Crítica recibida por 'Confesiones en el cautiverio'
El destacado escritor y diplomático panameño, Eduardo Ritter Aislán, en una reseña publicada en el diario La Prensa Gráfica de El Salvador el 18 de diciembre de 2000 (y luego en La Prensa de Panamá el 3 de febrero de 2001), dice: «Roberto Joaquín es uno de los escritores más depurados, sobresalientes y admirados de mi patria, Panamá. Confesiones en el cautiverio recoge unos diez relatos originales que retratan una genuina e indudable vocación de escritor en quien confluyen talento, seguridad, desenvoltura, esmero y perfección».
El profesor, crítico literario, y académico de la lengua Melquíades Villarreal Castillo, en su artículo Panorama del cultivo de las letras en la provincia de Los Santos, aparecido en la Revista Cultural Lotería No. 415 (1997), dice: «Pérez-Franco, en su última producción, emula la creatividad de Alejo Carpentier en El Siglo de las Luces, y Rafael Ruiloba en Vienen de Panamá, premio Miró (1990), al reproducir en los cuentos Confesiones en el cautiverio y Carta en defensa de Balboa al Cardenal Cisneros el español renacentista». Luego agrega: «es valioso apuntar, que después de leer toda la obra publicada de Roberto Joaquín Pérez-Franco, hemos advertido en él la chispa, el ingenio creador y sobre todo la búsqueda del estilo propio, que aunque todavía se percibe insinuado por la morfosintaxis y los efectos semánticos de Gabriel García Márquez, denota la ubicación del novel autor en las corrientes literarias del momento dentro de la literatura hispanoamericana».
Reproducimos a continuación un artículo de Melquíades Villarreal Castillo de 1996 sobre la presente obra.
Elementos lúdicos en Confesiones en el cautiverio
Cada vez que una obra de arte ve la luz, es un triunfo que produce un gozo inefable, en los amantes de la vida.
Es un deleite hiperbólico para mí, en calidad de investigador inclaudicable de la literatura de la Provincia de Los Santos, el hecho de que se me permita presentar al público, un hijo del cosmos de Roberto Joaquín Pérez Franco, pues la obra que hoy presento es un juego de habilidad, donde cada uno de los relatos es una pieza individual, pero que unida al resto conforma un macromundo matizado con un profundo lirismo.
La obra, como tal, es una tierna historia de amor, patentizada en el prólogo de Giovanna, quien de manera escueta declara: «Este joven escritor ha llenado mi vida de poesía, de flores y de alegrías.» Este mismo personaje es el eje sobre el cual gira el cuento mejor logrado de la colección «El Amor del Último Retoño», Giovanna Paola Stefani, el amor del último retoño.
Esta colección resulta interesante sobre todo por la evolución constante de la temática tratada.
El cuento «Preludio», que trata sobre un hombre que fue enterrado vivo, presenta diáfanos vestigios del problema existencial, definido a la perfección por el francés Jean Paul Sartre, y que se ha constituido en la génesis y cima de muchos escritores hispanoamericanos, como es el caso de Juan Carlos Onetti con El Pozo, o el panameño Ramón H. Jurado con El Desván.
Sin embargo, en la obra que nos ocupa, la preocupación existencial fenece inmediatamente, para convertirse en un canto al amor y a la vida.
«La Lluvia sobre el Mar» más que un cuento, es un intento de prosa poética, imbuida del lirismo juvenil e inocente, que caracteriza el amor y la candidez, del sentimiento casto de la primera pareja, ante lo sublime del Edén, el texto lo manifiesta así: «Y juntos disfrutamos del indomable poder de la mar bravía, de la fresca caricia de la brisa y del embriagador sentimiento del amor, envueltos en las redes que con nosotros formó el salvaje embrujo de la lluvia sobre el mar.» (Págs. 15 y 16).
Los dos cuentos subsiguientes se salen del contexto temático, para reflejar una profunda maniobra de la erudición, que había sido intentada con anterioridad por el cubano Alejo Carpentier en El Siglo de las Luces y por el panameño Rafael Ruiloba en Vienen de Panamá. La pasión por la literatura lleva a Roberto Joaquín Pérez Franco a intentar una reconstrucción del castellano del siglo XVI, en la elaboración sintáctica del cuento que intitula la colección: «Confesiones en el Cautiverio», cuya temática es interpretada por la prologuista como: «el amor entre un hombre y una mujer como complemento del amor a Dios.»(Pág. 2)
Gran verosimilitud, logra Pérez-Franco en el cuento Carta en defensa de Balboa al Cardenal Cisneros, donde el narrador, juega con el género epistolar, para esgrimir un panegírico en defensa del descubridor del Mar del Sur, glorificando su osadía para arrostrar las vicisitudes ofrecidas por su existencia aventurera.
La narración «Arum Bakir Ehrab», es una prosificación del poema homónimo de Eduardo Ritter Aislán, donde la estética oriental se deja sentir a plenitud.
Uno de los relatos más llamativos de la colección lo constituye «Las Cuerdas Doradas», dedicado al profesor Bolívar Rodríguez, en el cual, el relator cuenta cómo conoció al maestro Bolívar Rodríguez, quien le enseñó a tocar la guitarra. Además, se revive la romántica época de las serenatas, cuando Rodríguez acompaña al narrador a llevar una serenata a la mujer amada, incitándole a actuar con arrojo y decisión para que la acción tenga éxito. No obstante, el narrador se deja absorber por el miedo y resuelve la situación como un autómata, que ciegamente obedece el mandato del músico chitreano.
«Camino hacia el corral» es la recreación de una figura campesina: El temple del carácter del hijo por parte del padre severo que persigue el logro de la valentía y coraje del retoño, a través del vencimiento de duras pruebas.
De esta colección, sin lugar a dudas, lo mejor elaborado es el relato fantástico «El Amor del Último Retoño», donde Pérez Franco se convierte en un narrador intradiegético (a la manera de Eusebio Marchosky en El B.S. de Chepy) para exhibir una colosal cuantía de prodigios que ocurrieron a lo largo de cinco centurias, para que él arribara a la tierra y se encontrara con la fémina soñada por su corazón. En la fábula, se desabrigan intertextos desnudos de Cien Años de Soledad, pues el narrador personaje se autocompara con el genial descubridor José Arcadio Buendía -quien tras innumerables experimentos descubre cinco siglos con posterioridad a que el resto de la humanidad lo supiera- que nuestro planeta es redondo como una naranja, cuando se informa de hechos (que dentro del mundo de la narración debían ser axiomáticos) tal como el fenómeno de que:
«le sorprendió que la humanidad hubiese tenido que esperar tantos siglos hasta que él viniera a explicarles el sencillo fenómeno celeste: las estrellas no eran más que el reflejo de las luces de las casas terrestres en la bóveda lustrosa del cielo.»(Pérez Franco, 1996, pág. 89).
En el último relato de la colección, Una falta menor, Pérez-Franco abandona, el criterio de la literatura desde la perspectiva del arte por el arte, para inmiscuirse en el complejo mundo de la literatura comprometida, promoviendo mediante mensajes subliminales su interés de lograr un mundo más equitativo, tanto para Panamá en particular como para la humanidad en general.
Confesiones en el Cautiverio es una admirable demostración literaria, donde el autor busca una identidad original. La obra refleja un peldaño hacia la maduración de un novel literato que promete mucho en un porvenir cercano.
Melquíades Villarreal Castillo
Las Tablas, 19 de abril de 1996
