La ficción como meta
Reflexiones en torno a un libro de Jaramillo Levi
En una de las escenas más poderosas de su obra cumbre, Melville describe a un tiburón que, herido de muerte y enloquecido por la sangre de una ballena, devora sus propias vísceras repetidamente. El infinito es representado por una serpiente que se muerde la cola, un círculo y una cinta de Moebius que, al recorrerla, nos lleva de vuelta al mismo punto.
La misma fuerza de estas imágenes, del ente que se alimenta de su propia entraña, cerrando el ciclo de la vida en un vórtice final que es también un comienzo, se encuentra en el fondo del libro de Jaramillo Levi titulado "En un instante y otras eternidades", que mereció el Premio Miró de Cuento en 2005.
Describir esta obra como metaficcional es cometer un error de profundidad: la metaficción creó este libro. En las primeras páginas da a luz a su imagen y se mira en el espejo de sus propios ojos. Luego comienza la ejecución de una secuencia de permutaciones y combinaciones que agotan todas las variantes dimensionales de la metaficción, del texto que se autoalimenta.
En algún cuento, el personaje se convierte en lector; en el siguiente, es el lector quien se transmuta en personaje. Luego el pasado se trueca en futuro, la fantasía en realidad, el amor en odio, lo cotidiano en lo ridículo, la víctima en asesino, la vida en muerte, el sueño en vigilia, y así infinitamente.
Luego el proceso se repite a la inversa. El ciclo narrativo se agiganta desde dentro, aún en los textos más diminutos en extensión, y nos envuelve y nos devora a nosotros también. En el interior, apreciamos - como en los fractales - que la complejidad no ceja.
Si alguna vez un libro fue escrito para escritores, éste lo es. Sólo un escritor aprecia la magia completa, porque contemplando al conejo escondido en el sombrero, y anticipando el truco que cree conocer, al final se percata de que el sombrero se convierte en abismo y el conejo en luz, y que la magia se ha operado a sí misma en nuestras narices y nos mira sonriendo.
El lector que también sea escritor sentirá este libro más fuerte, más suyo, porque aún viendo el mecanismo no lo agota, y aún presintiendo la sorpresa se sorprende. Jaramillo Levi consigue así su objetivo sin esfuerzo aparente. La ficción es su meta, y la metaficción no es más que el medio.
Porque la ficción que él busca y encuentra en sus textos no es la que se escribe o la que se lee, se reseña y antologa. Es la que se respira, la que se siente palpitar en la sien cuando la pluma ha reflejado en el papel un destello que segundos antes vivió en la mente, y aún antes existió en algún lugar secreto, embrión de idea, tiburón herido de muerte, hambriento y frenético, que se devora a sí mismo en el espejo del agua.
Roberto Pérez-Franco
19/Oct/2006
Nota: De esta reseña dijo Jaramillo Levi lo siguiente: "De veras, eres la persona, hasta el momento, que mejor ha captado la entraña misma de la obra, su sentido, su halo raigal. Tus juicios son no sólo certeros sino muy exactos, en algo tan escabullible y proteico como lo es la siempre esquiva Literatura. (...) A mi juicio -prejuiciado, sin duda, pero en busca siempre de una mínima objetividad-, en cada frase das en el clavo, ilustras la trayectoria del martillo, lo haces sentir en cada golpe certero."