La luna de Guanahaní
Resulta extremadamente interesante descubrir cómo afectó la luz de la Luna a don Cristóbal Colón en sus viajes. La primera intervención de nuestro satélite en los planes del Almirante debió ser el 5 de octubre de 1492, día de luna lluna, cuando tuvo lugar un eclipse lunar perfectamente visible en la región del Atlántico que Cristóbal Colón navegaba por esos días. Bien conocían aquellos marineros que - según el libro del Apocalipsis - el día del fin del mundo sería precedido por un cambio de color en la Luna: ésta se tornará roja. Durante un eclipse lunar la Luna se torna roja. Cristóbal Colón, como todo hombre culto de su tiempo, sabía que la Tierra era redonda. Pero los marineros que iban con él estaban convencidos de que viajaban hacia el desfiladero del fin del mundo; muchos de ellos eran prisioneros ignorantes que habían aceptado realizar el viaje a cambio de su libertad. No es de extrañar que la Luna enrojecida, aquel signo del final de los tiempos, les hubiera atemorizado aún más. En consecuencia, el día siguiente, sábado 6 de octubre de 1492, los marineros vascos de la nao Santa María se amotinaron, arguyendo que Colón los llevaba hacia una muerte segura. El temor de los españoles por aquel eclipse estuvo a punto de acabar con el viaje de Colón.
Ese fue uno de los dos amotinamientos que Colón sufrió en los últimos días de navegación, poco antes de llegar a América; a pesar de encontrar hierbas y pájaros (señal de tierra cercana), no logró convencer a sus hombres recelosos de seguir adelante más tiempo. Les prometió que, si no avistaban tierra en los dos días siguientes, regresarían a España. Esto representaría para Colón echar por la borda sus esfuerzos y desvelos de muchos años. La tarde del jueves 11 de octubre de 1492, Cristóbal Colón mandó reforzar la vigilancia del horizonte, desesperado por avistar tierra. Él mismo escrutaba en persona el horizonte, y tal era su angustia que hacia las diez de la noche creyó ver unas fogatas hechas en tierra, lo que ahora parece imposible pues aún estaba a más de 50 kilómetros de la costa. Si no avistaban tierra esa noche o el día siguiente, tendría que dar la vuelta y abandonarlo todo. Es en estos momentos cuando la luz de la Luna vuelve a jugar un papel principal, esta vez como protagonista en el primer avistamiento de las costas de América. Rodrigo de Triana, a bordo de la carabela Pinta, pudo avistar la costa gracias a que la Luna, que estaba aún bastante llena, le iluminaba desde popa (los objetos se ven mejor cuando la iluminación viene de espaldas al observador). En el momento del avistamiento, o sea a las 2:00 AM del viernes 12 de octubre de 1492, la Luna estaba directamente sobre el Este (a 46 grados de altura) y el barco viajaba rumbo Oeste-cuarta-Sudoeste. La Luna brillaba entonces en un 60 % de su fase, y menguaba. Se había elevado sobre el horizonte el 11 de octubre a las 10:23 PM, cuando Cristóbal Colón buscaba con angustia alguna señal de tierra sobre el horizonte; y se ocultó el 12 de octubre a las 11:53 AM, cuando el Almirante bajaba a tierra a tomar posesión del territorio en nombre de los Reyes Católicos. (Para conocer estos datos sobre la Luna basta tener la fecha exacta y las coordenadas del observador. La Isla de Guanahaní, bautizada por Colón como San Salvador, y rebautizada luego como Watling, se encuentra a 24°03' Norte y 74°28' Oeste.)
Irónicamente, gracias a un eclipse lunar posterior, el Almirante Colón obtendría la cooperación, el respeto y una gran ayuda en alimentos de parte de los indígenas. Colón y su tripulación se encontraban en Jamaica, durante el cuarto viaje a América. El trayecto había sido accidentado, y los españoles hambrientos esperaban una ayuda de la Corona que parecía no llegar nunca. Era el 29 de febrero de 1504 (año bisiesto), día de Luna Llena. Colón, creo que escarmentado por sus experiencias anteriores, se mantenía informado sobre los eclipses venideros; y decidió sacarle provecho al eclipse que él sabía se daría esa noche. Recordemos el carácter divino adjudicado a la Luna en las civilizaciones primitivas. Don Cristóbal urdió un astuto plan para obtener alimentos para sus debilitados hombres. Cortésmente solicitó alimentos a los indígenas, y como ellos se negaran, les amenazó con quitarles la luz de la Luna. Ellos, por supuesto, no le creyeron. El Almirante sólo tuvo que esperar a que anocheciera. A las 7:40 PM la Luna, completamente eclipsada, lucía aterradoramente oscura. Poco después los espantados indígenas de Jamaica se hincaron a los pies de Colón ofreciéndole alimento para todos sus hombres y su apoyo permanente, rogándole que a cambio les devolviera la luz de la Luna. Colón aceptó encantado. Cuando la Luna salió de la sombra de la Tierra, poco después, y volvió a lucir llena, la figura de Colón se consolidó entre aquellos indígenas como la de un poderosísimo brujo, capaz de apagar y encender la Luna a voluntad.
Roberto Pérez-Franco
27/Feb/1996
Este artículo fue publicado en la sección Opinión del diario La Prensa.