Una lección temprana
Una mañana de clases, cuando tenía tres años (empecé a asistir al jardín de la infancia a los dos años), le robé unos bloques de LEGO a un compañerito. Robar es una palabra cuyo significado aprendí esa noche. Antes me era desconocida: me gustaron los LEGOs y los tomé.
Al llegar del trabajo, mi madre notó que había algunos bloques adicionales en mi bolsita de juguetes. Mi padre, que es un hombre recto, de mano firme y visión de largo plazo, decidió corregir el entuerto enseguida. Esa noche, como muchas otras, me contó una historia; pero no para dormir. Esa noche no fue Tío Conejo el personaje, sino un niño. Cuenta la historia que el niño había ido al jardín de la infancia esa mañana, y viendo unos juguetes que le gustaron, los tomó. Estos juguetes no eran de él. Sin embargo, me contaba mi padre, lo que hizo el niño era malo. Incluso hay una palabra para eso: robar. Robar es muy malo. Por eso, Dios castigó al niño, enviándolo a un caldero gigante y caliente, muy caliente.
Aunque mi padre notó que ya había yo empezado a llorar, se hizo el desentendido y siguió contándome en detalle cómo se achicharraba el niño en el caldero, junto con otros niños que habían hecho otras cosas malas. Mi padre cuenta las historias como nadie. Luego de un rato me preguntó porqué lloraba. Le conté todo. Él me consoló diciendo que yo no era malo, y que si devolvía los bloques al día siguiente y no lo volvía a hacer, todo estaría bien. Así fue.
Parafraseando lo que dijese el dictador Fidel Castro sobre el niño balsero Elián, lloré cinco minutos para no llorar toda la vida.
Ese es el mayor regalo que me ha dado mi padre. Ese discurso, esa noche, ese sentimiento (era un niño apenas) de lo que es bueno y lo que es malo, son imborrables y marcaron para siempre el rumbo de mi vida.
Mi madre me parió varón. Mi padre me formó como hombre. Como el metal que se saca del fuego es forjado en una forma permanente, así mi padre, orfebre de mi carácter, me forjó desde temprano, sin saberlo yo siquiera. Con el tiempo, cristalizó en mi mente ese principio de hacer el bien, el cual se convirtió en columna vertebral de mi moral.
A esta edad, aunque ya no me espanta el caldero, sigo mirando hacia aquel norte, por puro placer.
Roberto Pérez-Franco
15/Feb/2002