Ciencia y Religión
Es ya legendaria la tendencia popular que coloca a la religión y a la ciencia en extremos opuestos, como dos cosas completamente separadas y antagónicas, semejando dos boxeadores dispuestos a matarse a golpes. Esta imagen se fue creando a lo largo de los siglos; encontró su clímax en la alta Edad Media, conocida como los tiempos oscuros de la ciencia por las interminables persecuciones religiosas hacia los científicos; y persistió durante muchos siglos más. Grandes hombres terminaron sus días en la hoguera, quemados vivos por estudiar el cuerpo humano o por contradecir los dogmas religiosos; y muchos otros fueron humillados públicamente. Célebres son los casos de Miguel Servet, Galileo Galilei y Charles Darwin. Esto resultó ser un lastre para el progreso de la ciencia, y colocó al científico y al religioso uno contra el otro.
Actualmente ser científico no es antónimo de ser religioso. La ciencia ya no es antípoda de la religión. La oposición ciega entre la fe y la experimentación subsiste únicamente en las mentes retrógradas de algunos fanáticos de ambas tendencias. No son más que estereotipos errados la imagen del científico despeinado mezclando substancias humeantes en su laboratorio, creyente sólo de sus fórmulas, y la del sacerdote con el crucifijo entre las manos negándose a mirar por el telescopio. Actualmente estos ejemplares se han extinguido. Hoy la ciencia y la religión van al encuentro. La Iglesia Católica se disculpó públicamente por sus persecuciones de épocas pasadas y los científicos han enfocados sus investigaciones hacia el campo de lo intangible, lo mental y lo espiritual. Este cambio de tendencia tenía que ocurrir tarde o temprano, ya que el científico y el religioso buscan lo mismo: la verdad. Hombres extraordinarios han catalizado esta aproximación titánica: San Agustín encarna la ciencia reforzada por la fe, Theilhard de Chardin encarna la fe reforzada por la ciencia.
El científico y el religioso no difieren en el fin, sino en los medios. El científico se empeña en construir su camino de conocimiento de la verdad que lo rodea a través de sus propios medios, confiando en sus sentidos y sus razonamientos. El religioso confía por fe estar caminando ya este sendero de conocimiento de la verdad. El científico, a medida que va descubriendo la perfección y vastedad del Universo y la infalibilidad de sus Leyes, va abriendo su mente a la idea imprescindible de un Creador para tan hermosa creación. Necio sería aquel que pretendiera no percatarse de la presencia de Dios, como si al estudiar la obra de arte no se estuviera también conociendo al Artista que la creó. El verdadero religioso, al ser también un buscador de la verdad, no debe temer que los científicos la busquen andando sobre sus propios pies y partiendo de sus propios pasos, pues todos los caminantes que busquen la verdad la hallarán. Fanático sería aquel que considera una herejía buscar la verdad por los propios medios y experimentarla de acuerdo a la razón. Solamente el hombre que ha experimentado la verdad no siente necesidad de seguir buscando, pues no duda. Mientras la fe sea teórica, existirá la duda. La propia experiencia tiene, para cada persona, la última palabra. Si un hombre experimenta a Dios en su corazón, se sacia y eso le basta para creer.
Ahora, al cabo de muchos siglos, el hombre de ciencia no es adversario del hombre de fe. Más bien, el hombre de fe puede tener en la ciencia una manera de demostrar la grandeza y perfección de la obra divina; y el hombre de ciencia puede tener en la fe en Dios la conclusión máxima de su experimentación y su búsqueda. Un hombre de fe puede experimentar y un hombre de ciencia puede tener fe. El caminar de la ciencia es lento. El caminar de la religión es oscuro. Pero el destino es uno solo. Para el hombre integral es posible unir el método experimental de la ciencia con la trascendentalidad de la religión. Sólo las mentes pobres divorcian la fe de la ciencia.
Hoy el hombre de ciencia tiene a su alcance un método científicamente estructurado que lo llevará a explorar la profundidad de su propia naturaleza y le permitirá descubrir dentro de sí mismo que Dios existe, que somos parte de él y que todos los hombres somos uno en su presencia. Este método, llamado Meditación Dinámica o Imaginación Creativa, despierta al hombre a la verdad de sí mismo y de lo que lo rodea.
Roberto Pérez-Franco
26/Feb/1996
Este artículo fue publicado en la sección Opinión del diario La Prensa.