Suspirando frente al espejo
Sin nada mejor que hacer (gobernar, por ejemplo), Mireya ha dedicado sus últimos cartuchos en la Presidencia a preservar en ámbar su imagen para la posteridad. Pruebas al canto:
Ha inaugurado personalmente cuanta capilla o vado se le puso por delante. Llamó a medio Panamá en mensajes grabados que seguían ocupando la línea aunque le cerraras el teléfono. Agregó su cara al logo del Centenario después de un año de estarse usando sólo con la imagen de Amador Guerrero. Se enlistó en el álbum de figuritas del Centenario cuantas veces pudo, hasta como bombera honoraria. Metió las manos en el cemento del Puente Centenario (y la pata en todo lo demás), y luego lo inauguró sin estar terminado. Ahora, la del estribo: develará su propia escultura.
Por cierto, ¿mencioné que acuñó una moneda de oro con su efigie? Ojalá que no le dé por rebautizar a Pedasí con el nombre de "Ciudad Moscoso". Es, proporciones guardadas, nuestra Napoleona: una Narcisa criolla que suspira enamorada frente a los espejos del Palacio de Las Garzas. Con su egocentrismo, Mireya ha conseguido lo que parecía imposible: hacer que el Toro parezca humilde. El poder debe tener propiedades embrutecedoras: hace falta ingeniudad para creer que tales serpentinas endulzarán su recuerdo como una de las mandatarias más mediocres de los años sin dictadura.
Se dice que Mireya visitó hoy al artista que esculpió su busto, y le dijo: "Es igualita a mí, pero rebájele un poquito, yo soy más chiquita". En efecto, infinitamente.
Roberto Pérez-Franco
21/Ago/2004