Coronación

a Vielka Urriola

Vestido en brocal de oro y seda roja, el joven heredero espera. Tras las paredes talladas en madera de rosa, oye la voz de su Maestro. La envestidura requirió dos horas, incluyendo una entera para entretejer sus largas trenzas con el dragón de la corona. La puerta se abre y el Maestro le saluda con una leve reverencia.

«Por doce años has sido preparado, Chao-Ping, para este día. Dominas ya las ciencias y las artes del gobierno, la diplomacia y la política. Pero antes de que puedas acceder al trono de tu padre, deberás aprender cinco lecciones vitales, que te servirán bien durante tu reinado».

La ancha cortina de seda virgen cae, y por un momento el joven heredero contempla frente a si el espejo ilusorio de una imagen, que al moverse delata que no es suya. Otro, de la misma edad, figura y rostro, igualmente ataviado con el manto y joyas del Imperio, le contempla de frente, asombrado.

«¿Quién eres?», preguntan ambos, casi de una voz. El Maestro sentencia, con brazos abiertos hacia los dos: «Lección primera: el Emperador sabe que hay respuestas que solo llegan con el tiempo».

Con su bastón de cerezo seco, el Maestro golpea la puerta: dos eunucos traen una pequeña mesa, con un tablero listo para el juego. Un suave gesto les basta y ambos jóvenes se sientan, frente a frente, en silencio. Por una hora solo se escucha el suave golpetear de las piezas sobre la madera. Calladas preguntas se cruzan sobre las cuentas blanco y negro. El otro, ansioso, al saber la derrota inminente, concede con una sutil venia. Ambos se levantan.

«Hermosa y reñida batalla», elogia el Maestro. «Lección segunda: el Emperador pondera con calma su estrategia».

Otro golpe del bastón hace volver a los eunucos, con dos sables. El vencido es el primero en desenvainar, y Chao-Ping se defiende. El llanto de los filos llena la recamara. Tras duro combate, el otro cae: el sable de Chao-Ping se planta, amenazante, sobre una palpitante vena del cuello.

«¡Noble y feroz combate! Lección tercera: el Emperador sabe liberar y moderar su fuerza».

«¿Quién es él, Maestro?», vuelve a preguntar Chao-Ping. El Maestro calla, así que el otro responde: «Soy Chao-Kiang, hijo único del difunto Emperador Ying-Chao, y heredero al trono.» Una trenza, deshecha, se empapa en sus lágrimas. «Imposible», musita el heredero. «No tengo hermanos. Crecí solo en el lado norte del palacio, sabiéndome heredero desde siempre». Ambos miran, agitados, al Maestro, que anuncia: «Lección cuarta: Hay verdades tan profundas que aun el Emperador desconoce».

En el gran salón, tras el portón de la recamara, se escuchan los llamados de los Mil Ministros para que el nuevo Emperador aparezca y sea coronado.

«Has demostrado, Chao-Ping, con tu sabiduría y fuerza, que eres digno heredero de tu padre. Es hora de hacer lo que debe ser hecho», indica el Maestro. Pero Chao-Ping no se mueve. Con el sable aun puyando la carne del otro, le pregunta: «Si eres mi hermano, quiero saberlo. Si eres mi hermano, quiero que vengas conmigo y seas mi consejero. Si eres mi hermano...» El otro, deshecho en llanto, reclama al Maestro: «El trono es mío... siempre lo ha sido. Me has traicionado. ¿Cómo podría aceptar ser un simple consejero de este impostor?»

«Lección quinta: el Emperador escoge con cuidado a sus consejeros», dicta el Maestro.

Tras el eco del bastón en la puerta, dos guardias entran, con un manto negro, y sacan al vencido envuelto y a rastras hacia el extremo sur del Palacio. «Si eres mi hermano, perdóname la vida», grita mientras se aleja. Cuando la voz se pierde tras las columnas rosa, el gran portón se abre y los Mil Ministros se levantan. Chao-Ping, pálido y sudoroso, ve por primera vez el trono en el gran salón, iluminado con lámparas rojas.

«Por doce años he aprendido a tus pies, Maestro, preparándome para este día. Nunca he dudado de ti, o de tu lealtad al Imperio. Dime solo una cosa, Maestro... dime si ese era mi hermano o un impostor, otra más de tus lecciones».

El Maestro hace una suave venia y le invita a avanzar. «Ya no hay más lecciones, Su Divina Gracia. Chao-Ping, es el nuevo Emperador».

Roberto Pérez-Franco
2011