La (des)gracia

Hace dos días, en la cena anual de la Asociación de Corresponsales Noticiosos de Radio y Televisión, el presidente Bush hizo un chiste sobre las armas de destrucción masiva. Es tradición que los presidentes hagan chistes en estas cenas, pero a Bush se le fue la mano: de acuerdo a una encuesta que realizó CNN, el 54% de los consultados opinaron que Bush se había extralimitado.

Básicamente, el chiste de Bush consitió en mostrar una foto de sí mismo agachado buscando algo abajo de una silla en la Oficina Oval, diciendo: "Esas armas de destrucción masiva deben estar en algún lugar. No, no hay armas allí...¿quizás aquí abajo?". Aunque los periodistas se rieron en el momento, sorprendidos por el chiste, la reacción general ha sido de rechazo.

Tras un año del inicio de la guerra en Irak sin la autorización de las Naciones Unidas, con un saldo de diez mil muertos (incluyendo los muertos iraquíes que los gringos no cuentan y medio millar de soldados norteamericanos perfectamente contabilizados) y cientos de billones de dólares, todavía los expertos de la Coalición no ha encontrado ni una sola arma de destrucción masiva. Esto no le hace ninguna gracia a las familias que han puesto los muertos y que pagan con sus impuestos y su sangre la guerra. La comunidad internacional todavía está dividida por la decisión de Estados Unidos, Gran Bretaña y España de ir a la guerra sin la aprobación de las Naciones Unidas argumentando que el peligro de las armas de destrucción masiva en Irak era tan inminente que era imposible esperar una solución diplomática.

Hace un año atrás, Bush, Blair y Aznar convirtieron a las Naciones Unidas en un chiste. Desde entonces hasta ahora, sus gobiernos han estado tratando inútilmente de justificar su decisión de ir a la guerra ante una audiencia cada vez menos crédula. En este momento que su administración está recibiendo duras críticas de Hans Blix, Richard Clark, El Baradei y otros prominentes personajes estrechamentes relacionados al tema, el chiste de Bush le cae al pueblo americano como un balde de agua fría, y muy pocos están riendo.

Roberto Pérez-Franco
26/Mar/2004