Roberto Pérez-Franco
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Cierra tus ojos

Prefacio

Cierra tus ojos es una colección de cuatro cuentos escritos en 1997 y 1999 por Roberto Pérez-Franco (n. Chitré, 1976). Mereció una Mención Honorífica (sin duda, gracias exclusivamente a los cuentos Vida y Cierra tus ojos) en el Concurso Nacional de Cuento José María Sánchez 1999.

Fue publicada en 2000 —como parte de la Colección Cuadernos Marginales— con un tiraje de trescientos ejemplares, en la Impresora de la Universidad Tecnológica de Panamá.

Esta segunda edición fue preparada por el autor en 2026, bajo su sello editorial Zirie. El autor ha revisado el texto, para minimizar sus excesos, y corregir las falencias de sus dos cuentos más débiles.

2026

Crítica recibida

El destacado escritor y diplomático panameño, Eduardo Ritter Aislán, en una reseña publicada en el diario La Prensa Gráfica de El Salvador el 18 de diciembre de 2000 (y luego en La Prensa de Panamá el 3 de febrero de 2001), dice: «Cierra tus ojos es un apretado haz de cuatro cuentos donde Pérez-Franco confirma su magnificencia de narrador eminente y su destacado perfil de psicólogo que penetra en las zonas recónditas del alma humana para mostrarnos los hechos que mueven los resortes de la intimidad donde se anidan la bondad, el temor, la ansiedad, la incertidumbre y la angustia».

El Jurado Calificador del Concurso Nacional de Cuento José María Sánchez 1999 destacó lo siguiente sobre el cuento Vida, parte de esta colección: «(...) es una joya literaria digna de la más exigente antología, por su calor humano, limpidez y excelencia formal».

A continuación compartimos un artículo del profesor, crítico literario, y académico de la lengua Melquíades Villarreal Castillo.

Cierra tus ojos: Nuevo horizonte literario de Roberto Pérez-Franco

Roberto Pérez-Franco demuestra una magnífica evolución en su producción cuentística desde el candor de su obra inaugural Cuando Florece el Macano (1993), pasando por el rastreo de una personalidad narrativa propia en Confesiones en el Cautiverio (1996), hasta llegar, con éxito, a la conquista de la profundidad y la particularidad estilística en Cierra tus ojos, libro que se hizo acreedor de la Segunda Mención Honorífica en el Premio Nacional de Cuento José María Sánchez, versión 1999.

El conjunto se compone de cuatro cuentos: Cierra tus ojos, Vida, El pescador y El escorpión. Cada uno de estos relatos manifiesta la fe en el género humano, implora la llegada de tiempos nuevos, donde cada hombre se torne más consciente de su propia esencia, donde la angustia y la zozobra cedan el paso al sosiego y a la esperanza.

Cierra tus ojos, que es el cuento que lega su título al acopio, contiene una historia de amor frustrado en el plano material, pero que a la vez conserva, a ultranza, la hegemonía del sentimiento redentor del género humano, a pesar de la muerte violenta de los personajes.

El relato titulado Vida (sin duda alguna, el mejor logrado de la colección y, por qué no, del total de la obra de Pérez-Franco) contiene una fábula llena de humanismo, de amor por la vida, de respeto a la misma, a la vez que hace una propuesta subliminal a la conciencia del lector para que promueva la conservación de la existencia de todos los seres, aunque se trate solamente de un batracio que accidentalmente llega al laboratorio de una escuela primaria para servir de conejillo de indias. El narrador protagonista - un niño evidentemente - no entiende la realidad de la clase, cuando la maestra indica: «Niños, hoy vamos a aprender de Bi-o-lo-gí-a... Biología es el estudio de la vida. Bio, vida. Logía, estudio. Biología. El estudio de la vida. Hoy vamos a estudiar la vida.» La explicación de la maestra, para el niño es inextricable, por el sarcasmo que la significación de la misma encierra, toda vez que se propone un estudio de la vida, propiciando la muerte de un sapo.

Este cuento, repito, es el punto de partida que augura la maestría en el relato de Pérez-Franco, pues adquiere una indiscutible individualidad estilística y un manejo pericial en el cultivo del género.

El pescador es un relato de tono reposado, que tiene la virtud de destacar la calidad humana y el valor, por encima de las condiciones económicas. Además, insiste en la fe que el narrador tiene en el amor, sentimiento incorruptible que no se doblega ante las presiones económicas.

El escorpión retoma la intención conservacionista de Pérez-Franco, ingrediente que incrementa el interés por la lectura de Cierra tus ojos. Pues demuestra, a través de un mensaje solapado, la maravilla de la creación y la predisposición negativa de algunos seres humanos. El narrador describe un cuadro, trivial en apariencia, en el cual se encuentra en su baño y se advierte observado por un escorpión que, sin embargo, no quiso inyectar en su piel el aguijón portador del tósigo punzante. Por ello, el narrador decide salvarlo. Poco después se entera que la criada lo mató.

La trivialidad aparente es empleada por Pérez-Franco para evitar, al decir de Alondra Badano, llegar a la redondez del huevo, cuando el mismo se cae de nuestras manos y la postmodernidad está a punto de romperlo y comérselo frito.

Para finalizar este juicio crítico en torno a este nuevo texto y justificar la propuesta de lectura del mismo, me permito sustentar mis apreciaciones en la evolución de la calidad del relato que opera en este novel literato que deja vislumbrar un nuevo horizonte más prometedor en su producción cuentística.

Melquíades Villarreal Castillo
El Valle de Antón, 7 de noviembre de 2000

Sobre el autor

Roberto Pérez-Franco nace el 26 de abril de 1976 en Chitré, Panamá, y crece en la aledaña Heroica Villa de Los Santos. Su principal contribución artística se da en la literatura. Escritor desde la adolescencia, publica cinco colecciones de cuento entre 1993 y 2008, que han merecido diversos reconocimientos, incluyendo el Premio Nacional de Cuento José María Sánchez en 2005. Aparece en múltiples antologías y revistas literarias, nacionales e internacionales. Además del cuento, cultiva el verso y el ensayo corto. Egresado del Colegio José Daniel Crespo en Chitré en 1993, el cual luego crea un Círculo de Lectores en su nombre, culmina la Licenciatura en Ingeniería Electromecánica en la Universidad Tecnológica de Panamá en 2001, como miembro del Capítulo de Honor. Con una beca Fulbright, completa una Maestría en 2004 y un Doctorado en 2010, ambos en el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde luego labora hasta 2017. Polifacético e inquieto, presenta ideas en áreas diversas, como la simulación simbólica de circuitos eléctricos, la arqueo-astronomía y el folklore. Sus pasiones incluyen la literatura, la pintura, la música, el ajedrez, el kayak y el esperanto. Tras doce años en Boston, en 2017 se traslada a Melbourne, Australia, donde reside junto a su esposa y su hijo.

Más información en: www.roberto.au

Cierra tus ojos

cuento corto

a mi madre

Ella no esperaba algo así. Había visto cientos de chicas de su edad que se prostituían en las calles con turistas italianos, dispuestas a acostarse por dinero o a casarse con cualquiera de aquellos, sin que mediara ningún sentimiento, con tal de escapar de aquel infierno. «Allá ellas —se había dicho—. Yo no soy una jinetera». Así, siendo hermosa y joven, vivía con modestia de la mejor manera que su honestidad y rectitud le permitían en aquella ciudad convulsa.

Él no esperaba algo así. Durante aquellos días de vacaciones, había visto cientos de hermosas chicas en Varadero: italianas, alemanas, españolas, chilenas… ¡de todas partes del mundo! Mujeres lujosamente vestidas en las cenas del restaurante del hotel, y luego tranquilamente desvestidas en los bikinis diminutos sobre las arenas blancas y tibias de aquel pequeño paraíso. Su corazón, sin embargo, no se había movido por aquellas.

La mañana del 10 de abril se encontraron: ella caminaba de regreso a su casa, luego de sus clases en el Conservatorio, y él estaba frente a la Catedral gastando las fotografías del último rollo de película antes de abordar su avión esa tarde de regreso a su patria.

Ella lo miró con disimulo. Parado temerariamente entre los turistas y una que otra paloma, apuntaba con su cámara fotográfica a la fachada del edificio, moviéndose hacia arriba y hacia abajo, buscando el mejor ángulo. Él mismo vestía como turista: shorts blancos, camiseta azul, zapatillas gringas y un sombrero de paja con una cinta de colores. Le pareció hermoso. Ella lo contempló largamente, con curiosidad al principio, luego con deseo, hasta que él terminó de tomar las fotografías y se dio vuelta hacia donde ella estaba parada.

Él la miró con asombro. Sus ojos negros lo miraron de frente durante un segundo, hasta que ella retiró la vista y comenzó a caminar hacia el mar. Ese segundo efímero bastó para que entrara por sus pupilas una descarga de energía. Vestía como cubana: un traje sencillo y largo hecho con tela de flores. Era muy hermosa. Él la siguió de cerca durante muchas cuadras, dejando la vergüenza a un lado, estudiándola con la mirada persistente, con curiosidad primero, luego con deseo, hasta que ella se detuvo al llegar al Malecón —tal vez creyéndolo distante ya— y se dio vuelta hacia donde él venía caminando.

Al verse frente a frente, los dos extraños no supieron qué hacer. Tras unos segundos de indecisión silenciosa, aparecieron en sus rostros tímidas sonrisas, que pronto derivaron en risas y luego en carcajadas. Brotaron las disculpas, luego las palabras tiernas y finalmente la invitación a una caminata por el Malecón y un helado en Coppelia para conversar y conocerse.

—En mi tierra, las playas no son tan bellas como estas, pero son para nosotros —le había dicho él.

El océano azul del Malecón y el sabor de la fresa derritiéndose en la lengua tibia fueron propicios para el amor. El cielo inmenso se abría promisorio frente a los descoloridos edificios de La Habana. Las olas libres estallaban con furia contra las piedras prisioneras. Los sabores nuevos de las delicias vedadas seducían los sentidos. El corazón se abrió y dio paso al anhelo de amor, libertad y alegría.

«Ella está hecha para mí», pensó él. «Él está hecho para mí», pensó ella. Todo era perfecto, excepto por la partida. La separación inminente empañaba el futuro. Se hicieron planes a largo plazo: él trabajaría en su patria durante un año entero, y ahorraría el dinero suficiente para venir a buscarla y llevarla con él a su tierra, para iniciar una vida común.

Ella lo acompañó al aeropuerto José Martí. Entró con él hasta donde podía, y esperó pacientemente hasta el momento del abordaje. Intercambiaron miradas, abrazos y direcciones postales. Cuando llamaron por el altoparlante a los pasajeros de su vuelo, se acercó al oído de ella y susurró:

—Cierra tus ojos.

Ella lo miró con picardía y, sonriendo, los cerró.

—Vendré por ti, amor mío. No lo dudes —dijo él, tan quedo y tan cerca de su oreja que a ella se le erizaron los vellos de la nuca.

El avión partió, y el amor quedó en suspenso. Con el paso de los días, comenzaron a llegar las cartas de parte y parte. Al principio eran largas y algo frías; luego se tornaron más apasionadas y cortas. En sus líneas, se reforzaron las promesas de amor y se profundizaron las discusiones sobre los planes futuros.

Las ilusiones crecieron a medida que pasaban los meses. Él trabajaba afanosamente, ahorraba con sacrificio, y veía con satisfacción cuán poco faltaba para alcanzar la meta. Ella esperaba pacientemente, y se preparaba para empezar una nueva vida en una tierra nueva.

Llegó el 10 de abril del año siguiente, fecha pactada para el reencuentro. Ella lo esperó desde el amanecer en el aeropuerto, pero él nunca apareció. A medianoche, se marchó.

Llegó a su apartamento y se tiró sobre la cama, a pensar en las promesas de amor y los planes comunes. Pronto se quedó dormida por el cansancio. Entonces, cuando su mente vagaba entre el sueño y la vigilia, escuchó una suave voz en su oído:

—Cierra tus ojos.

Ella los abrió, sobresaltada, pero no vio a nadie. Tras un minuto auscultando el cuarto vacío, sintió que el sueño la envolvía otra vez. Cerró los ojos, y volvió a escuchar:

—He venido por ti, amor mío. Ven conmigo —dijo la voz, tan quedo y tan cerca de su oreja que a ella se le erizaron los vellos de la nuca.

Sintió un abrazo tibio en torno a su cuerpo, y se dejó llevar.

Cuando amaneció, su madre la encontró muerta en la cama.

La semana siguiente, la madre de ella recibió una carta de la madre de él. La abrió ansiosa, y leyó la noticia: él había muerto el 10 de abril en un accidente automovilístico, camino al aeropuerto.

1999

Vida

cuento

a mi padre

«Toda vida es un experimento»

Emerson

El niño guarda silencio. Mira cautelosamente, por encima de los pajonales, hacia el borde cercano del río. El agua, limpia y poco profunda, se desliza lenta sobre las piedras cubiertas de limo verde. Confundido sobre este fondo, reposando su corpulencia, descansa el sapo enorme y majestuoso. Es invisible para un ojo común, pero evidente para Héctor, maestro en atisbar sapos, ranas, iguanas y jicoteas.

Avanza a gatas, con sus rodillas hundidas en el fango, pensando en la envidia que sentirán sus compañeros si logra atrapar aquel bello ejemplar. «¡Qué sapón más grande y feo!», le dirán. Él se paseará orgulloso, portando en sus manos al gran rey del remanso. Un pasito más y estará al alcance de un brinco suyo. Verónica lo mirará fascinada, con asco hacia el sapo y admiración hacia él. «¡Qué asqueroso sapo trajiste, Héctor!», le dirá. Y la dulzura de su voz hará sonar este reproche como un íntimo halago. Ya lo siente cerca, ya casi está… ya casi… ¡Ahora! El niño brinca como un gato, con sus manos estiradas hacia el sapo, y cae de boca sobre las piedras verdes y el agua fresca que salta en mil gotas relucientes bajo el sol del mediodía. El sapo queda atrapado, indefenso entre sus manitas cuidadosas.

Empapado y adolorido, se levanta. Levanta al sapo con satisfacción, y contempla largamente el batir de sus patas suspendidas en el aire. Le fascina su descomunal tamaño. Definitivamente, será la envidia de la clase. Más aún: será la envidia de la escuela entera. ¡Qué suerte haberlo atrapado! Toda la mañana —desde el mismo momento en que la maestra Angélica dijo, al final de la clase de Ciencias, que tenían que llevar un sapo al día siguiente— el inquieto niño no había hecho más que pensar en aquel sapo enorme y bello que tantas veces había visto nadando, brincando, comiendo mosquitos… ¡En fin! Lo conocía muy bien. Conocía cada mancha de su cuerpo, cada arruga. Conocía sus hábitos. Se deleitaba observando, escondido en el monte, el juguetear del sapo en el remanso tranquilo del río. Era como un compañero en sus tardes de ocio. Y ahora tenía la oportunidad de lucirlo como un trofeo frente a Verónica.

—¡Verás qué linda es! Parece un angelito —susurra el pequeño Héctor junto a la cabecilla húmeda del sapo, que se limita a responder con un parpadeo veloz y asustado.

Con mucho tacto, mete al animal en una bolsa de plástico, y monta en su vieja bicicleta, que emite un chirrido sobre el camino de tierra, como un puerco de monte herido, hasta que llega a la casa de quincha, perdida en medio del potrero.


Héctor llega a la escuela temprano ese día, primero que todos. «¡Páreme temprano, mama, que quiero llegar de primerito!», le había dicho la noche anterior, mientras ponía al sapo en una vieja llanta de tractor partida por la mitad y llena de agua, donde suelen abrevar las gallinas en las horas de luz. El chiquillo había brincado de la cama. Se había bañado veloz, en la rústica ducha a la intemperie, con las estrellas brillando sobre su cabeza. Tomó su desayuno —una tacita de café, media tortilla changa—, se enjuagó la boca, y se fue alegre en su bicicleta, cuando el sol apenas insinuaba su llegada con resplandores sobre los cerros lejanos.

Héctor espera en la puerta del salón, con su sapo metido en la bolsa plástica, y lo moja de vez en cuando para mantenerlo cómodo. El sapo se agita en el interior, inquieto por tanto ajetreo. Uno a uno van llegando sus compañeros, y a cada uno le muestra su robusto sapo.

—¡Mira mi sapito! —le grita a cada uno que ve llegar.

La reacción es la misma cada vez: expresión de asombro, exclamación indecorosa, y la petición invariable, inmediata:

—¡Déjame verlo, déjame cargarlo! ¡Viste, Héctor!

Y Héctor que se rehúsa indignado, egoísta, dueño de la situación, regocijado en su interior por la envidia y el alboroto general. En torno a él y a su sapo, se va agrupando una multitud de chiquillos uniformados. Cuando llega la maestra Angélica, se asoma curiosa en la rueda de niños. Y tras el susto inicial, felicita al sonriente Héctor por su grandioso hallazgo.

—Está un poco viejo, Héctor, pero nos será útil —le dice, mientras le acaricia la cabecilla despeinada.

El niño, lleno de orgullo, asiente con la cabeza.

La maestra abre la puerta. Los niños entran y toman asiento.

—Pongan sus sapos en la mesa, niños.

Una risita menuda recorre el salón. Los sapos salen de los bolsillos, las bolsas, los frascos, y son colocados sobre las mesitas de madera. Los niños que no tienen sapo, ya sea porque no encontraron o porque les dio asco agarrarlo, se mudan a la mesa de un compañero, o una compañera. Verónica no tiene. Héctor lo nota y la invita, con un gesto tierno, a acercarse a su mesa. La niña se levanta, sonríe y se sienta junto al rey del remanso, el enorme sapo que los mira asustado, inflando y desinflando el pellejo colgante de su cuello blanquecino. La maestra Angélica se pone de pie, y habla.

—Niños, hoy vamos a aprender de Bi-o-lo-gí-a… Biología es el estudio de la vida. Bio, vida. Logía, estudio. Biología. El estudio de la vida. Hoy vamos a estudiar la vida.

Héctor, boquiabierto, la escucha. Y trata de entender las palabras de la maestra, que se le antojan grandes y sabias. Se alegra de que el tema de la clase sea algo que él conoce muy bien: la Vida. Él sabe mucho de la Vida. La ha sentido muy cerca, ¡oh, sí! La ha observado en el río, en la forma de diminutos peces plateados. La ha palpado en el pelaje verde de las piedras sumergidas. La ha sentido revolotear en las alas de las libélulas juguetonas que oscilan sobre el agua. La ha visto asustada en las perdices del camino, que alzan el vuelo al escuchar sus pasos menudos. Ha aspirado su aroma en el suave perfume de las flores del monte. Ha degustado su sabor en el néctar amarillo de un mango maduro. Ha admirado sus colores en las alas de las mariposas. Y su palpitar, en el cuello de su sapo amigo, que se infla y desinfla como el acordeón del viejo Chencho en las noches de fiesta en el pueblo. La Vida… ¿No es la Vida lo que humedece con rocío el potrero en las mañanas, cuando él lo cruza en su bicicleta? ¿No es la Vida lo que arde en su piel cuando el sol calienta sus juegos en el río? ¿No es la Vida lo que se le atora en la garganta cuando Verónica lo mira? Eso debe ser. Sí. De eso hablará la maestra Angélica. De la Vida…

—Por eso les pedí que trajeran un sapo, un sapo joven. ¿Todos lo trajeron?

El sí de Héctor se suma a la cascada de síes que cae sobre la maestra. Pero grita tan fuerte que se le va un gallo y su voz termina en un pitido largo, provocando una risa abundante en Verónica. ¡Héctor enrojece de pena!

—Eso veo, eso veo. Los felicito. Eso está muy bien. Héctor, tu sapo está un poco grande y viejo. Eso puede hacer un poco más difícil la experiencia. ¿Recuerdas que dije que debía ser joven?

Héctor vuelve a enrojecer. Que la maestra le reproche eso frente a la clase, especialmente frente a la niña, le avergüenza. No fue por olvido. Tuvo razones de peso para escoger ese sapo en vez de uno joven. Primero, ese sapo no es un sapo cualquiera: es el rey del remanso, el sapo más grande y bello del mundo entero. Segundo, él conoce muy bien a ese sapo, tan bien como se conoce a un amigo, y sabe que no lo decepcionará: ya sea en carreras o en nado, él será el vencedor. Y tercero, ¡ese es un tremendo sapo, aquí y en todas partes! Ningún sapito joven va a vencerlo en nada. Bien vale la pena soportar el regaño de la maestra. De todas formas, así su sapo conocería la escuela donde va todos los días. Había planeado durante la noche anterior, mientras el sapo nadaba en la llanta del tractor, que después de la clase de Ciencias lo llevaría de paseo por toda la escuela, con el doble propósito de causar envidia a mayor número de personas, y de mostrarle a su amigo sapo todos los secretos rincones del plantel. Por ejemplo, el cuarto de depósito donde guardan las herramientas, en donde el otro día encontró un ratoncito gris. O la pared en donde escribió el nombre de Verónica con un crayón rojo, encerrado en un corazón. O también el…

—Lo que vamos a hacer hoy, niños, es disecar un anfibio, en este caso un sapo, para estudiar sus partes internas. Vamos a ver, Héctor. Empezaremos con tu sapo. Como es viejo, te será muy difícil descerebrarlo tú. Déjame que yo lo haga.

Héctor, que divagaba mentalmente con su sapo por los pasillos de la escuela, reacciona un poco tarde. No había escuchado a la maestra.

—¿Cómo dice, maestra? —pregunta Héctor, apenado.

—Digo que vamos a disecar tu sapo primero. A ver, tráelo acá…

—¿A secarlo? Maestra, si lo seca se muere. Yo los he visto en las piedras del río, secos como un pedazo'e cuero.

—A secarlo no, Héctor. Dije a di-se-car-lo —explica la maestra.

El niño, que no había comprendido la diferencia, obedece por inercia. Se pone de pie, toma su sapo —el cual se queda mirando a Verónica un instante con sus ojos verde olivo— y camina hasta el pupitre de la maestra.

—Ahora, vamos a ver… —musita la maestra Angélica—. Quédate por aquí, Héctor, para que aprendas cómo se hace. Pongan atención, niños. Lo primero que se hace es agarrar esta aguja que está aquí, y penetrar con ella la médula espinal del sapo.

El chiquillo, al ver la aguja enorme resplandeciendo entre los dedos finos de la mujer, intuye el peligro, pero se refrena por respeto. Tal vez no es lo que él está pensando. Mejor es esperar. La maestra Angélica es buena. Ella no hará daño a su sapo.

—Mejor vengan acá todos. Acérquense, niños. Hagan un círculo a mi alrededor. ¡En orden, en orden! Bien. Lo primero, como les decía, es tomar la aguja con firmeza y colocarla aquí, justo aquí, sobre el cuello del sapo, para enterrársela con fuerza. Luego se la meteremos por el canal de las vértebras y ¡crac!, la giramos a una mano y a otra, para romper la espina y seccionar la médula. Entonces lo agarramos y lo ponemos boca arriba —dice la maestra, tomando el sapo y girándolo— para abrirlo con este bisturí, y estudiar su sistema digestivo, su sistema circulatorio y su sistema respiratorio… En fin. Todos sus sistemas. ¡Ah! Aquí les traje unas láminas…

La maestra deja al sapo tendido boca arriba, y toma unos largos rollos de papel que había puesto en el piso. Héctor la sigue con la vista, espantado. Sus ojos enormes se hacen aún mayores al contemplar la lámina que la maestra coloca en el tablero, con cinta adhesiva, mostrando un sapo disecado, crucificado con alfileres y con las vísceras expuestas al aire.

—Ahora vamos a hacerlo nosotros. Miren acá, que la lámina no se va a ir. Pongan atención, que después les tocará hacerlo a ustedes solitos, y yo no los voy a ayudar. ¿Está claro? Veamos… el sapo de Héctor.

—¡Maestra! —grita Héctor, con lágrimas en los ojos—. ¿Qué va a hacerle a mi sapo?

—¿Qué te pasa, niño? ¿Por qué estás llorando? —pregunta ella, algo sorprendida—. Ya te dije, voy a disecarlo para estudiarlo con ustedes.

—Pero no… yo… yo no quiero. Usted dijo que íbamos a estudiar la Vida, no a matar a mi sapo.

—Es lo mismo. Para estudiar a los anfibios, tenemos que sacrificar algunos, para poder ver sus partes.

—No… yo no lo traje para eso… ¡Usted me mintió! —reprocha el niño llorando, al tiempo que arrebata el enorme sapo de entre las manos de la maestra—. Usted dijo que era para estudiar la vida, no la muerte…

Héctor sale corriendo del salón y huye velozmente en su bicicleta. Atrás queda la maestra, llamándolo a gritos.


El agua corre plácida, sin prisa, en el río. La espuma dibuja arabescos en sus remolinos. Las libélulas bailan sobre los herbazales. Un pájaro pechiamarillo1 brinca entre las ramas de un harino2. Y tumbado a la sombra del árbol, Héctor admira el jugueteo del pajarillo. Siente una rama que se quiebra, y mira atrás: Verónica. Ella lo saluda y se tumba junto a él.

—¿Todavía tienes al sapo?

Héctor se lo muestra, cautivo entre sus manos débiles.

—La maestra te anda buscando. Te puso Fuga3, y dice que va a llamar a tu mamá.

El niño se encoge de hombros, y replica:

—No me importa. —Y riendo, agrega—: Mañana ya ni se acuerda.

—¿Te vas a quedar con el sapo?

—No. Esta es su casa. Ya voy a soltarlo en el río… donde lo cogí. Ven conmigo.

Caminan hacia el río.

—Mataron todos los otros sapos —relata la niña, con gesto de desagrado—. Fueron como veinte. ¡Puaj! Vieras qué asco…

Héctor baja la cabeza y guarda silencio unos minutos. La niña pone su índice en la barbilla caída, le hace alzar la vista, y le da un beso. Luego ambos estallan en carcajadas. El niño alza al sapo, y le mueve la patita para que se despida de la niña. Ella se despide moviendo su mano. El sapo, al primer contacto con el agua, comienza a batir sus patas desesperadamente, y se aleja nadando veloz. Los dos niños lo contemplan largo rato, hasta que lo pierden de vista en el fondo confuso del remanso. Siguen mirando, en silencio, la nada verde por donde había desaparecido.

—¿Quieres que te enseñe la Vida, Verónica? —pregunta Héctor.

—¡Claro! ¿Puedes? —agrega ella, con su voz dulce.

Él asiente con la cabeza. La toma de la mano y camina junto a ella hacia unas florecillas cercanas, en donde algunas mariposas amarillas revolotean ansiosas. Ansiosas como el corazón de Héctor, quien lleva la Vida atorada en la garganta.

1998

  1. pechiamarillo: de pecho amarillo; dícese de varios pájaros silvestres. ↩
  2. harino: árbol de la especie Andira inermis. ↩
  3. poner fuga: anotar el maestro que un alumno, estando en el colegio, faltó a su clase. ↩

El escorpión

a Mariabé Martínez

La mujer entró al cuarto de baño y se desnudó. Cerrando los ojos, elevó el rostro hacia la regadera: una flor de agua se abrió sobre su cabeza. Frotó el jabón entre sus manos y esparció la espuma sobre su cara, sobre el cuello, sobre el vientre, donde su mano se detuvo un momento. Entre sus pies, a través de la rejilla del sumidero, apareció un alacrán, que comenzó a andar, con paso lento y torpe, contra el agua que corría.

Cuando ella lo vio, el alacrán se había detenido junto a su talón, casi rozándolo. Dio un paso atrás por instinto, y el animal retomó su andar pesado hacia la pared. La recorrió entera, sin prisa, hasta dar la vuelta completa al baño y volver al punto de partida. Entonces se acomodó en una esquina y se quedó quieto, recibiendo con paciencia las gotas de agua y los racimos de espuma que le caían desde las alturas.

Recuperada la calma, ella se tomó un tiempo para contemplar a la pequeña bestia, inmóvil en su rincón. Tenía el vientre abultado: una hembra preñada. Repasó en su mente las escenas de un posible ataque: la carrera hacia su pie con la cola extendida, las tenazas que encuentran la piel, la cola que cierra su arco como un relámpago y entierra el aguijón en el dedo mojado; el dolor inmediato, luego la hinchazón y el adormecimiento de toda la pierna, la lengua y partes de la cara.

Mirando de reojo al alacrán quieto en su rincón, terminó de bañarse. Se envolvió el torso en una toalla y miró a su alrededor. Tomó la vasija de plástico de los jabones decorativos, la vació sobre el borde del lavamanos y la enjuagó. Entrando a la ducha, acorraló al alacrán entre la vasija y la pared, el cual —doblado sobre sí mismo— empezó a agitarse y a golpear el plástico con la cola. Con mucho cuidado lo hizo entrar y cerró la tapa. A contraluz volvió a contemplarlo a través de la barrera transparente: las tenazas plegadas, la cola recogida sobre el vientre.

Dejó la vasija sobre la mesita de la antesala y entró al cuarto a vestirse. Cuando salió, unos minutos después, la vasija no estaba. Miró debajo de la mesita, miró en el baño. En la sala, el marido veía algo en el televisor; le preguntó si había visto una vasija con un alacrán adentro, y él no le hizo caso. En la cocina le preguntó lo mismo a la señora de la limpieza.

—Sí, patrona, la encontré en la mesita. No se imagina el susto que cogí. ¡Ay, madre mía! Pero ya lo maté. Le estoy lavando la vasija, para que vuelva a meter los jabones. ¿Para qué lo quería?

El marido, desde la sala, exclamó riendo:

—Si ya está muerto, ¿qué importa para qué lo quería?

La señora de la limpieza, todavía confundida, se rio también.

Esa noche, despierta junto al marido que roncaba, la mujer miraba al techo en silencio, con la mano recogida sobre el vientre.

1998 (2026)

El pescador

a Yoselin Gonçalves

El pescador apagó el motor. El bote se deslizó unos instantes por inercia hasta detenerse, perezoso, y sin la máquina empezó a balancearse con más violencia. El gerente, mareado por aquel carrusel ondulante sobre el abismo, se sujetó con ambas manos de las bordas. El pescador, como si estuviera en tierra firme, se puso de pie, sacó el trasmallo del saco y tiró el primer extremo: el peso se hundió enseguida y la boya, enorme y amarilla, quedó bailando sobre el agua. Caía la noche.

—Es un pueblo lindo —dijo el gerente, por decir algo.

—Es un pueblo pobre —dijo el pescador, sin apartar la vista de la red.

—Por eso estamos aquí, Miguel, construyendo el puerto. En cinco años esto no lo va a reconocer nadie.

—Eso mismo dice Juan Barrios.

Juan Barrios era el más viejo y el más avispado de los pescadores de Caña Brava, y lo había visto venir antes que nadie. Desde hacía meses, los camiones de la nueva compañía pesquera habían viajado por los caminos polvorientos hasta el pueblo, cargados de materiales para el puerto. Los pescadores, acostumbrados a dejar los botes a la buena de Dios, atados con una soga vieja al tronco de cualquier palma o anclados con un cigüeñal oxidado medio enterrado en la arena, no lograban entender el propósito de aquel muelle desproporcionado y largo, como hecho por gigantes, dispuesto para diez barcos grandes. «¿De dónde van a sacar tanto pescao como pa pagar todo esto?», se preguntó más de uno. A los que fueron a pedir trabajo en los barcos que vendrían los despacharon de golpe: aquellos pesqueros eran los más modernos del mundo, totalmente computarizados, y vendrían marineros japoneses a operarlos. «Si la compañía pone diez barcos a pescar todo el día en esta costa —había dicho Juan Barrios—, no va a quedar pescao pa nosotros». El muchacho que ahora remaba en la popa, Miguel Campos, era como un hijo para Juan Barrios, y operaba uno de sus botes de pesca.

Miguel fue remando mientras el trasmallo se extendía detrás con una estela de espuma. El gerente, soltando una mano para demostrar más valor, agregó:

—Tú pescas como hace cien años. Mis barcos saben dónde está el pescado antes de salir del muelle.

Miguel no contestó, y aquel silencio irritó a su invitado. Caminó hasta la popa, arrancó el motor y puso rumbo al trasmallo del día anterior. La proa se elevó sobre las olas y el fuera de borda cortó el agua con estruendo, dejando atrás una brecha de encaje blanco. El mar se ponía más negro a cada minuto.

Alejandro Arias, el gerente, era un joven capitalino graduado con honores en Harvard, y había llegado a Caña Brava esa misma tarde. Al tiempo que los barcos nuevos atracaban en el muelle, la víspera de la inauguración del puerto, él entraba por tierra. Detrás de él, en camiones, la fiesta con que pensaba ganarse al pueblo: comida, aguardiente y el mejor acordeonista del momento.

Había salido de las instalaciones al caer la tarde, solo, con una camisa de flores y un pantalón de safari que no le quitaban de encima el aire de turista perdido. Iba a conquistar aquel pueblo con lo único que traía: su carisma de empresario. En la playa, frente al rancho de Juan Barrios, había encontrado a un muchacho sentado en un taburete de cuero, con un trasmallo extendido ante él como una cortina y una aguja de aluminio en la mano, cerrando los tramos rotos con nudos rápidos.

—Alejandro Arias, el gerente de la compañía —dijo, con la mano extendida—. ¿Cómo te llamas?

—Miguel Campos —dijo el muchacho, sin soltar la aguja.

Alejandro habló de lo mucho que la compañía iba a hacer por la región. Miguel, que seguía anudando sin mirarlo, le preguntó:

—¿Usted ha pescado alguna vez, señor gerente?

—En Contadora. Marlín, trescientas libras —rio Alejandro—. Me dio batalla. Hay que ser hombre, la verdad.

—Entonces venga conmigo. Voy a poner este trasmallo y a sacar el que pusimos ayer. Para que vaya conociendo a los que le van a dar de comer.

Alejandro aceptó fingiendo un coraje que no tenía. Juan Barrios, que lo había oído todo desde el portal, no dijo nada. Entre varios arrastraron el bote de madera hasta la orilla, donde las olas y uno que otro empujón hicieron el resto.

Ahora las boyas amarillas aparecían adelante, subiendo y bajando sobre las olas, marcando la ubicación de la red. Miguel apagó el motor y las dejó llegar.

—Mira, Miguel —dijo Alejandro, en un tono que quería ser generoso—. Me caes bien. Cuando los barcos estén operando voy a necesitar un par de muchachos de aquí. No es por imagen, sino porque queremos… tú me entiendes. Piénsalo.

—Lo que piensa un pescador pobre como yo no debe preocuparle mucho al gerente de una gran empresa —le respondió Miguel, en un tono que lo hizo erizarse como un perro—. Ayúdeme a recoger este trasmallo, señor, para que aprenda algo del oficio.

Herido en su orgullo, Alejandro tomó la red lo mejor que pudo, disimulando el asco y mascullando entre dientes. Y a medida que iban desenredando los peces de entre los hilos gruesos, Miguel se los iba nombrando:

—Esta es una corvina pelona. Estos cuatro son pargos rojos. El de acá es un azulito. Estos dos son martillos. Y la que usted acaba de dejar ir era una corvina boquiamarilla.

Alejandro buscó en el bolsillo del pantalón y sacó una cuchilla suiza. La abrió, y con ella cortó el vientre de un pescado, le sacó las vísceras y las arrojó al mar. Mientras lavaba el pescado en el agua, le dijo a Miguel:

—¿Ves que conozco el oficio?

—Lo conoce usted perfectamente —respondió Miguel, sereno—. Sepa que, por esa sangre que acaba de echar al agua, en un minuto vamos a estar rodeados de tiburones. Y de noche los tiburones no salen a pasear: salen a comer. La sangre los enloquece.

—¿Te estás burlando de mí? —gritó Alejandro, poniéndose de pie con dificultad, la pequeña cuchilla en mano—. ¿Crees que eres más hombre que yo?

Miguel lo miró a los ojos. Se puso de pie también, y sacó de su cebadera de paja dos cuchillos grandes, de aliñar pescado. Caminó hacia él, diciendo:

—Usted habla mucho.

Alejandro lo vio venir, paralizado junto al motor, con el corazón helado. Miguel se inclinó a su lado y cortó con el cuchillo el tubo de goma que unía el tanque de gasolina con el fuera de borda. Tomó el canalete y lo arrojó al agua, lejos del bote. Luego escogió dos pescados, de los más grandes, y les abrió el vientre. Con uno se frotó el cuerpo, la piel y la ropa, hasta quedar empapado en la sangre del animal recién muerto. Sin dejar de mirarlo a los ojos, tomó el otro e hizo lo mismo con Alejandro: la cabeza, los brazos, la camisa de flores. Cuando ambos estuvieron bañados en sangre, le puso en la mano uno de los dos cuchillos.

—Tome. Lo puede necesitar si lo atacan los tiburones. ¿Ve aquellas luces, las que titilan en el horizonte? Eso es Caña Brava. Es la costa más cercana. Úselas para guiarse, para que no nade en círculos. ¡Nos vemos en la orilla!

Dicho esto, se guardó el cuchillo en el cinto y se arrojó al mar. Alejandro se arrimó a la borda y miró el agua revuelta; lo vio salir a la superficie más adelante y nadar hacia las luces durante unos segundos, hasta que lo perdió de vista.

Había caído la noche y no se veía casi nada, salvo algunas estrellas. Intentó inútilmente arrancar el motor. Trató de distinguir en la oscuridad el canalete flotando. Pronto se dio por muerto. El golpeteo suave de las olas contra el costado del bote acompañó sus sollozos, a la deriva en la noche del mar abierto.

Al cabo de tres horas, Miguel Campos, limpio y seco, llegó hasta él en otro bote, con dos pescadores.

—¿Todavía está aquí? —le preguntó al abordar—. Lo estuve esperando para cenar donde Juan Barrios, pero como no llegó, cenamos nosotros.

Alejandro no dijo una palabra. Miguel sacó del bolsillo un tubo de goma nuevo, lo colocó entre el tanque y el motor, bombeó un poco y arrancó sin problema. Los dos botes regresaron a Caña Brava saltando sobre las olas, en la oscuridad, sin que los hombres cruzaran palabra.

En la playa esperaba Juan Barrios con una lámpara. Miró la camisa de flores, tiesa de sangre seca, y luego miró a Miguel.

—Vaya a lavarse, señor —le dijo a Alejandro—. En el rancho hay agua.

Cuando el gerente se alejó, el viejo apagó la lámpara.

—Eso no se le hace a nadie, Miguel.

Miguel, sonriendo levemente, no dijo nada.

1997 (2026)