Réquiem por mis cutarras
Ayer perdí mis cutarras en la playa de Guararé. Estrictamente hablando, no las perdí, pues recuerdo perfectamente dónde las dejé. No suelo recordar dónde dejo las cosas. De hecho, tengo la extraordinaria facultad de hacer desaparecer mi cartera cada vez que la saco de mi bolsillo, don que me hace desperdiciar diariamente un cuarto de hora tratando de localizarla en mi casa desordenada. El caso de las cutarras es diferente, pues recuerdo nítidamente el lugar en donde las dejé reposando para irme a jugar futbol con mis amigos.
Puesto que no las perdí, debería decir que ayer alguien tomó mis cutarras prestadas, sin mi permiso y sin fecha de devolución. No lo catalogo como robo. No puedo ni quiero hacerlo. Robo es una palabra fuerte, fea: es un pecado capital. Mis cutarras, siendo tan inocentes y cándidas, no pueden estar involucradas, siquiera como víctimas, en un acto así de vil. De hecho, no considero que haya sido un robo, y por lo tanto no guardo rencor alguno a quien las tomó.
¡Incluso, lo comprendo! No puedo culpar a un pobre cristiano por haber sucumbido a la abrumadora tentación de tomar en sus manos mis lindas cutarras, de acariciar entre sus dedos esas tiras suaves de noble cuero, de probárselas en sus pies, y de irse luego caminando por la playa calzado con ellas, complacido, llevándose de paso, la franela blanca que yacía sobre las cutarras, protegiendo del sol su suela resquebrajada y sus correas aterciopeladas.
Esas cutarras tienen su historia. Fueron hechas con exquisito cuidado por las manos laboriosas de Yeyo, el mejor zapatero que ha tenido La Heroica Villa. Fue un gran amigo de mi padre, desde la infancia, y poseía un carisma especial, pues era muy jovial, práctico e ingenioso. Accedió a hacerme un par de cutarras bajo expresa solicitud mía. Nunca había hecho cutarras. Su especialidad eran los zapatos. El primer par de cutarras que me confeccionó fue demasiado pequeño para mi talla, por lo que mi hermana Eka las recibió en herencia. El segundo par me sentó a la perfección.
Eso fue hace mucho, al menos seis años. Algunos años después de haberlas hecho, el buen Yeyo murió. Pero sus cutarras siguieron vistiendo mis pies, y abrigando el orgullo que mi corazón siente por esta tierra. Soportaron junto a mí lluvias, lodos, arenas y asfaltos, cubriendo mis plantas, altaneras en su belleza simple, natural. Hoy han desaparecido. Mis pies están de luto, añorando su suavidad, su entalle perfecto.
Mi callado anhelo es que ese alguien que las haya tomado en la playa sepa valorar en su justo precio esas pequeñas joyas de cuero. Puede que fabrique pronto un nuevo par con mis propias manos: quiero tener cutarras que ponerme cuando se me inflama el sentimiento de patria. Pero estas nuevas cutarras tendrán su propia historia. Y nunca reemplazarán a las mejores cutarras que he tenido: esas que Yeyo tejió con paciencia, como legado último para mi corazón de niño.
Roberto Pérez-Franco
03/Ago/1998