El vendedor de rosas

a Mam

Tomé la mano de mi abuela entre las mías, y la acaricié. La sentí temblorosa, trémula, fría. Dentro de ella, la llama de la vida perdía su fuerza. Hice coincidir sus dedos con los míos, frente a frente. Y pensé en ese momento que yo escribiría en mi vida todo lo que ella no ha tenido oportunidad de escribir, perpetuando una generación más la relación amorosa entre nuestra estirpe y las letras.

Me despedí con un beso y un nos vemos pronto, y partí hacia mi casa. De regreso, en la esquina del semáforo, ví caminando sobre la calle mojada a un vendedor de rosas que se paseaba entre los vehículos en marcha, con un precioso ramillete de rosas rojas, envueltas individualmente en celofán. Vestía como un hombre normal, aún siendo un vendedor de rosas.

- ¿Qué vendes?, le pregunté, con el secreto deseo de verificar si era consciente de su misión en esta tierra.

El vendedor de rosas se inclinó hacia mí y, mostrándome las rosas, me contestó:

- Vendo rosas. Rosas rojas, hermosas, frescas. Y, mirándome calmadamente, se explicó: Vendo el perdón de una novia herida por el descuido de su hombre. Vendo el piropo sin épocas de un enamorado a su diva inalcanzable. Vendo el consuelo de un poeta rechazado. Vendo la promesa de un pronto retorno del ser amado. ¡Vendo tantas cosas! Sobre todo, vendo una aproximación roja al misterio del amor, renovado cada día, y efímero como un sueño...

Sonreí, y le dije:

- Eso es, en verdad, lo que haces.

Y seguí adelante. Llegué a mi casa. Me bajé del auto. El peso del cielo me hizo mirar hacia arriba, y ví que era cierto: el inmenso manto de seda negra que se extendía sobre mi cabeza desbordaba en pequeños diamantes, fríos, latentes. Entonces recordé la sentencia: "la noche está estrellada, y ella no está conmigo".

Deseé haber comprado una rosa, para consolar mi alma triste con su perfume. Y la hubiera comprado, de no haber sido porque mucho tiempo atrás decidí nunca más ofrendar en holocausto a una criatura bella en nombre del amor a otra criatura bella.

Me las veré a solas, y sin consuelo, con mi amor roto.

Roberto Pérez-Franco
1998

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