el duodécimo laberinto
Con pasos lentos abandono tu jardín.
Vuelvo al sáxeo laberinto, con mi duelo.
Dejo el perfume de las rosas tras de mí.
Quedo solo, entre piedras, bajo el cielo.
Lloran tu muerte las tímidas estrellas,
esparcidas sobre el cielo negro y hondo.
Abismo eterno, palacio de mi bella,
¡déjame hundir mis ojos en tu fondo!
Pienso en ti, amada princesa, que aún ausente
estás más presente que cualquier persona.
Siento tu tibieza en mi pecho latente.
¡El amor, recién nacido, me abandona!
Me consume tu ausencia, y así mi muerte
llega en el puñal de tu recuerdo hermoso.
Seré siempre prisionero, al no tenerte...
laberinto eras de amor, ¡tan delicioso!
Roberto Pérez-Franco