El escorpión

Entró al cuarto de baño, se desnudó y abrió la regadera. Una flor de agua se abrió sobre su cabeza. Cerró sus ojos, y se restregó el cuerpo con las manos mojadas. Tomó el jabón y lo frotó entre las manos, haciendo abundante espuma que luego esparció sobre su piel.

Debajo, a través de la rejilla metálica del sumidero, salió un escorpión empapado, el cual empezó a caminar sobre los azulejos inundados, entre los pies del muchacho que, desprevenido, se lavaba el cuello y la cara. Era un escorpión hembra enorme. Tenía el vientre abultado debido a una preñez avanzada. Su caminar era lento y torpe, tanto más con el agua que corría abundante sobre los azulejos resbalosos.

Cuando el muchacho lo vio, el escorpión se había detenido junto a su pie izquierdo. Por instinto, levantó el pie y dio un paso atrás. El escorpión prosiguió su caminar pesado hacia la pared del baño. El joven lo miró detenidamente, y reconoció que era una hembra preñada. Repasó en su mente las escenas de un posible ataque del animal: la carrera hacia su pie con la cola extendida, las tenazas que encuentran la piel, la cola que cierra su arco como un relámpago sobre el dedo mojado e incauto, el dolor inmediato, seguido de hinchazón y adormecimiento de toda la pierna, la lengua y partes de la cara. El veneno de un escorpión hembra es mucho más fuerte durante la preñez. « ¡Gracias a Dios no me hizo nada! », pensó. El escorpión llegó a la pared y se detuvo nuevamente. Entonces, al sentir las gotas de agua cayendo sobre su lomo, caminó paralela a la pared hasta dar una vuelta completa al cuarto de baño. Se detuvo a medio metro del pie del muchacho, y se quedó ahí quieta, recibiendo con paciencia las gotas de agua y los racimos de burbujas de jabón que le caían desde las alturas.

El joven, recuperada la calma, se tomó un tiempo para contemplar a la pequeña bestia. « Tú respetaste mi vida », le dijo al arácnido, « Yo respetaré la tuya y la de los hijos que llevas en tu vientre ». El animal siguió inmóvil en su rincón.

El joven terminó su baño junto al escorpión, tomó una toalla y se secó la piel. Se envolvió la toalla en torno a la cintura. Miró a su alrededor. Tomó una vasija de plástico que contenía jabones, la vació sobre el borde del lavamanos, y la enjuagó con agua fresca. Volvió hasta donde el escorpión esperaba pacientemente, doblado sobre sí mismo. Lo acorraló entre la vasija y la pared, y el animal empezó a agitarse y a golpear la vasija con la cola. Con mucho cuidado le hizo entrar. Cerró la vasija y entonces, a contraluz, volvió a contemplarlo, esta vez con la tranquilidad que le aportaba la barrera de plástico transparente. Era un animal inquietante: robusto, sereno, mortal, hermoso. Él había visto muchos escorpiones en su vida, pero ninguno como este, desproporcionado y majestuoso.

Salió del cuarto de baño con el escorpión en la vasija, y lo mostró a su madre y su hermana, que estaban en la sala amarrando cintas blancas en los tallos de unos claveles rosados, para una fiesta.

- Mamá, mira quién se bañó conmigo...

- Ave María Purísima, ¿eso qué es? - exclamó la madre.

- Es una alacrán hembra preñada. ¿No es preciosa? Debe haber estado en el baño cuando entré. La verdad no me di cuenta. Estuvo conmigo todo el tiempo, ¿y adivina qué? No me picó.

La madre se hace una cruz sobre el pecho con la mano y el clavel, mientras el muchacho acerca la vasija al rostro de su hermana. La chica lanza un chillido, y le aparta la mano con la vasija, con un gesto de asco.

- ¡Mata ese bicho ya! - le dice riendo.

- ¿Qué vas a hacer con él, hijo? - pregunta la madre, tomando otro clavel de la canasta.

- Voy a soltarlo.

- ¿No vas a matarlo? - pregunta la chica, con sorpresa.

- No. Ella no me picó. Así que yo no la mataré. Es una cuestión de honor, una promesa que le hice.

- ¿Una promesa que le hiciste? ¿Cuándo? - inquirió sonriente la hermana.

- Eso, hermanita, te lo dejo de tarea.

Las risas resonaron en toda la casa. La madre le advierte:

- No la dejes por ahí. Suéltala lejos, en el monte, donde pueda vivir en paz, pero sin volver a la casa. ¿Está bien?

El muchacho asintió con la cabeza. Dejó la vasija con el animal sobre una mesa de la sala, y se fue a su cuarto a vestirse. Cuando regresó, buscó la vasija sobre la mesa, pero no la encontró.

- Mamá, ¿has visto mi alacrán? - preguntó, mientras buscaba ansioso entre las cosas de la sala.

- ¿No lo tenías en una vasija? ¡No me digas que se escapó!

- La vasija no está donde la dejé.

El muchacho buscó sobre la mesa nuevamente. Buscó en su cuarto. Buscó en su baño. No encontró nada. Fue a la cocina. Ahí estaba la muchacha que hacía la limpieza. El joven le preguntó si había visto por casualidad una vasija de plástico transparente, la de los jabones, con un escorpión adentro. La muchacha lo miró con suspicacia, y respondió:

- Sí, la encontré en la sala. No te imaginas el susto que cogí cuando lo encontré. ¡Ay, madre mía! Hum... ¡Ya sabía yo que eso era cosa tuya! Pero ya lo maté. La vasija la estoy lavando, para meter los jabones. ¿Para qué lo querías?

La madre, que escuchó la respuesta, exclama riendo: « Si ya está muerto, ¿qué importa ahora para qué lo quería? ». Y todos rieron. Todos, menos el muchacho, que se fue otra vez a su cuarto, pensando en la promesa rota, en el honor perdido, en el escorpión muerto junto a los hijos de su vientre.

Roberto Pérez-Franco
1998