El físico y su hijo

El físico descansa su cabeza sobre el pupitre. Ha hecho cálculos toda la noche, y el día lo ha sorprendido meditando sobre sus avances en la descripción matemática del universo. Más que cansado, se siente orgulloso, pues le parece que ahora su lápiz y su mente son capaces de depictar la realidad de las cosas mediante la física, la más exacta de las ciencias. Su hijo de tres años ha despertado, y va al cuarto del padre, con pasos indecisos.

- ¿Qué haces, papito?

El padre abre los ojos y le sonríe.

- Estoy descansando.

- ¿No dormiste? - inquiere el niño.

- No dormí en toda la noche.

- ¿Qué estabas haciendo, papi?

El hombre piensa unos segundos en una manera sencilla de explicarle a su hijito de tres años la idea general de su trabajo: perfeccionar la descripción del comportamiento en alta energía de algunas partículas elementales mediante ecuaciones matemáticas complejas.

- Lo que estaba haciendo es tratando de describir todo esto que ves a tu alrededor - le dijo señalándo las cosas del entorno- usando numeritos.

- ¿Es fácil? - preguntó el niño, con cara de sorpresa.

- Relativamente...

El pequeñuelo se acerca al pupitre donde el padre está sentado y toma una calculadora. Y se la extiende al padre, diciéndole:

- Papito, ¿puedes calcular cómo Dios nos hizo?

El hombre guardó silencio durante varios minutos, sintiéndose impotente ante la simple petición. Y no tuvo más escapatoria que una súbita reconquista de su humildad olvidada. Miró a su hijo. Le dió un beso. Y le contestó:

- No puedo hacer eso, hijo. Eso sólo Él lo sabe.

Roberto Pérez-Franco
1998