Excusas

A Mónica, sin cuyo amor
mi exilio en este mundo no tendría sentido.

Cuando vi la luz amarilla, bajé la velocidad. En la roja, detuve el auto. Beneficiándome de la pausa, la miré y tras acariciar su cuello unos segundos, la besé. No me saciaron los mil besos que le di en la azotea, ni los dos mil en la escalera, ni los tres mil dentro del auto antes de arrancar la máquina. Creo que sus labios producen dependencia: cuando la hube besado, quise seguir haciéndolo por siempre. Aún así, ella se sorprendió de aquel gesto en plena vía. Yo sonreí:

– El semáforo está en rojo – alegué, alzando los hombros.

Ella también sonrió, y yo seguí conduciendo. Dos cuadras después, otro farol carmesí me hizo la merced: la besé intensamente, acariciando sus cabellos. Ella me examinó de modo inquisidor, parpadeando con un rápido aleteo de mariposa.

– El semáforo está en rojo – argüí, simplón.

Bajando los ojos, ella rió abiertamente. Yo seguí conduciendo, ebrio de tanta pasión, bendiciendo en silencio al portentoso cerebro que ideó las luces de tráfico. Al llegar a su apartamento, detuve el motor. Ella clavó la mirada en mi despiste, con una sonrisa tenue en los labios arrebolados.

– ¿Qué ocurre? – inquirí, algo perplejo.

Ritualmente, ella habría bajado del auto en este punto, pero por alguna razón permanecía inmóvil en el puesto. Iba a decir algo más, cuando distinguí en su pupila la aparición de un destello rubí, diminuto ángel carmín en un abismo azabache. Ella estampó un último beso largo en mis labios sorprendidos. Luego, me miró y sentenció:

– ¿Ves esa esquina? El semáforo está en rojo.

Roberto Pérez-Franco
2005

Este minicuento fue publicado en el boletín literario Palabras Sueltas en 2006