dijo—. Nos hizo saltar varios aros de fuego.

En resumen, Juancito convenció a los gringos de que él estaba de acuerdo con venderles la piedra, pero que su mamá, Manuela, estaba muy apegada a ella. Así que pidió a Griggs llevar a su mamá a hacer un mandado a El Bijao, para mantenerla entretenida por un par de horas, mientras que él iba con la representante del museo a hacer entrega de la piedra en un cuarto de hotel, como lo habían pactado.

—¿Hotel? —pregunté, sabiendo que en Caña Brava no hay hotel alguno—. ¿Qué hotel?

—Creo que recuerdo el nombre —me dijo el gringo—. Se llama como una pieza de Liszt, Liebestraum, Sueño de Amor.

Sentí una corriente de sangre congestionarme el rostro. El Sueño de Amor no era un hotel. A menos que ahora se le llame hotel a aquellos sitios donde hay que apretar un botón para entrar, pagando seis dólares en una ventanilla para ocupar una habitación durante una hora. La idea de Juancito a solas con la gringa en aquel cuarto, mientras el doctor Griggs paseaba a su mamá, me dio escalofríos. «Con qué se habrá salido este enano del diablo», pensé, rogando que mi nombre no se hubiera asociado a cualquier barbaridad que Juancito hubiera cometido. Pero el gringo sonaba jovial.

—Su amigo, el Juancito, es de lo más gracioso —siguió el geólogo—. Me contó luego Katherine, la enviada del Museo en New York, que la hizo reír mucho. ¡Y eso que ella no habla ni una palabra de español! Cuando sacó la piedra del trapo, hizo como si estuviera caliente, y se la pasaba de una mano a otra gritando. Katherine se asustó, pero cuando él se la pasó, tras un grito de susto, ella vio que estaba fría y se rió mucho. Luego, cuando Juancito estaba contando los quince billetes de cien, se puso a saltar en la cama, como un niño. ¡Es muy gracioso! Hasta la invitó a comer pescado frito tras la venta. Eso fue hace como dos meses ya. El meteorito estará pronto en exhibición en el Museo.

Como las condiciones y la conducta de Juancito durante la venta me parecieron sospechosas, decidí visitarlo de inmediato. Tenía mucho rato de no verlo, porque habían empezado las lluvias y los caminos se llenaban de lodo. Era un domingo, recuerdo, y al llegar a la casa me sorprendió un grupo grande de personas, con billetes de un dólar en la mano, haciendo fila para entrar en la casa de Manuela.

—¿Qué está pasando aquí? —le pregunté a un tipo que estaba en la fila.

Lo reconocí como el mismo que, tomándose la malta, le había disparado aquella impertinencia a Juancito años antes. Con una sonrisa de escasos dientes negros, me respondió:

—Yo pensé que usté sabía, profe. ¿Se acuerda ‘e la piedra que jalló Juancito? Parece que ej milagrosa. La gente ‘ta veniendo de toj la’o a pedijle mercé.

Me asomé dentro de la casa. Vi a Juancito, con la radio en la oreja oyendo cantadera, y el ojo puesto en una batea al lado de la tinaja, rebosante de billetes de un dólar. Ni él me vio ni yo le hablé.

Regresé al patio y, como buen hombre de ciencia, le pregunté al tipo de los dientes negros qué evidencia había de que la piedra era milagrosa. Me contó que, hace como dos meses, Juancito tuvo un sueño donde la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores, muy venerada en Caña Brava, le había dicho que aquella piedra tenía el poder de conceder lo que se pedía con fe. Cuando Juancito lo dijo, nadie le creyó. Pero esa tarde lo vieron entrar en el Sueño de Amor con una rubia.

—¡Usté viera qué jembra, profe! Yo mesmito la vi.

Incrédulos al verlos entrar, como era de esperarse, alguno de los discretos y respetuosos vecinos de Caña Brava se las arregló para pegar la oreja a la puerta del cuarto. Escuchó risas de ambos, y chirridos de la cama, que borraron cualquier duda del milagro que estaba ocurriendo dentro de esa habitación. Para colmo, me dijo mi informante, ese mismo día se ganó Juancito la lotería: mil quinientos manducos. Un primitivo uso de la estadística, y el puro instinto, le hicieron saber a aquella gente que dos golpes de suerte como esos, en un mismo día, eran demasiado para ser coincidencia.

Siempre pensé que Juancito había nacido para sufrir. Todavía lo creo. Pero ahora entiendo que en la vida de todos, incluso aquellos con salud, siempre hay alguna fuente de sufrimiento. El dolor nos lleva a buscar respuestas en alguna parte. Yo la he buscado siempre en el laboratorio. Otros la buscan en la cruz. Aquel invierno, en Caña Brava, miles de campesinos sencillos la buscaron en una piedra metida en una tinaja, una piedra que dos meses antes había estado en el fondo de alguna quebrada, mientras que otra del mismo tamaño, tras flotar en el espacio por millones de años, reposaba en una caja de vidrio en un museo en Manhattan.

2008

  1. María Manuela: referencia vulgar a la masturbación, que juega con la semejanza entre mano y el nombre femenino Manuela. ↩
  2. Ulpiano: Ulpiano Vergara, acordeonista y cantante panameño de música típica. ↩
  3. Radio Reforma: emisora de Chitré, en la provincia de Herrera. ↩
  4. Samy y Sandra: Samy y Sandra Sandoval, dúo panameño de hermanos de la provincia de Herrera, conocido por la música típica y la cumbia. ↩

Confesiones en el cautiverio

a Rafael Ruiloba

Si confesamos nuestros pecados,
fiel y justo es Él para perdonarnos
y limpiarnos de toda iniquidad.

I San Juan 1, 9

¡Oh, grande Dios e Señor Nuestro que en aqueste mundo me avéis puesto! ¡Oh, Dios Eterno que coronasteis de gloria a Castilla e que mandasteis a sus hijos al otro lado de la mar océano! ¡Oh, Dios de derroteros ocultos e voluntad secreta! Escrivo estas confessiones, como Vuestro siervo que soy e para Vuestra alabanza, e las escrivo con presteza antes que se me acabe la vida e se me agote el tiempo, puesto quel aire no me sobra, e temo no le poder llevar a buen término si no es desta apresurada manera. Que fue Vuestra Divina mano, no lo dudo. Ella me condujo a este encierro de donde sé que nunca saldré. Ella, desde el principio de los tiempos, trazó mi suerte de tal guisa que hallassen mis días su final desta horrenda manera; e por aver sido ella e no el hado maldito la que definió ésta mi suerte, sé que no me veré privado de un lugar para mí en Vuestro paraíso, aunque quisisteis Vos que la muerte me hallasse estando en pecado. Sé que es desta manera, Creador del Mundo, sé que no debo temer por lo que acontescerá a mi alma; pero conozco, porque la he estudiado, lo que manda Vuestra palabra. E como no tengo en esta prisión un Pastor de Vuestra Santa Iglesia a quien confessalle mis culpas, para purgar e dexar en calma mi ánima, e aún más siendo yo uno, entregado a Vuestro servicio desque era un moçuelo hasta este día de mi muerte, lo quel coraçón me manda es que vierta sobre aquestos papeles todos mis pecados, que luego leeré en boz alta a modo de confessión, pidiéndoos perdón por ellos, para que todos los dichos pecados lo hallen ante Vuestra misericordia.

El primer pecado que deberé confessaros, ¡oh clementísimo Padre mío!, es quiçá el que más agravio haze contra los mandamientos de vuestra Santa Iglesia. Desta Iglesia deberé dezir que nunca he gustado della. A Vos os sirvo e alabo con amor, pero a ella la aborrezco como al demonio mesmo. Espero quella pueda hallar perdón ante Vuestros ojos, que todo lo ven e han visto los horrores e los agravios que en nombre de Vuestro hijo el Cristo se cometen por estas tierras, con el amparo de aquellos sacerdotes que aman al oro tanto o más aún que a Vos. Padre mío, mill crueldades se cometen en estas tierras contra los pobres indios, tan terribles que da horror verlas u oírlas contar, y el silencio que guardan los que dizen aver sido enviados en Vuestro nombre hiere el coraçón más que la espada o la flecha. La avaricia e cobardía destos religiosos, si bien no menoscaban Vuestro esplendor ante mis ojos, a la fin disponen muy mal a los indios para recebiros e amaros. Mas en esto tengo yo limpia la conciencia, e no es aquesto lo que confessar preciso. El pecado que confessaré es otro, uno que muchos pesares e remordimientos me ha causado. Ha martillado mi conciencia cada día, en cada missa, cada vez que me cubría con la sotana en los treinta e cinco años que llevo en aqueste santo oficio de sacerdote. Ingresé a Vuestro servicio por temor e no por fe. Yo sé que conocéis mis razones. Estaba asustado, e no vide más salida. Me ordené de sacerdote para evitar que mi cuerpo entero se transformasse en el de un demonio. Yo sé que no debí hazello si no sentía en mi coraçón la llama de Vuestro espíritu y el deseo sincero de entregarme a Vuestro servicio. ¡Oh, Padre misericordioso! Vos conocéis quántos sinsabores sufrí a manos de mi madrina que a todas horas me atormentaba e me perseguía gritándome que era yo una encarnación del mesmo demonio. Tantas vezes me lo dixo e tan seguido que creímelo como cosa muy cierta e gran verdad, e comenzaron con el tiempo a brotarme en la cabeça dos cuernecillos quando yo apenas cumplía los quinze. Los limé cada día con cuero de tiburón para mantenellos a ras de la cabeça, pero no cejó su crescimiento. Por esto me metí en el convento antes de tornarme entero en un demonio.

¡Pero sabéis que he aprendido a serviros bien, oh, gran Señor, pues mi fe en Vos es grande e soy temeroso de Vuestra ira! Me place ver lo que he hecho como pastor de Vuestro rebaño, pues he buelto al camino recto a muchas almas que estaban descarriadas, e a moros e judíos que no os conocían, e agora en estas nuevas tierras ansí mesmo he hecho con los naturales, que son mansos e bien dispuestos a recebiros e a obedescer la auctoridad de Vuestro Evangelio. Por lo questo no es lo que me remuerde, sino el aver pretendido en un principio escudarme en la sotana. Mas agora una dulce paz me inunda el alma porque sé que avéis escuchado mi confessión e me avéis perdonado, Padre mío.

Resta poco tiempo e faltan culpas por confessar. Recién llegado yo a estas tierras nuevas venido de Cádiz en una carabela, inicié junto a los pobladores la fábrica deste templo que agora me aprisiona. Lo edificamos primero que las casas e los puertos. Trabajamos reziamente hasta velle acabado, e hizimos un Te Deum para celebrallo. Entonces pudieron Vuestros fieles edificar sus casas e las demás cosas que hazían falta. Hay que ver las artes destos malagueños e sevillanos para edificar las moradas con sus jardines, e los fuertes, que en aquesto hasta parescen moros. Pienso yo que destos aprendieron a edificar los cristianos, e digo esto porque antes no se avían visto palacios tan hermosos e bien labrados como los questos moros hizieron. Ovo que derribar montes e árboles grandíssimos, e soportar muchas pestes e azotes de sabandijas extrañas. Ovo que soportar muchas lluvias, e véasse que en aquestas tierras llueve con unas tormentas de fuego e truenos quel mesmo infierno es más manso, e que los indios nombran huracán. Quando óvose acabado la fábrica de la villa entera, e se vido la merced de nombralle de alguna forma, yo me adelanté a proponer, e por esto es que me considero pecador, que se le nombrasse La Villa de San Longuiño, en honra e prez deste santo patrono de mi pueblo natal, Xerez de la Frontera. Confiéssome pecador de pecado mortal de amor proprio, porque mi parescer fue satisfacer mi apetito o capricho, e no como era justo, conviene saber, quel nombre que recibiesse la villa debía ser al gusto e según los deseos de todos los cristianos que en él trabajamos, pues yo también hize jornada con el resto. Los pobladores no aceptaron mi proposición, sino que cada uno determinó una propia e como no avía dos que de la mesma aldea o pueblo de España viniessen, acaeció lo que en Babel con la torre, salvo que en vez de lenguas diferentes lo que se confundían eran los nombres de santos patronos diferentes. Uno de Huelva le nombraba La Villa de San Geranio Virgen e Mártir, otro de Sevilla le llamaba La Villa de Santa Lucrecia de Miramar, e otro de Alcalá de Guadaira le llamaba La Villa de la Virgen de Cascarrosa, e avía uno de Moguer que le nombró La Villa de Santa Cafuné la Perjudicada, e otro más de Valverde del Camino que le quiso nombrar La Villa de San Tito de La Rabelo, questos son los que me recuerda la memoria. Ansí todos los restantes que eran más de cinquenta hombres, dixeron nombres diferentes, porque las mujeres no se atrevieron a dezir nombres por su boca sino por la de sus maridos. Ovo gran discordia e disgusto entre los cristianos, pues nadie quiso ceder e aceptar el nombre del otro. Si yo oviesse intercedido, si oviesse evitado las disputas, la desgracia que acaeció se avría evitado. En esto pequé grande e horriblemente, Padre, e por ello os pido misericordia, pues ni siquiera cejé en anunciar mi patrono San Longuiño en aquellos días de disputa. Confío en recebir Vuestro perdón, Señor, porque soy arrepentido.

Como no se llegasse a un acuerdo, se desató tal batalla entre los cristianos que de pura rabia destrozaron el pueblo, conviene saber, derribaron las casas, picaron con açadas los caminos e pegaron fuego a los montes sembrados, a los techos caídos e a los puertos. Ardió la villa entera, destrozándose en horas lo que nos avía tomado muchos meses de trabajos tan pesados que no son dignos ni de esclavos. Sólo el templo que para Vos edificamos quedó entero, e con ello supieron los cristianos que su Dios avía mirado desde el cielo el mal que todos avíamos hecho, e se refugiaron en este templo, pidiéndoos perdón por tan malas obras e ciego proceder. Yo os rogué perdón entonces e os lo buelvo a suplicar agora, por ser mi culpa más grande que la destos pobres hombres pues yo soy un servidor de Vuestro nombre e me porté como un niño soberbio e mal criado, olvidándome de mi sagrado oficio de pacificador. Arrepintiéronse muchos e muy hondamente. Al día siguiente empezamos todos juntos a edificar nuevamente el pueblo; he aquí que ovo mucha e muy grande alegría en hazello, pues cantamos e nos gozamos mucho trabajando juntos, como buenos cristianos, con ayuda de los mansos indios que avían mirado con horror las llamas e las disputas. Ansí tornamos a edificar el pueblo, quedando aqueste muy hermoso, más grande e bien dispuesto que antes, con caminos más anchos e casas más bellas, altas, bien hechas e mejor adornadas. Óvose una gran alegría entre todos los cristianos al ver el pueblo otra vez en pie, e no ovo más disputas sino armonía, pues avían aprendido a cuidar la paz, aviendo pagado tan caro precio por perdella. Confío, Padre santo, que me avéis escuchado e perdonado tan terrible pecado; ansí lo siento yo pues me refresca una tranquilidad e un sentimiento de paz agora que lo he confessado, sabiendo por esto que me avéis librado del castigo que merecía mi afrenta a Vuestra divina voluntad.

Agora me paresce, Señor e Amo mío, que hay pecados danzando dentro de mi cabeça; que deliro e veo más pecados de los que en verdad tengo, pecados que me pican el entendimiento e la lengua, para que los lance al mundo e os pida perdón por ellos. Ha de ser la muerte que se me llega o el aire que se me acaba, lo que me confunde e me atormenta más de lo debido. Confieso aquí uno que no he certeza si sea pecado, mas no quiero que por dexar de confessallo se vaya mi ánima entera a arder en el infierno. Juzgad Vos, Padre mío, si es en vano o no confessallo, que si fuere pecado redundará en beneficio de mi alma el avello confessado, e si no lo fuere no avré perdido nada sino el aliento que en escrivirlo usare. Este pecado es que yo yazco aquí en esta bodega, llena de tesoros, e afuera han sido muertos a manos de los piratas niños e mujeres cristianas, almas inocentes que merecían vivir. Razonaré con sosiego y escriviré con priesa lo sucedido sin nombrar las menudencias por no alargar mi discurso, pero confesándoos mi pecado e las razones que me hizieron discurrir desta manera, e ansí Vos juzgaréis con la Vuestra inmensa sabiduría.

Ovo merced nuevamente de nombrar de alguna manera la villa que avíamos edificado. Como el hombre es un animal, más vezes yerra que acierta, mas no lo es tan bruto en grado de errar dos vezes de la misma guisa. Acordaron todos los cristianos otorgarme a mí la tarea y el privilegio de nombralle a mi talante, por ser yo el clérigo e por corresponder por tradición estas tareas e oficios de dar nombres a los que son religiosos. Estaba en buen punto el pueblo, e todos esperaban felice suceso. No le quise nombrar yo La Villa de San Longuiño, e más de uno esperaba que lo hiziere; en cambio, oré pidiéndoos guía e me vino un pensamiento que me pareció maravilla: le nombré La Villa de Los Santos, e determiné bendecir el pueblo e celebrar la fiesta el día primero de noviembre desse año, que era el de mill e quinientos e sesenta e nueve, día que a la sazón distaba unas pocas semanas, por ser el dicho día la fiesta de Todos Los Santos. Todos vuestros fieles lo tuvieron a bien, pareciéndoles aquesta una decisión digna de Salomón, pues ansí todos los santos patronos de todos los pequeños pueblos de España e del mundo entero eran honrados, evitando las disputas futuras. El pueblo creció e prosperó con ligereza, llevado de Vuestra mano, de tal modo que en poco tiempo avíase tornado en un punto de comercio e de bastimentos, e puente de passo para muchas e muy maravillosas riquezas que a España se enviaban, sangradas destas tierras como de una llaga abierta, porque esta tierra es riquísima en tesoros e maravillas. Este tránsito de oro e de otras cosas de valor era cosa de ver, ansí como el de indios para ser usados de esclavos que a ratos se hazía, precioso el primero aunque manchado de sangre, e horrible el segundo a todas luzes. Un día se oyeron en la villa nuevas venidas de la población que llaman Nombre de Dios, de que unos corsarios o piratas andaban cerca de aquellas costas, e por este caso, en viendo las barbas ajenas arder, y en previendo que nos acometiessen, nos juntamos en cabildo el alguacil, el governador de la villa, que es hombre de mucha fe, el veedor de los tesoros e yo, acordando hazer una bodega debaxo de la losa de la iglesia, para guardar los tesoros que se encontraran por ventura en la villa al momento que acometiesse uno destos piratas que he referido. El que se veía venir era uno que nombran Dreic o Drake1, feroz e implacable, que rondaba mar adentro las aguas del Norte, e que hizo gran estrago e daño en Nombre de Dios. Si en la villa se perdían aquellos tesoros que de passo estaban, los rescatadores de oro perderían la confiança e buscarían otro punto para cruzallo al otro mar, e los piratas con la dicha de la primera acometida, acometerían a menudo. Pero si no hallaban cosa de valor en el asalto, no acometerían de nuevo e prosperaría el pueblo. Hízose la bodega, pero lo más en secreto que se pudo, pues es usanza destos piratas dalles tormento a los cristianos para sacalles las verdades, e a los que la vieron se les dixo que era para enterrar unos muertos. Sólo quatro hombres conocimos el verdadero menester de la bodega; ni siquiera a este gran servidor de Vuestro nombre e defensor de Castilla, el teniente Manuel Josef de Pérez e Delgado, se le confessó el propósito desta bodega; e hasta los moços que cavaron creyeron ser lo de enterrar unos muertos la gran verdad. Ahora es mi cuita el ser cierta la mentira aquella.

Acometió, como previmos, el pirata a los pocos años de aver hecho la bodega, e ovo gran espanto e correría. Quando entraron al pueblo con armas e gran escándalo, se dio la orden a los mancebos que mudaban de lugar el tesoro para que lo llevassen a la iglesia; en quando llegados los baxamos a la bodega los quatro hombres que ya he dicho, que no los moços que lo truxeron de afuera para que nadie más supiesse dónde estaba e no les dieran tormento los piratas. Saquearon e pegaron fuego los corsarios a algunas casas, buscando el oro. Como no le hallassen, encerraron a todos los cristianos en la iglesia, con condición que los dexarían ir después que entregassen el oro. En este punto yo hablé con el alguacil en secreto de que me escondería en la bodega a reçar e a esperar el fin de la acometida, pues más haría el poder del Altísimo que las armas de los hombres en esta desgracia, e me baxé a la bodega. Escuché tiempo después gran ruido de gritos e de puertas rotas que cesó pronto, e hasta agora no escuché ninguna otra cosa. Creo por esto que los ladrones avrán sacado a los cristianos, e que, en aviendo una revuelta, murieron algunos valientes, contando a los que conocían de mi encierro, porque no he tenido noticia de ninguno en casi tres días. He aquí lo que no sé si pequé en hazer, conviene saber, aver preferido proteger el oro e las demás riquezas, pensando en el provecho del pueblo, en lugar de amparar a las mujeres e los niños de la acometida. Aquí no avría aire para todos, ni manjar alguno, ni lugar para verter aguas; más bien oviera sido una sentencia de muerte, pues no me han rescatado aún y ellos oviessen perecido conmigo. Por esto lo dexo a Vuestro juicio, Padre, e os pido perdón si os ofendí con ello, e doy por limpia mi ánima.

Otro pecado hay que precisa ser confessado e lo confessaré presto, sin recelos, pues en la palabra se lee que Vuestra misericordia es infinita e que perdonaréis mill vezes a quien os ofende si el arrepentimiento es sincero. Ya hemos mi vela e yo consumido gran parte del aire questa bodega almacena. Ya lo siento corrompido. La muerte me ronda. Muy difícil se me haze confessar lo que agora me resta. Pero confesarelo para morir en paz, e para habitar con Vos eternamente en Vuestra gloria. ¡Qué grande pecado es éste, e qué delicioso! Que no en balde es pecado.

Viajaba yo de mi tierra natal, Xerez de la Frontera, con rumbo a Cádiz para entrar en un convento de Frailes San Longuineños, en donde me prepararían para el sacerdocio, e decidí hazer noche en una taberna junto al camino, en la Isla de León. Apeéme, pedí posada e algo de cenar, e quisisteis Vos, Señor, que yo la viera. Desde esse momento ella quedó impressa en mi memoria. Aún agora me paresce que haze un instante dexé de vella. Cerré mis ojos e baxé el semblante: no quería miralle. Pero los abrí de nuevo e lleneme en su hermosura. Diome de comer e de beber, e me miró a los ojos. Era como un ángel. No sé si tendría catorze o quinze años, pero era moça aún muy tierna. Yo estaba en vísperas de entregaros mi vida por completo, e no avía conocido mujer. Acabada la cena, me llevó al cuarto donde me hospedaría essa noche. Mis ojos necios no avían dexado de velle, y ella hazía lo mesmo; avía algún sortilegio o encantamiento que nos unía e nos acercaba en el silencio. Algo más allá de lo que puedo explicar. En el cuarto, quando ella hazía oficio de moça de taberna, tomé su mano e me miró asustada. Le dixe que no la avía visto nunca e que no sabía siquiera su nombre, pero que sentía conocella de siempre. Ella callaba. Tomé su otra mano e seguí mi natural. La besé sin saber lo que hazía y ella aceptó mis besos. Pero al momento me detuvo, pues su padre notaría su ausencia, porque era hija del tabernero. Después de la media noche, ella regresó a mi cuarto. Abrió la puerta, caminó hasta donde yo yacía, se acostó a mi lado e pecamos, Padre, pecamos toda la noche. ¡Qué dulce, divino pecado! ¡Delicia de perdición, plazer divino!

Essa mañana partí de la Isla de León e llegué a Cádiz a la tarde. Ingresé al convento e me consagré a mis santos estudios. En quatro años, después de crecer en cuerpo y espíritu, preparándome para mi ministerio, se me fue encargada una capilla en un pequeño pueblo de las cercanías de Cádiz, aquel mesmo en donde quatro años antes avía yo hecho noche e dormido en la taberna, e se me mandó vivir allá. Ahí estaba ella, en todo extremo hermosa. La vide cada domingo en la última fila de la iglesia, rebozada con un velo blanco sobre sus cabellos de oro. Aún entonces tenía menos de veinte; cantaba en la missa y escuchaba mis sermones, sin maliciar de quién yo era. Entonces despertó la llama que dormía en mi pecho. Baxo mi sotana de sacerdote respiraba un hombre. Los recuerdos de aquel encuentro me asaltaban cada noche. No tuve paz, Señor, hasta que fui una tarde a la taberna a buscarla. Su padre me recebió e me atendió como a un príncipe. Me sentó en una mesa e llamó a su hija, mandándole que me truxesse lo que me placiesse. Sé quella me reconoció pues un vivo rubor bañó la nieve de su rostro. Díxele al tabernero que hazía falta en la ermita los buenos oficios de una moça joven como su hija e que por esto le visitaba. Le pedí que le permitiesse ir algunas tardes a la capilla, si esso no le molestaba. Él accedió gustoso. La tarde siguiente, la moça llegó a la capilla. Un estremecimiento me recorrió quando le abrí la puerta e le vide de frente. La abracé por la cintura e cerré la puerta. La miré, Señor, e sus ojos de miel se apoderaron de mi razón. Mi espera llegó a su fin. La besé como el sediento bebe el agua en el desierto, busqué su cuerpo como el pecador busca Vuestro perdón. E pecamos, pecamos juntos hasta que murió la tarde e las estrellas despuntaron. Entonces, ella partió; pero bolvió algunas tardes por mes, durante los dos años que permanecí en esse pueblo. ¡Dios de dicha, que me enseñastes a amar en cuerpo e alma a essa mujer divina, sin dexar de amaros e de serviros! Otorgasteis al hombre, sobre los demás animales, la facultad de pecar. No me culpéis. Obedecí los movimientos del coraçón que Vos me distes. ¡Padre, qué pecado es no pecar!

Al cabo destos dos años, determiné partir hacia las Indias Occidentales, pues la gente murmuraba e dezía malas cosas. No le he buelto a ver, pero aún la echo menos. Era mi compañera, hazía mi vida alegre e hermosa. Vos sabéis quella, muy lexos de entorpecer mi santa labor, me hazía un hombre más fuerte e de provecho. Pero los cristianos no entienden lo que yo siento, pues creen que la virtud está en la abstinencia quando en verdad está en el coraçón. Entrambos ovo algo de magia e de paraíso, y esso no puede ser pecado; nuestro amor era casto por ser sincero. Otros pecan contra Vos con el pensamiento, pues la sotana no ata la mente e piensan mill lujurias. Yo la amaba sólo a ella, fiel e secretamente, e la amaba en espíritu y en carne. Pero la lengua del vulgo hiere más que la espada, por esso partí e me alejé della. No sé qué será della e de su ánima, pero os pido que la tengáis con Vos. Hasta hoy, el día en que la muerte me ha acorralado entre sus garras, la sigo amando.

Hazed gala de misericordia con este servidor Vuestro que nunca deseó ofenderos, e dispensad mis pecados, recebiendo a mi alma en Vuestro reino eterno. En tranquilidad e reposo dexo a mi ánima; ya no me inquieta ni me angustia la conciencia porque me he confessado y estoy en paz con Vos, Padre e Dios mío.

Agora me dispongo a recebir la muerte, pues no ha de tardar.

Una última merced quiero pediros, Señor, y es que no me abandonéis hasta que mi espíritu se halle libre deste cautiverio, e que me permitáis hazer una buena muerte en aquesta condición e cuita en que me encuentro, encerrado vivo en una tumba de oro e soledad que yo mesmo cavé, aliviando mi dolor e mi coraçón acuitado, en nombre de Vuestro hijo el Cristo e de los pobres pecadores que en su nombre recorren estas tierras e costas espléndidas que sólo a Vos os pertenescen.

1995 (2026)

  1. Se sabe que el Pirata Francisco Drake recorrió toda América desde Tierra del Fuego hasta California, navegando muy cerca del Archipiélago de las Perlas y de las costas Pacíficas de Panamá, durante los años 1578 y 1579. ↩

Cuando florece el macano

Al fin había terminado. Rápidamente se colocó la canasta sobre la cabeza, se dio media vuelta y se fue, dejando atrás a la vieja Cata, la cual, entre marañas de espuma y pilas de ropa empapada, seguía lavando en el río.

Magalis había sido extraordinariamente rápida hoy, como si tuviera algo muy importante que hacer. La señora estaba intrigada, su instinto le decía que algo se traía la muchacha entre manos. Pero ocultó su curiosidad tras el manto de su cautela, y la vio alejarse en silencio, subir el barranco y perderse en la vereda.

—¡Qué vaina! Es por gusto. Ojalá que no le pase ná'. Si me hiciera caso, si se dejara de hacer esas vainas que hace. ¡Como si tó' fuera juego! Le va a pasá una vaina por pendeja.

La vieja baja la cabeza, se aparta de la cara un mechón de pelo y frota vigorosamente la ropa sobre un madero.

El sol inclemente del mediodía da paso a una brisilla fresca de verano que desgaja susurros de los árboles y barre los polvorientos caminos.

La muchacha camina ansiosa, arde en su alma el deseo de practicar lo prohibido, de conocer lo oculto, de develar los secretos que hay tras el bien y el mal. Lleva entre su ropa el papel que 'ña Lucrecia le diera esa mañana en el pueblo, lo que ella tanto había esperado, el reto mayor. La doña tan sólo le dijo que lo usara con cuidado y que no le dijera a nadie de dónde lo había sacado.

Por fin podría obtener todo lo que quisiera, todo lo que se le antojase, hasta sus más mínimos deseos. Una amplia sonrisa se dibuja en su rostro. Acelera el paso. El corazón le danza en el pecho arrastrado de un lado a otro por sus ilusiones, su mente se pasea por el universo de posibilidades que divisa en su futuro.

Sus pies descalzos se tiñen de rojo y el polvo que levantan se le enreda entre su falda. A su paso, unos cuantos ancianos, que descansan en sus taburetes reclinados sobre las puertas, la siguen con la vista. Conversan entre ellos. Saben lo que la muchacha hace y no les gusta para nada. La vida les ha enseñado que hay cosas que se deben respetar, cosas con las que no se puede jugar. Sus profundos y grises ojos han visto muchas cosas malas, inexplicables. Sus canas nos hablan de tiempos lejanos, de cuando la luz eléctrica aún no inundaba las noches, de cuando, al caer el sol, se liberaban miles de espantos que rondaban entre las sombras, cuando el viento era silampa y los capachos, tepesas. Sus corazones frágiles recuerdan el respeto y el terror que sintieron siempre hacia lo misterioso. En sus mentes se confunden los espantos y las santerías, formando un todo oscuro y peligroso para ellos. Pero no para ella...

Desde pequeña, cuando a la luz de una guaricha, en la casa de quincha de su mamá Doña Chela se reunían todos los muchachos de los alrededores a escuchar los cuentos que Chela y Cata contaban, cuando de sus labios brotaban inagotables historias de muertos, espantos, apariciones y brujerías, Magalis era la única que se reía de ellas, pues los demás chiquillos, con los ojos abiertos y los corazones acelerados, se estremecían con cada pequeño ruido, hasta con el de una hoja que el viento moviera. Ella no temía quedarse de noche sola en la orilla del río, a pesar de lo que su madre pudiera decirle, pues para la niña la tepesa no era más que un invento de la gente.

Los duendes, brujas y chivatos corrían la misma suerte, pues con su espíritu rebelde, Magalis los invocaba en medio de la noche, los llamaba con toda la fuerza de sus pulmones, los invitaba a aparecer, pero nunca pudo verlos. Por eso se burlaba de sus amigos y, de vez en cuando, se escondía entre los matorrales y cuando veía pasar a alguno de los que vivían con ella por el río, les saltaba encima aullando como loca. Y entre las risas de ella y las maldiciones de su víctima, crecía su escepticismo día con día.

Más de una vez arrancó plegarias de las bocas de sus vecinos, por dejar platos con ceniza y guayabas para atraer a la tulivieja a la puerta de su casa, o por bañarse de noche en el río, el lugar favorito de las abusiones. Ella quería demostrar que todas esas cosas eran tonterías, cuentos sin sentido que no deberían preocupar a nadie.

Como para ella, al igual que para el resto de esta gente, todo lo que encierra en sí algo inexplicable o misterioso es envuelto en el velo de lo prohibido, no dejaba de sentir cierto placer al romper este velo y mostrar a todos que ella no teme al mal que tanto terror causa en los demás.


Una cosa siguió a la otra. Nadie sabe cuándo ni cómo, pero un temor pequeñito brotó en ella, una repentina toma de conciencia, un súbito escalofrío se apoderó de su valor y la hizo cambiar su forma de ser. Hace unos meses que Magalis dejó de ser la muchacha burlona e incrédula. Algunos dicen que le salió el chivato, otros alegan que fueron duendes que se la querían llevar.

Lo cierto es que el desconcierto no se hizo esperar esa noche, cuando se escuchó un espantoso grito en el río. Segundos después llegaba Magalis a su casa, aterrada, desnuda, bañada en sudor y en llanto, y balbuceando agitada, entre el murmullo de los vecinos que la rodeaban.

—¡Lo vi, lo vi! ¡Casitito y me lleva, carajo!

Pero el tiempo pasó y el suceso quedó en el olvido.

Tan sólo ella nunca lo olvidó. A su enorme confusión de los días siguientes le siguió una creciente obsesión por cubrirse de amuletos y otros objetos que la pudieran proteger contra posibles males y embrujos.

Poco a poco fue entrando en el mundo de la santería, de las limpiezas de espíritu y todo lo que dichas cosas traen consigo. Fue entonces cuando conoció a Doña Lucrecia. La doña tenía fama en el pueblo por hacer trabajos de santería para aquéllos que la necesitaran. Magalis aprendió de ella algunas cosas y, al tiempo de conocerla, le habló de lo que le sucedió esa noche en el río. Le contó lo que vio y la vieja Lucrecia le dijo:

—Te está buscando, Magalis, y te va a encontrar. Es mejor que tú lo llames antes de que él te halle.

Y desde que la vieja le dio el papel esa mañana, difícilmente pudo ocultar su ansiedad por leerlo y ponerlo en práctica. Siente esa misma alegría que sentía de niña al asustar a sus amigos; el placer de ver el misterio desvanecerse ante sus ojos y comprobar que más allá no hay nada.

Sólo que, en esta ocasión, sí hay algo, algo muy grande y poderoso. Por eso su sangre le arde en las venas y aguarda ansiosa el momento en que, al fin, el poder sea suyo, sólo suyo.


Anochece. El sol furtivo corre tras los montes, arrastrando su manto rojo, naranja y violeta. Los cerros se esfuman y dejan su vacía y negra silueta bajo el cielo en llamas, mientras que, al otro lado, entre el negro creciente de la noche, se asoma tímidamente la luna encendida como una concha de nácar, sobre el paisaje de tejas y árboles del pueblo lejano, y sigilosa se eleva en el cielo.

Miel de luna, espléndida y celeste, que goteando poco a poco con su brillo de plata, corre por las paredes del negro cielo y escurre hasta la tierra; baña las nubes, los árboles frondosos, los ríos y los caminos, endulzando, generosa, la simpleza de la noche.

La noche sueña fresca y callada, arrullada por el interminable cantar de los grillos y el casi imperceptible murmullo de las aguas del río, y mecida por la brisa que corre juguetona entre montes y llanos, llevando consigo olores de jazmín y de cananga, envueltos en los sueños y las esperanzas de la gente que trabaja esta tierra.

Indiferentes, como la brisa, corren lentas las horas.

Magalis, tendida sobre su catre, mira cómo la luna llena, espléndida como un sol se cuela entre las tejas de su casa y cómo lentamente se encumbra en el cielo.

Siente miedo. Ya no es tan fuerte como antes. Quizás sólo es menos tonta. ¿O será más tonta? Su alma se estremece como la llama de una vela, en la que arden sus pasiones mientras se consume su razón. Por momentos quisiera olvidarlo todo, pero una extraña fuerza interna la impulsa a seguir adelante, esa misma fuerza que toda su vida la había arrastrado por los campos de lo prohibido, por los oscuros abismos del temor y que la había hecho salir siempre airosa.

Pero ahora estaba frente a algo mucho más grande, demasiado grande para ella, pero al alcance de su mano, tan cerca de ella como aquella noche en el río. Eso sí que estuvo cerca. ¡Demasiado cerca!...

Ahora lo recuerda. La noche poblada de estrellas, el río fresco y torrentoso, el agua deslizándose sobre su piel, y la reconfortante sensación de separarse del resto de los mortales, la serenidad y ese inmensamente cautivante y sedante éxtasis que produce la unión con la naturaleza.

—¡De aquí no me saca ni el diablo mismo que venga!

Y como si fuera ésta la gota que desbordara el vaso o el llamado que desbocase toda la furia del mal, lentamente, y con la fuerza creciente de un volcán en erupción, se revuelven las aguas y se desata el viento, arrastrándola con fuerza río abajo, donde una luz roja, intensa y humeante palpita sobre las aguas.

La verdad es que se salvó de milagrito. Todavía ahora se le acelera el corazón cuando lo recuerda. Si no es porque se agarró bien fuerte de las raíces desnudas de un árbol de mango se la hubiera llevado el diablo.

Por eso es que ahora le da miedo llamarlo, aunque 'ña Lucrecia le dijo que no había que temer si se le invocaba bien. Pero ¿si no es verdad, si se la lleva? Bueno, tiene que arriesgarse.

Rápida, pero silenciosamente busca el papel que esa mañana le dieron, y caminando en puntillas sale de su casa. Con una linterna alumbra el arrugado y casi ilegible papel, tratando de descifrar su contenido.

—Vamos a ver... «Yo te invoco, espíritu infernal. Reclamo tu presencia, ven a mí. Escucha mi petición y concédeme lo que te pido. Recibe mi futuro y dame otro presente. Ven a mí.»

Un fugaz escalofrío le recorre el cuerpo. Traga fuerte. Recuerda a la vieja esa mañana, sus consejos y sus advertencias. «Al borde del río», le dijo. Bueno, eso no será muy difícil, aunque a ella le da un poco de miedo desde esa noche. «Sin ropa, porque las costuras en cruz lo ahuyentan», con razón se le apareció esa noche, como estaba en cuera. «¿Qué más? ¡Ah, sí!, a la media noche, con luna llena». Este es el momento, no hay tiempo que perder.

Con pasos menudos y mirando nerviosamente en todas direcciones camina hasta alcanzar el borde del río. La noche es profunda y clara, trae en la brisa el olor a monte y la frescura del sereno.

Se desnuda. La noche dibuja en su cuerpo sudoroso destellos de luna, dejando adivinar su delicado contorno. Avanza lentamente hasta sumergir sus polvorientos pies en el río. Una leve sonrisa aparece en su semblante. Quizás piensa en la cara que pondría su madre o en la cantidad de cruces que se haría la vieja Cata si la vieran. Seguro le gritarían: «¿Qué es lo que tú te has creído?» o le bajarían todos los santos del cielo. Tal vez se imagina lo ridículo que les parecería a sus amigos lo que está haciendo, desnuda a media noche en el río, a punto de vender su vida. O en lo decepcionado que se sentiría el Padre Conde si se enterase. Eso es lo último que él se esperaría de una de esas inocentes criaturitas que en sus manos escurrieron agua bendita sobre la pila del bautismo, o recibieron la comunión en alguna de sus misas o novenas.

Un grupo de blancos revoloteos de luz coronan sus pisadas sobre el reflejo de la luna. Sigue avanzando. El agua fría poco a poco va cubriéndola, envolviéndola, embriagándola. El momento ha llegado.

Eleva en su mano el papel, y se hunde por un instante en las refrescantes aguas del río.

La brisa le hace sentir un frío increíble, que surge desde los huesos y le hiela la sangre, su cabeza palpita por dentro, su respiración se entrecorta, y de su boca brota el llamado fuerte y penetrante.

—¡Yo te invoco, espíritu infernal!...

El corazón le salta en el pecho con tanta fuerza que su voz se le atraganta en la garganta, su respiración se hace honda y ansiosa.

—Vamos, debo hacerlo, tengo que hacerlo —y otra vez su voz se eleva más allá de los barrancos—: ¡Reclamo tu presencia, ven a mí. Escucha mi petición y concédeme lo que te pido. Recibe mi futuro y dame otro presente! ¡Ven a mí!

Su eco se pierde entre las palmeras y el mismo inmenso silencio que reinó minutos antes, volvió a invadir el lugar. Magalis busca ansiosa entre las sombras la respuesta a su llamado, pero la quietud del cuadro nocturno es rota únicamente por las pencas ondeantes de las altas palmeras del borde del río.

Inútilmente, contiene la respiración unos instantes mientras intenta descubrir entre los ruidos de la noche algo que delate la presencia del demonio.

Nada. Tan sólo el murmullo de las aguas, el eterno canto de los grillos y el suspiro de la brisa entre las hojas.

Confundida por los resultados de su conjuro, o por la falta de ellos, menea la cabeza como tratando de entender lo que pasa. Ella hizo todo lo que le dijo Lucrecia. Quizás no gritó lo suficientemente fuerte.

—¡Ven a mí!

El grito ensordecedor hace vibrar los barrancos y se pierde tras los sembrados de sandías y melones. Pero como si la noche se tragara inevitablemente su voz, el mismo silencio impenetrable la envuelve por completo. Se siente sola, inmensamente sola.

Por un instante se contempla a ella misma. Puede ver cómo ante sus ojos se desvanecen las ilusiones de su futuro, los sueños que en su corazón había sembrado se marchitan velozmente. Se siente engañada. En su mente aparece la imagen de Lucrecia, con sus dientes negros y su cara achurrada, riéndose de ella; la de su madre, la de Cata, la de sus vecinos, y hasta la del mismo diablo, burlándose de ella, ¡de ella! cuando es ella la que se debe reír de ellos, pues ellos son los tontos, los que viven temerosos. Un gran odio se agiganta en su pecho.

—¿Qué, no vas a aparecer, maldito? ¡Pues no te burlarás de mí!

Maldito diablo. ¿Cómo se atreve a dejarla plantada, esperándolo? Se aparece cuando no lo llaman, y cuando lo llaman no llega. Eso es insoportable. ¡Nadie se burla de ella! Que se quede con su poder si quiere, pues ella no lo necesita.

Enfurecida sale del agua, y se viste apresuradamente.

—¡Por mí, púdrete con todo y tu infierno, desgraciado!...

Y mientras corría llorando de rabia hacia su casa, la luna continuaba, serena e ignorada, su viaje por el cielo.


Ella lo siente. Ahí, al borde del río. El agua fresca, el río verde como guarapo, la brisa alegre y juguetona, los mangos, las palmeras y el cielo puro y azul. Y el sol fulminante del verano. Ese es el problema, el sol. No puede ser de día. Debe ser de noche. Pero ella lo siente, lo ve, lo respira, lo desea.

El momento ha llegado.

Súbitamente el sol se transforma en luna, el día en noche, y el mundo entero calla. Un impenetrable silencio envuelve el lugar. Y ella, desnuda en la desnudez de la noche, serena con la serenidad de la luna y altiva en la altivez de las estrellas, eleva sus manos en el aire.

—¡Ven a mí!

Y tras su voz que recorre de canto a canto el cielo, en respuesta inmediata a su llamado, se estremece la tierra, se nubla el cielo y de las aguas hirvientes del río, entre vapores, destellos y llamaradas, surge él, enorme, majestuoso, pero temible y poderoso, tal como ella lo imaginó.

Ella le teme, es cierto, pero es más su curiosidad. Quiere verlo de cerca, conocer esa figura enigmática que vive en las tinieblas y que es tan temido por su gente. Después de todo ella lo llamó, y de ahora en adelante lo tendrá siempre cerca, así que debe acostumbrarse.

Paso a paso va acortando la distancia que los separa. Ahora lo ve mejor. No parece tan malo, y no es nada feo. Es más bien guapetón. Y con un aire de gran señor que impone respeto.

Ya estaba ella acercándose demasiado cuando él, con su voz de trueno, le dice:

—¿Me querías?, ahora me tienes. Te otorgo mi poder. Podrás controlar el bien y el mal a tu gusto. Pero un día vendré por ti. Cuando el macano florezca te buscaré y te llevaré conmigo, para siempre.

El demonio lanza una carcajada tan espantosa que la muchacha, aterrada, intenta huir. Pero es muy tarde ya. Está paralizada. Siente cómo se eleva en el aire, arrastrada con fuerza hacia él. Lucha desesperadamente por bajar, por agarrarse de algo, de lo que sea, grita, patea, llora, pero todo es inútil. Está completamente a su merced.

Pero justo cuando cree que es su último instante de vida, él, inexplicablemente la toma por los hombros y la sacude violentamente.

—¡Qué es lo que te pasa! ¡Despierta!

—¡Suéltame, animal infeliz!

—¡Que despiertes, muchacha!

La pobre abre tímidamente los ojos y contempla, asombrada, la cara redonda de su madre, quien asustada, le grita que despierte.

—¡Me vas a matar de un susto, Magalis!

Pero ella no contesta. No tiene palabras. Y mientras respira agitadamente, siente cómo el corazón da tumbos en su pecho y cómo lentamente le vuelve el alma al cuerpo.

Sudorosa y aún sin palabras, se abraza fuertemente a su madre, que la mira con esa expresión de cariño infinito que sólo las madres son capaces de dar.


Amanece. El sol, poco a poco, se asoma entre los tejados y calienta suavemente el aire fresco de la mañana.

Rumores de gente que despierta; de puertas que rechinando y crujiendo, se abren de par en par; repicar de campanas sonoras, lejanas; olores a café, a yuca sancochada, a guiso con carne y a tortilla changa; sensaciones que ruedan por las aceras y que, inundando las calles, bautizan el nuevo día y dan vida al solitario paisaje.

Vendedores arrastran sus carretillas repletas de verduras, frutas y carnes, y anuncian, gritando, sus mercancías.

—¡Sí hay tomate, papas, cebollas. Sí hay!

—¡Pescao, pescao!

—¡Yuca, a cinco reales la yuca!

Magalis camina alegre por el pueblo, joven, galana y hermosa, con una cinta roja que le recoge en una trenza su cabellera negra, y con su rostro radiante como el sol.

—¡Pargo rojo fresco!

—¡Huevos, a dólar la docena!

—¡Caaamarone, camaroneee!...

Se desliza entre la gente y los vendedores, que la miran de reojo con una extraña combinación de respeto, temor y deseo. Recorre los puestos y las fondas mirando, tocando y comprando a veces una libra de esto o dos paquetitos de aquello, y uno que otro pedazo de lotería. Pero siempre sonriente, así como sonríen los pájaros al cielo o la luna a la noche.

—¡Bollo chango. A cuara los bollos!

—¿A cómo vende los tomates?

—Son a ocho reales la libra, linda.

Cerca de allí, en un limpio de un patio, unos niños juegan con trompos.

—¡A que te lo bailo en la mano!

El niño lanza, con un latigazo de su mano, el trompo por el aire. El trompo, girando como un torno, vuela por un instante y cae sobre la mano del chiquillo, que lo balancea y lo pasea frente a sus amigos. Sus carcajadas se esparcen por el patio.

Pero uno de los niños calla súbitamente: Magalis está pasando frente a ellos. Y aunque ella ni siquiera cambia su paso, los niños no se atreven ni a parpadear.

Son bien conocidas por ellos las historias —falsas, por supuesto— de los muchos niños que han sido devorados por ella. Y aunque a ellos, en lo personal, no les parece muy feroz, prefieren no tomarse ningún riesgo, creyendo a pie juntillas los fantásticos relatos que sus mamás les cuentan con el único y oculto propósito de que sus hijos, temiendo ser acusados de mal portados ante la «devora-niños», les obedezcan.

Pero no había la muchacha doblado la esquina aún, cuando, sonriendo pícaramente, comenzaron a seguirla en silencio.

Mientras, la hermosa joven regresa a su casa, cargada de cartuchos con comida y víveres. Desde hace mucho tiempo no le hace falta nada, pues el dinero y la suerte parecen acompañarla.

La vida le sonríe. Por ejemplo, Manolito. Ese muchacho que siempre le gustó, pero que nunca se interesó en ella, ahora lo tiene rendido a sus pies. Además, ganarse la lotería con los cuatro números y la curación del reumatismo de su mamá, todo en menos de dos meses, le valió una fama tal que sería la envidia de muchos políticos.

Y como en todos los pueblos pequeños, la noticia voló como el viento: Magalis, la hija de Chela, tiene poderes. Muchos dicen que es bruja; otros, más sensatos, creen que los extraños sucesos se deben a una rara sucesión de casualidades. Pero de lo que no cabe duda es de que hay algo misterioso en esa muchacha.

Sea como sea, en unas cuantas semanas tenía una reputación tal, que desde pueblos lejanos venían las personas a visitarla, para pedirle que les hiciera algún trabajo o curación. Amores imposibles, matrimonios rotos, niños epilépticos, vacas enfermas, odios y peleas familiares, todo pasaba por sus manos, y al menos a casi todo, le daba solución.

Magalis, en verdad, no hacía nada. Después de oír el problema, decía con voz solemne: «Deje todo en mis manos», y luego les cobraba la visita. Al irse la persona se olvidaba del asunto y ¡problema resuelto! Ella nunca se enteró de si funcionaban sus «trabajos» o no, pero, a juzgar por el número cada vez más grande de sus consultantes, debían dar muy buen resultado.

Así fue como ella misma comprobó que sus poderes no eran rumores, ni mucho menos producto de un sueño, sino que eran reales, y muy fuertes. Lo que también significaba que, debido al pacto, ella tendría que entregar su alma al demonio cuando, al florecer el macano que está al lado de su casa, éste viniera a cobrarle todo lo que por ella hizo.

Pero ese día está muy lejos aún, piensa ella. Ese viejo macano hace años que no florece, ¿por qué habría de hacerlo ahora? Además, el macano no florece sino de noviembre a enero, y ya estamos en febrero. Se siente confiada. Sonríe levemente. Sus pies dejan huellas en el rojo camino de tierra suelta.

Varios metros más atrás, agachados tras un pajonal, los niños discuten en voz baja.

—¡Yo me quiero ir! Esa bruja nos va a coger y nos come vivos.

—¡Shhhh! No seas tan flojo, carajo. ¿No dices que eres hombre macho? Vamos a ver qué tan bruja es.

Así, a ratos agachados tras la hierba, a ratos corriendo con sigilo, la siguen hasta llegar cerca de su casa. Pero al verla detenerse de pronto, de un salto se esconden detrás de un árbol. Era un árbol de tronco áspero, de retorcidos ramajes forrados por infinidad de menudas flores de un color amarillo intenso, ondeando al viento. Era un macano.


Una flor, una pequeña flor amarilla de suaves pétalos sin fragancia. Una flor que, agitada por la brisa, se desprende de su tallo, y cae lentamente girando, hasta atravesar la mirada de la joven.

Magalis ve la pequeña flor caer a sus pies. Está paralizada. Un leve escalofrío le sube por la espalda, erizando sus cabellos. No quiere mirar atrás. Le aterra lo que pudiera ver. Pero, lentamente, gira su rostro hasta ver de reojo la enorme figura amarilla del árbol de macano, que como vicario del más allá, le anuncia el momento de su muerte.

Un terror inmenso se apodera de ella. Gritando espantosamente se deja caer de rodillas en el suelo, y, mientras sus compras ruedan camino abajo, los dos niños aterrados, llorando y gritando, huyen a toda prisa por el polvoriento camino.

La muchacha, enloquecida, presa del pánico y de la desesperación, llora a gritos en el suelo. En ese momento no puede ver más que angustia y muerte arrojándola a un abismo de donde nunca saldrá.

Pero aún no está perdida. Ella sabe que Dios todo lo perdona y todo lo puede. Así que, levantándose rápidamente, sale corriendo hacia el pueblo. Allí, en la iglesia, encontrará protección contra el demonio. Él no se atreverá a entrar en la casa de Dios.

Magalis corre sin detenerse ni un momento. Sus pies descalzos sangran por las piedras del camino. Corre como un animal, respirando agitadamente, como si cada respiro fuera el último. Varias veces cae, golpeándose fuertemente, pero parece que el miedo la ha embrutecido: no hay en su mente otro pensamiento que no sea llegar a toda costa.

Sudada, ensangrentada y con la ropa hecha jirones —pero con la fuerza que proporciona el instinto de la propia conservación— llega al pueblo y corre por las calles ardientes con los pies en carne viva. Pero ahora no debe detenerse.

Algunas viejas beatas que la ven pasar se persignan asustadas ante semejante espectáculo. Ahora, después de correr por más de media hora bajo el sol implacable, herida y exhausta, se desploma estrepitosamente, a menos de dos cuadras del templo. Está muy cerca, demasiado cerca para no seguir, así que, con un esfuerzo sobrehumano consigue levantarse y avanzar penosamente.

Al cabo de unos angustiosos minutos, por fin está frente a la iglesia, con sus torres altas, sus tejas enmohecidas y sus puertas abiertas de par en par, invitándola a entrar, a encontrar el perdón divino y la calma para su tormento.

Nuevamente cae, estrellando su rostro contra el asfalto hirviente de la calle. Eleva lentamente su cara enrojecida y balbucea tenuemente.

—Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre...

Estira la mano y alcanza a apoyarse en el primer escalón y, arrastrándose, se impulsa lentamente.

—...venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo...

Siente un dolor punzante en el pecho, como si un puñal le atravesara el corazón de lado a lado. Estira su otro brazo, pero el dolor se hace más intenso, y, por un momento, vuelve a rozar tierra.

—...danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden...

Intenta ganar el último escalón, se arrastra poco a poco, dejando una estela de lodo y sangre tras de sí. Su cuerpo está destrozado; su mente, atormentada; su alma, pendiendo de un hilo.

—...no nos dejes caer en la tentación...

Un poco más y habrá llegado.

Su mano temblorosa se alarga hasta el último escalón, pero su corazón se comprime nuevamente y el dolor se hace insoportable, y ella se retuerce sobre la escalera, quejándose lastimeramente.

—...mas líbranos del mal...

Así —en medio del estertor de su respiración, del sangrar de su cuerpo y el llanto de su alma— la muerte la envuelve y le arrebata un lamento largo y hondo, que se confunde con su eco en las profundidades de la iglesia.

La brisa sopla y, barriendo las calles, se eleva en un torbellino de polvo y hojarasca, que envuelve el cuerpo deforme, y se pierde por el callejón.

Esa mañana, en la misa, nadie supo qué era ese gran charco rojo que estaba en la entrada de la iglesia. Unos dicen que es cosa de brujas, otros dicen que fue el chivato.

Nadie volvió a ver el cuerpo muerto de Magalis.


Junto al río, las palmeras bailan con el viento y los susurros de la noche.

Se perdió Magalis. Nadie sabe qué le pasó: dicen que se la llevó el diablo.

Ahora, la vieja Cata cuenta a sus nietos la historia de la muchachita rebelde que no temía a la noche. Y, a la luz de la guaricha, la fragancia de la leyenda envuelve el lugar.

1993

El eclipse

a Asimov

El día de su muerte, prisionero en una nao española, James Thorne comprendió que había pecado contra una inteligencia que excedía su entendimiento. De rodillas sobre la cubierta, en mar abierto frente a las costas peruanas, contempló el eclipse total: los flamantes pétalos de la corona hicieron correr lágrimas sobre sus mejillas pálidas. Bloqueó en su mente el llanto de los marinos que, echados en los rincones, rogaban a la Virgen que perdonara sus vidas. Transido por el milagro celeste, suplicó perdón al espíritu de un hombre que vio sólo unos minutos, ocho años antes, a quien por instigación suya quemaron vivo, acusado de herejía, en la plaza de una aldea cercana a Bristol.


James William Thorne nació en el otoño de 1534, hijo ilegítimo de Lord Francis Russell, Vizconde de Bedford, y una joven cortesana. Mostró desde temprano una inteligencia extraordinaria y gran sensibilidad hacia los fenómenos naturales. Algunos veranos consumió en las fincas de su padre en Crowndale, donde trabó amistad con un granjero, de nombre Edmund Drake, y en especial con el segundo de sus hijos, ahijado del Vizconde y bautizado con el mismo nombre: Francis. Durante los almuerzos en aquella granja, los filosos discursos del granjero contra los católicos eran el postre cotidiano. Aunque salpicada con explosiones de risa, aquella ardiente retórica infundió una temprana semilla de rebeldía en sus mentes vulnerables.

El Vizconde, impedido de otorgarle un título nobiliario, se contentó con costear al hijo la educación que su mente prodigiosa merecía. Durante diez años, Thorne estudió en Oxford a los clásicos griegos y latinos. Aunque su educación cubría todas las artes conocidas en su tiempo, el mozalbete desarrolló un ferviente interés por la matemática árabe y por los escritos de Hiparco. Las paredes universitarias le aislaron parcialmente del ambiente caldeado de prejuicios religiosos que siguió al alzamiento católico de 1549. Tomó una cátedra en el recién fundado Colegio de la Trinidad, en Cambridge, alrededor de 1556, donde ganó renombre como crítico de las ideas de Ptolomeo. Había empezado a estudiar con avidez la innovadora De revolutionibus de Copérnico, y comprendió pronto la profunda implicación de esta obra en la simplificación armónica de las esferas celestes.

Tras una corta y violenta persecución de parte de la Iglesia, abjuró públicamente de sus ideas en 1565, para salvar la vida. Huyó hacia Londres, donde publicó almanaques astrológicos para sostenerse. Siguió utilizando en secreto el método copernicano para sus predicciones, y la precisión de sus pronósticos le ganó prestigio y suficiente dinero para vivir holgadamente. Sentía algo de vergüenza por utilizar la retórica, que aprendió en los discursos de Cicerón, como levadura para insuflar en sus horóscopos un tono convincente, y le irritaba la hipocresía en que se tuvo que envolver para sobrevivir.1 Tras una década malgastada en lo que consideraba una actividad denigrante, recibió con agrado una carta de su amigo de infancia, Francis Drake, que lo invitaba a participar en un debate donde se escogería al astrónomo de su próxima expedición marítima.2

La posibilidad de usar su conocimiento en una causa más digna, como la navegación de alta mar para debilitar al Imperio Español, le resultaba lisonjera. Respondió en seguida y se preparó a fondo para el debate. Memorizó, con gran esfuerzo, enormes tablas con las efemérides susceptibles de ser debatidas: las fases de la luna, las posiciones de los planetas, el movimiento del Sol en el cielo. Confiado en su preparación, pero algo nervioso por desconocer a sus contrincantes, se presentó en la corte de la Reina Isabel en la fecha acordada. Le recibió Francis, fuertemente bronceado, y con una amplia sonrisa le presentó a los principales miembros de la corte, incluyendo a la Reina misma. Faltando una hora para el debate, pudieron conversar como viejos amigos sobre los años transcurridos desde la infancia en Crowndale.

Drake era entonces, en las altas esferas de la corte, una especie de héroe nacional oculto. La Reina, patrona y protectora de sus andanzas contra los españoles, debía mantener sus logros en secreto, pues había firmado una tregua con Felipe II.3 Francis gozaba de tal gracia que hubiese bastado señalar a alguien con el dedo para que se le concediera de inmediato la posición de astrónomo navegante. Prefirió, sin embargo, que se realizara el debate, para no gastar innecesariamente su influencia. Confiaba en que James Thorne, con su habilidad verbal y su conocimiento de los cielos, vencería sin problemas a la media docena de aspirantes que se habían presentado a la hora convenida.

Drake decidió en el punto, unilateralmente, que el formato del debate sería el siguiente: James Thorne, sentado a su derecha, presentaría a cada astrónomo una pregunta. Si el interrogado respondía incorrectamente, Thorne debería demostrar a los presentes el error, con lo cual se eliminaría al desafortunado candidato y se procedería a interrogar al siguiente. Si el aspirante respondía correctamente, éste tendría a su vez la oportunidad de presentar a Thorne una pregunta, bajo las mismas condiciones. El procedimiento se aplicaría sucesivamente hasta que quedase un solo astrónomo. Thorne sonrió al comprender que su amigo le hacía una merced: bastaba con que él presentara la pregunta más difícil desde el principio para eliminar sistemáticamente a todos los contrincantes. Unos segundos le bastaron para elegirla.

—¿Cuándo veré el próximo eclipse total del sol?

El primer candidato, un joven matemático, palideció súbitamente. Esperaba que la pregunta versara sobre la ubicación de las constelaciones, el paso del Sol sobre el meridiano, el uso del sextante o cualquier otro tema relevante a la orientación en mar abierto.

—Disculpadme, capitán Drake —ripostó el joven—, pero no veo la relación entre la pregunta y la navegación marítima.

Tras un breve cruce de miradas con el amigo a su derecha, Drake sentenció:

—¡Entonces no conocéis ni la primera palabra sobre la vida en el mar! Más de un capitán ha sufrido amotinamiento por marineros asustados ante un eclipse de sol o de luna. Un buen astrónomo navegante advertirá al capitán de dichos fenómenos antes de que ocurran, para que éste lo haga saber a sus tripulantes, previniendo el pánico y una posible revuelta.

Thorne volvió a sonreír: ignoraba la utilidad que el pronóstico de un eclipse podría tener para la navegación, y ni siquiera sabía si Drake estaba mintiendo para defenderlo.4 Había elegido el tema por la dificultad implícita en su cálculo. Pronosticar otras efemérides, como las fases de la luna o la posición de los planetas sobre las constelaciones, era relativamente fácil en el corto plazo. Un eclipse, por el contrario, involucraba el movimiento de tres cuerpos, el Sol, la Luna y la Tierra: primero había que determinar en qué fechas habría eclipses, y luego desde qué partes de la Tierra serían visibles. El arte descansaba todavía sobre técnicas endebles. Desde los caldeos hasta Hiparco, muy pocos hombres habían logrado predecir un eclipse con alguna confianza,5 y la ruta exacta de la sombra de la Luna sobre la Tierra no se calcularía hasta siglo y medio después.6 En 1575, predecir un eclipse total de sol era una tarea que muy pocos podrían haber realizado.

Poco sorprende, pues, que uno tras otro, todos los aspirantes aventuraron respuestas erradas, las cuales Thorne refutó sin problemas. Cuando en la sala ya no quedaba más astrónomo que Thorne, un paje anunció la llegada de un sacerdote jesuita, que traía a un tal Roy de Bristol para participar en el debate de su Majestad.

Aunque en la mente de Drake el debate ya había concluido, con el resultado que él esperaba, el hecho de que aquel hombre viniese acompañado de un jesuita le despertó el deseo de verlo humillado como los otros candidatos que fueron despachados sin clemencia por Thorne.

—Que pase —ordenó al paje.

Thorne no dijo nada. Dos hombres entraron a la enorme sala haciendo varias reverencias en el camino. El jesuita vestía el hábito característico de su tiempo y difícilmente ocultaba su ansiedad. El llamado Roy de Bristol parecía un campesino corriente, de tal vez unos cincuenta años, con el rostro envejecido por el trabajo arduo del campo, el pelo algo gris y comenzando a escasear, y la mirada baja y tranquila.

—¿Sois católico, maese Roy? —preguntó Drake, con tono firme.7

El campesino respondió afirmativamente con un suave movimiento de cabeza.

—¡Muy bien! Adelante, James —sentenció Drake.

—¿Qué os hace pensar que este hombre es un buen candidato para la posición de astrónomo navegante? —preguntó Thorne al jesuita.

En su rostro se dibujó, al pronunciar las últimas palabras, un gesto de cansancio o incredulidad.

—Mi señor: Roy es un gran astrólogo. En nuestra parroquia, él calcula los equinoccios y las fases de la luna para las fiestas de la Pascua, y siempre coinciden con las fechas que indica la Santa Iglesia.

Al decir esta palabra, Santa, el jesuita bajó un poco el rostro, comprendiendo que estaba metiendo la cabeza en la boca del león, pero prosiguió:

—Además, su talento parece ser sobrenatural, casi divino. A los seis años de edad pronosticó la aparición del cometa que horrorizó a tantos otros pueblos. Los parroquianos de nuestra pequeña aldea permanecieron tranquilos, porque ya Roy había anunciado la venida del cometa.

James Thorne no pudo contener un brote espontáneo de risa, que hizo inclinar la cabeza del jesuita y del campesino. Una cosa es predecir la fecha de la Pascua en base a la luna llena y los equinoccios: él mismo podía hacer eso, de memoria. Pero otra cosa muy distinta era predecir la aparición de un cometa. Nadie sabía entonces qué eran los cometas, ni de dónde venían, ni si volvían.8 Tras el comentario del jesuita, Thorne etiquetó en su mente a Roy de Bristol como un charlatán, pero decidió seguir con el juego de Drake. Lo puso al tanto del mecanismo del debate, y le presentó la misma pregunta que a todos los anteriores.

—¿Mi señor me pregunta cuándo verá el próximo eclipse total del sol? —repitió el campesino.

Thorne asintió. El campesino iba a responder algo, cuando Thorne lo interrumpió:

—¿Quién es vuestra madre?

Roy pareció sorprenderse, pero respondió:

—Mi madre es una aldeana, nacida en nuestra parroquia.

—¿Y vuestro padre? —agregó Thorne, cada vez más iracundo, sin entender la razón.

—Nunca lo conocí —respondió en voz baja el campesino.

Algo de resentimiento por la condición propia había en su timbre cuando dijo:

—El hijo de una aldeana católica y un hombre desconocido. Muy bien, ¿qué contestáis a mi pregunta?

El campesino aspiró hondo. Thorne lo miraba con algo de desgano, fatigado tal vez por el esfuerzo mental prolongado, pero más probablemente apático hacia lo que consideraba una clara pérdida de tiempo. Roy miró al cielo y luego clavó los ojos en Thorne, diciendo:

—El próximo eclipse total de sol que mi señor contemplará será dentro de ocho años, al mediodía del 19 de junio de 1583.

El rostro de James Thorne se iluminó de súbito con una oleada de arrogancia. El pronóstico era claramente un error, tan fácil de refutar que no tomaría un instante.

—Lo siento, estáis equivocado. ¡Buenas tardes! —sentenció, moviendo la cabeza en negativa e indicando la puerta con desdén.

El jesuita se movía inquieto sobre su sitio, y el campesino permaneció en silencio por un rato.

—¿No os marcháis todavía? —espetó Thorne.

—Mi señor tuvo la bondad de explicarme las reglas del debate. Espero manso a que mi señor me demuestre mi error —agregó Roy de Bristol, con una extraña mezcla de humildad y firmeza.

A pesar de sentir que todo aquello estaba muy por debajo de la dignidad de su futuro puesto, Thorne respiró hondo y decidió cumplir con toda justicia, explicándole al campesino lo siguiente:

—Los eclipses de sol solamente pueden ocurrir en los días de luna nueva. El día que habéis indicado como fecha del eclipse, el 19 de junio de 1583, no es día de luna nueva, y por lo tanto es imposible que en él ocurra un eclipse de sol. Espero que estéis satisfecho con la explicación. Ahora, ¡buenas tardes! —finiquitó Thorne, que ya empezaba a impacientarse.

El jesuita tomó por la ropa a Roy de Bristol, y lo haló suavemente hacia la puerta. El campesino hizo una reverencia hacia Drake y otra hacia James Thorne, diciendo:

—El eclipse será lo último que mi señor verá en este mundo.

Thorne enrojeció y se puso de pie, ofendido por lo que consideró una amenaza contra su vida, pero el campesino siguió retirándose mansamente hacia la puerta. Su animadversión hacia los católicos amplificó la reacción visceral y deseó la muerte del insolente. Decidió utilizar una estrategia sutil e irónica. Sabía que los cometas eran universalmente considerados como fenómenos atmosféricos impredecibles. Aquel capaz de anunciar su visita con anticipación tendría que explicar dicha facultad en virtud de un poder metafísico, el cual podía provenir sólo de dos fuentes: la divina o la satánica. Thorne escribió una carta a la Reina, que Drake entregó personalmente, en la cual acusaba de herejía y pacto satánico a Roy de Bristol, usando como evidencia su afamado pronóstico del cometa de 1531. Utilizó en su contra la propia afirmación del jesuita, de que los pronósticos de Roy parecían sobrenaturales. Thorne recibió pronto la noticia de que Roy de Bristol había sido juzgado por la Iglesia y encontrado hereje. Se le quemó vivo en medio de la plaza de su aldea, en el otoño de ese mismo año.


En diciembre de 1577, James William Thorne partió de Plymouth, en una expedición contra los españoles, comisionada y financiada directamente por la Reina Isabel, y capitaneada por Francis Drake. A bordo del Pelican, como astrónomo navegante, encabezaba una flota de cinco barcos y ciento cincuenta hombres. El viaje prometía estar lleno de riesgos, y su efecto vivificante hizo pensar a Thorne que era precisamente esta vida la que había deseado siempre.

Tras cruzar el Atlántico, tuvieron que abandonar dos barcos en las costas de Suramérica. Los tres restantes, desviados hacia el Sur por una tormenta, cruzaron Tierra del Fuego tras dieciséis días de navegación intrépida. En el Pacífico, feroces tormentas destruyeron al tercer barco, y obligaron al cuarto a regresar a Inglaterra. Drake, apoyado en el talentoso Thorne, decidió explorar el Pacífico en la única nave restante, el Pelican, al cual rebautizaron Golden Hind.

Subiendo por las costas pacíficas de Suramérica, atacaron varios puertos españoles. Al llegar al puerto de San Miguel, en la costa norte del Perú, una nave española capturó a algunos de los tripulantes del Golden Hind que habían llegado hasta la costa en una embarcación de remos para aprovisionarse de agua fresca y frutas. Entre los capturados se encontraba James William Thorne.

Sabiendo que un rescate sería suicida, Drake se vio forzado a abandonar a los secuestrados, y prosiguió su viaje hacia el norte.9 Nadie intentó nunca rescatar a James Thorne. Los otros cinco hombres que bajaron con él esa madrugada en la lancha hasta la costa fueron ejecutados de inmediato en el sitio. A Thorne lo llevaron preso, porque su apariencia de persona importante hizo pensar a los soldados españoles que podría ser de beneficio. Compareció ante la Audiencia de Lima, donde se le juzgó y se le encontró culpable de piratería y de atentar contra la honra del Rey de España, Felipe II. Condenado a ser ejecutado en la plaza mayor de Lima, Thorne ofreció al Virrey del Perú, Francisco de Toledo, información detallada sobre las operaciones y estrategias de Francis Drake en el Nuevo Mundo, y del involucramiento directo de la Reina en su financiamiento y soporte político.

Con esta traición selló su sentencia de muerte: ya no podría regresar nunca a Inglaterra. Toledo le perdonó la vida, pero le condenó a prisión sin definir el término. Olvidado en un calabozo mísero, en las afueras de Lima, Thorne perdió toda noción del tiempo y del mundo exterior.10

Años después, el Rey Felipe II ordenó traer al reo a su presencia. Felipe sentía como inminente una invasión a Inglaterra, con la cual pretendía salvar el catolicismo en Europa occidental y consolidar su control sobre Holanda. La idea de fondo, seguramente propuesta por Toledo, era que Thorne revelara a los capitanes de la futura Armada española todos sus conocimientos de las técnicas navales inglesas, especialmente las del pirata Francis Drake.

James Thorne fue trasladado de su calabozo en Lima a una prisión en el puerto de San Miguel. Permaneció en condiciones insalubres durante varias semanas, donde contrajo una enfermedad gastrointestinal, posiblemente disentería. Tras varios días en alta mar, lo acometieron la diarrea y el vómito, y se deshidrató rápidamente. Sabía que moriría antes de llegar a España.

Entonces ocurrió el milagro. Aproximadamente una hora antes del mediodía, la mañana comenzó a oscurecerse. Apretando los párpados, arrojando miradas breves hacia el cenit, Thorne distinguió que el perfil redondo de la Luna había penetrado ya casi la mitad del disco solar. Sintiendo que la vida se le escapaba, se puso de pie y buscó al capitán de la nave.

—¿Qué día es hoy? —preguntó estremecido, en un mal español.

El capitán lo apartó con la mano y caminó hacia popa. Thorne le agarró las vestiduras y lo tiró con fuerza:

—¿Qué día es hoy? —repitió, en una voz que indicaba debilidad y furia.

—Es 19 de junio, día de San Gervasio y San Protasio, mártires —espetó el capitán.

La alusión al santoral tenía la intención de ser un insulto indirecto hacia el reo protestante, pero Thorne estaba demasiado consternado como para atender a tales detalles.

—¿De 1583? —preguntó.

El capitán no respondió; le arrojó una mirada de desprecio y liberó la manga que el inglés estaba sujetando.

—¡Ingleses de mierda!

Thorne no pudo sostenerse más tiempo en pie. Se arrastró hasta un rincón de cubierta y esperó a ver si el eclipse alcanzaba la totalidad. Habría transcurrido una media hora o tal vez un poco más, cuando el disco lunar se colocó directamente frente al Sol. El día, que había mostrado un cielo azul despejado hacía unas horas, se convirtió en noche. Con lágrimas en los ojos, Thorne distinguió varias constelaciones, y a Venus y Marte al oriente del Sol negro. La pálida fluorescencia de la corona solar, que Thorne nunca antes había visto, le pareció un grupo de pétalos alrededor de un fúnebre girasol negro. La totalidad del eclipse era lo más hermoso que había visto en su vida. Recordó a Roy de Bristol y sus palabras proféticas, y en el silencio de su corazón, pidió perdón.


Febril y convulso, James William Thorne murió esa noche por la deshidratación que le causó la disentería. No pudo entender nunca la razón de la fecha del eclipse, ni cómo pudo un campesino de Bristol haber realizado tan prodigioso pronóstico. En nuestra posición privilegiada en el futuro, podemos aclarar la primera incógnita. En efecto, como lo indicó oportunamente Thorne, el 19 de junio de 1583 no era día de luna nueva. No lo era, al menos, en el calendario juliano, el único que Inglaterra reconocía. Pero el calendario de Julio César atrasaba poco más de once minutos por año, y en dieciséis siglos el error había crecido a más de diez días.11 En 1582, la bula Inter gravissimas del papa Gregorio XIII corrigió el desfase: en España y en todos sus territorios, al 4 de octubre de 1582 siguió el 15 de octubre. Los reinos protestantes, entre ellos Inglaterra, se negaron a adoptar la reforma, por su procedencia católica. Así, la luna nueva del 9 de junio de 1583 del calendario juliano ocurrió el 19 de junio de 1583 según el calendario gregoriano que regía a bordo de la nave española.

Lo que tal vez nadie podrá explicar es cómo pudo Roy de Bristol pronosticar que aquel día de luna nueva ocurriría un eclipse total de sol al mediodía. Más aún, cómo logró predecir que habría un nuevo calendario ya en vigencia en ese momento, que James Thorne vería dicho eclipse, y que esto sería lo último que contemplarían sus ojos. La predicción del fenómeno celeste se explicaría, si se quiere, mediante un profundísimo conocimiento astronómico, difícilmente accesible a un campesino del siglo XVI. Pero profetizar que Thorne estaría muriendo ese mismo día, a dos mil millas náuticas de las costas del Perú, en el punto exacto del Océano Pacífico donde la sombra de la luna se cruzaría con su nave, regida por un nuevo calendario, es inaudito y sin precedentes en la historia. Excede a la astronomía y cae de lleno en lo sobrenatural. Thorne estaba en lo cierto al acusar a Roy de Bristol de emplear técnicas sobrenaturales para sus predicciones: esta es, además, la única forma en que pudo haber predicho en su infancia la llegada del cometa que luego conoceríamos como Halley. Sin embargo, en mi opinión, se equivocó por completo al juzgar la naturaleza de su sabiduría.

2006 (2026)

  1. Astrónomos y astrólogos diferían muy poco en tiempos de Thorne. Ambos se ocupaban principalmente en anotar y predecir las posiciones de los cuerpos visibles: el Sol, la Luna, los cinco planetas clásicos. La diferencia yacía en el propósito. El astrónomo aplicaría sus conocimientos a la preparación de calendarios, a la navegación marítima y a lo que podríamos llamar una astronomía precientífica. El astrólogo, por otro lado, buscaría en los cielos vaticinios sobre si Inglaterra vencería a España en la próxima guerra, o sobre si los nacidos bajo el signo de Virgo son compatibles en el amor con los nacidos en Tauro. La similitud de los métodos permitió a muchos astrónomos en necesidad, como Thorne mismo y luego Kepler, conseguir el pan diario mediante charlatanerías zodiacales. ↩
  2. La astronomía se encontraba en un estado muy primitivo en 1575, cuando Thorne recibió la invitación. Galileo, quien en su madurez reinventaría el telescopio y lo apuntaría hacia el cielo para descubrir las lunas de Júpiter y las fases de Venus, era apenas un inquieto niño de once años corriendo por las calles de Florencia. Las tres leyes de la mecánica planetaria de Kepler tendrían que esperar décadas antes de que el pequeño alemán, de apenas cuatro años, acurrucado en alguna cuna en Weil der Stadt, encontrara su vocación. Newton, que estremecería al mundo con su teoría de la gravitación y sus revolucionarios métodos matemáticos, distaba todavía tres o cuatro generaciones hacia el futuro. ↩
  3. Gracias a sus contactos con los Hawkins de Plymouth, Drake había abandonado en la juventud el cabotaje para perseguir fortuna en alta mar. Tras varias expediciones, encontró gloria en 1573, en una decisiva aventura en Nombre de Dios. Asediando las aguas del Darién con una tripulación de corsarios franceses y negros cimarrones, interceptó los cargamentos de tesoros españoles. Para poder cargar con el oro, tuvieron que dejar en tierra la plata. Este golpe, clímax de su carrera de corsario, sació temporalmente su odio hacia los católicos, y hacia los españoles en particular, y dotó de fortuna vitalicia al puñado de sobrevivientes que regresaron con él a Plymouth. ↩
  4. Decía la verdad. Colón, varado en Jamaica durante su cuarto viaje, con la mitad de la tripulación amotinada, usó el eclipse de luna del 29 de febrero de 1504, que sus tablas anunciaban, para someter a los indígenas que le negaban alimentos. ↩
  5. Los eclipses han fascinado a los observadores del cielo desde que el hombre existe, y han arrojado luz sobre nuestra comprensión del universo: la sombra circular sobre la luna eclipsada demostró a Aristóteles la esfericidad de la Tierra. La impresión que causan sobre el espíritu humano es profunda y mística. Con frecuencia se asocia la inesperada oscuridad con eventos trascendentales, probablemente por la semejanza entre la luna eclipsada y la sangre, y por la conexión inconsciente entre el agujero perfectamente circular del eclipse solar y nuestro hondo miedo al vacío y la soledad del universo. Ejemplos sobran: eclipses de sol y luna precedieron la subida al trono del rey Shulgi de Ur; Homero incluyó a ambos en la Odisea; uno anular despidió a Jerjes cuando se echó al mar contra Grecia, según cuenta Heródoto, quien también afirma que el cielo se oscureció en Esparta tras las batallas de las Termópilas y de Salamina; la leyenda de Rómulo indica que fue concebido durante un eclipse total, que mientras fundaba Roma presenció otro parcial, y que desapareció un día que el sol se oscureció de súbito; cuando Cristo expiró en la cruz, el día se transformó en noche; y la pluma delirante de Juan, el discípulo amado, incluyó en el Apocalipsis al sol negro y a la luna roja como señales del fin de los tiempos. Por ese impacto sobre nuestra psique, el enigma de su predicción ha obsesionado a los naturalistas, aunque pocos han salido victoriosos, pues el arte de pronosticar eclipses es, literalmente, una espada de doble filo. Los chinos registran eclipses desde hace cuatro mil años, y más de un astrónomo del Emperador fue decapitado por fallar en el pronóstico. El premio, sin embargo, es dulce: el general romano Cayo Sulpicio Galo predijo que la luna se oscurecería en la víspera de la batalla de Pidna, en el año 168 a.C., o al menos eso se dijo, y al regresar de Macedonia fue elegido cónsul. Su hazaña resulta creíble porque era un estudioso de los textos griegos. Pronosticar un eclipse de luna es menos complejo, pues es visible desde muchos sitios; predecir la visibilidad de uno de sol implica saber si la sombra cruzará sobre el lugar exacto donde está el observador. Según Heródoto, Tales de Mileto predijo el eclipse solar que puso fin a la guerra entre lidios y medos, seis siglos antes de Cristo; dada la complejidad del problema, la aseveración se debe más a la mitología bélica o a un golpe de suerte que al cálculo, pues su solución requiere una riqueza de observaciones y herramientas matemáticas de las que Tales carecía. Hiparco tuvo mejor suerte: heredó de los caldeos seiscientos años de anotaciones detalladas sobre eclipses, iniciadas en el siglo VIII a.C. por orden del rey Nabonasar de Babilonia y refinadas por Kidinnu. Ese registro permitió a los astrónomos babilonios detectar los ciclos de dieciocho años que la Suda bautizó luego como de Saros. Aprovechándolo, y compilando extensas tablas trigonométricas, Hiparco se convirtió en el primer humano con acceso a un método confiable para predecir eclipses. Pronto siguieron otros: en la India del siglo séptimo, Brahmagupta, astrónomo principal de Ujjain, utilizó un álgebra primitiva, mucho antes del nacimiento de su inventor, Al-Juarismi, para calcularlos. ↩
  6. Edmund Halley fue el primero en calcular la ruta de la sombra de un eclipse solar sobre la Tierra, para el de 1715, que cruzó Londres. Hasta entonces, la predicción exacta de la visibilidad de un eclipse total de sol seguía siendo un reto colosal. ↩
  7. La pregunta no era ociosa: el catolicismo sería proscrito en Inglaterra un lustro más tarde. ↩
  8. En el tiempo de Thorne no se conocía la naturaleza de los cometas: faltaban dos años para que Tycho Brahe demostrase, usando el paralaje, que no son fenómenos atmosféricos sino cuerpos celestes. El cometa que Roy había predicho, según el jesuita, fue visible en 1531, por lo cual Roy tenía en efecto cincuenta años si hizo su supuesta predicción a la edad de seis. Posiblemente sea el mismo cometa cuyo retorno predijo Edmund Halley en 1705, y que hoy lleva su nombre. Sólo tras ese retorno, en 1758, se demostró que los cometas son visitantes recurrentes y que sus apariciones son, por ende, susceptibles de ser pronosticadas. ↩
  9. Drake llegó hasta las costas de la actual Oregón y luego cruzó el Pacífico. Visitó las Molucas y bordeó el extremo sur de África. El 26 de septiembre de 1580 llegó de vuelta a Plymouth con 59 hombres y un cargamento de especias y tesoros saqueados a los españoles. Era el primer capitán en dar la vuelta al mundo al mando de su nave. La mitad de los ingresos de la Corona inglesa en ese año provino de lo que trajo el Golden Hind. La Reina, que no quería arriesgar una guerra abierta contra España, decidió mantener como secreto todo lo referente al viaje. ↩
  10. No supo nunca que la información que facilitó al Virrey fue utilizada para enviar desde el Perú, en 1579, una expedición militar en persecución del pirata Drake, al mando de Sarmiento de Gamboa. En 1581, al culminar su virreinato, Francisco de Toledo retornó a España. Felipe II era para entonces, además, Felipe I de Portugal. ↩
  11. Aunque la mayoría de las civilizaciones antiguas, incluyendo a los caldeos, los mayas y los árabes, habían logrado cómputos muy exactos de la duración del año, los romanos se conformaron con una aproximación algo burda. El calendario establecido por Julio César en el año 46 a.C., bajo la asesoría del astrónomo alejandrino Sosígenes, representaba una gran mejora con respecto al antiguo calendario romano, pero incluía un error de poco más de once minutos por año, que en tiempos de Thorne acumulaba más de diez días. El médico napolitano Luigi Lilio propuso la solución, que Christopher Clavius expandió y defendió en un discutido volumen de ochocientas páginas. La reforma se basaba en los cálculos que hiciera siete siglos antes el árabe Al-Battani, hijo de un fabricante de instrumentos de astronomía, que había desafiado las enseñanzas de Ptolomeo mucho antes que Copérnico y había determinado la duración del año con gran precisión. La bula de 1582 avanzó la fecha diez días, para que el equinoccio de primavera siguiente ocurriera el 21 de marzo, la misma fecha en que ocurrió en el año 325 durante el Concilio de Nicea, y reformó la regla de los años bisiestos. ↩

El peón

cuento largo

a Capablanca

Creo que habría dormido una media hora, a la sombra de un caobo, cuando me despertó el crujir de una rama. Uno de los niños del pueblo había venido hasta la torre, y me miraba de pie como un soldadito, sucio y desnutrido, pero con aplomo. Me extendió una caja que traía bajo el brazo, y con pena me dijo:

—Don Pablo, ¿usté me podrá cambiá esto por otro juguete?

Era un juego de ajedrez, el único entre docenas de regalos que habíamos repartido en la fiesta de Navidad el día anterior. El niño, de pelo rebelde y mirada aguda, tendría unos doce años. Yo mismo le había entregado el regalo el día anterior, creyendo que por ser uno de los más grandecitos, podría apreciar el juego mejor que los más pequeños.

—¿No te gusta tu regalo? —pregunté—. Mira que a mí me gustaría mucho que me regalaran un tablero de ajedrez…

El niño volvió a contemplar la caja de colores, y la sacudió como una maraca. Cuando alzó los ojos, percibí en su rostro algo de hastío. Imaginé que, tras un día mirando de lejos a los otros niños del pueblo jugar con sus pelotas y carritos nuevos, se sentiría menoscabado con ese tablero de cuadritos y esas piecitas de formas raras. Sentí empatía en aquel momento, pero me resistí a caer en el prejuicio de pensar que un niño pobre de una aldea remota en un país de tercer mundo no puede apreciar la belleza de los escaques.

—¿Sabes al menos cómo se juega?

Negó con la cabeza, tímidamente, sin mirarme. En la pantalla de mi computadora portátil, vi que la barra de progreso indicaba cuarenta y cinco por ciento de avance en la configuración del radio microondas que habíamos instalado Jorge y yo esa mañana. «A este ritmo —pensé— falta por lo menos una hora más para que termine de configurarse». Sabiéndome poseedor de un buen lapso de tiempo libre, decidí hacer del mundo un mejor lugar, enseñando a ese pequeño lombriciento las reglas del juego inmortal.

—Ven, que te enseño —le dije.

Como quien recibe la orden de hacer tarea, se sentó con desgano frente a mí. Me estiré un poco, para terminar de despertarme, y vacié el contenido de la caja en la mesa de madera que nos había prestado el día anterior don Felipe, el maestro de la escuela primaria.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, mientras separaba las piezas por color y clase.

—Manuel —me respondió parco.

—¿Y esa es tu hermanita? —inquirí, apuntando a una niña más chica, de unos siete u ocho años, que había llegado un segundo antes, con una pelota de fútbol en las manos y un aire de nada que hacer.

—Es mi prima. Se llama María del Carmen, pero le decimos Mari.

—Bueno, presten atención los dos, que les voy a enseñar cómo se juega al ajedrez.

María soltó la pelota y se enfocó en el tablero. Manuel repitió su gesto de tedio y siguió con los ojos la pelota que rodaba perezosa hasta el pie de la torre.

Tras una breve introducción, donde hice referencia al origen desconocido y antiguo del juego, demostré a los dos niños el movimiento de cada pieza: el rey, la dama, el alfil, el caballo, la torre y, finalmente, el peón.

—Peón como papa —acotó Mari, lamiéndose, en el sudor del labio superior, algo de moco y de tierra del camino.

—Sí, peón como tu papá —respondí, aunque no conocía al padre—. Los peones son muy importantes en el ajedrez —agregué, tratando de darle a mi joven audiencia algo que los conectara al juego.

Cuando llegó el momento de explicar el jaque, el mate y las tablas, Manuel ya andaba trepando las ramas del caobo con la mirada, buscando alguna iguana escondida entre las hojas. Mari, al contrario, se mantuvo embebida aun durante la árida explicación del peón al paso y del enroque largo y corto.

—Bueno… esas son todas las reglas del juego, Manuel. Ahora puedes regresar al pueblo y enseñárselas a algún amiguito de tu edad, para que jueguen el primer partido, ¿te parece?

Manuel, que escuchó su nombre, tomó unos segundos para conectarse de vuelta a la conversación de la mesa, y se quedó pensando en silencio, echándole miradas cortas a la pelota de fútbol.

—¿No le queda otra pelota? —me preguntó, casi suplicando que lo librara de aquella penitencia.

—Manue, cogé la mía y yo me quedo con er ajendré1… —propuso María, para mi sorpresa.

No había terminado de hablar la niña cuando ya Manuel había agarrado la pelota y salido corriendo de vuelta hacia el pueblo, despidiéndose con un largo grito de «Nos vemos, don Paaablooo…».

Miré a María del Carmen, con algo de escepticismo. Siendo que le había tocado una pelota en la repartición, no era muy probable que se arrepintiese de haber hecho aquel canje. Pero en el fondo pensé que tal vez debíamos haberle regalado una muñeca a la pobre niña, en primera instancia. En esos pensamientos estaba cuando apareció Jorge, con un racimo de pipas verdes y un machete.

—¡Voy retando!2 —gritó, riéndose.

—Si quieres echamos un partido de una vez —respondí—, porque el alumno se me fue huyendo.

Jorge abrió tres pipas, vertió el agua en nuestras cantimploras y en un vaso para la niña, y se sentó frente al tablero. Ante mi apertura de peón de rey, Jorge escogió una línea de la siciliana, el dragón hiperacelerado, que había aprendido en un libro y venía puliendo desde hacía meses. Jorge y yo jugábamos ajedrez regularmente, y nos conocíamos las mañas. Durante nuestros viajes de campo, instalando antenas de microonda para dotar de Internet a las escuelas de rincones remotos del país, nos sobraba tiempo para largos y virulentos partidos. Habíamos birriado3 esta línea de apertura muchas veces antes, por lo que las primeras movidas fueron rápidas. Pero entrando en la batalla, un ritmo más lento se apoderó del juego.

Para mi desilusión, el primero terminó en tablas por jaque perpetuo a la altura de la movida treinta y pico. Hubiera preferido un mate, para que María, que había contemplado en silencio el tablero durante la media hora que duró el juego, presenciara algo de sangre que le avivase el interés.

Viramos los colores y empezamos un nuevo partido. Para mi alegría, este lo gané de forma convincente: un Ruy López abierto que desembocó en un agresivo ataque al flanco de rey de Jorge, con un final muy interesante donde el rey de Jorge no pudo detener el avance de dos de mis peones. Derrotado, Jorge se puso de pie y me dio la mano:

—Buen partido —me dijo—. Me voy a cambiarle el agua al canario4 y a partir otras pipas, para limpiar los riñones. Ahora te toca jugar a ti, mija —agregó, dándole a María el asiento—. El que pierde se para, y el que va retando se sienta.

María se sentó frente a mí, con las piezas negras, pues como ganador yo tenía derecho a las blancas.

—¿Quieres jugar? —le pregunté. María se encogió de hombros y asintió con modestia—. Vamos a que juegues tu primer partido. Yo te refresco las reglas si no te acuerdas. Y dale sin miedo, que a jugar se aprende jugando…

Abrí con peón de rey, y María me respondió con siciliana. «Muy bien —pensé—, está imitando las movidas de Jorge». Durante los primeros diez turnos, para mi sorpresa, siguió repitiendo una por una las movidas que Jorge había hecho en el juego anterior, todas en la línea principal del dragón hiperacelerado. «Tiene muy buena memoria la niña —me dije—, eso es bueno. Pero yo quiero que piense por su cuenta, para que aprenda a jugar». Decidí entonces salirme de la línea, y realicé una movida distinta a la que había usado contra Jorge, quien ya había regresado de orinar y había traído una nueva ronda de agua de pipa.

—¿Están analizando el partido anterior? —preguntó Jorge.

—No, es un juego nuevo —respondí.

Jorge levantó las cejas, y se acercó al tablero.

—¿Estás saliéndote del book5? —inquirió.

—Para forzar a la periquita esta a dejar de repetir tus movidas y jugar por su cuenta.

Indiferente a mi comentario cáustico, María respondió de inmediato con una movida agresiva.

—Así no se debe jugar, Mari —le dije, aprovechando para darle una lección sobre el juego—. Tienes que pensar tus movidas antes de hacerlas, porque el ajedrez es un juego de pensamiento.

—Pero mira que no es mala la movida —señaló Jorge, tras analizarla en silencio.

A mi respuesta, que me tomó unos dos minutos, volvió María a contestar rápidamente, y así por varias movidas más, hasta que mi posición comenzó a lucir menos prometedora que la de mi joven contrincante. Jorge comenzó a reír:

—¡Cuidao, pué, que esta zambita6 no es manca7! —disparó Jorge, sacando una libreta—. Déjame anotar estas movidas. ¿Hace cuánto le enseñaste a jugar?

María se paró de súbito.

—Voy a cambiarle el agua al canario.

En su ausencia, Jorge y yo discutimos la posición y concurrimos en que María se encontraba en una posición perfectamente sólida, mientras que mi rey estaba comenzando a recibir más atención de la que debería de parte de las piezas contrarias. Discutimos entre los dos —algo no muy ético— cuál sería mi mejor respuesta en esa coyuntura.

Cuando María regresó, ejecuté esa movida en el tablero. La niña ripostó enseguida:

—Jaque.

En efecto. Un jaque a la descubierta, que a primera vista parecía no tener mayor veneno. Respondí.

—Jaque —repitió mi contrincante, tras mover rápidamente, con la misma voz fría de la primera vez.

En este punto, Jorge y yo nos acercamos más al tablero, y luego nos miramos en silencio. Una cacería de rey se estaba insinuando poco a poco. Moví. María volvió a jaquearme, capturando mi caballo al mismo tiempo. De ahí en adelante, una cascada de jaques forzaron a mi rey desde su esquina hasta el medio del tablero, donde un alfil y una torre de María del Carmen lo finiquitaron nítidamente.

—Maque —dijo la niña.

Jorge se tiró en el suelo, con un ataque de risa. Yo me paré del tablero, cubriéndome la boca con ambas manos.

—Se dice mate, no maque —corrigió Jorge, casi ahogado de reírse.

—No se ría, que ahora le toca a usté… —sentenció María del Carmen, señalando a Jorge con su pequeño dedo sucio, mojado en agua de pipa.


El maestro, don Felipe, nos trajo una batea con tres vasos de guarapo y media docena de panes de maíz. Se sacudió la mano derecha, posiblemente para relajar la muñeca, tras haber pasado toda la mañana tomando notas sobre cómo usar la conexión de Internet en la computadora nueva de la escuelita. Creamos cuentas de correo electrónico para el maestro y cada uno de los estudiantes del cuadro de honor. En un pequeño seminario, les enseñamos cómo buscar información básica en Google.

De acuerdo con su tradición, Jorge —que tiene la cara de palo— le dio al maestro del pueblo una sesión aparte, para enseñarle cómo encontrar fotografías interesantes de féminas en vestimenta escasa, «cuando la computadora estuviese ociosa». Con la mayor seriedad en el rostro, Jorge me aseguraba que esto brindaba a los maestros un incentivo personal para mantener la conexión de Internet funcionando bien, «lo que beneficia al proyecto en el largo plazo».

Sea como sea, la conexión a la red era un evento importante, pues por primera vez, la escuela primaria Francisco Gutiérrez tendría una ventana cibernética al mundo que la rodeaba. El proyecto de la antena microondas y la computadora había sido financiado con un paquete de ayuda de un gobierno extranjero. Pero la fiesta de Navidad, simultánea a la instalación del equipo, y sus respectivos regalos habían venido por cortesía del legislador de turno, que con el desinteresado gesto buscaba de soslayo asociar su nombre al acontecimiento, confiando en que los votantes de Llanos de Mensabé se acordarían de él en las elecciones del siguiente año.

Antes de irnos, había querido conversar con don Felipe sobre los eventos del día anterior. Le conté del incidente bajo el caobo, de cómo María del Carmen, su estudiante de segundo grado, había aprendido a jugar ajedrez en unos cuantos minutos, y nos había derrotado a su gusto en una docena de juegos al hilo. El maestro, que entendía apenas parcialmente lo que esto significaba, trataba de encontrarle una explicación al fenómeno.

—¿No será que este sinvergüenza —dijo señalando a Jorge— le estaba soplando las movidas8?

—¡Qué va! Jorge no juega tan bien como esa niña. Yo jamás había visto algo así —respondí.

—Y supongo que doce juegos ganados uno detrás del otro no pueden ser coincidencia…

—Nunca —acotó Jorge—. Sería como ganarse los tres premios de la extraordinaria9 doce veces seguidas, con un solo billete en cada sorteo. ¡Es imposible!

El maestro calló. Sorbió el guarapo del vaso de aluminio, y miró por la puerta abierta. En la plaza del pueblo, frente a la mustia iglesia, jugaban los niños con la pelota de Manuel, entre ellos María del Carmen, en un vestido rosa sucio y sudado.

—Bueno, Mari es una estudiante muy callada. No ha demostrado en la clase una inteligencia superior, digamos, a los otros niños de su edad. Es promedio en muchos sentidos.

—Podría ser un talento específico para el ajedrez. Esos casos se han dado —respondió Jorge—: están Capablanca, Reshevsky, Fischer, Carlsen…

—Pero creo que ninguno de ellos era tan bueno a tan temprana edad —acoté—. ¿Siete años? Por Dios.

—¿Y la niña juega muy bien, dicen ustedes? —preguntó el maestro, todavía incrédulo.

—No es que juegue bien, don Felipe, es que juega perfecto. Mire, Jorge y yo nos turnamos anotando las movidas de cada uno de los partidos. Jorge tiene un programa que analiza movidas de ajedrez, y en la noche puso la computadora a estudiar las movidas de María. El programa indica que la niña no cometió ningún error en doce partidos. Trescientas movidas perfectas, una detrás de la otra. Ni siquiera Capablanca, el jugador más talentoso en la historia del juego, era tan bueno a esta edad. María podría ser un caso sin precedentes.

El maestro guardó silencio. La magnitud de nuestro mensaje había apenas empezado a asentarse en su cerebro.

—Yo de ajedrez no sé nada —dijo al fin—. No sé qué valor o qué futuro puede tener una habilidad como esta. ¿Qué creen que debemos hacer al respecto?

Jorge y yo guardamos silencio. La pregunta nos agarró desprevenidos, pues nosotros estábamos en los Llanos de Mensabé como contratistas del gobierno para el proyecto de la antena, no como representantes del Ministerio de Educación. Pero era fácil entender lo que el maestro quería decir: le estábamos revelando que uno de sus alumnos tenía un don especial, y le abrumaba la idea de no ayudar a la niña a aprovecharlo de la mejor forma posible.

—Bueno —dijo Jorge—, yo estuve pensando mucho anoche. Casi no pude dormir. Jamás había visto algo como esto. Pensé en el Torneo Nacional, que es el mes que viene, pero no sé si las inscripciones todavía estén abiertas. Si no, hay torneos internacionales abiertos, donde los premios son de miles de dólares, pero no sé si niños tan chiquitos pueden participar. Tendría que averiguar…

—Lo que Jorge quiere decir —le dije al maestro, interrumpiendo a Jorge— es que esto puede cambiarle la vida a María y a su familia. Va mucho más allá de un torneo nacional o internacional. Es una oportunidad para que María salga adelante, se haga de un nombre en el mundo, ayude a sus hermanos a estudiar… Aparte de los premios, podría recibir becas para asistir a una buena escuela, y luego a una buena universidad en el extranjero. Si lo que pasó ayer no fue una anomalía, sino el resultado de su talento, no hay límites para lo que María puede conseguir con el tablero.


El tono de espera sonó unas cinco o seis veces antes de que contestaran. Al otro lado, la voz áspera y honda me indicó que Fulgencio seguramente estaba durmiendo la goma10 cuando lo despertó el teléfono.

—Maestro Fulgenciov —le dije, distorsionando su nombre en la forma típica de nuestros saludos—. Le tengo una sorpresa que lo va a tumbar de la silla.

—¿Quién habla? ¿El maestro Pablov11?

Eso de maestro me lo decía por cariño, porque yo apenas si era un jugador clase A. Fulgencio, sin embargo, sí tenía el título de maestro internacional de ajedrez, uno de los pocos en Panamá que habían logrado llegar a ese nivel, superior al escalón de maestro nacional.

—Brother, te encontré al primer gran maestro panameño. Es una niña. Te la voy a llevar al club. ¿Cuándo vas a estar por ahí?

—¿El primer qué? ¿Cómo así que lo encontraste? No sé de qué carajo me estás hablando, Pablo, pero si quieres venir a la birria12, esta tarde los pelaos13 y yo vamos a estar entrenando para el Nacional. Puedes llegar al club si quieres.

Los «pelaos» eran la Selección Nacional de Ajedrez, que —tal y como yo esperaba— estaban entrenando para el Campeonato Nacional, con Fulgencio como entrenador. Simultáneamente con la categoría abierta —compuesta casi exclusivamente de varones adultos—, se realizarían campeonatos en las categorías infantiles y juveniles.

Llegamos al club temprano, media hora antes de la hora oficial de la práctica. Quería hablar con Fulgencio antes de que llegaran los demás miembros del equipo. Además, quería que María del Carmen y su mamá se aclimataran al sitio, y al ambiente ruidoso y desordenado del club. Para madre e hija, era la primera vez que visitaban la capital, y de hecho la primera vez que salían de Llanos de Mensabé.

Doña Alicia, la madre de María del Carmen, se sentó en silencio en una silla, en una esquina, con su bolso de mano sobre el regazo. Era una mujer delgada y callada, no muy alta, y envejecida precozmente por el trabajo duro de la vida en el campo. María del Carmen andaba con una bolsa de boliqueso14, los dedos manchados de amarillo, caminando por el club, mirándolo todo.

—Te traigo a alguien para que la inscribas en la categoría abierta del Campeonato Nacional —le dije a Fulgencio.

—¿Quién? ¿La niña? Pero maestro Pablov, para eso está la categoría infantil femenina. Ahí puede competir con otras niñas. Está muy chiquita… ¿ya sabe jugar?

Fulgencio miró a María del Carmen, que de mala gana se estaba dejando limpiar los dedos con una toalla húmeda que traía su madre. Me miró entonces a mí, y me dijo:

—Mejor para el próximo año. Yo te aviso con tiempo para que…

—Fulgencio —lo interrumpí—, quiero hacerte una propuesta. Juega un partido con la niña. Si tú le ganas, te doy mil dólares.

—¡Jo! El maestro Pablov tiene ganas de perder plata hoy —replicó Fulgencio riendo bulliciosamente, con el rostro congestionado.

Fulgencio andaba siempre corto de dinero. Varias veces en el pasado había tenido que prestarle de apuro para pagar la pensión alimenticia de algunos hijos que tenía regados por el mundo. La última cuenta que supe era seis hijos con tres mujeres distintas. Su salario de profesor de Educación Física no le alcanzaba siquiera para los tres que tenía en la casa. Yo sabía, entonces, que tentarlo con dinero era una forma segura de que aceptara el absurdo reto que le proponía.

—Pero si la niña te gana, quiero que tú mismo la inscribas en la categoría abierta del Campeonato Nacional. ¿De acuerdo?

—Mira, la práctica comienza en veinte minutos, así que te voy a seguir la corriente, pero tiene que ser uno rápido, a diez por bando.

Llamé a María del Carmen y la senté frente a un tablero. Tuve que convencer a la madre de que dejara a la niña pararse sobre el asiento, para ver mejor.

—Estas fichas son más grandes —comentó María. Luego, mirando a Fulgencio, le preguntó—: ¿Usté también juega ajendré?

Fulgencio, que estaba preparando las fichas sobre el tablero, y ajustando el reloj a diez minutos para cada jugador, solo se sonrió. Le cedió las fichas blancas a María, para darle la ventaja de la primera movida.

—El señor es un maestro de ajedrez, María —le respondí.

Giré el tablero para darle las blancas a Fulgencio, quien me miró con una expresión de «como gustes», y abrió moviendo un cuadro el peón de alfil de rey. María, que no había visto esta apertura nunca, pues ni Jorge ni yo la jugamos por considerarla inferior, respondió con aplomo y en su característico estilo rápido.

—Cuando mueves, tienes que apretar el botón del reloj, María —le dije.

Con su manita, todavía manchada de queso amarillo, María le dio un golpecito a la perilla negra, que se hundió y echó a andar el tiempo del contrincante. Fulgencio, en parte por estar acostumbrado a jugar rápido en el club, y en parte para impresionar a la niña, respondió también rápidamente, sin pensarlo. Sacudía el muslo derecho insistentemente, con una mano en la mejilla. Así pasaron las primeras diez movidas, Fulgencio echándole miradas cortas a la niña, y María enfocada completamente en el tablero.

A la altura de la movida quince, Fulgencio intentó un ataque prematuro contra el flanco de dama, que la niña castigó capturando un peón. Fulgencio, contrariado, se chupó el labio y me miró.

—Vamos a ver, Pablo, ¿dónde está el truco? ¿Le estás soplando las movidas? ¿Qué tienes ahí en la mano, una computadora?

Le mostré a Fulgencio lo que tenía en la mano: una inocente libreta de papel, donde estaba anotando el partido.

—Juega —le espeté.

Fulgencio volvió al juego, y pensó durante largo rato. Tras una pausa, intentó una combinación para recuperar el peón. Pero María la refutó rápidamente, ganando una pieza en unas cuantas movidas más. El reloj de Fulgencio en este punto indicaba que le quedaban solo dos minutos, mientras que el de María del Carmen todavía tenía nueve de los diez minutos disponibles.

—¿De dónde sacaste a esta niña? —me preguntó Fulgencio.

—De un pueblito que no has oído mencionar en tu vida, compadre.

Fulgencio peleó por unas quince movidas más, poniéndose de pie para ver mejor el tablero. Al final, con una torre arriba, María del Carmen amenazaba darle un pronto mate en la octava fila al rey blanco. En este punto, Fulgencio lo tumbó, indicando que se rendía. Ya casi no le quedaba tiempo a su reloj, y de todas formas el mate era inminente. María del Carmen se puso de pie, y le extendió la mano:

—Buen partido —dijo.

Fulgencio le estrechó con cuidado la manito delicada, con una expresión de espanto en el rostro, como si hubiera presenciado la resurrección de Lázaro. Alrededor de la mesa se encontraban unas quince personas que venían a la práctica, y que habían quedado cautivas ante el espectáculo del tercer mejor jugador del país siendo derrotado por una niña de siete años con los dedos manchados de boliqueso y con mocos en las ventanas de la nariz.

—Maestro Pablov, creo que usted me está tomando el pelo —me dijo Fulgencio—. De alguna forma estabas diciéndole a la niña qué jugar. No sé cómo lo hiciste, pero es la única explicación.

—Te lo juro que no.

—Pero es que… bueno. Vamos a ver —dijo, riendo.

—Recuerda lo que me prometiste —le insistí.

—Sí, pero eso fue antes de que supiera que ibas a hacer trampa —me dijo, con un timbre de duda y mirando a la niña de reojo.

—Fulgencio, esto es real. La niña jugó sola…

Sin decir palabra, el maestro armó dieciséis tableros, cuatro en cada una de las cuatro mesas que se encontraban en el salón principal del club. Luego indicó a los ocho mejores miembros de la categoría abierta y a las ocho mejores jugadoras de la categoría femenina adulta, que ya habían llegado para la práctica, que se sentaran en el lado de las blancas de cada tablero.

—Jóvenes ilustres —anunció Fulgencio—, este señor que está aquí es mi amigo, el ingeniero Pablo Escudero. Yo estoy convencido de que Pablo quiere verme la cara de pendejo. Ha traído a una niñita desde canto del rayo, y dice que le ha enseñado a jugar ajedrez. Ustedes vieron la limpia que me acaban de meter15, y yo voy a averiguar cómo lo está haciendo. Así que vamos a hacer una simultánea: la selección abierta en este lado, la femenina en este otro. Tomen ustedes las blancas. Pónganle una hora a su reloj y diez minutos al reloj contrario.

Fulgencio me miró fijamente. Semejantes condiciones adversas son inauditas en una simultánea. La idea de una simultánea es que un maestro juegue contra múltiples jugadores inferiores a la vez. Tradicionalmente, el maestro recibe las blancas, y los relojes marcan al menos igual tiempo para ambos bandos. Pero Fulgencio estaba haciendo todo al contrario: maestros nacionales jugarían contra una niña que había aprendido las movidas hacía menos de dos semanas, donde el lado considerado más débil recibía las fichas negras y apenas un sexto del tiempo en el reloj.

Aplacando las protestas de algunos jugadores que veían las condiciones como una injusticia, y de otros que pensaban que todo el asunto era una pérdida de tiempo, Fulgencio inició todos los relojes, y ordenó:

—Jueguen. Si Pablo y la niña están haciendo trampa con una computadora, el truco les va a fallar en una simultánea. Y tú —agregó, mirándome a mí—, tú te paras al lado mío, con las manos en la espalda.

Me di cuenta de que Fulgencio estaba, al mismo tiempo, afrentado por la derrota y admirado por lo que él pensaba era un truco, y no me quería dejar «salirme con la mía».

—¿Y si la niña gana de nuevo? —pregunté.

Un revoloteo de risas recorrió el salón. Conociendo a Fulgencio, tiene que haber pensado: «Si la niña gana, me la corto». Pero me respondió:

—Si gana todos los partidos, yo mismo le pago el boleto de avión para el Zonal en Guatemala —me respondió—. El tiempo está corriendo…

Miré a María del Carmen, quien estaba despachando un tercer paquete de boliqueso.

—¿Qué significa simultánea? —me preguntó.

—Significa que vas a jugar contra todos ellos al mismo tiempo. Tienes que acordarte de apretar el reloj cuando mueves, porque el tiempo está corriendo.

María se acercó al primero de los tableros. El bando blanco ya había realizado la primera movida: peón de dama. María movió y apretó el botón del reloj. El círculo plástico negro quedó manchado de brusquitas amarillas. Dio tres pasos a la derecha, echó un vistazo al segundo tablero, que mostraba una apertura inglesa, movió y apretó el reloj. Así, en círculos, siguió caminando y moviendo al instante, en un despliegue alucinante de veni, vidi, vici durante varias horas, ante la mirada voraz y fascinada de Fulgencio.


Terminé de apretar la última tuerca del plato del microondas, y guardé la llave en el cinto. Remecí el plato suavemente, para verificar que estaba firmemente sujeto a la torre. Cuando iba a bajar, sonó el teléfono celular.

—¿Pablo Escudero?

—Dígame —respondí.

—Le habla Jacinto Solís, ministro de la Presidencia.

Tras unos segundos en silencio, respondí:

—Dígame, señor ministro, en qué puedo servirle.

—¿Conoce usted al señor Fulgencio Correa?

—Sí, lo conozco desde hace tiempo.

—¿Conoce usted a María del Carmen Ochoa?

—Sí, la conocí hace un año. ¿Pasa algo malo, señor ministro?

—Usted me dirá. ¿Es cierto que usted le enseñó a María del Carmen a jugar ajedrez?

—Bueno… —respondí— yo le enseñé a mover las piezas.

Un incómodo silencio dominó los siguientes segundos.

—¿Tiene algo que decirme sobre el estilo de juego de la niña? —preguntó el ministro.

—Pues que es perfecto, diría yo. Hasta donde sé, no ha perdido nunca ningún partido.

—Ningún partido, en efecto —interrumpió el ministro—. La niña resultó invicta en el Campeonato Continental, y se calificó de primera en el Torneo de Candidatos, sin perder un solo partido. Ahora es considerada favorita para el Campeonato Mundial.

Yo sabía todo esto, pues estaba en todos los diarios del país. No sabía qué responder.

—¿No encuentra nada raro en esto? —inquirió el ministro.

—Pues es algo único, señor ministro, algo que no tiene precedentes.

—Dígale eso al agente de Veselin Topalov. La Federación Búlgara de Ajedrez ha interpuesto una protesta oficial contra la Federación Panameña, arguyendo que María del Carmen fue asistida por una computadora remota durante su partido contra el campeón búlgaro.

—Pero eso es ridículo. Además, María del Carmen juega mejor que cualquier computadora.

—Ayer en la tarde, la niña fue sometida a un examen riguroso de resonancia magnética, buscando electrodos, audífonos u otros elementos foráneos que pudiesen haber sido instalados en su cuerpo para asistirla con el juego.

—Por supuesto no encontraron nada —me adelanté.

—Nada. Está limpia. Y muy sana, al parecer.

Tras decir eso, la voz al otro lado del teléfono guardó silencio.

—¿Usted me está llamando por algo en particular, señor ministro?

—El señor presidente está haciendo preparativos. María del Carmen no ha perdido un solo partido hasta ahora, incluso contra los jugadores más fuertes del mundo. Yo no sé nada de ajedrez, pero he leído reportes de expertos que indican que, si continúa con ese nivel de juego, el Campeonato Mundial será suyo. ¿Sabe lo que eso significa?

—Creo que sí.

—Significa el primer campeón mundial de ajedrez panameño. Significa la primera mujer en ganar el Campeonato Mundial abierto. Significa el primer jugador que se corona campeón mundial sin haber terminado siquiera la hijueputa escuela primaria. ¡Eso es lo que significa! ¿Usted me entiende?

—Le entiendo perfectamente. Es algo muy grande para el país.

—Y el presidente va a estar ahí, en primera fila, al lado de la niña. Habrá eventos, habrá discursos, habrá cámaras. Si la niña está haciendo trampa, dígamelo ahora, señor Escudero, antes de que el presidente haga el ridículo.

—Yo le aseguro… es más, le juro por la vida de mi santa madre, que María del Carmen jamás ha sido asistida por nada ni por nadie, y que cada partido que gana, lo gana por sí misma.

Escuché una exhalación de alivio en el auricular.

—Eso es lo que quería escuchar.

Otra larga pausa siguió a su comentario.

—Bueno, señor Escudero, no le quito más tiempo.

—A la orden siempre, señor ministro.

—Una cosa más… —agregó—: gracias por encontrar a María del Carmen.

—Gracias a ustedes por apoyarla.

Tras un breve chasquido, la línea quedó en silencio. Guardé el celular en el cinto, y agarrándome fuerte de la torre con ambas manos, como abrazando la estructura de hierro, respiré hondo y medité por largo rato. Levanté la vista entonces, y miré hacia el horizonte. La torre se erguía sobre una loma, en un sitio alto llamado Los Búhos. Hacia el sur se abría el Pacífico, infinito y nebuloso, de un azul triste, indeciso. Hacia el norte, el monte virgen, de un verde hondo, tupido hasta donde llegaba la vista. Al pie de la torre, Jorge tomaba una siesta en un catre de campaña, cubriéndose los ojos con una almohada.

Medio kilómetro más abajo, al pie de la loma, distinguí la figura de tres hombres. Los había visto pasar esa mañana, con sus pantalones de diablo fuerte16 y sus camisas de manta sucia17, los machetes afilados y la totuma con agua de la quebrada fresca. Salomando, feroces con el garabato18 y el colin19, los tres peones despachaban la maleza de un potrero bajo el sol inmisericorde del mediodía.

Pensé en María del Carmen, y en cómo pronto su vida cambiaría para siempre. Tendría el mundo a sus pies. Y sin embargo, habría acusaciones en su contra, que solo el tiempo podría despejar, reivindicando su nombre. Pensé en su inocencia, y su talento, ambos sin límite. Y dudé. ¿Habríamos hecho lo correcto Jorge y yo al hablar con el maestro de escuela y revelarle el talento de María del Carmen? ¿No hubiese sido mejor dejarla tranquila, paloma perdida en el monte, viviendo su vida de niña, y luego de esposa y madre campesina en los Llanos de Mensabé?

Pensé en su padre, peón rústico y humilde, levantándose al amanecer para ir al potrero a tumbar monte, manteniendo la energía con trozos de raspadura y grandes tragos de agua fresca. Pensé en su madre, Alicia, envejecida por el trabajo del pobre, lavando ropa en la quebrada, cocinando tortillas changas en la arcilla plana sobre el fogón, con los hijos pegados en las tetas secas, la mirada perdida en la casa de quincha. Pensé en mí mismo, en la cúspide de aquella torre, trabajando de sol a sol, todos los días, domingos y feriados, ganándome la vida.

«Todos somos peones en este juego», fue la frase que me vino al pensamiento. También María del Carmen lo era. «Este es nuestro destino». Contemplando el trío de peones en el monte, me consoló pensar que Mari podría al menos llegar ahora a ser la reina en el tablero de su vida.

2008

  1. ajendré: deformación de ajedrez. ↩
  2. ir retando: tener el turno de jugar contra el ganador de la partida en curso. ↩
  3. birriar: jugar algo en exceso, en sesiones largas e intensas. ↩
  4. eufemismo por ir a orinar. ↩
  5. salirse del book: en ajedrez, apartarse de las líneas teóricas de una apertura. ↩
  6. zambito, ta: niño, niña; por lo general pobre o travieso. ↩
  7. no ser manco: saber defenderse. ↩
  8. soplar: decirle a alguien en secreto qué jugadas hacer para ganar. ↩
  9. la extraordinaria: sorteo especial de la Lotería Nacional de Beneficencia, con premios mayores. ↩
  10. dormir la goma: dormir mientras se pasa la resaca. ↩
  11. Pablov: deformación de Pablo. ↩
  12. birria: sesión de juego informal entre amigos, larga e intensa. ↩
  13. pelao: aquí, muchacho. ↩
  14. boliqueso: golosina barata y salada, de bolitas crujientes de maíz con sabor a queso. ↩
  15. meter una limpia: derrotar de manera abrumadora. ↩
  16. diablo fuerte: tela de algodón muy fuerte, para pantalones de trabajo. ↩
  17. manta sucia: tela fuerte de algodón, para camisas de trabajo. ↩
  18. garabato: vara de madera con gancho en la punta, que acompaña al machete al desyerbar. ↩
  19. colin: machete. ↩

Carta en defensa de Balboa al Cardenal Cisneros

Ilustríssimo e reverendíssimo señor Cardenal de España, arçobispo de Toledo e governador destos reinos de Castilla: reciba Vuestra Señoría Reverendíssima deste criado suyo todo el acatamiento que su alta dignidad meresce e que su cargo le confiere, e nuestras muy humildes muestras de acatamiento e lealtad a la muy alta e muy poderosa Reina doña Juana, nuestra señora, que Dios la colme de vida e bendiga mill vezes su locura, pues de amores proviene. Sepa Vuestra Señoría que nos causó a todos los cristianos asentados en estas Indias grande dolor e cuita la noticia de la muerte de su Alteza Fernando el Católico, hombre santo e rey magnífico, que Dios aya en su gloria. Por su ánima se hizo una missa en esta cibdad de Santa María de la Antigua del Darién, e fue grande lamentación e tristeza el perdelle. Aunque la Corona reposa agora en buenas manos, pues Vuestra Señoría tiene a su cargo el govierno destos reinos, para provecho de España e para prez e honra de Dios nuestro Señor. Ha de saber Vuestra Señoría que ha más de año e medio que andamos en la otra mar con el Adelantado, haziendo navíos e descubriendo, sin que en todo esse tiempo nos llegasse nueva alguna de Castilla; e la postrera que tuvimos fue la de la muerte del Rey Católico e la de aver quedado estos reinos en manos de Vuestra Señoría.

Quien esta misiva os escribe, como súbdito manso e obediente de Vuestra Señoría, es Hernando Joachím de Muñoz y Franco, vezino de Santa María de la Antigua del Darién, piloto e descubridor, e grande amigo del Adelantado e Descubridor de la Mar del Sur, Vasco Núñez de Balboa, a quien vos ya conocéis por aquesta gran hazaña que hizo ha seis años. Os escrivo para daros cuenta e noticia de la grande injusticia, que por odio ocioso e vil, en aquestas tierras del Darién, que Vuestra Señoría rige e govierna, comete el governador Pedrarias Dávila, e para pediros socorro, e que interpongáis vuestra auctoridad para salvar las vidas a quienes más luengas las merescen. Pocos días ha que Pedrarias Dávila, Governador de Santa María, mandó encarcelar a Vasco Núñez, Adelantado de la Mar del Sur por Sus Altezas, e a otros amigos dél, entre los quales me cuento, por falsos cargos de conjuración e traición, levantándonos falsos testimonios e calumnias inauditas. Aqueste Pedrarias, que los indios e aun los mesmos cristianos miran con recelo e mala voluntad por su avaricia e crueldad, enfurecióse tanto de celos e de tan mala manera contra el de Balboa, que no cejó de estorballe en sus empresas e agora le pone cadenas, no aviendo Balboa cometido más pecados que ser bien amado por los naturales e respetado por todos los españoles.

Yo e muchos otros cristianos conocemos bien al Vasco, e damos fe de ser en todo extremo falso lo que Pedrarias arguye, como os lo haré saber luego. Os relataré lo que ha sucedido, deteniéndome en las menudencias, que en ellas recae grande parte de la claridad de toda verdad.

Llegué a estas tierras de Veragua en carabela del Governador Diego de Nicuesa, en el año de mill e quinientos e nueve. Viaje tan desastrado no lo vide jamás en el mundo. Dello culpo yo al mesmo Nicuesa e a Olano, que de aver sido hombres prudentes e sabios, como lo es Balboa, agora sería otra la nuestra suerte. En llegando a estas costas, dímosle yo e otros pilotos a Nicuesa la noticia de ser la tierra que veíamos la de Veragua, su governación. Pero por no creello este Nicuesa e porfiar en navegar más adelante, nos envió el cielo una terrible tormenta, que se puso tan recia e feroz que los cristianos gritaban al cielo clamando perdón. Del cielo llovía fuego, e las olas que se alzaban asemejaban montañas de agua que se nos venían encima con ira a destrozarnos; en toda mi vida no vide jamás la mar tan brava, que más de una vez bolví las tripas e todos andaban mudados de la color e haziendo ofrecimientos de romerías a sus santos, hasta vernos muchas vezes de frente a la muerte mesma. La tormenta desmembró la flota, e muy poco nos buscamos en quanto ovo terminado, creyéndonos cada uno que los otros eran muertos, ahogados en el fondo de la mar. Yo quedé en nave de Nicuesa, en la que viajaba. Los de Olano, quando nos reunió la mano del Señor, contaron que nos procuraron e no hallándonos se retiraron un tanto a tierra, varándose las naos e ahogándose catorze hombres. En haziendo unas choças, otra tormenta se las arrastró a la mar, e muchos enfermaron de calor e de hambre, heridos o picados por las sabandijas destas tierras, que son muy venenosas, quasi tanto como la yerba de las flechas de los indios. No encontraron oro, ni comida, ni bastimento alguno en los poblados indios, por miedo a entrar a ellos; e fue tanta la hambre entre los cristianos, que llegaron a comerse las partes que arrojó con el potrillo una yegua que se les parió por aquellos días. A los que con Nicuesa íbamos, no fuenos más próspera la suerte. Entramos en un río para resguardarnos de la tormenta, e al baxar la mar varósenos la carabela, partiéndose en dos, e perdiéndose en el río comidas, armas e demás bastimentos. Caminamos desnudos e descalzos, con grande molimiento, por medio de lodos e selvas, con una barca como toda hacienda. Por engañar las tripas, devorábamos camarones e mariscos crudos, e yerbas silvestres. Anduvimos mucho trecho, hasta que llegamos a una parte de tierra en que no pudimos seguir más, e nos encomendamos a Dios porque creímonos morir. El Señor escuchó nuestras plegarias, pues unos marineros, con un moço que nombran Rivero a la cabeça, se amotinaron e escaparon con la barca, buscando socorro e ayuda en los hombres de Olano, que nos pusieron a salvo a poco trecho de aver hecho aquesto Rivero. Nicuesa era hombre bueno de cortes e palacios, pero malo para el mando e la mar. Poco hizo falta para ver al teniente Olano en la horca, si no intercediésemos los cristianos por él, perdonándole Nicuesa de la muerte, aunque encadenándolo injustamente, pues le culpaba de no avelle buscado tras la tormenta.

Aqueste Nicuesa, que Dios perdone su torpeza, hizo perderse la cosecha que los soldados de Olano avían sembrado mientras nos hallaban; e a pocos días, por una liviandad, perdió veinte hombres, heridos con las flechas untadas de yerba de los indios, questas flechas con abrir las carnes un trecho no ha salvación alguna. Desto saco yo que nunca fue el Governador Nicuesa hombre de provecho para la Corona, sino que causó muchas muertes e pérdidas entre los cristianos que a sus órdenes viajábamos. Construyó Nicuesa un fuerte, que llamó Nombre de Dios, mas en él las lagartijas, las sabandijas e los camarones crudos seguían siendo manjares. Hasta que llegó un día, con grande gala e pompa, el lugarteniente del Governador, nombrado Rodrigo de Colmenares, a pedille que fuesse a priesa a governar una tal Santa María, que solía ser de la gente de Ojeda e de Enciso. Nicuesa quasi lo besó, llorando como una mujer, que fue grande contento el escuchalle aquella noticia, estando tan desnudos e mal parados, en desgracia e pobreza extrema, enfermos e molidos todos nosotros, e débiles de hambre e calores. Parecióle entonces a Nicuesa hazer gala de grande mando e poderío, llegando con garrote a Santa María, enviando embaxada delante para que le anunciasse la llegada. Pero, como supe yo después, aquesta embaxada dio aviso a los de Santa María, que tenían por alcaldes a un tal Zamudio y estotro que sería mi amigo, Vasco de Balboa, que en previendo queste Nicuesa venía a desproveellos del pueblo, bienes e oro, e a tomalles no con gratitud sino con ira, no le rescebieron en tierra. Yo vide a Nicuesa como espantado, sin poder hablar palabra por largo tiempo, de puro pasmo e desengaño. Les lisonjeó e obtuvo licencia de baxar a platicar como hidalgos aqueste desacato, e desembarcó pero no los convenció de su parescer. Abordó nuevamente, e deste punto a unos días lo apresaron e le embarcaron en un bergantín maltrecho, obligándole a navegar mar adentro, que si no lo hazía le darían muerte. Los leales de Nicuesa se partieron con él; yo e otros cristianos nos quedamos en Santa María, baxo las órdenes de Vasco Núñez. Aqueste Nicuesa agora reposará en el fondo destas mares.

En Santa María trabé amistad con Balboa, que es hombre de buen trato, muy gentil e amable. Lo que agora escrivo, contómelo él de su propia boca, e muchos otros cristianos amigos suyos, que tiene muchos; e os lo relato, Reverendíssimo Señor, para que conozcáis la constancia e abilidad deste grande hombre. Embarcóse en Cádiz, en la armada de un cavallero nombrado Bastidas, que recorrió estas hermosas tierras todas, ha cerca de veinte o menos años. Asentóse a probar suertes en la Española, pero unas malas amistades e su poca malicia le hizieron cargar de deudas. Porque deberé deziros, Ilustríssimo Señor, queste Balboa no tenía en aquellos años mucha malicia, en merced de ser él un hombre bueno, e no esperar mal de nadie. Huido de la Española por no poder pagallas, se embarcó a escondidas en una nao del Bachiller Enciso. Gracias a este Balboa pudieron los hombres de Enciso hallar el lugar en donde agora se encuentra Santa María, porque él lo vido quando navegó aquestas aguas con Bastidas; e hasta el nombre de Santa María, fue instigación de Vasco Núñez, por le cumplir una promesa a Nuestra Señora e colocallo. Enciso, como Nicuesa, era de sangre mudable e altanero, mal governante, quiçá por nombrallo Nicuesa; e a Nicuesa quiçá por nombrallo el Rey tan de lexos e tan sin conocelle ni tratalle. Lo qual, vido por los hombres, pareciéndoles que allí venía bien usar de la fuerça que da la unión, e dirigidos por Vasco, en grande revuelta e pendencia, aprisionaron a Enciso e le confiscaron los bienes, pues el pueblo no gustaba dél por ser un bellaco e no querer compartir el oro entre todos, como era justicia; e a pocos días se retiró por voluntad a la Española, por poner su vida en cobro. Esto sí lo vide yo, por estar a la sazón asentado en Santa María.

Con Enciso, envió Balboa a dos hombres a daros relación de lo que acontecido avía, e pidió la governación destas tierras del Darién en el entretanto, que muy merecida se tenía. Además envió mill e dozientos pesos de oro, como lo manda la vuestra Corona, por razón del quinto real; e aquí aprovecho e os digo que nunca faltó Balboa a esta ni a otra alguna disposición de los Reyes Católicos, que en la gloria de Dios descansen, pues los tenía en mucha estima e amaba mucho.

Muchas e muy grandes cosas hizo Balboa mientras governó Santa María. Debo deziros que aqueste mi amigo, Balboa, se asemeja más a los indios que a los cristianos. No de cuerpo, pues es alto e de muy bello semblante, bien barbado e mejor formado de miembros, piel blanca e boz poderosa; e creo yo questa belleza de cuerpo es la que carcome de envidias a los hombres menguados como Pedrarias, Enciso e Nicuesa, e los encona contra él; aquesta belleza e la gloria que corona el nombre de Núñez. Es en la mansedumbre en que Vasco se asemeja a los naturales destas luengas tierras, y en el buen coraçón. Me viene a la memoria una jornada en que un teniente nombrado Pizarro, hombre de Balboa, capitaneando una jornada, abandonó en la huida a un cristiano capturado por los indios. Grande ira tomó Vasco Núñez e tornó colorado el semblante, reprehendiéndole fuertemente, hasta quel mesmo Pizarro se avergonzó e pidió perdón. El Adelantado le envió a buscalle, e Pizarro le truxo. Aunque no es de temer quedar cautivo de algunos destos indios, porque muchos son humanísimos e dan buen tractamiento a los cristianos; solo quando los soldados de España han hecho alarde de bravura e avaricia, matando como suelen hazello, a diestra e siniestra sin perdonar mujeres o niños, e prendiendo fuego a las aldeas, es que los naturales sienten merced de defenderse o de tomar vengança. De aquesto que hablo, de la mansedumbre e buena voluntad de los indios, pueden dar fe dos hombres de Nicuesa que naufragaron e se perdieron en estas selvas; pues los indios de un cacique nombrado Careta los recogieron, e Careta mesmo les hizo grande rescebimiento, e les pintaron de colorado, e les dieron mujeres e comida, que fue mucha delectación e contento.

Muchas e muy grandes empresas, ha hecho Vasco Núñez en aquestas costas e montañas, siendo las más grandes e gloriosas, e las de más provecho para la Corona, las entradas a tierras de los caciques, e el edificar cibdades e labrar carabelas en plena selva, a pesar de ser estas selvas como el mesmo infierno. La vista prima de la mar del Sur no es sino la corona con que remata aqueste hombre su gloria. Y es desta tanta gloria ajena de la que muere Pedrarias, consumido de mucho envidialla e no posseella. En aquestas entradas a los pueblos de los indios es do se vido la grande diferencia entre Balboa e los que vinieron después dél. Balboa hizo muchos amigos indios entre los señores que mandaban las tierras, que nombran caciques, aviendo dellos mucho oro, comidas e ayuda para andar por los montes, e todo esto de buena gana las más vezes, e derramando quasi nada de sangre de indios e de cristianos. Porque con Nicuesa e con Olano vide yo que de más de setecientos cristianos que embarcaron, apenas quedamos vivos setenta o menos soldados; pero a Balboa, quando cruzó la montaña para ver la mar del Sur, en una jornada de más de un mes por medio de la selva más horrible que podáis imaginaros, no muriósele ni una sola ánima.

Un pacto hizo una vez el Vasco, quando apenas empezaba en aquestas empresas de descubrir tierras, con el cacique Careta que arriba nombré, pues éste tenía querellas con estotro cacique nombrado Ponca, muy feroz e poderoso. Balboa le requería alimentos, pero Careta no púdoselos dar por estar puesto en pobreza por la guerra. Por su parte, Balboa ayudaría a Careta a vencer a Ponca, e no tuvo ningún trabajo en hazello; e por parte de Careta, daría comidas e otros bastimentos a los cristianos. En firma del pacto, como suele hazerse, Careta nos entregó, para nos plazer a nuestra guisa e talante, algunas indias moças muy hermosas e de bellas caras; a Balboa le entregó, como señalada muestra de amor e con mucho encomendamiento, a su propia hija, nombrada Anayansi, moçuela muy joven y en todo extremo hermosa. E a mí, porque me vido Careta muy amigo de Balboa, me hizo la merced e me entregó una india, crecida en su casa, para mis plazeres e mi compañía (pues el cristiano anda muy solo en estas tierras), cosa que no hizo con los demás españoles, salvo con Balboa, conviene saber, dar india suya a un español en particular. Según conocí más adelante, mi india se nombraba Yovaná, y era quasi tan hermosa como Anayansi, de muy noble gesto e de poca más edad que estotra. Ella me acompaña hasta el día de hoy, e no tengo recelo en confessar que me enamoré desque la vide aquel día e que aún hoy le amo, pues no es falaz como las españolas y es muy bella, e me fío más della que de mí mesmo; sabed quella está conmigo agora en mi prisión, e acaricia mis cabellos mientras os escrivo esta misiva. Con esto verá Vuestra Señoría quán mansos son estos indios e amorosas estas indias. Era tanta la belleza desta Anayansi, que a poco Balboa se enamoró perdidamente della, conociéndole nosotros sus amigos que era un amor cierto, e no plazer de la carne. Aquestas indias que entregó Careta, gustaron mucho a los españoles, por ser mejores que las españolas en los amores, de bocas sanas, carnes firmes e cuerpos bien provistos; muchas españolas celaron los amores de los soldados, e más de una se amancebó con indio, alegando que era en despecho, mas entendiendo todos los cristianos ser aquesto por propio plazer e agrado dellas.

Balboa trata a la india Anayansi como su mujer, haziendo ella amistad conmigo e con otros cristianos cercanos a Balboa, pero nunca le ha sido ella infiel, questo se sabe presto entre los soldados, ni dexa Vasco que español o indio alguno le importune o le requiera de amores. Es su mujer, qual si su esposa de matrimonio fuesse, y él la ama como a su vida. Por los favores desta princesa Anayansi, que se le llama princesa por ser su padre soberano de aquel pueblo, aprendió el Adelantado a hablar en indio, e ansí se entendía con muchos dellos, que paresce que no todos hablan la mesma lengua. E por los amores della, le vimos más de una vez tratar a los naturales con tanto cuidado como si fuessen cristianos; pienso para mí que por ser los indios fieles e los españoles a vezes traidores. Ha poco Garavito, un amigo de Balboa (que Dios le dé mala muerte), que salió falaz, hizo traición a Balboa, e nosotros sabemos que fue por deseos de posseer a la Anayansi e porque ella le avía rechazado, queriendo vengarse el español haziendo traición a Vasco Núñez. Balboa le ama bien, no solo por ser hermosa e buena en los amores, sino por avelle salvado ella una vez la vida, quando unos caciques juntos se concertaban para dalle muerte. Un hermano de Anayansi le dio aviso para que se pusiesse ella a salvo, pero la india, corriendo grande peligro su vida, se fue a escuras donde estaba Balboa e le descubrió el concierto de los indios de matalle; e acometió ansí Balboa primero e ganó la batalla antes de empezalla. E los indios no dieron en la manera en que adivinó Balboa la acometida, e le creyeron más aún un dios o un bruxo muy poderoso.

En este punto ha de saber vuestra merced que los indios, con poca malicia, creen ser Vasco Núñez un dios, como lo confesare el hermano de Anayansi quando acaeció lo de la acometida descubierta. Habló el indio razones con las que dio a entender que los de su raza se espantan al ver las esplendentes armas e las alburas de la armadura del Adelantado, e por velle montado en bestia, pues Balboa possee en aquestas tierras un cavallo hermoso, negro como la noche, brioso como el demonio e veloz como el trueno, porque con aquesto terminan los indios de horrorizarse e de tenello por dios o diablo. Le temen e le respetan, llamándole Tibá, que en cristiano quiere dezir Señor; atribúyenle ansí grande poder e dones de adivino.

No cansaré a Vuestra Señoría con los particulares de las entradas deste Balboa por las tierras del Darién, porque son muchas e muy diversas. Pero deberé deziros que ningún español que capitanee los exércitos de vuestra Corona podrá alcançar lo que alcança Balboa, e que sería un grande error de vuestra parte el perdello, además de ser una grande injusticia, por no aver razones verdaderas para aprisionalle a él, o a nosotros, pues más servir a la Corona e a los Reyes no hemos podido.

Balboa haze la paz con los indios que le receben, e sabe someter a los que se resisten, sin enemistarse con ellos más allá de la batalla e trocándolos presto en amigos. Los que vinieron después dél, como Juan de Ayora, el mesmo Garavito que arriba mencioné, los dos Dávila, sobrino e tío, un señor Morales, otro nombrado Becerra e otros más, deshizieron presto las amistades que Balboa avía hecho entre los indios (que andan descuidados creyendo questos otros cristianos son amigos como Balboa), matando muchos cientos, robando e quemando a su passo, e perdiendo con esto los alimentos e la ayuda que los indios daban, haziendo decaer la próspera Santa María al poco tiempo, para, según yo veo, no se levantar jamás. Los indios, agora que arribaron los hombres que Pedrarias manda, han huido a los montes e no quieren saber ni ver a los cristianos, de puro espanto.

Balboa es hombre abilíssimo e prudente, e sabe andar por estas tierras, de noche e de día, tanto e tan bien que dizen los cristianos que tiene pacto con el Maléfico, pues los indios no le sorprenden a él, como es usanza por estas indias occidentales, sino queste Balboa les llega de súbito e sin ser sentido en medio deste infierno de selvas, que es cosa de maravillas, por lo que los indios creen que es adivino. Además es hombre prudente, y sus soldados se andan confiados quando él los guía, pues Balboa vence a la selva e los lleva con bien. Con él al mando, todos esperan felice suceso. A tal punto le quieren e le estiman los españoles, que en queriendo ir Balboa con una embaxada a España, no le dexaron los cristianos, diciendo que su prescencia valía más que la de cien cristianos para defenderse de los indios. Esto es con Balboa, pues es hombre hábil; mas yo vide morir muchos cientos de hombres de Nicuesa e de Olano, e muchos otros baxo el mando de otros capitanes, por descuidos e liviandades tontas, propias de hombres baxos e imprudentes e no de hombres de mando.

Balboa sabía andar por los montes e preguntar a los indios que eran amigos suyos, pues hablaba algo de su lengua; e gracias a un moço joven, hijo del cacique Comogre, de nombre Panquiaco, fue que supo Balboa de la mar del Sur. Este moço indio nos guió e acompañó hasta la otra mar quando la jornada estuvo a punto para partir. Yo os aseguro, Reverendíssimo Señor, que nadie sino Balboa oviesse descubierto aquesta mar hermosa, por muchas razones, conviene saber: por no aver los indios dado noticia désta a un español que no los tratasse de amigos como Balboa, por no aver sido otro español bastante para concertar con tan pocos hombres una jornada tan grande, e por no aver podido otro español contar con la ayuda destos indios, que de buena gana nos acompañaron quando fuimos con Balboa, e de trocar en amigos a los caciques que topasse en el viaje, como lo hizo Balboa.

Deberéis saber, Ilustríssimo Señor, que las llamas del infierno son más placenteras e sanas questas selvas del Darién. Árboles altísimos las coronan, e bejucos e matas las encierran. Lodaçales inmensos, infestados de sabandijas extrañas, en su mayoría venenosas, son el suelo por donde caminan los cristianos. Montes infinitos, sin derroteros, espesos como la mirada de las moriscas, mortales como la lengua de los blasfemos, se extienden en todos los rumbos. Crescen aquí las yerbas que los indios untan en sus flechas. Unos mosquitos vide yo que do pican, aparesce una roncha colorada que cresce con el tiempo, pudriéndose en derredor la carne a pocos días, e muriendo el hombre ardiendo en fiebre e despedazado en podredumbre; no valen para estas picadas hierros ardientes que quemen la carne ni bálsamo alguno. Aguas terribles son aquestas que corren por el Darién, que si uno las bebe, buelve las tripas hasta morir, sin poder hazer nada para evitallo, cada vez de una color más escura, acabando e moriendo pálido e flaco a los pocos días. ¡Plega a Dios que nos ampare! Vide yo una rana venenosa que con arrojar una leche sobre un cristiano, le quita la vida antes que diga amén. Son los calores destas tierras como los del horno del herrero, e las noches e días plagados de mosquitos. Se passa mucha hambre, pues muchas de las yerbas son venenosas e las más desconocidas; si no es por la comida que consigue Vasco en sus pactos con los caciques, nos muriésemos de hambre. E ansimesmo mill trabajos e pestes más que se haze largo relatar, nos afligen e acuitan en estas partes. Pero Vasco Núñez las venció a todas e cruzó la montaña para daros el otro mar, e con él, la puerta a mill nuevas riquezas, descubrimientos e maravillas, sin que se diesse una sola muerte entre los cientos de hombres que con él andábamos. Decidme agora, Reverendíssimo Señor, si es o no esto cosa de maravillas, e si meresce o no Vasco Núñez de Balboa que se le encumbre en la gloria e la fama.

No sé por qué razón nombró el Rey Fernando el Católico a aqueste Pedrarias Dávila como governador de Santa María, pero me paresce que fue por malas relaciones de otros españoles traidores que hablaron mal de Balboa. Que Dios los perdone, porque yo no puedo. Fue grande error e imprudencia del Rey, mas no le culpo por desconocer él todo lo acaecido e lo por acaescer en estos infiernos de Darién. Agora imploro a Vuestra Señoría que mande poner remedio, en lo que le sea possible, en aquesta grande afrenta contra el servicio de Sus Altezas e destos reinos.

No he certeza de si fue la gloria que a Balboa le sobraba, la buena voluntad que los españoles le tenían o la belleza de su porte y su semblante. Lo cierto es que algo de Balboa enojaba a Pedrarias Dávila, e no con justicia, por ser el Vasco hombre llano e cierto. Hallóse el de Ávila tan estrecho de mando quando se llegó a estas tierras, que su corto entendimiento le hizo saber presto que no podría nunca igualar su nombre al deste grande cavallero Vasco, no por carescer de hidalguía e corage, sino por carescer de ingenio e de gracia, queste Balboa es cosa de maravillas vello quando da órdenes, pues todos, indios e cristianos, le obedescen sin dudar. Esto es merced, en grande parte, a que Balboa trabaja e suda tanto o más que los indios e los soldados, pues da sobrado exemplo de cómo se trabaja. Ansimesmo lo ha hecho siempre, en las batallas, en los descubrimientos, en el edificar de cibdades, como Acla e Santa María, y en el labrar de naves. Me viene a la memoria, quando en labrando él e nos sus hombres en la mar del Sur unas carabelas, quél se cargó un tablón de madera tan pesado como un cristiano, e subió una grande cuesta con él en las espaldas; entonces los españoles le siguieron e trabajaron alegres, cargando en pos dél cada uno su carga, e los indios también, pues siempre lo han hecho. Por esto es que le quieren, le siguen e le obedescen todos.

Pedrarias, desque aquí se llegasse, en mal uso e detrimento del mucho poder que le oviere concedido el difunto Rey Fernando el Católico, que Dios aya en su gloria, ha hecho la guerra a los naturales destas hermosas e salvajes tierras, sin que con esto ganasse para la Corona otra cosa que no fuesse el odio déstos, pues ni un peso de oro ha obtenido que no sea robado con mucha sangre, e ni una sola alma ha ganado para la fe católica. Digo aquí, para que comparéis, que Balboa bautizó al cacique Careta en la fe de Cristo, nombrándole en adelante Fernando, como el Rey. Con Balboa al mando, Santa María era próspera; aunque agora, con Pedrarias a la cabeça, ninguna cosa hay que sea felice o de provecho a este pueblo venido a menos. Desque llegó Pedrarias, los cristianos passamos aquí en Santa María hambres terribles, e muchos somos enfermos de calores o de pestes.

Pedrarias envidió mucho a Núñez desque lo vido. Y en este odio os juro, Reverendíssimo Señor, que ha llegado a desatinos que son de reír. Quando llegaron las cédulas nombrándolo Adelantado de la Mar del Sur, aqueste Pedrarias las retuvo un tiempo en secreto, por no dalle la auctoridad que se merescía e que mandaba el Rey para Balboa. Otro día, por hazer éste gente en Cuba para sus empresas, se enojó el de Ávila como una niña malcriada, e sin escuchar las muy justas razones del Adelantado, le encerró en una jaula hedionda en el patio de su casa, con cadenas pendiendo de las gargantas de sus pies e de sus muñecas. A los dos meses le soltó e le casó con una hija suya, que estaba en España. Ríen los soldados hablando que debía ser muy fea la dicha hija para tener que amenazar con dexar enjaulado al cristiano que con ella casarse no quisiesse.

Ha poco le tomó preso nuevamente. Pero antes desto, le estorbó como pudo para que no saliesse con sus empresas. Quando el capitán Balboa quiso descubrir la mar del Sur, Dávila le negó la licencia, e después la otorgó a condición que Balboa le hiziesse un camino en la montaña e un poblado nuevo, nombrado Acla, adonde agora pretende ajusticiallo. Hízolo todo Balboa como le avía mandado él, e nuevos estorbos le buscó Pedrarias. Después de cumplidas aquestas condiciones, Balboa e todos sus hombres nos fuimos a la costa Sur a labrar unas carabelas para navegar la mar recién descubierta, pero Pedrarias le negó dineros e hombres al capitán, dándole corto plazo para acabar la empresa de navegar aquestas aguas nuevas. No solo contra el governador tirano tuvimos que luchar, sino también contra natura, pues quando avíamos conseguido todos los bastimentos e labrado las piezas en la pesadísima madera, cargándola algunas leguas desde la selva hasta la costa entre braços indios e cristianos, sin ninguna ayuda en hombres o dineros del mal nacido Pedrarias, una inmensa corriente de aguas turbias del río donde teníamos el real (dizen los indios que por las lluvias en la montaña) arrastrólo todo e perdióse en el mar nuestro trabajo y nuestro sudor de un año. Pero Balboa es hombre que nunca se vence. Consiguió licencia para seguir adelante, e pidió a Pedrarias alargar el plazo e suplirle de dineros e ayuda; pero Pedrarias le envió cien pesos en burla. Diónos ánimos e aliento el Adelantado, y emprendimos la labor nuevamente. Concluimos las carabelas, pero al botallas al agua se hundieron, por averse podrido la madera. Las vaciamos de agua e calafateamos los agujeros, e navegamos un poco hasta unas islas que daban al Sur, descubriendo con grande pena los estragos que hizieron los hombres de Morales en los pueblos de indios, pues todos huyeron hacia tierra firme al passo de los cristianos, que iban matando e robando sin piedad. Hizimos otras dos naves e recorrimos con ellas las costas de Tierra Firme, hasta ver una bahía en que avía muchas de unas como peñas negras sobre el agua. E le nombró el Adelantado Puerto Peñas.

Balboa, debo decíroslo para que entendáis el porqué debéis defendelle la vida, sospecha de grandes riquezas de oro, que se encuentran hacia el Sur, por la costa de la nueva mar. Buscamos en el Darién el Dabaibe, tierra riquísima en oro, sin hallallo nunca. Agora Balboa quiere navegar hacia el Sur, e me temo que de no vivir para descubrilla, aquellas tierras serán descubiertas por algún follón e malandrín que no se lo meresce. Los naturales le han dado noticias de grandes tesoros en unas tierras ricas que llaman Pirú. Yo creo que Balboa tiene bien ganada la gloria de vellas primero e de conquistallas ansí como hizo con la mar. No faltará, si le dan muerte a Balboa, otro capitán, como Morales, Pizarro o Ayora, que le busque e le halle, hallándolo todo hecho e el camino abierto, sin trabajos ni servicios suyos.

Oí dezir en esta cárcel, ha pocos días, que viene un nuevo governador para la Castilla de Oro, un cavallero nombrado Lope de Sosa. Teme mucho Pedrarias le hallen culpado en el juicio de residencia que le hará, como es costumbre, el nuevo governador, por lo que supongo que ha determinado acusar a nuestro capitán del mal estado desta villa, e con ello salir con las manos limpias. No sé por qué le odia tanto Pedrarias. Le tendió celada, e le hizo encarcelar, acusándole de traición, sin dezir jamás traición de qué e sin dar más razones. Le aprisionaron en casa de Juan de Castañeda por un tiempo, e luego le mudaron a la cárcel común. Tomaron presos con él a otros valientes, entre ellos Valderrábano, el santo padre Pérez, Botello, Argüello e a mí, Muñoz. Pedimos apelación a la Corona, pero se nos negó vilmente, ante el silencio de aquel que debía hazer justicia, el licenciado Espinosa, e instigado por quien debía defender a la Corona, el hideputa Pedrarias. Y tras dellos, unos quantos hombres de poco que, como os he referido antes, estaban enojados de la gloria de Balboa, e entre ellos nuestro antiguo amigo Garavito, que renegó (como Pedro hizo con el Redentor) de la amistad con Balboa, por velle muerto, pues todavía desea los amores de Anayansi, a pesar del rechazo della.

Los soldados todos saben que somos limpios de culpa, e que las acusaciones son en todo extremo sin fundamento, e muchos hablan de venir a rescatarnos haziendo revueltas e otras cosas de igual jaez. Según están las cosas, no nos queda otro remedio. Al adelantado se le tiene a muy buen recaudo, por lo quél no ha podido ser quien os escriva, Reverendíssimo Señor; pero encomendome a mí la tarea de escriviros e solicitaros muy encarecidamente que enviéis una Cédula Real otorgándole ya sea el perdón a su vida y la licencia para navegar al Sur, o la governación de Santa María, como vos gustéis e como os plazca más.

Mientras recebís esta misiva e la cédula que enviaréis llega, trataremos de escapar con la vida con una traza de Núñez de Balboa, que, como siempre, no se vence. Tenemos de nuestra parte algunos valientes entre los hombres de Santa María; e con los favores de Anayansi e de Yovaná, hemos hablado con unos naturales destos lares para que, en acometiendo con grande furia e pegando fuego a algunas casas, se forme algarabía suficiente como para darnos los cristianos estos que os refiero como de nuestro bando, la libertad al Adelantado e a los que con él yacemos. Entonces, huyendo a los montes, viviremos con los indios, en secreto, hasta que nuestros hombres en el pueblo de Santa María nos avisen de la llegada de la cédula real que os pido enviéis con priesa.

Agora el grande Balboa está condenado a morir, e sólo el oportuno socorro de Vuestra Señoría, con esta cédula real, puede salvalle la vida. Ruego a vos que no os dilatéis en envialla, e a Dios que no sea ya demasiado tarde. Trataremos de escapar ansí como os lo he relatado, e de vivir ocultos mientras la cédula llega. Yo sello la carta con mi firma, cumpliendo con esto mi parte de lo acordado con Vasco, e la envío secretamente en manos de Lorenzo de la Gándara, a bordo de una carabela que parte mañana derecho a España. Él os buscará con toda priesa e os entregará mi misiva.

Antes de despedirme, quiero recordaros, Reverendíssimo Señor, que si Balboa muriesse, la mayor pérdida la tendría España, al perder al mejor conquistador que ha parido hasta agora mujer alguna, al único cristiano que traba con los indios amistad, e que vence a natura e la lleva a porfía. Balboa es el hombre que puede dar a España los reinos del oro que tanto desea, e que puede convertilla en el más rico, poderoso e glorioso imperio del mundo.

Criado e servidor de Vuestra Señoría Reverendíssima, que sus muy reverendas manos besa,

Hernando Joachím de Muñoz y Franco

Fecha en Santa María de la Antigua del Darién, a doze días del mes de enero de mill e quinientos e diez e nueve años.1

1995 (2026)

  1. El cardenal Cisneros había muerto en Roa, camino de recibir al nuevo rey, el 8 de noviembre de 1517, catorce meses antes de que se escribiera esta carta. Vasco Núñez de Balboa fue decapitado en la plaza de Acla, con Valderrábano, Botello, Argüello y Muñoz, en aquellos mismos días de enero de 1519. ↩

El amor del último retoño

cuento largo

a Giovanna Paola Donado Stefani

I

Desde varios días antes de la tragedia, la gente se abarrotaba a lo largo de la baranda del puente para ver los elefantes del circo, que había llegado al pueblo hacía poco, sumergirse hasta dos brazas de profundidad, aspirar agua con sus trompas largas (imposibles de asimilar para aquella gente) y luego dejarla salir a fuertes chorros como una regadera sobre sus cuerpos polvorientos y arrugados. Esa tarde, la tarde que se escapó un elefante por los montes, la cantidad de gente que había venido a verlos bañarse en el río era inmensa, tanta que ni siquiera para tiempos de carnaval, en las tunas de Calle Arriba, se había visto en ese pueblo tanta gente reunida alrededor de un solo lugar; tanta que ya no pudieron pasar los carros por el puente, pues el tumulto ocupaba toda la vía y las personas que necesitaban pasar de un lado a otro no tenían otra opción más que cruzar el río a nado; tanta que los mismos africanos del circo, que robaron aquellas bestias de las sabanas plácidas en el lejano continente para enseñarles a hacer boberías bajo una carpa de circo, y que los trajeron caminando por el borde de la carretera desde el lugar donde estaba el circo hasta el río para que se bañaran, se espantaron al ver la muchedumbre que se asomaba desde el puente cuando se empezó a doblar bajo el peso de tantos mirones.

Los africanos azuzaron a la horda mansa para que saliera del río, para así regresar al circo antes de que llegara más gente a mirar, pero no lo lograron a tiempo, pues el puente de cemento y vigas de acero cedió ante la carga insoportable de tantos espectadores arrimados, y se desplomó sobre el río, causando la catástrofe más grande que recuerde el pueblo de La Villa de Los Santos en toda su historia. Dos elefantes murieron aplastados bajo el concreto (sin llegar a ver el día en que se pudiera cumplir su callado sueño de regresar al África para ser libres otra vez), otros tres huyeron despavoridos por los caminos del pueblo, metiéndose en las casas y trastornando completamente la paz de los ancianos, y otro más corrió asustado hacia los pajonales altos de la ribera, perdiéndose en el monte. De los catorce hombres, veintitrés mujeres y ciento ochenta y siete niños que murieron entre ahogados y despachurrados, apenas si se recuperó la mitad de los cadáveres, pues la corriente los arrastró en tal cantidad y de tal forma que aun varias semanas después era común para los pescadores de los alrededores encontrar los cadáveres de parientes y conocidos enredados en los trasmallos que tendían durante la noche.

Al día siguiente, el circo, con sus cebras, camellos, payasos, leones, tigres, enanos y malabaristas, y con la mitad de sus elefantes (pues no tuvieron tiempo los africanos de buscar al que se perdió en el monte), recogió sus carpas, enrolló sus guirnaldas de colores y abandonó el revuelto pueblo de La Villa de Los Santos, para siempre. Nunca más se atreverían a regresar con su función y sus elefantes, así como tampoco se atrevieron a acampar en los pueblos vecinos. Se fueron con prisa, quién sabe adónde, dejando en el sitio donde se habían establecido una gran pila de basura y un persistente olor a caca de elefante que por varios meses se encargó de recordarles a los santeños la gran desgracia sucedida.

Era una desgracia, no solamente porque murieron muchos hombres, mujeres y niños (que, al igual que todos los hombres, mujeres y niños que de esta manera mueren, resultaron ser los más buenos y virtuosos que en aquel pueblo hubiesen vivido), y no solamente porque se dio en el pueblo una terrible hambruna por lo difícil que resultaba hacer flotar los camiones cargados de comida sobre las canoas frágiles para cruzarlos al otro lado del río, sino también porque por muchos días no fue posible beber de sus aguas ni bañarse siquiera en ellas por la abundante sangre de mirones y elefantes que quedó estancada en su lento cauce. Esto sin mencionar que los hombres temerosos se negaban a trabajar en el campo debido a los rumores de que «por allí anda el elefante que se perdió el otro día» y «te lo juro que ayer lo vi encaramao en las palmas de la finca de Lito Pérez, tumbando pipas con la trompa». Todo lo divertido que parecía ser el asunto con eso de ver a las viejas en camisón y con rollos en la cabeza corriendo como gallinas espantadas, huyéndoles a los elefantes que se metían en las casas rompiendo las puertas y llenando los cuartos de aquel apestoso olor, dejó de ser tan divertido cuando la gente del pueblo contó a sus muertos y pasó varios días sin comer y sin tomar agua, y entonces decidieron que era un precio muy alto el estar incompletos, sin puente y pasando hambre, por querer ver desde arriba a unos mugrosos elefantes de mierda que solo les habían traído sustos, muertos y una peste del mismo infierno.

Los alborotos por la desgracia fueron tan grandes que hasta los oídos del alcalde llegaron los relatos del puente caído, de los muertos y del elefante deambulante; y tal era la preocupación del pueblo por la posibilidad de que esta tragedia se repitiese algún día, que por primera vez en los muchos años que llevaba el mandatario metido en una oficina con aire acondicionado, dejando las cosas para otro día, temió que si no tomaba inmediatamente una posición firme al respecto, sería derrocado por negligencia. Así que se apresuró a dictarle a su secretaria, que en todos los años anteriores no había hecho otra cosa fuera de pintarse las uñas con el teléfono entre el cuello y el hombro, una resolución oficial en la que expresaba un gran dolor de parte del Estado por la terrible pérdida de los dos magníficos elefantes africanos que sacrificaron sus vidas intentando amortiguar la caída de los cientos de mirones que los contemplaban desde el puente que se desplomó. Pero viendo que esta resolución no logró aplacar las ansias del pueblo, dictó un Solemne Decreto Alcaldicio que se puso de inmediato en vigencia y que se promulgó a los cuatro vientos, prohibiendo en él, de forma definitiva e irrevocable, sobre todo el territorio que comprendía La Heroica Villa de Los Santos, la llegada y establecimiento de circos y otros espectáculos ambulantes que portaran consigo elefantes u otros animales propensos a ser bañados bajo los puentes.

Mientras tanto, el elefante que se había escapado entre la hierba aquella tarde había llegado lejos del lugar en donde el puente se desplomó. Recorrió con su paso lento y su corpulento balanceo, los potreros y los caseríos de la gente pobre que vivía cerca del río, arrastrando a su paso las cercas de alambre y tumbando los ranchos de pencas cada vez que con su inocencia y candidez pretendía entrar donde estaban las personas para sentirse protegido y amparado por una familia, para no seguir a merced de los peligros de aquel mundo de locos en donde los puentes se caían sobre los elefantes inocentes que nunca volverían al África para ser libres otra vez.

Vagó durante varias semanas, comiendo hierbas durante el día, y echándose de medio lado durante la noche —para contemplar en silencio el lejano titilar de las estrellas— hasta que llegó a un sitio, cerca de una gran casa blanca y roja, donde una vieja estaba sentada frente a unos baldes con ropa mojada, y con la mirada perdida en un punto vacío del espacio. Era Geña, la lavandera de toda la vida de la casa de los Pérez Franco, una mujer pequeña y delgada, de cara arrugada y de una expresión de angustiosa ausencia que le daba la apariencia de estar desconectada por completo de todo lo que la rodeaba. Desde joven había trabajado en aquella casa, lavando ropa cada martes, desde el amanecer hasta el anochecer sin más descanso que el del almuerzo al mediodía para tomarse una sopa caliente de hueso de vaca con un pedacito amarillo de melón en medio, y otro breve receso cuando sonaban las campanas de la iglesia al atardecer, para fumarse un cigarrillo pensando en su soledad. De allí, el resto del día se le iba en restregar ropa. En sus años mozos había merecido el privilegio de quitarle el sudor de español a caballo al pantalón, y las manchas de pólvora y sangre a la blanca e insigne camisa del teniente Manuel José de Pérez y Delgado, después de la famosísima y gloriosa batalla de Rabelo, donde los santeños se enfrentaron como leones a los secuaces del pirata Drake, el más temido de los golfos de Parita y Montijo, que intentaban robar los tesoros que por allí pasaban rumbo a la Gran España procedentes de los virreinatos del Perú. Desde esos gloriosos días hasta la fecha no habían pasado por sus manos prendas tan insignes como aquellas, pero se sentía a gusto con uno que otro traje de novia cada algunos años y un par de uniformes de niño explorador que le recordasen con sus insignias de colores al uniforme del teniente Manuel José de Pérez y Delgado, rebosante de condecoraciones y medallas de guerra. En su corazón de jovencita ardió una callada pasión hacia el espléndido hombre, ascendiente lejano de los Pérez Franco y, por aquellos años, el único gran señor de la hermosa casa blanca y roja, pero a pesar de haber estado en varias ocasiones muy cerca de él, se había cuidado muy bien de no mirarlo nunca a los ojos, pues tenía la certeza de que su amado teniente era un hombre tan sagaz que descubriría en aquella sola mirada su ardiente y callado amor. Años después, el teniente Manuel José de Pérez y Delgado murió en cama, tras cinco días y cinco noches de agonía, víctima de un feroz ataque de dentera, mal que había contraído en la última de sus gloriosas batallas, contra una tribu de salvajes que bajaron de sus dominios montañosos para asolearse insolentemente en las calles del pueblo sin su consentimiento. La jovencita Eugenia, que ya dejaba de ser jovencita, se vio forzada a renunciar a su sueño de amor, y se casó con un hombre bueno, que, a pesar de no ser teniente, supo hacerla muy feliz, pero con tan mala suerte que murió al poco tiempo, dejándola viuda y con dos hijos. Geña había trabajado de lavandera en la casa blanca y roja, pasando de generación en generación, desde cuando era apenas una chiquilla al servicio del primer Pérez que habitó por estas tierras, llegado directamente desde España en una carabela bajo las órdenes de un tal Bastidas1, pasando por el teniente Manuel José de Pérez y Delgado y por otras veinticuatro generaciones, hasta llegar a los Pérez Franco. A estas alturas sus hijos le habían dado nietos, sus nietos bisnietos, y así sucesivamente, en una cadena casi infinita de tantos y tantos años que los hijos, los nietos y los bisnietos habían muerto ya, y sus tataranietos, ahora muy ancianos, no tenían la menor idea de que eran tataranietos suyos.

Los Pérez Franco habían recibido a la vieja como un bien heredado, al igual que la casa o los muebles que en ella había, y no tenían la menor idea acerca de su edad o de cuánto tiempo tenía yendo a lavar ropa los martes desde el amanecer hasta el anochecer. Desde que tuvieron uso de razón, vieron a la vieja llegar religiosamente todos los martes al amanecer, sentarse con sus baldes a la sombra en la terraza y lavar sin interrupciones hasta el anochecer, deteniéndose únicamente para almorzar su plato de sopa de hueso de vaca con el pedacito de melón amarillo en el medio, y para fumarse su cigarrillo oyendo las campanas lejanas y pensando en su soledad, en una rutina espantosamente repetitiva que no se interrumpió sino hasta un día en que un terrible accidente cambió las cosas por completo.

Al momento en que se escapó el elefante, habrían pasado unos tres años desde aquel martes terrible. El día había amanecido envuelto en densos nubarrones grises. Llovía con gran fuerza, y los truenos lejanos traían el eco de las montañas.

—No me gusta lavar cuando llueve —dijo la vieja Geña ante el diluvial aguacero, dejando a un lado el jabón.

Se levantó y se alejó de los baldes llenos con la ropa sucia de toda la semana, interrumpiendo por primera vez en toda su existencia su labor por una razón que no fuera la sopa de hueso de vaca con el melón amarillo en el medio, o el cigarrillo al son de las campanas. Se fue caminando, pasando por la cocina, hasta llegar a un amplio ventanal por donde entraba una gran claridad, con una vista magnífica de un enorme árbol de guayacán y del campo forrado en hierba, ensopado por el aguacero. La vieja se quedó mirando aquel árbol grandísimo, recordando cuando apenas era un brotecito verde e insignificante en la tibieza de la tarde. En ese momento, un rayo descargó su furia sobre el árbol, destrozándolo en una explosión de astillas encendidas. La pobre Geña sufrió quemaduras irreparables en ambos ojos debido al resplandor del rayo, y sus oídos se resintieron terriblemente por el estruendo que se produjo cuando la ola violenta rompió el ventanal y una corriente de astillas y fuego entró en estampida a la casa. La anciana se quedó parada como una sombra muerta frente al hueco del ventanal roto, sin moverse por varios minutos. Los que llegaron después a ver lo sucedido la encontraron tiesa como una momia, cubierta de carbón, con el pelo y las pestañas chamuscadas y los ojos abiertos de par en par. Ni siquiera se percató de que la observaban. Estaba ciega y casi completamente sorda. Ese día no terminó de lavar, ni se tomó su plato de sopa de hueso, ni se fumó su cigarrillo, ni pensó en su soledad. En adelante fue una isla incomunicada del resto del mundo. Solo entonces los que vivían en la casa blanca y roja (antes perteneciente al teniente Manuel José de Pérez y Delgado) comprendieron lo increíblemente necesaria que para ellos era la señora Geña antes de que la perjudicara el rayo. Fue necesario comprar tres lavadoras eléctricas para ponerlas a lavar los martes durante todo el día, para poder compensar la falta que hacía el trabajo de la vieja. En retribución por una vida entregada al servicio de la familia, a la ciega, sorda y chamuscada anciana, se le permitió vivir en la casa donde dos siglos antes viviera el hombre de sus sueños, en un amplio cuarto con lámparas de cristal color naranja traídas desde Italia. Al principio se pasaba los días entre la oscuridad de sus ojos muertos y el silencio de su sordera a medias, y solamente lograba escuchar los truenos muy fuertes que caían cerca de la casa en los días de tormenta. Era tal su ociosidad que cayó en el pecado mortal de preguntarse el porqué de la existencia, de enroscarse en el callejón sin salida de si Dios era real o si era invento del padre Conde para poder recoger limosna; y en estas y otras preguntas similares se le pasaba el tiempo. Pero después de varias semanas, la anciana comenzó a sentir un leve aburrimiento, y sintió la necesidad de lavar, de hacer lo único que sabía hacer bien, lo único que había hecho desde que nació, durante sus casi cinco siglos de vida. Lentamente, le fue entrando en la cabeza la idea de que no valía la pena seguir viviendo prisionera de aquel aislamiento cruel. Fue tal la depresión en que cayó que se le hundieron los ojos ciegos bajo las órbitas y se comenzó a secar poco a poco, hasta quedar en los puros huesos. Envejeció más en una semana que lo que había envejecido en trescientos años. Espantados ante la posibilidad de que la doña fuera a desaparecer de pura tristeza, sus hospederos tomaron una medida desesperada. Decidieron sentarla en la terraza la tarde de un martes, a la sombra, con unos baldes llenos de ropa mojada, como solía sentarse ella, para ver si mejoraba. Y fue santo remedio. La vieja Geña metió las manos en el agua y sonrió de tal manera que el rostro se le iluminó, como si acabara de regresar a la vida desde los profundos reinos de la muerte. Sacó del agua una prenda de ropa y el jabón en barra, y sin dejar de sonreír ni un instante, comenzó a lavar en silencio. Gracias a esto, dejó de envejecer, y desde entonces, la sentaron todos los martes en la terraza para que lavara y no se volviera a secar de tristeza. Lavaba todo el día, haciendo únicamente los dos sagrados descansos: el de la sopa de hueso, que nunca había sido servida sin su pedacito amarillo de melón en el medio, y el del cigarrillo cuando sonaban las campanas de la iglesia. Pudieron vender una lavadora eléctrica, y si no vendieron las tres no fue porque la vieja no lavara con todas las ganas de antes y con la habilidad que se adquiere tras cinco siglos en aquel oficio, sino porque la pobre perdía mucho tiempo buscando a tientas el jabón en el fondo del balde cada vez que lo dejaba a un lado para restregar la ropa con las manos.

En una de esas lavadas a ciegas estaba la vieja cuando llegó el elefante, arrastrando una gran cola de pencas y alambre de púas que se le había enredado en el cuerpo. Con mucho disimulo, se fue acercando a la vieja paso a paso, arrancando con la trompa hierbas de aquí y de allá, para no llamar la atención. Se acercó con mucha lentitud, para no espantarla, pues estaba cansado de que toda la gente huyera de él. Al ver el elefante que la vieja ni parpadeaba, se alegró mucho de haber encontrado al fin una amiga de verdad, que lo aceptaba como era y que no salía corriendo cuando él llegaba. Como muestra de amistad, metió la trompa en el balde y le tiró un chorro de agua a la vieja, que se cayó del banquito y quedó empapada sobre el piso.

—¡Zambito'el carajo! —gritó la vieja—. ¡Vienes a joderme la vida a mí!

Se levantó alzando los brazos y lanzando insultos a ciegas. El elefantito, espantado, retrocedió y emitió con su trompa un sonido increíblemente estruendoso, similar al de la Banda Republicana, que estremeció toda la casa y aturdió la razón de la lavandera. Creyendo que era el mismo Satanás que venía desde los infiernos para hacerle pagar quinientos años de pecados, la vieja salió corriendo con las manos en el aire, y en su loca carrera fue a estrellarse de frente contra el tronco firme de una palma, con tanta fuerza que rebotó y cayó de espaldas, la frente marcada con cuatro grietas paralelas hundidas en la piel. Al anochecer, cuando la fueron a buscar para conducirla hasta la casa, la encontraron tendida en la hierba, con la boca llena de moscas, al pie de un elefante que le echaba agua del balde con la trompa en la frente rota.

Fue una misa breve, a la que asistieron apenas los cinco miembros de la familia Pérez Franco, a la sazón habitantes de la casa blanca y roja, y unas cuantas beatas de traje negro y rosario que por vivir frente al altar se encontraron por casualidad rezando por la paz eterna del alma de la señora Eugenia. El padre Conde improvisó un adornado sermón, en el que habló de los elefantes como parte imprescindible del Reino de Dios, afirmando que aquel pobre animal, descendiente directo del elefante y la elefanta que el Señor salvó del Diluvio a bordo del arca de Noé, no tenía la culpa de la muerte de aquella pobre vieja. Y después de recoger la ronda de limosnas, impartió la bendición final, y los Pérez Franco regresaron a su casa, dejando la iglesia tan solitaria como antes de su llegada: el padre retirado en la sacristía, las velas ardiendo frente a los santos de yeso, y las viejas beatas bostezando de rodillas una oración trillada por la rutina. El templo, grande y rejuvenecido, reconstruido hacía poco por la escrupulosa mano de los mejores arquitectos del Viejo Mundo, lucía resplandeciente en medio del pueblo, y sobresalía como una enorme perla, de desproporcionado tamaño y hermosura, sobre los tejados mohosos y sucios.

El templo anterior, un edificio de paredes blanqueadas con leche y de enormes vigas de madera, construido cuando los primeros poblados se asentaban en el Istmo, fue arrasado por una creciente del río desbordado unas décadas atrás, una creciente tan grande que no quedó árbol ni casa alguna en pie, en todos los alrededores. La histórica construcción, patrimonio irremplazable de la humanidad y único vestigio palpable de las artes arquitectónicas de los colonizadores en estas tierras, pasó flotando en la corriente río abajo y se perdió en el amplio horizonte del mar. Algunos hombres en canoas lograron rescatar a las beatas, y salvar algunos santos de yeso —que según dice la gente fueron tallados a mano por san Agustín durante sus pláticas con Don Bosco en los ratos de ocio—, pero el templo se hundió poco a poco hasta desaparecer a varias millas de la costa, en las aguas azules de alta mar. No fue sino hasta cuando bajó el nivel de las aguas en el pueblo, que se hizo el gran descubrimiento. En el lugar donde había estado la iglesia emplazada, una gran losa había quedado al descubierto. Al levantarla se encontró bajo ella una recámara amplia y profunda, llena de arcones de madera, barriles y bolsas de cuero que, habiendo cedido ante la corrosión y la podredumbre de los años, se habían abierto esparciendo su carga preciosa de monedas y objetos de oro sobre el piso de la bodega subterránea. Encontraron también en ella un cuerpo medio momificado, vestido con sotana, con un crucifijo colgando de las vértebras cervicales y con dos pequeños cuernos limados casi al ras del cráneo; y al lado, un libro de grandes pliegos que recogía las confesiones de aquel sacerdote que tuvo que enfrentar, con la ayuda de Dios y de sus artimañas, el ataque pirata más feroz que se registrase en toda la historia de la costa sur, escrito con su puño y letra. Narraba su triste niñez con especial atención: todos los días, relataba, lo atormentaba su madrina con eso de «este niño es el mesmo diablo», y al cabo de tanto decirlo ella y escucharlo él, comenzaron a salirle unos cuernitos pequeños, uno a cada lado de la cabeza. Hablaba de sus luchas interminables por ocultar sus cuernos de diablo infeliz, de cómo se los limaba con cuero de tiburón para mantenerlos al ras de la cabeza y trataba de cubrirlos con el cabello, y confesaba que su temor de convertirse por completo en diablo lo había llevado al sacerdocio como una última salvación. El libro contaba que la tarde en que el pirata Drake atacó el pueblo, aquella tarde gloriosa en que el teniente Manuel José de Pérez y Delgado defendió a capa y espada el esplendor y honra de la Gran España, se hallaban las calles repletas de caravanas cargando oro de paso hacia la ruta del otro océano, y que para salvar todos aquellos tesoros de ser saqueados, los españoles los resguardaron fuera del alcance de los piratas en una cámara subterránea que habían excavado bajo la iglesia previendo un ataque de esta naturaleza, atestándola de riquezas; y contaba además que el sacerdote había decidido permanecer oculto en el refugio subterráneo, orando por la victoria de los españoles y esperando a que la batalla terminase para que lo volviesen a sacar, y que al ver que no le rescataban, supo que los pocos valientes que conocían su paradero habían muerto en la revuelta. Resignado ante su aterrador destino, se dio a la tarea de narrar en aquel libro estos acontecimientos, y algunas confesiones, junto con la historia de su propia desgracia, y después de todo esto, a prepararse para su muerte en aquella tumba de oro y soledad.

Aquel libro contaba la historia de los primeros españoles recién llegados a las costas inexploradas de estas inhóspitas tierras de mosquitos, lluvias y salvajes; la historia de sus heroicas luchas contra la selva para construir un pueblo decente al estilo español; y la historia de la discusión para ponerle el nombre al pueblo construido entre los españoles que querían cada uno ponerle el nombre del santo de su predilección, y que duró por varios meses, hasta que una batalla vino a resolver lo que las palabras no pudieron, no porque acordasen el nombre, sino porque quedaron sin pueblo, incendiaron las casas y destrozaron en horas lo que habían construido en años. Por eso fue, según cuenta el libro que escribiera el sacerdote de los cachos limados, que cuando reconstruyeron el pueblo acordaron hacer la ceremonia de fundación el día 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, y llamarlo La Villa de Los Santos, para que no se diesen en el futuro disgustos o discusiones respecto a esto. La momia del sacerdote fue enviada con un lacito violeta en la cabeza, como regalo de buena voluntad de la República de Panamá al Reino de España; el libro fue enviado al Museo Precolombino de Portobelo; y el oro se usó para reconstruir el templo del pueblo, que había sido arrastrado por la corriente desbordada del río. No se escatimaron gastos. Arquitectos europeos expertos en estilos renacentistas, materiales de óptima calidad y dos décadas de trabajo ininterrumpido fueron requeridos para realizar la ingente obra. Se compraron las tierras aledañas a la base del templo viejo para que esta nueva versión lo superase ampliamente en tamaño y lujo, pero como ni con todos estos gastos ni con la ayuda del comité, que se robaba la mitad de los fondos, fue posible acabarse el dinero del tesoro de la bodega subterránea, tuvieron que hacerle varios pisos más a la iglesia y llenarlos con toda clase de objetos religiosos e imágenes de santos, traídos desde el Vaticano, viniendo a ser la más fastuosa y grande iglesia de todo el mundo.

En aquella iglesia fue bautizado el más reciente Retoño de los Pérez Franco, así como fue allí bautizada también la que vendría a ser el amor de su vida. La pequeña niña era tan tierna y bella que el sacerdote la bautizó dos veces por el puro placer de tenerla en sus manos, y al cumplir sus quince años seguía tan primorosa como entonces.

—Es como una rosa recién abierta —dijo un día al Retoño su amigo, el rubio que siempre andaba con su perro—: Tiene una boquita de cereza y unos ojos color de helecho que te van a enloquecer.

El del perro la había observado desde la ventana mientras se bañaba, y convenció a su amigo incrédulo para que le acompañara esa tarde a espiarla y entendiera el porqué de la turbación que lo envolvía. Cuando el Retoño la vio quedó sin aliento. «Es lo más bello que he visto en mi vida», suspiró. En los días siguientes hizo cuanto estuvo en sus manos para producir un encuentro lo más accidentalmente posible con ella.

Se vieron por primera vez un sábado de fiesta, de música y desfiles en las calles del pueblo. La muchacha, vestida con un camisón rosa, miraba una caravana desde el balcón de su casa, y al pasar él en un viejo y ruidoso convertible verde, se miraron fijamente, entre la curiosidad y la atracción, y se arrojaron besos con las manos hasta perderse la caravana entre las calles. Se volvieron a ver la noche de la gran lluvia de estrellas, entre la multitud esparcida en la llanura. La gente admirada contemplaba el espectáculo, y recogía las estrellas que caían para llevárselas a sus casas y colgarlas en las salas y en los cuartos de baño. Cuando él la vio, la halló rodeada de estrellas por todos lados, iluminada y diáfana, con ese aspecto azucarado que le recordó inevitablemente al angelito de mármol que él visitaba en el cementerio las tardes grises de sus días de soledad para verla eternizada en el momento de alzar el vuelo con las alas extendidas, para tocar sus labios fríos, duros y blancos, y para sentir que había alguien para acompañarlo en esta vida, aunque fuese de mármol. Le tomó la mano, se la besó tiernamente, y se pasearon juntos toda la noche recogiendo estrellas y tirándolas de regreso al cielo. Él le habló de música clásica, de Beethoven, Mozart y Prokofiev, de Schubert, Brahms y Mendelssohn, de Strauss, Dvořák y Chopin; y ella le habló de ballet, de los arabesques, los ports de bras, los battements frappés, los petits battements, los grands pliés, los demi-pliés y las révérences, y se divirtieron un mundo enamorándose juntos.

La tercera vez que se vieron —la primera vez que pudieron verse a solas— fue cuando, aprovechando la multitud y el desorden general que provocó la caída del puente sobre los elefantes, se sumergieron en el río y se dejaron llevar corriente abajo hasta un lugar que el muchacho conocía de sus días de niño explorador. Era una pequeña cascada sobre una piedra negra, donde el agua que había caído durante miles de años había cavado una cueva que se prolongaba en un abismo de aguas muy limpias. En esa cueva entraron los dos y se escondieron por varios días para poder estar solos, días que resultaron ser los más fantásticos de sus vidas. Estuvieron el primer día abrazados en silencio bajo el chorro de agua hasta el anochecer. Al caer la noche, el muchacho se sumergió en el abismo y nadó hasta encontrar unas hierbas fluorescentes de un verde muy intenso, como el de la luz de las luciérnagas, para alumbrarse en la oscuridad de la cueva. Esa noche durmieron plácidamente, suspendidos entre dos aguas, y las corrientes frías de la cascada los pasearon toda la noche a lo largo y ancho de la cueva, y por el frote con las hierbas fluorescentes, sus cuerpos dormidos tomaron un brillo verde, semejante al de las hierbas, como de luz de luciérnaga.

Viendo esto, la segunda noche recolectaron muchas algas brillantes y se las frotaron sobre los cuerpos desnudos y tibios, y la palpitante fluorescencia de las hierbas pareció intensificarse con el amor al impregnar sus pieles. Ella sonrió divertida al verse ambos brillantes y verdes como caramelos de menta bajo el sol del mediodía. Salieron de la cueva y corrieron por mucho rato bajo la luna, brillando como enormes estrellas fugaces sobre el negro firmamento del campo abierto.

Varios días más permanecieron en la cueva, ocultos bajo la espuma de la cascada, amándose en la callada pasión de un abrazo largo y fresco. No fue sino hasta el momento en que decidieron salir nuevamente de la oscura cueva —solamente para tomar aire y luego regresar a amarse en las profundidades— cuando descubrieron que sus cuerpos se habían ido cubriendo de una delgada película gelatinosa de limo verde, tal vez producto de la fricción con las hierbas brillantes. Notaron también que habían estado tanto tiempo abrazados sin verse a la cara, desnudos en el remanso fresco de las aguas, que sus rostros ya no les eran tan familiares como sus cuerpos, y al redescubrirse en aquel encuentro él la vio tan hermosa —como si fuera hecha toda de agua color esmeralda— que se enamoró nuevamente de ella. Pensaron que ya los extrañarían en sus casas, y recogieron sus ropas que desde hacía varios días vagaban en el remolino de aguas turbulentas de la cueva, se vistieron y se despidieron con un beso en los labios.

Entonces, cuando la vio alejarse, caminando con su voluptuoso bamboleo de sirena, sintió que su corazón palpitaba en todo su cuerpo y que su alma joven se le escapó para ir volando al ras del suelo tras ella, enredada entre su pelo mojado, abrazada a su cintura, y delirando por su amor.

II

Eran como las once de la mañana de aquel jueves cuando el día se destiñó y se puso pesado de pronto, los colores de las cosas se tornaron en tonos pasteles y blancos, y el tiempo comenzó a correr más lento, y la gente desconcertada al presenciar al mundo paralizarse en aquel atolladero del infinito salió de sus casas para contemplar espantada cómo los pájaros volaban lentos por el aire como hojas cayendo suavemente en un otoño sin viento, para ver cómo el agua que salía de las fuentes caía al pozo con una parsimonia exasperante, y para ver cómo el sol, colgando estático en el cielo, bañaba con rayos tenues aquel paraíso de tonos pálidos y parálisis total. No se oyeron los gritos de los monos en las montañas, ni se movieron las nubes en el cielo, ni las hojas en los árboles, y esto no fue solo en el pequeño pueblo de La Villa, sino en todos los pueblos que existían sobre la tierra en aquellos tiempos. Por los latidos de sus corazones, los hombres y las mujeres que habían salido a la calle espantados por aquel fenómeno pasmante supieron que aún estaban vivos, pero las gallinas, perros, pájaros y todos los demás animales que los rodeaban parecían disecados, estáticos en la posición en que los halló el letargo universal. No fue sino hasta el momento en que se percataron de que aquel descalabro del tiempo solo excluía a los humanos cuando comprendió aquella gente que el mundo entero se había detenido porque Dios estaba pensando muy en serio sobre qué haría con aquella raza decadente de hijos suyos que ya lo tenían aburrido con sus malcriadeces de niños consentidos; tan en serio lo pensaba que no dejó al sol moverse de su lugar mientras lo hacía, para que no perturbara sus decisiones, para poder determinar en paz y sin presiones si esta vez destruiría por fin y para siempre todo vestigio humano de la faz de la tierra o si les daría por enésima vez una nueva oportunidad, aun sabiendo que al final lo defraudarían de cualquier modo. Percatándose los santeños de esto, se desató una contagiosa explosión de fervor piadoso en el pueblo, y surgieron diversas sectas religiosas provocadas por el miedo a un eventual día final. Fue durante estos días de incertidumbre entre la gente que el joven Retoño decidió integrarse a una misión de monjes de la milenaria Orden de San Longuiño que pasaban por el pueblo rumbo a las montañas, aun cuando esto significó para él el sacrificio más grande que se le puede imponer a un hombre: separarse de su amada compañera, de la mujer que compartía con él lo bueno y lo malo, y que lo ayudaba a realizar sus sueños. Se sintió profundamente movido a servir a Dios por encima de todo, y aquella fue la mejor manera que encontró para hacerlo. El muchacho era ampliamente conocido en diferentes esferas por sus descubrimientos e invenciones, y su migración de los campos de la ciencia a las praderas del espíritu fue de gran significación simbólica e infundió una contraproducente sensación de urgencia en aquella humilde gente. No le detenía la certeza de que si partía nunca más haría grandes descubrimientos, pues estaba convencido —a sus diecisiete años— de que su época de oro había pasado ya, y que no se repetirían días como aquel en que echó por tierra todos los conocimientos de la ciencia astronómica, revolucionándola desde sus cimientos en tan solo unos minutos de ocio, acostado una noche boca arriba en su catre, mirando por la ventana. Esa noche su mente encontró la respuesta a una de las incógnitas más inescrutables de la ciencia: por qué brillan las estrellas, fabulosa conclusión que le llevó a la fama dentro del ámbito científico de la época y que coronó de prestigio su nombre. A través de la ventana vio una estrella que tímidamente titilaba en el cielo, y sobre un cristal de la ventana vio el reflejo de la luz de una vela, y su mente veloz se precipitó como una bestia desbocada a desbarrancarse en aquella conclusión indiscutible, tan evidente y simple que le sorprendió que la humanidad hubiese tenido que esperar tantos siglos hasta que él viniera a explicarles el sencillo fenómeno celeste: las estrellas no eran más que el reflejo de las luces de las casas terrestres en la bóveda lustrosa del cielo. Pero su mayor triunfo fue cuando ideó un método para captar la imagen de un ángel en el papel fotográfico, gracias a una combinación de espejos, lámparas y luces de destello de pólvora alineados en una forma especial, colocados a ambos lados del lugar donde se sospechaba encontrarlo. Lo intentó instalando aquel complejo aparato en el techo de la casa de un hombre moribundo, en espera de que falleciese y de que un ángel viniera desde el cielo a buscar el alma del difunto. Oyó desde el tejado que los lamentos y el llanto en el cuarto bajo sus pies se intensificaban, y encendió las lámparas. Cuando sintió una leve brisa que pasó a su lado rumbo al cuarto, supo que el ángel había entrado en busca del alma. Puso el dedo en el disparador y cuando percibió que aquel susurro en el aire se elevaba de regreso, disparó varias exposiciones en secuencia, iluminando la fúnebre noche con los centelleos de las luces y la pólvora. Obtuvo imágenes espeluznantemente nítidas que en poco tiempo recorrieron no solo el país entero sino el mundo. En ellas se podía apreciar claramente la imagen de la bellísima mujer alada, de muy finas facciones, con el pelo suelto y un escaso y delgado velo blanco, cubriendo la desnudez de su cuerpo perfecto, y llevando entre sus brazos al difunto sonriente que saludaba la cámara con la mano.

Aquella técnica fotográfica se popularizó rápidamente como un último consuelo para los familiares de los que morían, y él, aprovechando su amistad con un enterrador, logró ofrecer el servicio de fotografía póstuma como parte del paquete funerario. Cuando algún enfermo con cierta solvencia económica perdía toda esperanza de vida, los familiares encargaban, junto con la carroza y los ramos de flores, como parte de los arreglos del funeral, una bonita foto del alma del difunto con las bellísimas ángeles que desde el cielo venían a buscar su alma. Aquel negocio le procuraba buenos ingresos y le alimentó por algún tiempo, pero tuvo que abandonarlo luego de que en una ocasión en que le fue encargada la fotografía fúnebre del alma de un general, en vez de una de las angelicales féminas que solían aparecer en los encargos anteriores, la imagen mostraba un espantoso diablillo que le arrebataba el alma al cuerpo para llevarla al reino de las sombras.

Ahora aquel pasado de glorias había sido dejado a un lado para acoger la vocación misionera. Antes de partir, el joven hizo su última visita nocturna a la ventana del cuarto de su amada, cuidando que la luz de la luna no delatase a los vecinos su presencia. Saltó la cerca, avanzó al ras del suelo hasta la ventana, y la llamó golpeando suavemente el cristal. Ella asomó su belleza a la luz de la luna y conversaron largo rato, pero pronto las palabras se quedaron cortas para expresar el inmenso amor que sentían y tuvieron que reemplazarlas con besos. Besándose los hallaron los primeros destellos del día, y antes de irse, al momento de despedirse de la otra mitad de su alma, el muchacho le prometió que volvería, que aquel retiro era solo temporal, solo hasta que su corazón se sintiera en paz con Dios y vuelvo pronto, espérame, amor mío, te amaré todo este tiempo, pensaré en ti a cada segundo, y cuando regrese seré solo tuyo. Le entregó una hermosa flor de un rojo encendido como tus labios, como mi corazón enamorado de ti, y se alejó corriendo antes de que alguien lo descubriera. Esa mañana la muchacha plantó la flor roja frente a su ventana y la contempló por varios días que le parecieron insoportablemente vacíos y largos.

La misión siguió camino a las montañas lejanas, y el joven Retoño iba con ellos. Cantaron durante el camino unas canciones en latín de las cuales el muchacho no pudo entender nada, y caminando durante el día y acampando para dormir durante la noche, al cabo de un mes llegaron al lugar donde la mano del Señor los había enviado. Era una aldea de indios ahogada en medio de un mar de selvas infinitas, en las laderas impenetrables de las montañas del Bijao. Los monjes de la misión se presentaron ante el jefe de la tribu y le llevaron como regalo un crucifijo hecho del más fino chocolate inglés. Fascinado con el delicioso sabor de aquel exquisito y raro manjar, el cabecilla les recibió en sus tierras con los brazos abiertos. Los paseó por toda la aldea, les mostró la grandeza de sus dominios, y los presentó ante sus gobernados como amigos suyos, poniendo a su disposición no solo su persona sino también su gente y el tesoro más grande de aquella aldea: un pequeño elefante que los indios habían encontrado perdido en la selva de la montaña poco tiempo atrás. Los indios lo trataban con gran cuidado y cariño, y de vez en cuando utilizaban su inmensa fuerza para mover cargas o arrancar árboles de sus raíces, para el mejoramiento de la aldea. Los indios ayudaron a los monjes a construir chozas para establecerse, y a levantar una capilla en el centro de la aldea. De ahí en adelante, cada domingo, los misioneros repartían algunos chocolates entre los indios, y entre chocolate y chocolate les hablaban de los misterios del evangelio, de la nueva alianza y del amor entre los hombres. Luego les enseñaron a cantar en latín y a fablar con bastante corrección el castellano de Castilla, y lograron conocer y manejar un vocabulario básico en el dialecto de los indígenas. Así pudieron los de la Orden de San Longuiño comunicarse con aquellos hombres y mujeres de piel canela y ojos de felino, conocer su historia, tradiciones y creencias; y al comprobar que ellos poseían una teología propia, los monjes misioneros se limitaron a profesar su religión con ejemplos de trabajo y amor, sin tratar de cambiar los conceptos de aquella gente, que después de todo no tenían por qué ser más ciertos o menos ciertos que los católicos. Más tarde, el joven Retoño se enteró de que aquella tribu era la misma que siglos antes había bajado de las montañas y entrado al pueblo de La Villa a asolearse en las calles para aliviar la gran epidemia de dentera que los azotaba y que había acabado con uno de cada dos indígenas. Su ascendiente quijotesco, el teniente De Pérez y Delgado, había hecho batalla a aquellos pacíficos seres, sin detenerse a conocer sus motivos, contrayendo él mismo el mal que le quitó la vida tras una larga agonía en cama.

—Debía estar loco para combatir a estos mansos hijos de Dios —se dijo a sí mismo el Retoño.

Luego de algún tiempo, al joven monje se le encargó el cuidado del pequeño elefantito, que había encontrado al fin en la gente de aquella aldea y en los monjes de la misión, amigos que no huían de él y que lo trataban con cariño. El muchacho lo alimentaba con hierbas, naranjas y raíces de yuca, y lo llevaba a diario a bañarse en el río; le cepillaba los colmillos, le limpiaba con un paño la trompa y lo peinaba con el camino al medio, y luego lo dejaba ir libre y acicalado a pasearse por la aldea. Cada día, al terminar de bañar al elefante, el monje dedicaba religiosamente unos minutos a escribirle una carta a su amado Ángel —como él llamaba a su novia— confirmándole que su corazón aún latía enamorado de ella y que dentro de poco tiempo habría cumplido la misión que creía se le había encargado sobre la tierra, y sería libre para disfrutar de ella y de su compañía. Cada día, luego de cerrar el sobre, cortaba en el patio la flor más grande y bonita que encontrase, y salía al portal donde un joven indio —ofrecido por su voluntad a servirle de mensajero, y diferente al de los días anteriores— esperaba la carta y la flor para llevarlas corriendo a través de la selva, mojando en cada riachuelo del camino el tallo de la flor para que esta llegase fresca, comiendo raíces y frutos silvestres, y durmiendo en la copa de los árboles, hasta llegar —tras varias semanas de crudo viaje a pie a través de aquel infierno verde— a la pequeña villa que habían fundado los españoles hacía cinco siglos, para entonces esperar hasta la noche a que el sueño modorrase a toda la población, y saltar la cerca y meterse como un ladrón en la casa de la chiquilla, entregarle la flor y la carta de amor del misionero, y salir disparado antes de que alguien lo descubriese. La muchacha esperaba despierta al mensajero cada noche, y leía con ansia las cartas, que le contaban de las nuevas cosas que hacía su enamorado en la misión de San Longuiño, de cuánto la amaba y de cuánto la extrañaba, y que le prometían un pronto retorno y un reencuentro feliz. Entonces miraba desde la ventana hacia el horizonte lejano, pues sabía que en algún lugar en la distancia, su misionero suspiraba de amor por ella, tal vez acostado en su fresco catre de campaña, o mirando el cielo desde la puerta de su choza. Y deseaba en el alma estar con él para hablarle de sus sueños con el silencio de sus ojos verdes; y su corazón se conmovía de su propia soledad y lloraba largo rato sobre su almohada, hasta dormirse arañando el tiempo con sollozos cortitos. Al día siguiente, plantaba la flor frente a su ventana en una hilera de flores de diferentes días que se iban marchitando con el tiempo, una después de otra, pasando a ser parte de una sucesión de palitos deshojados que no significaban nada para el común de los mortales, pero que para ella simbolizaban todo el amor de aquel joven apasionado, un amor que iba más allá del hábito de monje, de las montañas selváticas, del tiempo y la distancia.

Varias noches pasaron en vela los dos, desde el anochecer hasta el amanecer, en largas conversaciones amorosas, ya no a través de la ventana de su cuarto sino cubriendo la enorme distancia que había entre la montaña y el pueblo lejano mediante un sistema de señales con luces en el que intervenían varios mensajeros indios en las cimas de los cerros más altos, repitiendo las señales intermitentes de las lámparas de los amantes y llevando de cerro en cerro «te amos» y «te extraños» dichos mil veces en el silencioso lenguaje de aquel amor nocturno, a lo largo de los cientos de millas que los separaban.

Una noche estaba el joven Retoño acostado de medio lado junto al elefante, contemplando en silencio el lejano titilar de las estrellas, cuando cayó en cuenta de que la obra del Creador era inmensa y perfecta, y deseó de corazón convertirse en parte íntima de esa creación, viviendo para siempre en aquella solitaria aldea en las montañas del Bijao con sus hermanos indios, los monjes y el elefante, entregado a hacer el bien para el beneficio de todos. Inspirado en este pensamiento, se dirigió a la choza del indio que ejercía de jefe de la aldea para comunicarle su decisión y solicitarle permiso para permanecer definitivamente en aquel lugar, sin tener la menor idea de que lo que estaba a punto de ver cambiaría para siempre su destino. Llegó a la choza, se asomó a la puerta y allí estaban, el gobernante y una hermosa india que de seguro era su mujer, abrazados en el suelo, juntos como dos pajaritos bajo la lluvia. Retrocedió sobre sus pasos, y la pareja se puso de pie, con más sorpresa que vergüenza.

—No, hijos, no se preocupen, que yo no los interrumpiré —dijo el Retoño—: Ya me voy.

Y se alejó caminando lentamente, mirando al cielo y pensando en su bella novia, deseando estar con ella como nunca deseó cosa alguna y desesperado por estar tan lejos de su amor. Fue entonces cuando las ansias contenidas de todos aquellos días reventaron súbitamente, en angustias, deseos y un llantito apagado que desde tiempo atrás buscaba cómo salir de su corazón. La naturaleza le llamaba, no como suele llamar a un monje misionero, sino como se llama a un hombre enamorado. Y sintió la mano de Dios más presente en su delirio por aquella mujer que en las altas estrellas que adornaban la noche, y sintió que su lugar estaba al lado de aquellos labios tibios, suaves como pétalos de rosa, y no debajo de aquel hábito de monje. Al pensarlo, no le quedó más remedio que aceptar que su alma no era el alma de un sacrificado creyente, sino la de un amante apasionado que se cuela por las ventanas en las noches de luna para enlazarse a su amada y cantar a Dios, con la pasión de dos cuerpos y un solo gran amor. Se sentó en la cima de la montaña y divisó en el lejano horizonte, como estrellas salpicadas, las luces del pueblo lejano. Allá estaba su amado Ángel. Entonces sacó de su bolsillo una pequeña caja de caoba tallada, y de ella, una brillante esfera de luz: una preciosa estrella de destellos lilas y turquesas que había recogido junto a su amada aquella noche que llovieron sobre el campo y que lo había acompañado desde aquel momento mágico. Bañado por su deslumbrante luz, analizó mentalmente todos los aspectos de su nueva vida, y la encontró vacía y sin sentido lejos de ella. Esa misma noche partió de regreso. Se despidió de sus hermanos monjes y de sus hermanos indios, y montó en el lomo del elefante, que lo llevó a través de la selva más rápido que cualquier hombre o bestia conocida, llegando al pueblo a la mañana siguiente.

Esa mañana, la muchacha fue despertada por un delicioso aroma de flores frescas que inundaba la casa. Curiosa, se asomó a la ventana, y lo que vio le produjo un cosquilleo electrizante por todo el cuerpo, similar al que sentía en las noches de luna con los cálidos besos del misionero. Todas las flores (desde la que había plantado la mañana del día anterior, hasta la primera flor que plantó la mañana que su enamorado partió con la misión, y que se había transformado con el tiempo en un palito sin hojas ni color junto con muchas otras flores de otros días de melancolía) lucían frescas y lozanas con sus hojas verdes y sus pétalos de un rojo ardiente, y desprendían un exquisito perfume de flor recién cortada.

—Regresó —se dijo, en un suspiro de alivio.

Entonces salió al portal en el momento justo para ver al monje que aparecía por el largo camino, avanzando rumbo a ella, salido de la selva montando sobre el elefante. El Retoño se apeó y dejó que su montura se fuese de regreso, y caminó hacia ella más calmado que la noche. Pasó junto a los portales, junto a la muerte, junto al manguito y junto a las flores perfumadas y radiantes, y siguió de largo hasta los brazos tibios de su amada. La joven exhaló un suspiro de paz, por ella y por él, cuando sintió la cabeza del Retoño acurrucada en su cuello, y escuchó sus palabras de amor y de sosiego. Siguieron abrazados hasta cuando se les acabaron las palabras y tuvieron que reemplazarlas por besos, y siguieron abrazados hasta cuando ya no era posible que siguieran abrazados, porque entonces ya no eran dos cuerpos cercanos, sino dos almas libres fundidas en una sola sobre el vasto horizonte del final de los tiempos.

1995

  1. Rodrigo de Bastidas, navegante español, primer europeo en llegar a las costas de lo que hoy es el istmo de Panamá (1501). ↩