Evarissti, desafiando los límites de la estupidez

Según AP, el danés Marco Evaristti recientemente tiñó con 780 galones de tinte rojo los diez mil pies cuadrados de la punta de un iceberg en la costa de Groenlandia. Evaristti trató de justificar su acción con la siguiente trespatinada: "Todos tenemos la necesidad de decorar a la Madre Naturaleza porque nos pertenece a todos". Para rematar, dijo: "Éste es mi iceberg; me pertenece a mí". Estas palabras, dignas de un loco, me recordaron un episodio de la comedia radial cubana "La Tremenda Corte", en el cual el legendario Trespatines le vende "su parte del Río Almendares" a un guajiro incauto.

Evaristti, nacido en Chile, ha protagonizado otros desaciertos en el pasado, incluyendo el de haber colocado en el 2000 en una galería danesa, diez licuadoras con peces dorados adentro. Evaristti invitó al público a encender las licuadoras. Alguien lo hizo, y los dos peces muertos resultaron en una bien merecida demanda contra el director de la galería, por crueldad contra los animales. Sin embargo, al momento de escribir esta nota, todavía las autoridades no se han manifestado sobre el iceberg teñido.

Decía Albert Einstein que la diferencia entre la estupidez y la genialidad es que la genialidad tiene límites. A pesar de repetidos intentos de demostrar lo contrario, Evaristti no es un genio: es un estúpido, comparable al que prendió fuego al templo de Diana para que los historiadores registraran su nombre. Por cierto que los griegos, en castigo, hicieron precisamente lo contrario, y de añadidura quemaron al pirómano anónimo a fuego lento. Todavía hay quienes consideran a Evaristti un artista. En mi opinión, arrojar sobre un iceberg 780 galones de tintes no es una obra de arte: es un crimen ecológico. Y quien lo hace no es un artista: es un criminal y debe ser castigado.

Las prístinas aguas del Ártico son hogar de muchas especies en peligro de extinción, y contaminarlas por puro placer no es excusable con el pretexto de un capricho pseudo-artístico. Modificar el paisaje polar coloreando un iceberg es como ponerle un sombrero de vaquero al David de Miguel Ángel: requiere una estética retorcida y una total ausencia de escrúpulos. La Naturaleza no nos pertenece: nosotros pertenecemos a la Naturaleza. Ignorar este principio está llevando al hombre a su propia destrucción.

Roberto Pérez-Franco
27/Mar/2004