Bomba de tiempo
La escaramuza entre indígenas wounaan y colonos provenientes del Valle de Tonosí, ocurrida el lunes pasado en Chimán, es un síntoma claro de tres serios problemas sociales que amenazan con convertirse en una crisis mayor si siguen desatendidos: la migración masiva de campesinos hacia lugares nuevos, la pobreza general de la población (particularmente de campesinos e indígenas), y la mala distribución de la tierra. Es fácil ver que estos tres problemas están interconectados: el primero resulta del segundo; y éste, del tercero.
Los métodos de cultivo empleados tradicionalmente por los campesinos de Azuero, es decir el desmonte y la quema, no son consistentes con los criterios ambientales que deben proteger las áreas boscosas que aún existen. Pero antes de prohibir esta práctica hay primero que brindar a los campesinos una alternativa para cubrir sus necesidades de subsistencia. Si la demarcación de la comarca es parte del problema, sus límites deben ser aclarados de inmediato de manera ecuánime, transparente y definitiva.
Estos problemas no aparecen de la nada: se fermentan durante meses de intolerancia e incomunicación. Si las autoridades habían prometido escuchar a los indígenas y no lo hicieron, recae en ellos parte de la responsabilidad. No es suficiente que el gobierno investigue el tiroteo y llame a la cordura: es necesario mediar entre las partes en conflicto. Para poder implementar soluciones rápidas, y evitar mayor derramamiento de sangre, lo ocurrido en Chimán debe ser analizado a profundidad hasta entender sus causas.
Muchas preguntas pueden ponderarse, pero las tres siguientes son ineludibles: ¿Por qué los campesinos tonosieños han dejado su valle para ir a establecerse en Chimán? ¿Por qué se recurrió a las armas en vez de a la autoridad? ¿Por qué la tierra ("carente de valor intrínseco", según Buda) les resulta más valiosa que la vida misma ("cuyo valor intrínseco es infinito")? Las respuestas serán las de siempre: la pobreza los hizo migrar, el hambre los enfrentó a unos con otros y la desesperación les llevó a las armas.
Ojalá la apatía del gobierno no sea, también hoy, la de siempre.
Mientras una solución es encontrada, la policía debe mantener el orden en el área, pues la vida humana, sea campesina o indígena, es más valiosa que una parcela. Solamente la acción rápida y eficaz del Gobierno podrá evitar que esta situación degenere en una tragedia. El momento no pudo ser peor: en la transición de poder del Presidente saliente al entrante, una especie de acefalía virtual se apodera de la maquinaria gubernamental. Ruego a Dios que la mezquindad de los intereses partidistas no interfieran con la protección de estos grupos marginados que han sido llevados, tras décadas de negligencia e injusticia, a alzarse en armas por un pedazo de tierra.
Roberto Pérez-Franco
17/Ago/2004
Este artículo fue publicado en la sección Cartas del lector del diario La Prensa el 19 de agosto de 2004.