Sí a la mujer
El otro día estaba parado en una acera, y ví un letrero pegado en un poste que decía "Sí a la mujer". Quedé en suspenso, sin lograr entender a qué se refería aquel papel. "¿Sí a qué mujer?", me pregunté, y por un momento, un escalofrío me recorrió el cuerpo. "¿Será que piensan lanzar a Dorita como candidata substituta, luego que gane el NO en el plebiscito?" Estremecido de pavor, imaginé la tortura psicológica de escuchar un discurso de Dorita cada miércoles en la radio. O soportar una cadena nacional, con su imagen almidonada repetida medio millón de veces en medio millón de pantallas a lo largo de todo el país. Una leve náusea me hizo tambalearme. El problema no está en lo que dirían sus discursos, pues sin duda se los escribirá algún experto en el arte de hablar dos horas sin decir nada. El problema está en el ritmo de lectura. Pues, con o sin pantallas infrarojas, y aunque leyese al doble de la velocidad a la cual habla, el ritmo de lectura de Dorita debe ser espeluznántemente lento. Es más fácil soportar una mentira corta que una mentira larga.
"¡Dios nos libre!", dije en voz baja.
Para consolarme, quise pensar que tal vez la "mujer" a la que le decía SÍ aquel cartelón no era Dorita, sino Mayín o Mireya. Pero poco consuelo me dió cambiar medio millón de Doritas por medio millón de Mayines o Mireyas. Las náuseas no se fueron de mis tripas.
"¡Bienaventurados los venezolanos!", exclamé nostálgico. Su candidata a presidenta, ¡esa sí que da gusto verla, no sólo medio millón sino tres y cuatro millones de veces, y no sólo los miércoles, sino todos los días! Tal vez no sería una buena gobernante (¿quién lo es?) pero al menos refresca la vista. ¿No les parece?
Roberto Pérez-Franco
01/Ago/1998