Prólogo a 'Confesiones en el cautiverio'
Comencé a conocer a Roberto Joaquín el 26 de octubre de 1993. Antes de ese día, apenas si había cruzado con él algunos saludos y miradas, y me parecía un joven lleno de vida, sencillo, agradable. Pero ese día, leyendo uno de sus primeros cuentos, descubrí que un escritor vivía en él, y desde entonces me pareció un ser profundo, diferente, sensible a la belleza de la vida. Aquel día comencé a admirarlo.
Han pasado por mis manos todos sus escritos, muy variados y diferentes unos de otros; y hoy, después de dos años de conocerlo y amarlo, lo admiro mucho más, y sus cuentos, sus cartas, sus pensamientos y sus poesías siguen causando en mí una sensación de dicha y asombro, por la facilidad y exactitud con que habla acerca de cosas intangibles como el amor, la vida, la muerte y los sentimientos. Leo sus cuentos extasiada por tanta belleza, por la forma sublime y profunda en que escribe.
Confesiones en el cautiverio, su segundo libro publicado, está lleno de él, de su alegría, de su ingenio, de su pasión por la mujer y por la vida, de su calidez, de su sensibilidad y su pensamiento. Leerlo es como adentrarse en su mundo, conocerle un poco.
Esta colección de cuentos, que vi nacer y perfeccionarse, trata temas muy diversos. Su autor varía en ellos el estilo, siendo en esto distintos entre sí, así como también diferentes a los cuentos de su libro anterior, pues toman ahora una mayor profundidad psicológica y espiritual.
El primer cuento de este libro, titulado Preludio, es inspirado en la pieza para piano Preludio en do sostenido menor del compositor ruso Sergei Rachmaninoff. La descripción de esta pieza que hiciera a Roberto Joaquín (cuando este solo contaba con nueve años) su abuela de origen chileno, Doña Sara Raquel Muñoz de Franco, amante de la música clásica, resulta imprescindible para la realización de este cuento, como el mismo autor lo confiesa.
Aun cuando no se determina en él ni lugar ni fecha, el autor describe, con un estilo impresionista y en forma detallada, la agonía y los pensamientos de un hombre que es enterrado vivo accidentalmente.
Cuando Roberto Joaquín Pérez-Franco contaba solo con dieciséis años, escribe el primer cuento de esta colección, La lluvia sobre el mar. Su trama se teje combinando lo sublime del amor y la belleza de la naturaleza. Es el más breve de la colección, pero indudablemente el más apasionado. Aún recuerdo la primera vez que lo leí, a escasos días de haber conocido a Roberto Joaquín. Este cuento fue el primero que movió, con su pasión desbordante, las fibras más hondas de mi corazón.
«Ella me atravesó de lado a lado, con esa embrujadora mirada que siempre me enamora, y hablamos sin palabras». Con frases como esta, Roberto Joaquín Pérez-Franco me atravesó también de lado a lado, y me hizo entender que ya no sería capaz de vivir sin el encanto de su poesía, y que estaba destinada a morir enamorada de su alma de poeta.
Confesiones en el cautiverio, el cuento que da título a esta colección, es uno de los dos cuentos escritos en español antiguo. En él se presenta por primera vez el elemento dominante de los últimos escritos de Roberto Joaquín Pérez-Franco: el amor entre un hombre y una mujer como complemento del amor a Dios.
Juega en este cuento con la historia de la Heroica Villa de Los Santos, combinando con la realidad trazos de fantasía que encajan perfectamente en la historia. Las confesiones del sacerdote cautivo en la bodega, bajo la Iglesia, son más de lo que parecen a primera vista, pues encierran un profundo simbolismo, presentándonos el aspecto humano de estos siervos de Dios a quienes, por vivir bajo estrictas normas de moral, se les prohíbe amar a una mujer, y que además están, como todo humano, propensos a equivocarse.
El segundo cuento de la colección escrito en español antiguo es Carta en defensa de Balboa al Cardenal Cisneros. En él, el autor utiliza nuevamente la historia como base, añadiendo escasas pinceladas de fantasía, aprovechando para elogiar la figura de Balboa y para expresar algunas opiniones personales sobre la vida de este complejo hombre, sobre su coraje, su gran visión y su persistencia ante la adversidad.
En verdad, documentándose ampliamente en textos de historia, el autor con este cuento no atenta contra ninguno de los detalles conocidos sobre Balboa. Ofrece, sí, interesantes conjeturas sobre la manera en que se pudieron haber desarrollado algunos hechos.
El cuento Arum Bakir Ehrab es una variación en prosa del poema de igual nombre, del autor panameño Eduardo Ritter Aislán. Para escribir este cuento, el autor estudió escrupulosamente la obra de Ritter, y tuvo extremo cuidado de solo utilizar frases y palabras del autor del poema, encadenándolas en la secuencia apropiada para esbozar una versión propia de la historia.
Este cuento, por ser un verdadero collage de las poesías de Ritter Aislán, debe ser catalogado como prosa lírica, pues es poesía pura hilada en oraciones por la mano artística de Roberto Joaquín Pérez-Franco.
Como un elogio al talento y la habilidad musical del Profesor Bolívar Rodríguez, Roberto Joaquín escribe Las cuerdas doradas. Se percibe en este cuento cierta añoranza por las costumbres de la juventud de hace medio siglo, como es el caso específico de las serenatas de los enamorados. El autor tuvo el privilegio de tomar clases de guitarra con el Profesor Rodríguez, y es en este periodo en el que nace este hermoso cuento.
El amor del último retoño es el cuento más complejo y a la vez el más completo y hermoso de la colección. Jocoso, fantasioso, a veces irreverente, siempre rico en imaginación y con un profundo mensaje, describe la historia de un joven monje enamorado.
Los que, como yo, conocemos de cerca a Roberto Joaquín Pérez-Franco, identificamos en este cuento una especie de autorretrato surrealista de su verdadera forma de ser. En la historia del joven monje, Roberto Joaquín se revela como es en realidad: soñador, imaginativo, creyente y apasionado.
Con estilo y tema semejantes a sus primeros cuentos, y recordándonos —con su apego a la tierra— a su primera obra Cuando florece el macano, el autor escribe Camino hacia el corral, segundo cuento basado en sucesos reales, con leves modificaciones de fantasía. En él, un padre templa el carácter de su hijo con una arriesgada prueba de valor.
En el cuento Una falta menor se nota por primera vez en el autor una inquietud y un deseo de opinar en el campo de lo político-social, enunciando la necesidad de eliminar de su país y su mundo, las injusticias y los abusos del poder.
Roberto Joaquín Pérez-Franco: el escritor, el poeta, el amigo, el compañero, el enamorado. Compartiendo con él sus sueños, sus pensamientos, viéndolo crecer y mejorar en su arte, y brillando con sus triunfos, ¡he aprendido tanto!
Este joven escritor ha llenado mi vida de poesía, de flores y de alegrías. Mientras estuvimos juntos en la secundaria, así como mientras estuvo estudiando en el extranjero, solía escribirme cartas de amor todos los días. Recuerdo que una mañana, camino hacia mi casa, sin poder esperar más, comencé a leer la carta que aquel día (el 13 de diciembre de 1993) me había entregado. Decía así:
> —¿Me quieres? —Te amo. Te amo, respondiste, y cada célula de mi cuerpo me lo gritaba, te amo, en cada rincón de mi mente retumbaba, te amo, te amo, toda la esencia de mi alma se perfumó con tu voz, te amo, y mi conciencia me lo gritaba: «Ella te ama, tonto», y mi corazón se alegró, te amo, y una sonrisa marcó mi rostro, te amo, y te creí ciegamente, divina criatura, te amo, te creí como si fuera la verdad más grande, te amo, como si Dios me lo hubiera dicho al oído, te amo… Te miré y vi en tus ojos divinos el brillo del amor, te amo, sí, te amo, como si fuera la cosa más cierta del universo, te amo, indudablemente era verdad, te amo… «¿Por qué no?», pensé, y tu voz —que retozaba aún en mi oído— hacía florecer mi corazón desnudo, te amo. Lo oí mil veces, te amo, te amo… Mientras el eco de la divina frase que pronunciaste aún vivía en mi cabeza, me arrebató el corazón un deseo irrefrenable de gritarte: «Te creo, amor mío», y de besarte hasta morir entre tus labios de rosa. Y ahora, en mi soledad, soy tan feliz… ¡porque te creo, amor mío, te creo!
Al terminar de leer aquella carta de Roberto Joaquín, me detuve donde estaba, y miré al cielo azul y al sol brillante; sentí la brisa de verano y la pasión de la juventud. Y mi corazón lleno de dicha, inundado por él, mi amado escritor, devolvió en la brisa hasta su corazón de poeta ese credo sagrado, esa plegaria de amor escrita por su alma.
No sé por qué nunca le conté que, en aquel breve instante, le confesé nuevamente mi amor, aun estando él lejos de mí.
Me has escrito cosas muy hermosas, Roberto Joaquín, pero esa carta… esa carta eres tú, como lo es este, tu libro. Sencillamente, profundamente, eres tú.
Te amo. Admirándote,
Giovanna
Chitré, 18 de noviembre de 1995
Chitré, 18 de noviembre de 1995
