Artículo · 22 oct 2001

Vivir sin temor

La infancia termina cuando sabes que morirás. Hace poco lo escuché en una película (El Cuervo, donde Brandon Lee murió por un disparo accidental durante la filmación), y me parece poético: cierto y bello al mismo tiempo. Recuerdo como hoy la noche en que comprendí que yo y mi familia éramos mortales. Algún día mi padre, mi madre y mi hermana morirían, y yo también. Abuelos, tíos, primos: todos. No me importó cuánto tiempo habría entre la hora de esa revelación y la hora final. Me importó la inevitabilidad del hecho. Sin excepción, sin escapatoria, todos moriremos, me dije. Rumié la idea durante horas; con el tiempo dejé de llorar y me dormí. Amanecí a mi adolescencia.

Aceptar mi mortalidad y la de aquellos que tanto amo ha sido uno de los grandes logros de mi maduración. Hoy la promesa de la muerte me resulta natural, y la abrazo igual que abrazo la vida que he recibido hasta ahora. Esporádicamente me acomete el vértigo de la muerte inevitable de alguno de mis seres queridos o de mí mismo: la misma sensación de desamparo que experimenté el día que terminó mi niñez, me levanta en vilo y me arranca un suspiro o una oración pidiendo sabiduría.

La estoicidad de mis abuelos ante la inminencia de sus propias muertes me fortaleció. Mi abuela Mam, por ejemplo, me respondió que no temía a la muerte, dos meses antes de encontrarla.

Sin embargo, la diferencia definitiva entre aquel niño temeroso y el hombre de hoy tiene raíz en la visión del universo que he desarrollado, en la cual el alma es una chispa eterna del fuego divino, y la vida es una escuela totalmente segura.

Hoy no temo a la muerte. Y eso ha cambiado mi vida, para siempre.