Minicuento · 1 ago 1993

La lluvia sobre el mar

El resplandor intenso que el cielo mostraba se vio súbitamente envuelto en una gruesa masa de nubes de un oscuro color plomo.

La brisa marina, fresca y rebelde - esa misma que peina sus cabellos, resaltando majestuosamente su soberbia belleza, y que le da la sublime apariencia de una gaviota libre en el viento -, arrastró los negros nubarrones en una carrera desesperada, tornando el paisaje sombrío, escondiendo al sol tras su sombra y derramando su negra figura sobre el cada vez más turbio mar.

Rápidamente se acercó el aguacero y pronto descargó toda su furia sobre el lugar en el cual estábamos. Entonces fue que sucedió.

Ella me atravesó de lado a lado con esa embrujadora mirada que siempre me enamora y hablamos sin palabras. Como un par de chiquillos nos abalanzamos camino abajo hasta alcanzar la tibia y húmeda arena. Millones de acuosos diamantes nos golpeaban incesantes. El mar embravecido se cubría tras un velo de niebla y nos invitaba, ondulante, a refrescarnos en sus espumantes aguas.

Riendo traviesa, ella se desnudó ante mis asombrados ojos, y se sumergió fugaz en las revueltas aguas. Emergió más adelante y, mientras el agua corría torrentosa sobre su tersa piel canela - delineando el contorno de su exquisita figura-, me invitó a seguirla. Nuevamente se sumergió y yo la seguí embelesado.

Y juntos disfrutamos del indomable poder de la mar bravía, de la fresca caricia de la brisa y del embriagador sentimiento del amor, envueltos en las redes que con nosotros formó el salvaje embrujo de la lluvia sobre el mar.